Donde acaban las luces Xandre
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Xandre

La brida no entra, y no entra porque el ojal está lleno de pintura vieja, así que la muerdo, la giro, le paso el alambre por detrás del cable y aprieto hasta que el plástico canta.

Nueve metros por debajo de mis botas pasa un hombre con dos bolsas de la compra y ni levanta la cabeza, porque en esta ciudad, a mediados de noviembre, un tío colgado de un arco de luces es paisaje.

— ¡Ourense! — grita Rufo desde abajo, con las dos manos en la boca — . ¡Que no te comas la brida!

— ¡Si no me la como no entra!

— ¡Pues que no entre y le pones otra!

La Duquesa sube y baja con un quejido de señora mayor a la que le han pedido que se levante del sofá, y cuando llega arriba del todo se queda temblando dos segundos, como avisando de que ella hace esto por educación.

Es la cesta, que es lo que en los papeles de la empresa se llama plataforma articulada de veinte metros y en el mundo real tiene ese nombre desde el primer día que la subí.

Cati dice que le pongo nombre a las cosas porque no me acuerdo de las palabras normales.

Cati se equivoca, pero tiene una manera de equivocarse que da gusto oírla.

— ¿Y esa por qué se llama así? — me preguntó el primer día.

— Porque sube como si le doliera algo y no se queja.

— ¿Y por qué no la Marquesa?

— ¿Tú te oyes?

— ¿Me tengo que oír?

Trabajamos nueve en la cuadrilla y hoy estamos cuatro en este tramo, porque los otros están en Porta do Sol montando el árbol grande.

Esa es la pieza noble, la que sale en la foto y la que a mí menos me gusta, porque a los que lo montamos nos toca luego desmontarlo en enero con la ciudad de mala leche.

Rufo lleva treinta campañas y una libreta que no le he visto abrir en seis campañas.

Cati es la que sabe de verdad de electricidad y por eso es la única a la que se le hace caso.

Y Breo tiene veinticuatro años y unos cascos.

— ¡Breo! ¡Baja eso!

— ¡No te oigo!

— ¡Precisamente!

Los villancicos empiezan oficialmente mañana, cuando se encienda el alumbrado, pero Breo lleva desde el ocho de noviembre haciendo trampas con un solo casco puesto, que él llama entrenar.

Es la clase de chaval que se ofrece voluntario a cosas antes de saber qué son, y esta mañana se ha ofrecido a algo que resultó ser bajar dos bobinas de cable por unas escaleras, y aun así ha vuelto contento.

Yo a los veinticuatro era peor, aunque no me acuerdo de haber sido tan educado.

Rufo tiene el papel de la ordenanza plastificado en la guantera y lo saca todos los días para gente que no se lo ha pedido.

Desde mañana y hasta el seis de enero el centro se cierra a los coches de once de la mañana a dos de la madrugada, y cargar y descargar solo se puede de seis a diez y media, con permiso, con matrícula y con la cara de bueno puesta.

— ¿Y quién se come eso? — pregunta Breo.

— Los repartidores y los de las mudanzas — dice Rufo — . A nosotros nos abren las calles porque las cerramos nosotros.

— Menudo marrón para los otros.

— Yo llevo treinta campañas y todavía no he visto a uno llorando.

— Yo el año pasado vi a uno llorando — digo.

— Ese no lloraba, ese tenía el aire acondicionado roto.

Y en esas dos frases se acaba la clase, porque a Rufo hablar de papeles le dura poco y a mí menos, y porque además nueve metros más arriba había un arco esperando.

— Xandre, ¿tú te vienes el sábado a Cangas? — dice Cati, con el destornillador en la boca y los dos brazos metidos en la caja de conexiones.

— ¿A Cangas a qué?

— A ver el piso. ¿Tú sabes lo que es una permuta?

— No.

— ¿Y una subrogación?

— Cati.

— Es que si me lo explicas tú me lo creo antes.

Cati contesta con otra pregunta siempre, a todo, incluso a las cosas que no son preguntas, y llevo tres campañas con ella y todavía no he conseguido que me diga a secas si ha desayunado.

Está comprando un piso en Cangas con vistas a la ría y a un barco que se llama Rosalinda, y del piso y del barco habla veinte minutos seguidos sin que se le note el aire.

Del resto de su vida no habla, y eso me parece elegante.

A mediodía se nos acerca una señora con un carro de la compra y una pregunta que en esta ciudad hace todo el mundo antes o después.

La hace con la barbilla levantada. Quiere saber si este año las luces llegan hasta su calle.

Yo le digo que yo cuelgo lo que me dan y que el plano no lo hago yo, y ella asiente y se queda ahí, y a los diez segundos me lo pregunta otra vez con otras palabras.

— ¿Pero llegan o no llegan?

— Señora, yo aprieto bridas.

— Mi hermana vive en el centro y a ella le llegan.

— Eso es que su hermana vive en el centro.

— Eso es que mi hermana es una arrastrada.

Se va con el carro dando saltos por los adoquines y yo me quedo con la sensación de haber perdido algo sin saber en qué momento.

Es la sexta que me lo pregunta esta semana.

Cati dice que a ella no le pregunta la gente porque tiene cara de no saberlo, y es la única habilidad que le he envidiado a alguien.

Rúa do Príncipe de punta a punta se anda en seis minutos y hoy lo he andado nueve veces, con la cesta moviéndose detrás de mí a paso de procesión.

Van setenta y cuatro arcos revisados desde el lunes y quedan los del tramo de arriba, los que se meten hacia Policarpo Sanz.

