Capítulo 29
La Marea Mayor entra en la Poza por la boca de la caverna y por primera vez en mi vida no huyo del agua.
Viene negra, gorda, con la fuerza de toda la Sima detrás, y arranca faroles y tablones y hace tambalearse la cuna de coral en el centro.
La gente grita. La Guardia de Coral cierra filas alrededor de Melisenda.
Y Aurel, a mi lado en el borde, mira el muro de agua que sube por las barcazas de la corte, por las casas de la ciudad ahogada, por los pies de miles que esta noche rezan, y hace lo que lo criaron para hacer.
Alza el brazo. El de piedra. Y canaliza.
Lo he visto sostener diques antes, pero nunca así.
La Marea Mayor no es un dique; es el mar entero embistiendo, y para pararlo Aurel tiene que abrir de par en par la sangre de marea que lleva dentro, tirar de toda el agua a la vez, mandarla parar.
El esfuerzo lo dobla. Y el coste sube al instante: la veta de nácar rosado, que ya le cubría el antebrazo entero, echa a crecer ante mis ojos, ramas nuevas trepándole por el hombro, por la clavícula, hacia el cuello, hacia el pecho, hacia el corazón.
— ¡Es la ofrenda! — grita Melisenda, y en su voz hay júbilo—. ¡El Sagrado se gasta por su pueblo! ¡Dejadlo! ¡Que la piedra lo tome!
Porque eso es lo que ella quiere. Que Aurel sostenga la Marea Mayor solo, hasta que el coral le alcance el corazón, y se quede de piedra sosteniéndola para siempre. Su Piedra Eterna. No necesita la cuna ni el rito ni forzarlo: le basta con no dejar que nadie lo ayude. El martirio hace el trabajo.
No esta noche.
Llego a él de dos zancadas por el borde resbaladizo.
Aurel tiene la mandíbula apretada, los ojos en blanco de puro esfuerzo, el coral trepándole ya por el cuello, y cuando le pongo la mano en la piel, en la carne todavía viva del hombro, justo por encima de donde la piedra avanza, abre los ojos y me busca.
— No — jadea—. Siro, no. Te lo vuelco entero. En una noche te vuelvo piedra. Por eso te aparté. Vete.
— Cállate y siente cómo lo hacemos — digo.
Y lo toco queriéndolo.
No como se drena por juramento, frío y funcional.
Como lo toqué la última noche en la cama, con ganas, con todo.
Le pongo la palma abierta sobre la piedra que crece y no tiro del coral hacia mí a la fuerza: lo dejo venir, lo invito, lo comparto.
Y el coral, que subía disparado hacia el corazón de Aurel, duda.
Se reparte. Una parte pasa a mi mano, sí, empieza a subirme por la muñeca en filamentos rosados, frío, pero no es la avalancha que él temía.
Es un hilo. Porque lo estoy queriendo, y el querer lo reparte y lo frena, tal como descubrimos, tal como Rovena juró.
Pero un hilo en mi brazo, con toda la Marea Mayor empujando, también me llega al corazón antes del alba. Dos cuerpos llevan la piedra mejor que uno. No lo bastante mejor. Hacen falta más.
Me vuelvo hacia la caverna llena de desechados.
— ¡Ahora! — grito—. ¡Todos! ¡Manos en la piedra! ¡Manos en mí, manos en él, manos en el de al lado! ¡Cadena! ¡Y queredlo, por vuestra vida, queredlo, no lo sufráis, elegidlo!
Y suben.
Bede el primero, la cara quemada partida por una mueca que no es de miedo, y me pone su manaza en el hombro libre.
La mujer mayor le agarra a Bede el brazo.
Doria a ella. Una sombra joven a Doria. Ordas con su mano de tres dedos se aferra a Aurel del otro lado, al brazo de piedra, sin asco, apretando como si aún hubiera hombro que apretar.
Lume, el crío, se cuela entre las piernas de todos y pone sus dos manitas sobre las mías, sobre el nácar que ya me sube por la muñeca, y canturrea su tonadilla contra el miedo, y no suelta.
Cincuenta cuerpos. Sesenta. Una cadena de carne desde el brazo de Aurel hasta la boca de la caverna, todos tocándose, todos queriéndolo.
Y el coral se reparte.
Lo siento pasar por mí como una corriente que se divide en mil arroyos.
La piedra que iba a matar a Aurel entra en mi mano y no se queda: sigue, a la de Lume, a la de Doria, a Bede, a la mujer mayor, a la sombra joven, a todos, repartiéndose tan fina que en cada cuerpo no es más que un brote, un frío pasajero, un cosquilleo de nácar que sube un dedo y se detiene.
Nadie se petrifica. Nadie. Sesenta personas cargando entre todas lo que habría vuelto estatua a uno, y en cada una es soportable, es casi nada, porque lo llevan queriéndolo y el querer lo frena en cada uno a la vez.
Aurel me mira por encima de la cadena, con el coral del cuello deteniéndose, retrocediendo, replegándose de vuelta hacia el hombro, hacia el codo, cediendo terreno por primera vez en su vida, y en esa cara de santo cansado hay un asombro que le rejuvenece diez años.
— Retrocede — susurra—. Siro. Está retrocediendo.
— Pues no pares — le digo—. Sostén la marea. Nosotros te sostenemos a ti.
