De carne y de coral Capítulo 28
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Capítulo 28

La cuna de coral está hecha para dos y solo hay uno, y esa es la primera vez en mi vida que me alegro de un hueco vacío.

La han sacado del agua de la Poza cuando la Marea Mayor rompió antes de hora, y ahora está en el centro, chorreando, encendida por dentro con los fuegos de nácar que la Guardia ha prendido en las hornacinas.

Dos lechos gemelos de piedra viva, tallados en forma de cuerpo, con dos ranuras donde encajan las marcas: una para la nuca de una sombra, otra para el brazo de un sagrado.

Un molde para hacer un santo doble. Melisenda lo mandó tallar hace semanas, contando con petrificarnos juntos a Siro y a mí, y ahora que Siro no está, uno de los lechos espera vacío, y ella lo ha decidido igual de bueno. Un santo solo también sostiene islas.

Me han puesto de rodillas ante mi propio molde. La túnica de la ofrenda pegada al cuerpo por la lluvia que entra en ráfagas. El brazo izquierdo desnudo, la piedra de nácar rosado brillando a la luz de los fuegos, tan avanzada que a la Guardia le cuesta no mirarla.

Melisenda entra en la Poza como entra la marea baja: sin prisa, segura de que el mar es suyo.

Detrás, el Prior Doreno con la Guardia de Coral.

Fuera, los diques revientan uno tras otro; se oye el trueno de fondo del agua entrando en la ciudad ahogada, subiendo por las barcazas, lamiendo las casas de la gente que esta noche reza a la Voz del Mar para que la salve.

Y la Voz del Mar va a salvarlos con mi carne.

— La Marea empuja — dice Melisenda, y por una vez hay tensión en su calma—.

Se ha adelantado. El mar sabe cuándo se le va a devolver su santo.

— Alza las manos. Esas manos. Sesenta y cuatro años y sin una sola veta de coral, limpias, blancas, las manos de quien manda pagar y nunca paga—. Sagrado. Es la hora.

Me llevan hacia el lecho de piedra. No forcejeo. Toda mi vida me ha traído hasta este molde y hace unas horas caminaba hacia él por mi propia voluntad, llamándolo amor.

Y entonces pienso en Yiro.

No puedo evitarlo. Aquí, de rodillas ante la piedra que va a tragarme, con la boca de coral abriéndose para mí, pienso en la boca abierta de Yiro cuando se quedó de piedra pidiéndome que parara.

Y pienso, con un horror nuevo, limpio, que hace once años yo estaba del otro lado.

Yo era el que no paró de drenar. Yo era el sistema.

Y ahora el sistema me hace a mí lo que yo le hice a él, y me han enseñado a llamarlo honor, y yo lo he llamado honor toda la mañana, y he estado a punto de agradecerlo.

Ordas tenía razón. Rovena tenía razón. No voy a morir por amor.

Iba a morirme porque no soporto deber nada a nadie, porque prefiero gastarme entero y limpio a dejar que alguien cargue conmigo.

Y eso no es distinto de lo que hace Melisenda.

Es su misma doctrina puesta del revés: si el culto dice gasta a tu sombra, yo digo gástate tú solo, y los dos convertimos a una persona en una ofrenda.

Los dos preferimos la piedra al peso de necesitar a otro.

No te apagues, santo.

Me lo trajo un niño cruzando los bajíos de noche. Un niño con un collar demasiado grande para el cuello.

— Espera — digo.

Melisenda se detiene. La Guardia se detiene. Es la primera vez que oyen al Heredero decir espera en la hora de la ofrenda.

— El Sagrado tiembla — dice ella con dulzura—. Es natural. La carne siempre tiembla antes de volverse eterna. Pasará.

— No tiemblo por eso. — Me pongo de pie. Doreno hace ademán de empujarme de vuelta a las rodillas, pero Melisenda lo detiene con un gesto pequeño, curiosa, como quien mira un pez que hace algo raro—. Melisenda. Escúchame una vez. Solo una. Sin liturgia.

— Los santos no negocian, Heredero.

— No soy un santo. — Y al decirlo, algo se me suelta en el pecho, una amarra vieja—.

Ese es el punto entero. Nunca lo he sido.

Me vestisteis de santo desde la cuna para no tener que verme, para gastarme sin culpa, y yo os ayudé, porque un ídolo que se cree ídolo no os pide cuentas.

— La lluvia me chorrea por la cara—. Pero yo tengo un nombre.

Me lo puso mi madre. Aurel. Ella era la última que lo decía a secas, sin título, y desde que murió nadie lo dice, porque a un santo no se le nombra, se le reza.

— Me tiembla la voz y la dejo temblar—. Un hombre que me llamó Aurel me devolvió el nombre hace unas noches. Y por eso no voy a subirme a tu piedra.

Melisenda ladea la cabeza. La dulzura no se le mueve, pero por debajo hay algo afilándose.

— La sombra decimotercera te ha corrompido de verdad — dice—.

Lo temí. El instrumento debía servir para drenarte, no para enturbiarte la voluntad.

Menos mal que lo apartaste. — Alza de nuevo las manos hacia los fuegos—.

La Marea se ahoga tu pueblo mientras hablas, Sagrado.

Cada palabra tuya es una barcaza que se hunde.

¿Vas a dejar morir a las islas por un nombre?