A las cinco y media ya es de noche y a las cinco y treinta y cinco aparece el Cuñado.

Es el frío que sube de la ría cuando el sol se va, y le llamo así porque llega sin avisar, se pone en medio, no aporta nada y nadie tiene el valor de echarlo.

Hoy viene además con la humedad puesta, esa cosa de aquí que no te enfría la piel sino los tornillos de dentro.

Yo voy en manga corta, que es una decisión que tomé el primer año y que defiendo delante de cualquiera.

— ¿Tú no tienes frío? — me pregunta Breo.

— No.

— Yo tengo tres capas y me estoy muriendo.

— Porque tienes tres capas. El frío se te queda entre la segunda y la tercera y ahí vive.

— Eso no es verdad.

— Es verdad como que hay Dios, chaval. Pregúntale a Rufo.

— ¡Ponferrada! — grita Rufo, que no ha oído nada y le está gritando a otro.

A las siete menos cuarto se cierra el tramo, se recoge, se plegan las patas de la cesta y se sube a la furgoneta.

Y en esa media hora es cuando la cuadrilla habla de verdad, porque el trabajo se acabó y todavía no se ha ido a casa la gente.

Es mi media hora favorita del día y no se lo he dicho a nadie porque queda raro decirlo.

Uno se sienta en la puerta lateral con un bocadillo y ahí dentro caben todas las conversaciones del mundo.

Rufo se sienta a mi lado con el teléfono en la mano y esa cara suya de hombre que va a decir algo corto.

— La Reboreda nos quita tres camas a partir del lunes.

— ¿Cómo que nos quita?

— Que en diciembre la habitación se la pagan al triple y a nosotros nos tiene a precio de octubre. Nos deja cinco. Los tres últimos que entramos, a buscarse la vida.

— ¿Y los tres últimos somos?

— Tú, Breo y el de Lalín. Breo se va a casa de una prima en Teis. El de Lalín tiene coche.

— Y yo tengo un cepillo de dientes.

— Tú tienes un cepillo de dientes.

Rufo no lo dice con pena y yo no lo escucho con pena, porque llevamos años haciendo esto y una cama es una cama y siempre ha aparecido una.

En Ponferrada dormí catorce noches en un colchón en el suelo de un local vacío con un compañero que se llamaba Amadeo y que cantaba dormido, y no cantaba bien, y aquello lo recuerdo con un cariño que no me explico ni yo.

En Astorga fue una habitación con tres literas y un radiador que hacía el mismo ruido que un hombre pensando.

Llamo a cuatro sitios desde la puerta de la furgoneta, con el bocadillo en la otra mano.

— Hasta el siete de enero no tengo nada, hijo.

— ¿Y una individual?

— Ni una individual ni un armario. Están viniendo autobuses enteros a ver las luces. Enteros.

El segundo sitio tiene una habitación por ciento diez euros la noche, que son ciento diez euros más de lo que puedo, y el tercero no coge el teléfono.

En el cuarto una señora muy amable me explica durante seis minutos que su hija tuvo un problema con unos alemanes y que desde entonces no alquila a gente que trabaje.

A gente que trabaja no le alquila. Yo eso lo entiendo tan poco que casi lo admiro.

— Nada — le digo a Rufo.

— Me lo imaginaba.

— Hay una noria en Guixar más grande que mi pueblo y no hay una cama.

— Es lo que hay.

Y ahora viene la parte que a la gente le extraña, y os lo digo tal cual: yo no me pongo nervioso con esto.

Me pongo nervioso con otras cosas, con las cenas que se acaban temprano y con los domingos, pero no con no tener sitio, porque no he tenido sitio ni una sola vez y ahí sigo, entero y con las botas puestas.

Siempre hay una furgoneta con hueco, siempre hay alguien que tiene un sofá y siempre hay una cuadrilla que se apiña.

Y aun así, mientras guardo el teléfono, me pasa una cosa por la cabeza que dura poco y no me gusta, y es que la Reboreda tiene ocho literas, yo he dormido en cinco y en las cinco había alguien más.

En once años no me he metido en una habitación con una puerta y nadie dentro más que yo.

Ni una noche. Y si alguien me preguntara si eso me importa, yo diría que no, y lo diría rápido.

— ¿Y tú qué haces si no aparece? — dice Breo, que sigue ahí.

— Duermo en la furgoneta.

— La furgoneta la usamos a las seis.

— Pues duermo hasta las seis.

Breo se acerca con los cascos colgando del cuello y las manos en los bolsillos, y ya tiene esa postura de cuando se va a ofrecer a algo.

— Xandre, si quieres yo pregunto a mi prima.

— No sabes ni si tu prima tiene sitio.

— Por eso pregunto.

— Tú no preguntas, tú te ofreces y luego preguntas.

— ¿Y qué diferencia hay?

Rufo cierra la puerta lateral de un golpe, se pone la mano en los riñones y mira hacia arriba, al arco que acabamos de dejar apretado, con esa cara de contarlos que se le pone al final del día.

Mañana a las siete y media de la tarde en esta calle no se va a poder andar y todos los que estamos aquí lo sabemos y no lo dice ni uno, porque decirlo trae mala suerte y porque además da un poco de vergüenza estar orgulloso de unas bombillas.

— ¿Y tú dónde duermes el lunes, Ourense? — me pregunta Cati desde el asiento de delante.

— Pues en algún sitio.

— ¿En qué sitio?

— En el que aparezca.

— ¿Y si no aparece?

— Aparece.