Y la sostiene.
Con toda la cadena repartiéndole el coste, Aurel abre la sangre de marea de par en par y tira del mar entero, y esta vez no se dobla, porque no lo lleva solo.
La Marea Mayor golpea contra su voluntad y no cede, y allá fuera, sobre los diques rotos, el agua deja de subir por las barcazas, se detiene, empieza a calmarse.
Las islas dejan de ahogarse. Y no ha muerto nadie por ellas.
Melisenda lo ve. Y algo se le quiebra en la cara serena.
— ¡No! — Es la primera vez que la oigo gritar así, sin liturgia, casi humana de puro furiosa—. ¡Prior! ¡Rompe la cadena! ¡El instrumento y el Sagrado a la cuna, ya! ¡El rito exige vasos no dispuestos! ¡Separadlos!
Doreno se lanza. La Guardia de Coral se lanza.
Y hay pelea en el borde de la Poza, arpones y bastones de nácar, sombras defendiendo la cadena con los cuerpos, Ordas repartiendo mandobles con una barra de calafate, Doria escurriéndose entre los coraceros como el humo.
Bede recibe un golpe y no suelta la piedra.
La mujer mayor le muerde la mano a un guardia y no suelta.
Nadie suelta la cadena, porque han entendido que soltarla es volver a ser desechables, y prefieren morir siendo un nombre.
Un coracero me embiste y me tira del borde al agua negra de la Poza, y suelto a Aurel.
En cuanto lo suelto, la marca de mi nuca despierta, pero no como antes.
No flamea por alejarme. Al contrario: tira de mí hacia él, caliente, viva, la correa que castigaba la fuga premiando ahora la vuelta.
Y bajo el agua, en lo negro, con el coracero encima intentando ahogarme, hago lo único que sé hacer mejor que nadie en este mundo.
Aguanto la respiración.
Pulmones de fuelle, me decía mi padre de niño, tienes fuelles en vez de pulmones.
Aguanto más que nadie. Aguanto mientras el coracero se queda sin aire y afloja.
Aguanto mientras me suelto de él y buceo bajo la refriega, entre las piernas de la Guardia, en lo negro, hacia la mancha de luz donde está Aurel.
Aguanto hasta que reviento la superficie a su lado, agarro de nuevo el brazo de piedra y vuelvo a cerrar la cadena, y el coral vuelve a repartirse, y la marea vuelve a sostenerse.
— Sesenta cuerpos, Melisenda — jadeo, escupiendo agua—. ¿A quién vas a petrificar? Tu rito necesita víctimas. Aquí solo hay voluntarios.
Y ahí está el corazón de todo, y lo veo caer en la cara de la Oráculo como cae un dique.
Su Piedra Eterna necesitaba dos cuerpos obligados y sin amor, uno drenando entero al otro, la piedra volcándose sobre uno solo hasta hacerlo estatua.
El rito no funciona con muchos que lo eligen.
No funciona con querer. No hay a quién volver piedra cuando la piedra se reparte fina entre sesenta personas que la cargan porque quieren.
Toda su doctrina, todos sus santos del Fondo, cada nombre tachado en los registros de las antiguas Piedras Eternas, todo se sostenía sobre una mentira: que hacía falta gastar a alguien.
Y sesenta desechados acaban de demostrar, con las manos en la piedra, que no.
El patrón se rompe. Los nombres no se tachan esta noche. Doria los ha leído todos en voz alta y sus dueños los llevan puestos mientras cargan la marea, y ninguno se va a volver un santo mudo con la boca abierta.
— ¡Es antinatural! — grita Melisenda—. ¡El mar lo rechazará! ¡La marea reclama su ofrenda!
— La marea está reclamando — dice una voz nueva, Rovena, desde la boca de la caverna, con el rollo cosido en alto—.
Pero no a ellos. Míralo tú misma en el coral, Voz del Mar.
Léelo, que es lo que sabes hacer. La marea reclama a quien da.
Y esta noche han dado sesenta. — Baja el rollo—. ¿Cuánto has dado tú?
Melisenda no contesta.
La Marea Mayor se calma bajo nuestras plantas, sostenida por una cadena de carne que la lleva entre todos.
El coral retrocede en Aurel, retrocede en mí, retrocede en Lume, se reparte tan fino que ya es casi nada en cada uno.
Nadie ha muerto. Nadie se ha gastado solo.
Y la cuna de coral, en el centro de la Poza, sigue vacía, con sus dos lechos gemelos esperando a dos cuerpos que ya no van a subir a ella, porque hemos elegido, todos, cargar la piedra de pie y queriéndolo en vez de tumbarnos a que nos trague.
Aurel me busca la mano libre por encima de la cadena. Me la aprieta. Está caliente. Todavía es carne.
— Lo hemos hecho — dice, y le tiembla la voz de una manera que no le había oído nunca, la de alguien que descubre a los veintiséis años que quería vivir—. Siro. Estamos vivos.
— No cantes aún — digo, porque miro a Melisenda, y una fanática a la que le acabas de romper la fe de toda la vida no se rinde. Hace algo peor.
La Oráculo mira sus propias manos. Esas manos sin una sola veta de coral. Sesenta y cuatro años mandando pagar y sin pagar jamás.
Y sube al borde de la Poza, hacia el agua brava, decidida, por fin, a mandar ella la marea.