Y ahí está su golpe, el bueno, el de siempre: ponerme al pueblo en la balanza contra mi propia vida y saber que yo, criado para gastarme, siempre elijo el pueblo.

Lo ha hecho conmigo mil veces. Funciona porque tiene razón a medias: la marea sí sube, los diques sí revientan, la gente sí se ahoga ahí fuera mientras discuto.

Pero por primera vez veo la trampa entera.

— No — digo—. No voy a dejar morir a las islas.

Voy a sostener la Marea Mayor. Pero no en tu cuna.

No solo. No gastándome a la nada. — Doy un paso hacia ella, y la Guardia se tensa, y me da igual—.

Porque hay otra manera, Melisenda, y tú la conoces mejor que nadie, y por eso la prohibiste.

El coral no hay que volcarlo sobre uno. Se puede repartir.

Muchos cuerpos dispuestos lo llevan sin petrificarse ninguno.

El deseo consentido lo frena. Tu doctrina del tacto que enturbia la marea es mentira, y no una mentira de magia: una mentira de poder, para que la casta siga teniendo sombras que gastar y para que tú, que nunca has pagado nada de tu cuerpo, sigas mandando pagar a todos.

Por primera vez, la Voz del Mar alza la voz.

— ¡El amor entre casta es la corrupción que enferma el mar!

— Y le tiembla, no de miedo, de fe, de fe absoluta y terrible—.

¡La Marea Mayor sube porque el orden sagrado se ha manchado!

¡La Piedra Eterna purifica el pecado y salva las islas para siempre!

¡Lo he leído en el coral toda mi vida! — Me clava los ojos viejos—.

Tú, que te dejas nombrar por tu instrumento, eres la mancha, Sagrado.

Y yo voy a limpiarte, por tu bien y por el de tu pueblo, aunque tú ya no sepas quererlo.

— Sí sé. — Y lo digo. Por fin lo digo, entero, en voz alta, por mí y por nadie más, la palabra que me entrenaron para no tener—.

Yo quiero. Melisenda, óyelo bien, porque es la primera vez que un Heredero te lo dice a la cara.

Yo quiero vivir. No gastarme. No volverme piedra.

No ser tu santo ni el santo de nadie. Quiero vivir, y quiero repartir esta marea con quien la cargue queriéndolo, y quiero volver a oír a un hombre decir mi nombre. Yo. Quiero. Vivir.

El silencio que sigue no lo llena ni la tormenta.

Me aprieto con el pulgar el pulso de la muñeca derecha, el gesto de siempre, pero por primera vez no lo hago para comprobar que aún soy carne por miedo a dejar de serlo.

Lo hago porque quiero seguir siendo carne.

Es la diferencia entera. Es todo mi arco en un solo gesto y no lo sabe nadie más que yo.

Melisenda me mira un largo instante. Y luego, muy serena, hace lo que hace siempre: deja de tratarme como a una persona.

— Prior — dice—. El Sagrado desvaría. La marea no espera a que un santo aprenda a querer. — Baja las manos hacia la cuna—. Ponedlo en la piedra. Por la fuerza si hace falta. La ofrenda no requiere que sea voluntaria. Solo requiere que sea.

Doreno avanza. La Guardia de Coral avanza. Y yo, descalzo, con mi nombre por fin en la boca y sin una sola sombra que me reparta el peso, retrocedo hacia el borde de la Poza sabiendo que no puedo con seis coraceros y que la piedra me espera con la boca abierta.

Y entonces la boca de la caverna revienta de luz y de agua y de gente.

No es la Guardia. No es el culto.

Entran esquifes por el canal de la Poza, uno tras otro, cargados de figuras empapadas con faroles tapados, y saltan al agua baja y al borde de piedra, y son cincuenta, son más, son caras que llevan la marca vieja apagada en la nuca y los ojos de quien lleva la vida entera contando lo que le han quitado.

Doria en la proa del primero. Ordas alzando la mano mutilada.

Bede, la mujer mayor, sombras que no conozco gritando nombres que acaban de recuperar.

Y delante de todos, saltando al borde de la Poza con un arpón de fondo en la mano y un pulpillo dorado agarrado al cuello, chorreando, vivo, con la marca de la nuca sin flamear porque ya no se aleja de mí sino que ha vuelto, está Siro.

No se fue.

Viró el esquife y volvió, hacia la corte que lo rompió, hacia la Poza donde iban a hacerme piedra, con un ejército de desechados que han aprendido sus nombres.

Me mira desde el otro lado del agua negra, por encima de la cuna de coral, por encima de la Guardia, por encima de once años de gastarme solo, y en esa cara seca de sal, en esa boca que me llamó reliquia y luego me llamó Aurel, no hay reproche por haberlo tirado al agua.

Hay otra cosa. Hay ya vengo, terco. Hay ya te dije que no somos nadie a quien se pueda usar y desechar.

Se me rompe la resignación como se rompe un dique.

— Aurel — dice Siro, a través de toda la tormenta, y no es un título ni una condena, es solo mi nombre—. Aparta de esa piedra. Esta noche la cargamos entre todos.

Me pongo a su lado. Descalzo sobre el borde de la Poza, con la Marea Mayor reventando la corte y los diques rotos y la ciudad ahogada subiendo, los dos frente a Melisenda y su cuna vacía y su Guardia de coral.

— Ya lo has oído — le digo a la Oráculo, y por fin no me tiembla la voz—. Entre todos.