Donde acaban las luces
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Brais
Las seis y cuarenta de la mañana del viernes trece y Suso ya está discutiendo la ruta. Tiene el motor en marcha y el codo fuera de la ventanilla. Trae un plan mejor todas las mañanas desde que conduce para mí.
— Por Beiramar se tarda menos — dice, y le da dos golpes al volante con la palma.
— Por Beiramar hay dos semáforos más y una obra.
— La obra la quitaron.
— La obra la taparon con una chapa. Debajo sigue habiendo obra.
— Pero se tarda menos, Brais.
Abro la puerta del conductor y me quedo con la mano en el tirador.
La hoja de ruta va pegada por dentro con cinta de embalar.
Tiene tres columnas escritas a mano: hora, dirección, quién va conmigo.
Coia a las siete, tercero sin ascensor, Suso.
Debajo hay once líneas más y todas tienen su día puesto.
Menos la última.
La cuarenta y dos está al final, con otro bolígrafo y la letra más pequeña. En la casilla del día no hay nada. En la de quién va conmigo hay un guion, y el guion lo hice yo con la regla. No la he borrado y no la he movido de sitio.
— ¿Vamos o seguimos hablando de Beiramar?
— Vamos por Beiramar.
Vamos por Gran Vía.
Suso conduce con las dos manos arriba del volante y la espalda recta como una tabla. Desde septiembre mete cuarenta euros al mes en una libreta de papel. Es para llevar a su madre a Portonovo en agosto, once noches, con desayuno.
— Tiene piscina — dice.
— Ya me lo has contado.
— Pequeña. Pero honrada.
— Y ella dice que no quiere ir. Pero va a ir. Tú fíjate si va a ir.
Coia a las siete y dos minutos. El portal huele a friegasuelos y a bolsa de basura de la noche. Tercer piso, catorce escalones por tramo, rellanos sin un hueco donde apoyar nada. La escalera es de los años sesenta, y las de los sesenta son las buenas. Las de los setenta te matan.
Ramona Cubelas nos abre en bata, con las llaves colgando del dedo.
Setenta y un años y toda la casa empaquetada por ella sola, con papel de periódico.
Ha ido pidiendo cajas de fruta en el mercado durante un mes entero.
Están en fila contra la pared del pasillo, veinte, con el contenido escrito arriba y en los dos lados.
— Voy pasando y veo el hueco.
— Pase, hombre, pase. ¿Quiere un café?
— Después, si sobra tiempo.
— No va a sobrar. Nunca sobra.
Todo baja. Bajan las veinte cajas, baja el somier de canto, baja la mesa con las patas quitadas.
El colchón baja doblado con Suso debajo diciendo que él ya avisó de algo que no recuerda ni él.
En cincuenta minutos el piso está vacío y barrido y Ramona sigue en la puerta del salón sin moverse del sitio.
Porque queda la lámpara.
Sigue colgada del techo, cinco brazos de latón y las lágrimas de cristal puestas una por una.
Pesa dieciocho kilos y es más ancha que una mesa camilla.
La puerta de entrada de esta casa tiene sesenta y cinco centímetros.
Esa medida la ponían cuando la gente tenía menos cosas.
Faltan once centímetros. Once centímetros son una pared.
— Esa la bajan ustedes con las lágrimas puestas — dice Ramona.
— ¿Se la bajo yo primero y le pongo las lágrimas abajo?
— Las lágrimas van puestas.
— Con las lágrimas puestas no pasa por la puerta.
— Pues pasará. Esa lámpara entró por esa puerta.
— ¿Entró montada?
Ramona se para. Se le ve trabajar la respuesta detrás de los ojos, y la respuesta no le gusta ni un poco. Aprieta las llaves en la mano y las suelta y las vuelve a apretar.
— Entró en una caja. La trajo mi marido de Lugo, en el tren, en el año setenta y seis, con la caja en las rodillas y sin cenar.
— Entonces salió de la caja aquí.
— Salió de la caja aquí y ahí se acabaron las cajas.
