Capítulo 30
Melisenda sube al borde de la Poza y alza las manos hacia la Marea Mayor, y por primera vez en sesenta y cuatro años va a pagar algo de su cuerpo, aunque todavía no lo sabe.
— Si el instrumento y el Sagrado no sirven de ofrenda — dice, y su voz vuelve a ser serena, terriblemente serena, la calma de la fe que se resiste a caer—, entonces la Voz del Mar sostendrá la marea por sí misma.
Yo, que he leído el coral toda mi vida. Yo, que sé lo que el mar quiere.
— Mira sus propias manos blancas, limpias, sin una veta—.
He guiado a cien herederos hacia su piedra.
Ha llegado la hora de que la Marea me reconozca a mí.
Y canaliza.
Lo veo hacerlo con el horror de quien conoce el precio.
Melisenda abre los brazos y llama a la sangre de marea, a la que ella no tiene, a la que nunca ha tenido, porque la Voz del Mar no es una sagrada: es una sacerdotisa.
Nunca ha obrado gran magia. Nunca se ha gastado.
Ha pasado la vida mandando pagar a otros y guardando las manos limpias, y ahora, negada su ofrenda, con la Marea Mayor rugiendo y las islas pendiendo de un hilo, hace lo único que le queda: intentar mandar ella el mar.
El mar la oye.
Y el mar cobra.
— ¡Melisenda, no! — grito, y doy un paso hacia ella con la mano tendida, la de carne, porque en este último instante no soy capaz de desear la caída ni de mi enemiga—. ¡No sabes lo que cuesta! ¡No has pagado nunca! ¡La marea reclama a quien da y tú no sabes dar!
No me escucha. Nunca escucha. Alza más las manos, jubilosa, convencida de que el mar reconocerá a su Voz.
El coral la toma en un latido.
No despacio, como me tomó a mí a lo largo de once años.
De golpe, como cobra el mar una deuda de sesenta y cuatro.
La sangre de marea que ella no tiene abre un boquete por el que entra todo el coste de una vez, y el nácar rosado le estalla en las manos limpias, sube por los brazos que nunca pagaron, ramas y ramas de piedra trepándole en un instante hasta el pecho.
Y en su cara serena, por fin, aparece algo que no había estado nunca: sorpresa.
Miedo puro. El de quien ha exigido a todos el precio que jamás se aplicó y descubre, en su propio cuerpo, lo que pesa.
— No... — dice Melisenda, y ya no es liturgia, es una anciana asustada mirándose las manos convertirse en joya—. No sé... no sé cómo... cómo se... — Se le quiebra la voz—. ¿Cómo lo lleváis? ¿Cómo se lleva esto?
Nadie le contesta. Nadie sabe contestarle, porque la respuesta es la que ella prohibió toda su vida: se lleva entre muchos, queriéndolo, repartido.
Y ella está sola en el borde de la Poza, sola como quiso que estuvieran todos sus santos, y no hay una sola mano dispuesta a tocarla, porque nunca dio un nombre a nadie, nunca tocó a nadie sin cobrárselo, y ahora la piedra la reclama entera y no tiene una cadena de carne que la sostenga.
Su rito la ha atrapado a ella. La Piedra Eterna que quiso hacer de dos personas, se la hace la marea a la única que jamás pagó de su cuerpo, y no hay grandeza en ello.
No cae como una mártir ni como una tirana.
Cae como lo que fue siempre por dentro: alguien que mandó gastar y no supo darse, deshecha por lo único que exigió a todos los demás.
Pero la marea que ha llamado sin saber sostenerla se le escapa de las manos de piedra.
Eso es lo que casi nos mata.
Cuando el coral le sube por los brazos y pierde el control, la sangre de marea que arrancó y no sabe conducir se dispara suelta por la Poza, un latigazo de agua y de nácar en bruto, una descarga del coste que ella no puede pagar buscando dónde descargarse.
Y va hacia nosotros. Hacia Siro, que está más cerca del borde.
Hacia mí. Una lengua de piedra líquida que, si nos toca, nos petrifica en el sitio a los dos, la petrificación que Melisenda soñó, cumpliéndose sola en su último manotazo.
No me da tiempo a apartar a Siro. No me da tiempo a nada.
Guijo sí.
El pulpillo, que ha pasado toda la batalla agarrado al cuello de Siro, dorado de furia, se suelta en el instante exacto.
Salta. Un puñado de tentáculos y color lanzándose entre el latigazo y nosotros dos, poniéndose en medio, escudándonos con su cuerpo del tamaño de un puño lo que ninguno de los dos podría haber parado.
El coral en bruto lo alcanza a él.
Y Guijo, que cambia de color con el humor de Siro, que suelta tinta ante quien miente, que le calienta la muñeca cuando se queda frío, paga su forma.
Lo veo endurecerse en el aire, el dorado apagándose, el cuerpo blando volviéndose nácar, la piedra tomándolo entero en el vuelo, y cae a la Poza convertido en una cosa dura y pequeña y quieta, una caracola rosada que un latido antes era un ser vivo.
