Un heredero que paga su magia con la piel. Una sombra sin nombre, jurada a gastarse por él. Y un amor que su casta castiga volviéndote piedra para siempre.

En el Imperio de Mareal, la sangre de marea sostiene el archipiélago: llama a las mareas, calma las tormentas, contiene lo que sube de la Sima.

Pero toda gran magia deja veta de coral, que crece por la carne hasta petrificarla.

Aurel Ísmaris, el Heredero de la Marea, se está volviendo estatua antes de tiempo por no gastar a nadie más que a sí mismo.

Siro es cazador de ahogados, buceador, hombre libre.

Hasta que el culto lo condena a lo que teme más que a la muerte: le rompen su concha de nombre, lo marcan a fuego y lo juran sombra del Heredero.

Carne desechable para absorber el coral que un sagrado no debe llevar.

Servir al oro que petrificó a su hermano. Antes preferiría verlo hundirse.

Pero el juramento los ata. El tacto de Siro drena la piedra de la piel de Aurel, y cuanto más se acercan, más arde lo que ninguno se atreve a querer. Porque el culto tiene una ley —un sagrado no desea a su sombra— y una mentira: que la ternura enturbia la marea.

La verdad es peor. El deseo compartido no envenena el coral: lo reparte y lo frena.

Un heredero que ama a su sombra deja de necesitar sombras que gastar.

Por eso lo prohíben. Y por eso la Oráculo Melisenda ha decidido convertir a los dos amantes en un santo de coral eterno —piedra viva, sacrificio y castigo a la vez— antes de la próxima Marea Mayor.

Para salvar el archipiélago sin que nadie más sea desechado, Aurel tendrá que aprender lo que le arrancaron al nacer: que es una persona, no un recipiente. Y Siro, que quererse no es la trampa que te convierte en piedra, sino lo único que te mantiene de carne.

Fantasía romántica MM con un sistema mágico de coste físico, tensión de enemigos a fuego lento, amor prohibido por casta y un final feliz que se gana marea a marea.

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