Suso mira la lámpara. Yo mido la puerta con la cinta, mido la lámpara y vuelvo a medir la puerta. Las puertas no cambian de opinión, pero uno mide igual, por si acaso. Esta se mantiene en sus sesenta y cinco.
Y entonces se abre la del segundo. El otro trabajo que hacemos es este: abrir puertas ajenas sin tocarlas.
Sube un señor en pijama de cuadros y con las gafas ya puestas.
Detrás de él sube un perro pequeño de esos que son todo pelo y todo opinión.
El perro hace los catorce escalones a una velocidad que no le corresponde y se planta en el felpudo de Ramona con todo el derecho del mundo.
— Eso no va a pasar por ahí — dice el del segundo.
— Estamos en ello.
— Mi prima tenía una igual. De cinco brazos, con las lágrimas. La bajaron por el patio con una sábana.
— ¿Y?
— Llegó abajo hecha nada. Hecha nada, oiga. Cristales por todo el patio y la vecina del bajo con un dedo así.
— No vamos a usar una sábana.
— Yo solo digo lo que vi.
El perro se lleva mi guante derecho hasta el primer piso y lo suelta en un escalón. Lo deja ahí puesto, en el borde, a un palmo del canto. Suso baja a por el guante y vuelve sin el guante y con el perro en brazos. Sube con el perro en brazos y yo dejo la pregunta donde está.
La solución de la lámpara no tiene ningún misterio y es la de siempre: se quita la puerta.
Se saca del pernio de arriba, se saca del de abajo y se apoya de canto en el pasillo.
La casa pasa a tener setenta y ocho centímetros y la vida se vuelve fácil.
Tardo dos minutos con un destornillador y un martillo de goma, y mientras lo hago el del segundo explica desde el descansillo que eso tampoco va a funcionar.
Funciona.
La lámpara sale de pie, envuelta en dos mantas, con las lágrimas de los brazos de fuera atadas al cuerpo con cinta de carrocero. Ramona baja los tres pisos detrás de ella con las manos juntas. El del segundo se apoya en la barandilla del suyo y nos ve pasar con el perro debajo del brazo.
— Yo ya lo dije, que quitando la puerta salía.
— Lo dijo.
— Lo dije desde el principio, ¿eh?
— Y con razón.
— Lo que hay que tener es cabeza.
— Y un martillo de goma.
— Eso también.
El perro le sigue escaleras arriba y él le abre la puerta sin mirarle. Lleva cuarenta años abriéndole la puerta al mismo animal, que además no puede ser el mismo animal.
Le vuelvo a poner la puerta en sus pernios antes de irme, porque una puerta quitada por mí es una puerta que pongo yo.
A las nueve y cuarenta y cinco la lámpara va de pie en la esquina de la caja, encajada entre el somier y el colchón.
Ramona firma el albarán apoyada en el capó, despacio, y la firma le ocupa las dos casillas.
— Los platos van con papel, ¿verdad?
— Con papel de periódico, hijo. Uno a uno.
— Perfecto. Si no te importa, la lámpara la bajamos primero y así no le pasa nada.
— Usted haga lo que tenga que hacer.
Navia a las diez y diez, un bajo con jardín y una puerta de las de ahora. Todo dentro en cuarenta minutos, sin un cristal roto y sin una discusión. La sobrina de Ramona nos espera allí con el café hecho y una idea.
— Oye, el somier viejo lo lleváis al punto limpio, ¿no?
— El punto limpio son cuarenta euros y una hora.
— Pero si os pilla de camino.
— Me pilla de camino y son cuarenta euros y una hora.
— Hombre.
Saco el albarán del bolsillo y le escribo la línea delante, con el bolígrafo apoyado en la rodilla.
Cuarenta euros, retirada de somier, y una casilla para la firma.
La sobrina se ríe, firma, y después me dice que su tía tenía razón con lo de la lámpara.
Se llevan el somier ellos en el coche de un vecino y yo me guardo el albarán con la línea tachada, un papel que no sirve para nada y que guardo igual.
Suso saca el permiso de carga de mañana de la carpeta y lo lee en voz alta, por si acaso.
