44. Un amor marcado
Un amor marcado
A la mañana siguiente, John despertó temprano. Fue al baño, se duchó de nuevo, se cepilló y luego se colocó el uniforme limpio. Desayunó con tranquilidad y entregó los utensilios sucios. Poco después, un guardia le avisó que tenía una visita, pero que no sería necesario que saliera de su celda.
John asintió. «No debió volver», se dijo a sí mismo con seriedad.
Luego de unos minutos, los oficiales abrieron las rejas y Katherine entró.
—Necesito hablar contigo —dijo ella.
Al verla, John se sintió emocionado y tranquilo a la vez. Era Katherine, y solo ella lograba brindarle paz.
—¿Qué necesitas? —preguntó John.
—Solo vine a despedirme. No vendré más por aquí —dijo Katherine con firmeza.
Al escuchar esas palabras, John sintió un inmenso vacío en el corazón, pero intentó disimularlo manteniendo un rostro inexpresivo.
—Qué bueno que te llevaste de mi consejo —dijo John.
—Realmente no fue del tuyo, sino del de mi vecina —aclaró Katherine.
John la acercó hacia él, la tomó por la cintura y la besó con delicadeza. Luego, la miró a los ojos y confesó:
—Te extrañaré.
Katherine se estaba derritiendo; no quería marcharse, quería quedarse a su lado para siempre, pero ya había tomado una decisión.
Con los ojos llenos de lágrimas, susurró:
—No me quiero apartar de ti.
John la besó de nuevo, esta vez con intensidad.
Lentamente, la despojó de su ropa y luego se quitó la suya.
Ambos se observaron en silencio. Katherine, invadida por la vergüenza y el deseo, se abrazó a él.
Sin embargo, John se detuvo; no quiso quitarle su inocencia.
Sabía perfectamente que, si lo hacía, el apego de Katherine hacia él se volvería demasiado fuerte, haciendo que su despedida fuera mil veces más dolorosa.
Con sumo cuidado y ternura, le volvió a colocar su vestido y después él se vistió.
Katherine no paraba de llorar. Él la sostuvo en un fuerte abrazo hasta que los guardias interrumpieron para llevársela, pues el tiempo de visita había terminado.
Katherine se marchó sintiéndose destruida, pero sabía que no había vuelta atrás; tenía que seguir adelante.
Su dolor se intensificaba al pensar que John había sido el único hombre en verla sin ropa, y que la imagen de él desnudo sería algo muy difícil de superar.
Su vida había quedado marcada por un amor inalcanzable, un amor que ahora solo podría existir en sus recuerdos.
«Jamás volveré a sentirme así por alguien más», se dijo a sí misma entre lágrimas mientras esperaba un taxi. Finalmente se subió al vehículo y se alejó del penal, prometiéndose no volver jamás por aquel lugar.
Mientras tanto, de vuelta en la celda, una voz resonó:
—John Nishpor, tienes otra visita en unas horas. Prepárate para ir a la sala de visitas más tarde.
John asintió, sintiéndose más vacío y solitario que nunca. No tenía ganas de salir ni de ver a nadie, pero sabía que, al igual que ella, él también tenía que encontrar la manera de seguir adelante.