De carne y de coral Capítulo 32
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Capítulo 32

Un mes después de la Marea Mayor, el archipiélago aprende a sostenerse sin gastar a nadie, y a mí me toca ver cómo se hace desde el mejor sitio del mundo: al lado de Aurel.

No es milagro. El mar sigue teniendo mareas y la magia sigue costando carne; eso no cambia, ni debe.

Lo que cambia es quién paga y cómo. Ya no hay una sola sombra jurada a la que volcarle encima toda la piedra hasta hacerla estatua.

Hay un común. Los que no vuelven volvieron, y con ellos las sombras huidas, y los marcados, y buceadores de las islas pobres que se apuntan por un turno, y cuando la marea aprieta contra los diques suben todos a la Poza y ponen las manos, queriéndolo, y reparten el coral tan fino que en cada uno no es más que un brote que se cura solo.

Aurel canaliza. Ellos cargan. Nadie se gasta.

Rovena lleva el registro nuevo, el que ya no es secreto, y lo tiene abierto para quien quiera leerlo.

En la primera página, con su letra menuda, escribió la regla que la censuraron por buscar: el deseo consentido reparte y frena el coral; dos cuerpos dispuestos lo llevan mejor que uno; muchos, sin apenas notarlo.

Debajo, de su puño: nadie más se gasta solo.

Ordas manda las cuadrillas de la Poza como mandaba las cubiertas, a voces y con cariño, y cuando alguien tiene miedo antes de un turno le dice lo de siempre, que él también tiene miedo y que aun así viran, y funciona.

Doria dejó de sacar sombras de las islas porque ya no hay sombras que sacar; ahora entra y sale con su lista, cada vez más gruesa, devolviendo nombres.

El Prior Doreno y su Guardia deponen las armas el mismo día que cae Melisenda, y a los que quieren quedarse se les da un remo y un turno como a todos, porque el mundo nuevo no funciona a base de desechar, ni siquiera a los que desechaban.

Y a Lume le quitan el collar.

Eso lo hacen en público, en la Poza, el mismo día que a mí.

El niño que iba a ser la próxima sombra, el que cruzó los bajíos de noche para traerle a Aurel un recado, se arrodilla ante Rovena y ella le corta el collar de marca que le venía grande, lo tira al agua, y en su lugar le talla una concha entera con su nombre.

Lume la aprieta y canturrea, esta vez de contento, y cuenta en voz alta las mareas que le quedan de vida como quien cuenta un tesoro y no una condena.

Luego me toca a mí.

Toda la corte flotante mira. No la corte del culto, la vieja, la de las funciones y el vino de nácar.

La corte nueva, que es medio muelle y medio templo, con sombras y contrabandistas y pescadores mezclados en las barcazas ancladas sobre la ciudad ahogada.

Aurel está de pie a mi lado, con la manga izquierda subida, la piedra a la vista, sin esconderla ya nunca.

Rovena tiene el buril y una concha entera, blanca, nueva, la más grande que le he visto tallar.

— Dame el trozo — me dice, bajo.

Me llevo la mano al cinturón. Al bulto que llevo cosido desde hace ocho años, desde la noche que me rompieron la mía y me dijeron que ya no era nadie.

El pedazo roto de mi concha de nombre, del tamaño de una uña, con media letra.

Lo he tocado mil veces en lo oscuro para acordarme de que un día fui una persona con gente.

Lo saco. Me tiembla un poco la mano, y esta vez no lo escondo.

— No la voy a romper — dice Rovena, adivinándome—. Al revés. — Pone mi trozo roto contra la concha nueva, encaja la media letra, y empieza a grabar el resto a partir de ella, completándola, devolviéndome entero el nombre que el culto me partió—. Sujeta.

Sujeto. Y letra a letra, con el sonido limpio del buril contra el nácar, Rovena me devuelve mi nombre delante de todos.

— Siro — lee en voz alta cuando termina, y lo dice claro, para que llegue al fondo de las barcazas—. De las islas pobres. Buceador. Hermano de Reo. Nadie vuelve a llamarlo de otra manera.

Me pone la concha entera en las manos. Pesa poco. Pesa todo.

No cuento la respiración. No me hace falta.

Por primera vez en ocho años no tengo que quedarme quieto y contar para no sentir, porque puedo sentir esto delante de la gente y no me van a usar contra mí lo que siento.

