Dos años en prisión son suficientes para cambiar a cualquiera, pero Juan Nishpor ya cargaba con el prejuicio de su lado.

Su aspecto rudo y tosco hacía que todos asumieran lo peor de él, declarándolo culpable mucho antes de que un juez dictara su sentencia.

Su apariencia decía una cosa, pero su interior ocultaba otra.

¿Era realmente el hombre malo que todos creían?

Esa era la pregunta que flotaba en el aire.

Su último recuerdo de libertad tenía un nombre y un aroma: una cafetería, café negro y Katherine.

Ella era la viva imagen de la dulzura: joven, delgada y envuelta en un vestido rosa puramente coquette mientras pedía un smoothie de chocolate.

Cuando Juan reunió el valor para acercarse y ofrecerle un panecillo, ella aceptó con la mirada.

Fue un segundo de luz antes de la tormenta.

Las sirenas resonaron, las puertas se abrieron de golpe y la policía se lo llevó encadenado, dejando su verdadera historia sepultada bajo el peso de la ley.

Katherine, aterrorizada, se encogió en una esquina del local. Sin embargo, ni el estrépito del arresto pudo romper la conexión: sus ojos se buscaron hasta que las puertas del auto patrulla se cerraron.

El tiempo se detuvo ahí, pero el destino ya tiene preparada una sorpresa para su reencuentro.

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