De carne y de coral Capítulo 31
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Capítulo 31

Tres mareas después de la noche en que no nos volvimos piedra, el culto rompe su primera concha de nombre al revés.

Lo veo desde el borde de la Poza de las Sombras, la misma charca donde hace no tanto me machacaron la mía y me dijeron que ya no era nadie.

Solo que hoy no hay Guardia de Coral formada ni Oráculo con las manos limpias.

Hay Rovena, con los dedos manchados de ácido, y un buril, y una sombra vieja arrodillada delante de ella, la mujer mayor que en los llanos oyó su nombre por primera vez en veinte años.

Rovena talla. En una concha entera, nueva, blanca, graba letra a letra el nombre que Doria leyó de su lista cifrada, y cuando termina se la pone a la mujer en las manos, y la mujer la aprieta contra el pecho y no dice nada, porque hay cosas que no caben en la boca.

Una concha entera. No un trozo roto. El rito del borrado, hecho al derecho.

Detrás de ella hay cola. Sombras huidas, marcados, desechados, todos los que subieron a la Poza aquella noche y todos los que se enteraron después, esperando a que les devuelvan en el nácar lo que el culto les quitó.

Doria pasa entre ellos con su lista, comprobando, susurrando nombres, y por una vez no viste de un tono apagado para desaparecer: hoy quiere que la vean.

— Siguiente — dice Rovena.

Y así toda la mañana, un nombre tras otro, la casta desmontándose no a golpes sino a buril, concha a concha.

Aurel gobierna esto desde una silla baja, sin nácar de ceremonia, con la manga izquierda subida sin esconder ya la piedra que le queda.

No la esconde porque ya no crece. Rovena lo mide cada marea y da su golpecito y escucha y dice lo mismo: se está quieto.

La veta se le detuvo la noche de la cadena y no ha avanzado un dedo, y algunas ramas finas, las de arriba, las del cuello, han retrocedido.

Aurel Ísmaris va a vivir. Con un brazo medio de coral, sí, pero con un corazón de carne, y eso, de un Heredero de la Marea, no lo ha visto el archipiélago en cien años.

Cuando la cola se termina, me lleva al Santuario del Fondo.

No me avisa de adónde vamos. Me toma de la mano, la de carne, y me guía por los corredores hundidos hasta la sala de los santos de coral, donde llevo desde niño sin poder entrar sin que se me revuelva todo.

Las estatuas nos rodean. Antiguos sagrados y antiguas sombras, petrificados juntos, con los nombres de las sombras tachados en las placas.

Yiro entre ellos, la primera sombra de Aurel, canonizado, quince años para siempre.

Y allí, pequeña, en un rincón bajo donde nadie mira, la estatua de un crío con la boca abierta.

Reo.

Me quedo delante de mi hermano y cuento. Una respiración. Dos. No me sale la tercera.

— Tenía diez años — digo, porque a Aurel se lo puedo decir—.

Cantaba. Contaba las mareas para dormirse, igual que Lume.

Se lo llevaron una madrugada y me dijeron que era un honor, y volvió de piedra con la boca abierta pidiendo algo, y yo llevo ocho años sin saber qué pedía.

— Le pongo la mano en la mejilla fría de nácar—.

Nadie ha dicho su nombre en voz alta desde entonces.

Aquí abajo son santos sin nombre. Números que rezar.

Aurel se acerca. Lee la placa tachada bajo la estatua de mi hermano. Y hace algo que ningún Heredero ha hecho jamás: se arrodilla ante una sombra.

— Reo — dice Aurel, claro, en voz alta, en el corazón del templo que lo borró—.

Se llamaba Reo. Y no fue un honor. Fue un crimen, y el culto lo llamó santidad, y se acabó.

— Se vuelve hacia Rovena, que nos ha seguido con el buril—.

Nueva placa para cada santo del Fondo. Con el nombre.

El verdadero. El de la sombra igual que el del sagrado.

Y bajo el de Reo, que se grabe que aquí yace un niño de las islas pobres, hermano de Siro, y que lo tomamos y lo gastamos, y que no volveremos a hacerlo.

Rovena empieza a grabar el nombre de mi hermano en el nácar, letra a letra, y el sonido del buril contra la piedra es lo más limpio que he oído en mi vida.

No lloro. Siro no llora. Pero me quedo mucho rato con la mano en la mejilla de Reo, y Aurel se queda a mi lado sin decir nada, sin llenarme el silencio, que es lo único que quería y nunca supe pedir, y cuando por fin salgo del Santuario del Fondo salgo distinto, más ligero, como quien suelta un ancla que llevaba clavada en el pecho desde niño.

Esa noche, en el camarote de la Nao Sacra, es Aurel el que me busca.

Estamos los dos en el borde de la cama, empapados de agotamiento más que de agua, con la caracola de piedra que fue Guijo puesta en el alféizar donde le da la luna, porque los dos seguimos hablándole por lo bajo como si aún nos oyera.

Aurel me mira a la cara mucho rato. Y luego me pone la mano en la mandíbula, la de carne, y me dice lo que le costó una vida entera aprender a decir.

— Yo quiero — dice—. A ti. Ahora. No la marea, no lo que se debe, no lo que hay que hacer. Yo. Quiero. Esto. — Me acerca la frente a la mía—. ¿Puedo?

— Llevas semanas sin pedirme permiso para nada — digo, con la boca torcida—. ¿Ahora te vuelves fino?

— Ahora es distinto — dice Aurel—. Ahora no hay juramento que nos obligue ni marea que sostener. Ahora solo estamos tú y yo, y quiero que sea porque sí. Solo porque sí.

