Dile No al Deseo 38. Un refugio en la oscuridad y un beso inesperado
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38. Un refugio en la oscuridad y un beso inesperado

Un refugio en la oscuridad y un beso inesperado

—La hora de visita terminó —anunció el oficial, abriendo la pesada puerta de metal.

John se puso de pie y comenzó a caminar hacia la salida sin decir una sola palabra.

—Te amo, John —declaró Carol Minier a sus espaldas.

John la miró de reojo, desvió la mirada con total indiferencia y siguió a los oficiales que lo escoltaron de regreso a su celda. Como ya era bastante tarde, se dio un baño rápido y se acostó a dormir.

Al día siguiente, amaneció temprano. John se levantó, se bañó y se cepilló los dientes. Poco después le llevaron el desayuno; comió despacio, entregó la bandeja vacía y fue a lavarse las manos y el rostro.

Una hora después, el oficial Luke apareció frente a los barrotes.

—Qué locura pasó anoche con las chicas —comenzó Luke, recostándose de la reja—.

Katherine tuvo una fuerte discusión con su novio y lo abofeteó.

Luego, el chico se fue a un club nocturno y allá se encontró con Nasly.

Ella me confesó que trabaja por las noches como bailarina y mesera en ese club.

Ambos decidieron no decirle nada a Katherine.

El muy imbécil se le insinuó a Nasly, pero ella lo rechazó.

Ahora Nasly quiere contarle la verdad a Katherine, pero a la vez tiene terror de que se entere de su otra vida, digamos.

—¿Y qué piensas tú de esa “otra vida”? —preguntó John con calma.

—La verdad, no me gusta. Quedé un poco decepcionado, pero seguiré conociéndola —admitió Luke con un suspiro—. A Katherine le están pegando los cuernos, John. Esa chica no merece eso.

—Qué pena. Creo que es algo que nos pasa a todos en algún momento. Ya se dará cuenta ella sola —respondió John con absoluta indiferencia.

—Es una dura realidad. Nos vemos más tarde, John —dijo Luke, alejándose por el pasillo.

Llegó el mediodía. John estaba sentado a la orilla de la cama, con la cabeza baja y la mirada perdida en el suelo, cuando escuchó unos pasos acercarse a su celda. Al levantar la vista, el corazón le dio un vuelco: Katherine estaba de pie frente a él, al otro lado de los barrotes.

—La chica de la cafetería… —murmuró John, sorprendido.

Katherine pidió a los guardias que la dejaran entrar, indicando que era una visita para él. Los oficiales abrieron la reja y ella ingresó tímidamente. Al ver que John no representaba ninguna amenaza para la joven, los guardias se retiraron unos pasos para darles privacidad.

—Hola, John —saludó Katherine con voz temblorosa.

—Hola, Katherine —respondió él. Seguía sentado, con una mano apoyada en el mentón, mirándola con una inusual ternura.

—Necesito un abrazo… —susurró ella, y sin pensarlo más, se lanzó hacia él.

John se puso de pie de inmediato y la envolvió entre sus brazos. Katherine rompió a llorar contra su pecho. Al verla tan frágil y vulnerable, el hombre de hielo se conmovió profundamente; con suma delicadeza, le limpió las lágrimas y comenzó a acariciar su cabello suavemente.

—No te conozco casi nada, pero me siento tan bien a tu lado… Me siento segura —confesó Katherine, alzando el rostro hacia él, desnudando su alma.

—Soy todo lo contrario a lo que tienes en mente —advirtió John, dando un pequeño paso atrás y volviendo a sentarse a la orilla de la cama para marcar distancia.

El rechazo implícito la golpeó.

—Pero… pensé… Debo estar loca. Lo siento, me tengo que ir —dijo Katherine, llena de vergüenza, girando hacia la salida.

John la detuvo tomándola suavemente del brazo.

—Eres hermosa, Katherine. Te ves tan tierna…

Tomó su rostro entre sus manos y la besó. Fue un beso delicado, profundo y cargado de anhelo. La piel de Katherine se erizó de inmediato; al contacto de sus labios, sintió al mismo tiempo una paz inmensa y un fuego abrasador encendiéndose en su corazón.

Tras unos segundos que parecieron eternos, John se apartó lentamente, rozando su frente con la de ella.

—Mereces algo mucho mejor —susurró él, mirándola a los ojos—. Y yo no entro dentro de esa categoría, Katherine.