— Hasta las diez y media — dice.
— Y a las diez y treinta y uno la calle es de ellos.
— ¿Y si el cliente no está a las diez y media?
— Entonces el cliente y yo tenemos un problema y el suyo es más pequeño.
Un viernes trece que empieza bien es un viernes trece que se cobra algo por el camino.
Se lo cobra a las once y veinte, en la Costa do Bazar, a doscientos metros de mi propia nave.
La cuesta tiene un catorce por ciento y no perdona un fallo.
Subo vacío, con las puertas cerradas y la radio dando el tiempo, y meto la segunda en la mitad, como todos los días de mi vida.
La segunda no entra.
Hay un ruido nuevo dentro del cambio, seco, corto, de cosa que se ha partido y ya está.
La palanca se me queda blanda en la mano, sin sitios.
Pruebo la tercera y la tercera tampoco está.
La furgoneta se para en mitad de la cuesta con el capó apuntando al cielo, y empieza a oler a metal caliente. Suso se calla. Suso no se calla nunca.
Bajo, meto una piedra debajo de la rueda de atrás y me quedo mirándolo de frente, con las manos en la cintura, como un tonto en una cuesta. Un camión de reparto nos pita al pasar y Suso le dice cosas por la ventanilla.
Iria sale del taller andando despacio, con las manos en los bolsillos del mono. Iria no ha corrido nunca y no piensa empezar por mí. Se asoma al hueco de la palanca, mete la primera, mete la marcha atrás, escucha. Le da dos vueltas a la llave y vuelve a escuchar con la cabeza torcida.
— Eso es la caja. El motor está perfecto, eso te lo firmo.
— ¿Cuánto?
— Caja de segunda mano garantizada, mano de obra y aceite. Dos mil novecientos cuarenta.
Tengo mil ciento ochenta euros en la cuenta de la empresa.
Y tengo cuarenta y una mudanzas firmadas de aquí al veintidós de diciembre, porque el martes entró la de Lavadores.
A partir del veintidós no se carga en el centro ni por escrito ni de rodillas.
Todo lo del Casco Vello y todo lo de Príncipe está apretado dentro de cinco semanas que ya venían apretadas de fábrica.
— Te puedo dejar setecientos sesenta a deber hasta enero — dice, y se limpia una mano con la otra — . Ahí los tienes.
— No hace falta.
— Hace falta.
— Iria.
— Setecientos sesenta hasta enero. El que quiera ponerlo en un papel, que lo ponga él.
— Lo pongo yo.
— Si lo sé, hombre. Tú pones papeles hasta para pedir la hora.
— Y así sé qué hora es.
— Y así sabes qué hora es, sí.
Se queda un momento en la puerta del taller, secándose las manos en un trapo que está peor que las manos. Detrás de ella, colgado en el despacho, sigue el calendario del año pasado con las fotos de motos, en el mes de marzo. Lleva veinte meses en marzo y a Iria le parece bien.
Se vuelve al taller sin esperar nada más y me deja en la cuesta con la piedra debajo de la rueda.
Enfrente, en la esquina, Puri tiene los dos árboles de plástico puestos en la puerta desde el uno de noviembre.
La guirnalda del año pasado está enrollada encima del toldo, esperando.
Mañana a las siete y media encienden el alumbrado a catorce minutos de aquí y la ciudad se cierra hasta el seis de enero.
Y yo tengo una furgoneta de mil cuatrocientos kilos y la mudanza de mañana metida en el Casco Vello, con permiso de carga hasta las diez y media y un cliente que ya me ha cambiado la hora.
Suso ya ha traído la pequeña y la ha puesto detrás, sin que se lo diga. Suso es así desde el primer día. Abre las dos puertas de atrás, baja la rampa y la deja puesta. Se sube a la caja de la grande antes que yo y se queda esperando con las manos en la correa.
— ¿Empezamos por el colchón?
— Por la lámpara.
— La lámpara pesa.
— Por la lámpara.
Subo, cojo la correa de arriba y empiezo a soltar el nudo.