Aprieto la concha. Aurel me pone la mano en la nuca lisa, donde estuvo la marca, y no dice nada, que es exactamente lo que quiero.

Y entonces, en el alféizar de la borda donde la habíamos puesto para que le diera el sol, la caracola de piedra se mueve.

Lo ve Lume primero, y lo señala con un grito.

Todos nos volvemos. La caracola rosada que fue Guijo, la que se petrificó en el aire escudándonos la vida, tiembla, se agrieta, y de dentro sale, despacio, un pulpillo.

Pero no el mismo. Este es más pálido, casi de nácar, con vetas rosadas en la piel que antes no tenía, como si se hubiera traído un poco de la piedra consigo al volver.

Cambia de color igual que antes, salta al cuello de mi camisa igual que antes, me palpa la oreja con un tentáculo igual que antes.

Pero es distinto. Volvió, y volvió cambiado, como todo lo que pasa por el coral y sale queriendo vivir.

— Guijo — digo, y se me quiebra la voz, y me da igual que se me quiebre—. Terco. Igual que tu dueño.

El pulpillo se enciende de un dorado que ahora tiene reflejos de nácar, y me aprieta el pulso, caliente, y sé que me está diciendo a su manera lo que siempre me dijo cuando me quedaba frío: sigue de carne, sigue aquí, no te apagues.

Esa noche, en el camarote, Aurel me da lo último.

Estamos los dos en la cama, con Guijo dormido en la caracola vieja y mi concha de nombre entera en el alféizar donde le da la luna.

Aurel se levanta, va al arca que nunca abre delante de nadie, y saca algo envuelto en un paño de mar.

Se sienta a mi lado. Lo desenvuelve. Es una concha, vieja, gastada de tanto tocarla, con un nombre grabado por una mano temblorosa hace muchos años.

Aurel. A secas. Sin título.

— Es la de mi madre — dice, y le cuesta, se le nota que le cuesta, porque esto no lo ha dado nunca a nadie—.

Ella era la última que me llamaba Aurel, sin Heredero, sin Sagrado, sin Marea.

Me lo grabó ella misma la noche que nací, antes de que el culto me tomara y decidiera que yo no era una persona sino un recipiente.

La guardé toda la vida. Es lo único que tengo de cuando era el hijo de alguien y no el instrumento del mar.

— Me la pone en las manos—. Quiero que la tengas tú.

La sostengo con las dos manos, la concha suya junto a la mía en el alféizar, dos nombres enteros a la luz de la luna.

— Aurel — digo, y no me sale como reproche ni como broma—. Es tuya.

— Por eso te la doy. — Me busca la cara—. Nunca se la había confiado a nadie, porque nunca hubo nadie a quien no le costara yo algo. A ti no te cuesto piedra. A ti te cuesto solo quedarme. — Me pone la mano de coral en la mandíbula, y ya no la aparta, y yo tampoco—. Guárdamela. Guárdame a mí.

Me quedo mucho rato mirando las dos conchas juntas.

La mía, rota y recompuesta, con la media letra vieja encajada en el nombre nuevo.

La suya, entera desde el principio, gastada de amor.

Dos hombres que empezaron sin nombre en la boca de nadie, uno porque se lo rompieron y otro porque se lo cambiaron por un título, y que acaban teniendo, cada uno, el nombre del otro para guardar.

Fuera, el mar sube y baja con su coste de siempre, y mañana habrá turno en la Poza, y muchas manos cargarán la marea entre todas, y ninguna se volverá piedra.

El mundo sigue en pie, con sus tormentas y su Sima y sus diques que a veces fallan.

No se arregló todo. No hacía falta. Solo hacía falta que nadie tuviera que gastarse solo ni a la fuerza, y eso ya está.

Me vuelvo hacia él. Aurel Ísmaris, Heredero de la Marea, que aprendió a los veintiséis años a decir yo quiero y a dejarse querer y a no ser un santo.

El hombre al que llamé reliquia y luego llamé por su nombre, el que me tiró al agua para salvarme y al que volví a buscar contra toda mi propia ley, el que me devolvió lo que la casta me quitó y me pidió a cambio solo que me quedara.

Le pongo la mano en la cara. La nuca lisa. La concha de su madre entre los dos.

— Aurel — digo, y por fin es solo un nombre en mi boca, no un título ni una condena; me busca la mano sin coral que drenar y sin juramento que nos ate, y me la sostiene porque quiere. Por una vez el tacto no cobra nada. Se queda.