Y eso, que suena a poco, es todo. Es lo que ninguno de los dos ha tenido nunca: que alguien te quiera solo porque sí, sin que haga falta, sin que cueste, sin que te use para nada.

Le cierro la boca con la mía.

Nos desnudamos despacio, sin la prisa de la última vez, cuando creíamos que era la última.

Le beso el hombro por donde le sube el coral y la piedra ya no está fría bajo mis labios; está tibia, casi carne, porque le he puesto la mano encima queriéndolo y el nácar, esta noche, no me toma nada.

No me pasa la avalancha que temía. No me sube por la muñeca.

Al contrario. Donde lo toco, retrocede una pizca, se aquieta, y Aurel suelta el aire como quien se descarga de un peso de años.

— No me drena — murmuro contra su clavícula—. Aurel. Ya solo da.

— Ya solo da — repite él, y me hunde los dedos en el pelo.

Lo tiendo en la cama y le recorro con la boca la línea del coral, del brazo al cuello, y con cada beso siento la piedra ceder, replegarse, devolverme calor en vez de robármelo, y Aurel arquea la espalda y dice mi nombre, Siro, Siro, con esa voz suya de liturgia rota en algo mucho más honesto.

Le abro las piernas con la rodilla. Me busca con las dos manos, la de carne y la de piedra, y ya no aparta la de piedra, ya no la esconde, me la pasa por la espalda y por los muslos y me marca con ella igual que con la otra, porque le he enseñado que esa mano también toca, también da, también es suya.

Cuando entro en él, despacio, con la frente pegada a la suya y los dedos entrelazados por encima de su cabeza, Aurel me mira a los ojos y no los cierra.

Se queda mirándome mientras nos movemos, sin liturgia, sin esconderse, un hombre entero por primera vez en su vida dejándose ver del todo, y el coral entre nuestros cuerpos brilla tibio y da, da, da, retrocediendo con cada embate, la magia que suma en vez de restar, el precio que por una noche no cobra nada.

— No pares — me pide, con la boca contra mi oreja—. Siro. Quédate. No solo esta noche. Quédate.

— No me voy a ninguna parte — digo, y por primera vez en ocho años lo digo sin que me suene a trampa—. Reliquia terca. No me voy.

Nos deshacemos juntos, lento y hondo, sin urgencia, con toda la noche por delante y por primera vez la certeza de que habrá otra, y otra, y muchas.

Después nos quedamos enredados, con el coral de Aurel tibio contra mi pecho, respirando el mismo aire cansado, y por la ventana entra la luna sobre la caracola de piedra que fue Guijo.

Y ahí, en el sosiego, es cuando la marca de mi nuca se apaga.

No con dolor. Sin dolor. La correa que me quemaba al alejarme, el coral sembrado a fuego que me ató al juramento, se enfría de golpe bajo la piel, se reblandece, se disuelve. Me llevo la mano atrás y no hay costra ni tizón ni piedra. Solo la nuca lisa. Como antes de que me marcaran.

Aurel lo nota. Me pasa los dedos por donde estaba la marca y no encuentra nada.

— Se ha ido — dice, incorporándose sobre un codo—. Siro. La correa se ha ido.

Y entiendo lo que significa antes de que él lo diga.

La marca me ataba a Aurel a la fuerza. Me impedía alejarme, me castigaba la fuga, me tenía preso de él lo quisiera o no.

Y ahora que la hemos deshecho no a golpes sino queriéndonos, la correa se ha disuelto sola, porque ya no hace falta que nada me obligue.

Puedo levantarme de esta cama, salir de la Nao, tomar el esquife rápido de Doria y remar hacia el sur con papeles limpios y un nombre que nadie conozca, libre al fin de la casta que se comió a mi hermano, que es exactamente lo que pedí la noche que me marcaron.

Puedo irme.

Nada me retiene. Ni un juramento, ni una correa, ni una deuda. Por primera vez desde que me apresaron, soy un hombre libre en una habitación, y la puerta no tiene cerradura.

Me quedo mirando a Aurel a la luz de la luna. El pelo negro revuelto, los ojos de agua parada buscándome la cara, sin pedirme nada, dejándome elegir, porque sabe lo que significa esa nuca lisa igual que lo sé yo y no piensa atarme con culpa lo que la magia acaba de soltar.

Y me doy cuenta de que la lección de toda mi vida estaba del revés.

Querer no es la trampa que te vuelve piedra.

Lo que te vuelve piedra es lo otro: ser nadie, no fiarte, no sentir, quedarte frío por dentro para que no puedan usarte.

Eso es la petrificación de verdad, la que no se ve, la que me hice yo solo durante ocho años.

Aurel iba a gastarse a la nada por no dejarse ayudar y a eso lo llamaba nobleza.

Yo iba a huir hacia el sur por no dejarme querer y a eso lo llamaba libertad.

Y los dos estábamos eligiendo la piedra, cada uno a su manera.

Me acerco. Le pongo la mano en la mejilla, la nuca libre y sin marca, y elijo. Sin juramento que me obligue. Sin correa que me tire. Sin deuda que pagar. Porque sí. Solo porque sí.

— Podría irme — digo.

— Lo sé — dice Aurel.

— No me voy.

Y me quedo, no porque no pueda marcharme, sino porque puedo y elijo quedarme, que es lo único que hace que quedarse valga algo.

Aurel me busca la boca, y afuera el mar sigue teniendo mareas y coste, porque el mundo no se arregla en una noche, pero ya nadie se gasta solo ni a la fuerza en él, y en el alféizar la caracola de piedra que fue Guijo devuelve la luna, quieta, esperando, mientras dos hombres de carne se quedan el uno con el otro porque quieren.