— ¡Guijo! — Es Siro el que grita, Siro que no grita nunca, Siro que se calla cuando algo le importa de verdad, y esta vez no se calla—. ¡Guijo, no!
Se lanza a por él en el agua. Lo saca. Lo tiene en las dos manos, la caracola de piedra que le escudó la vida, y en la cara de sal de Siro hay algo que no le había visto ni en lo peor: la pena limpia de quien pierde a lo único que nunca lo abandonó.
Guijo no se movió cuando lo tiraron de la Nao.
Guijo escupió tinta cada vez que Siro se mintió a sí mismo.
Guijo lo mantuvo atado por dentro cuando todo lo demás le decía que huyera. Y Guijo se ha puesto en medio.
Me acerco. Le pongo a Siro la mano en el hombro mojado, la de carne.
— Está petrificado — digo, bajo—. No roto. Petrificado. Y tú y yo sabemos, mejor que nadie en el mundo, que la piedra puede retroceder cuando se la quiere.
Siro alza la cara. Tiene los ojos brillantes y no lo esconde.
— ¿Volverá?
— No lo sé. — No le miento. Después de esta noche no pienso volver a mentirle—. Pero lo vamos a querer de vuelta. Entre todos. Como todo lo demás.
En el borde de la Poza, Melisenda deja de moverse.
El coral la ha tomado por completo. Se queda de piedra con las manos alzadas hacia el mar que llamó y no supo llevar, la boca entreabierta en esa última pregunta, cómo se lleva esto, y en la caverna se hace un silencio que ni la tormenta llena, porque todos, sombras y guardias y contrabandistas, miran a la Voz del Mar convertida en lo que ella hacía de los demás.
El Prior Doreno baja el arma. La Guardia de Coral baja las armas.
Sin la Oráculo que les daba fe, no son más que hombres cansados con nácar de guerra, y de golpe no saben para qué peleaban.
Y la Marea Mayor, sin nadie que la mande desde el borde, vuelve a empujar.
— Aurel — dice Siro, guardándose la caracola de Guijo contra el pecho, poniéndose de pie—. Todavía sube. Todavía hay que sostenerla.
Tiene razón. Melisenda ha caído, pero el mar no. La Marea Mayor sigue viva, sigue reclamando, y si nadie la sostiene ahoga las islas igual que si nunca hubiéramos peleado.
Vuelvo a la cadena.
Pero ahora la hago distinta. Ahora no la hago como la ofrenda de un santo. La hago como lo que Rovena me enseñó y yo tardé once años en creer.
— ¡Escuchadme! — Alzo la voz sobre el agua, y por primera vez no uso la voz del culto, la litúrgica, la que me enseñaron para que me obedecieran.
Uso la mía—. ¡No os pido que os ofrezcáis!
¡No os pido que os gastéis por mí! ¡Os pido que carguéis conmigo lo que ninguno puede solo!
¡Manos en la piedra, y queredlo, y en cuanto pese demasiado en alguien, se pasa al de al lado!
¡Nadie se gasta esta noche! ¡Nadie es desechable!
¡La llevamos entre todos o no la lleva nadie!
Y suben otra vez. Bede. La mujer mayor. Doria. Ordas. Lume con sus manitas. Sombras con sus nombres recién devueltos. Y Siro, con Guijo de piedra guardado en el cinturón junto al trozo de su concha, me pone la mano en el brazo de coral, queriéndolo, y cierra la cadena.
Canalizo. Abro la sangre de marea de par en par y tiro del mar entero, y el coste sube, y esta vez lo veo repartirse antes de temerlo: por mi hombro, por la mano de Siro, por Lume, por Bede, por sesenta cuerpos, tan fino que en cada uno es solo un frío que pasa.
La Marea Mayor embiste contra una voluntad que no es la mía sola, sino la de todos, y no cede. Se dobla. Se calma. Baja.
Fuera, sobre los diques rotos, el agua se retira de las barcazas. La ciudad ahogada respira. Las islas viven, y esta vez sé, con cada rama de coral que retrocede en mi brazo, que ninguna vida ha pagado por otra.
Cuando por fin suelto la marea, cuando el mar vuelve a su sitio y la tormenta se abre en jirones sobre la corte, me quedo de pie en el borde de la Poza, descalzo, empapado, con el coral replegándose por mi brazo hacia donde estaba, y todavía soy de carne.
Sigo siendo Aurel. No me he vuelto santo. No me he gastado a la nada.
Me vuelvo hacia Siro. Tiene la caracola de Guijo en una mano y mi vida en la otra, y la cara de quien ha ganado algo y perdido algo en la misma noche, que es la única clase de victoria de verdad.
— Se calma — le digo.
— Se calma — dice Siro.
Detrás de nosotros, la estatua de nácar de Melisenda mira para siempre el mar que nunca supo llevar.