Capítulo 27
El Mercado de Marea Baja solo existe cuando el mar se retira, y esta noche el mar tiene prisa por volver.
Lo veo en cuanto Doria mete el esquife entre los llanos: el agua ya lame los tablones donde otras noches se pone el contrabando, y la gente que se junta lo hace con el barro hasta el tobillo, mirando de reojo la línea negra de la Marea que sube más deprisa de lo que debería.
No tenemos las horas que creíamos. Lo sé por cómo huele el fango, a Sima abierta, a fondo removido.
Hay más de los que esperaba. Eso lo primero.
Doria ha corrido la voz bien. Sombras huidas con la marca vieja apagada en la nuca; contrabandistas de los que no vuelven; buceadores de las islas pobres que un día perdieron a alguien en la Poza y nunca lo dijeron.
Cuarenta, cincuenta caras a la luz tapada de los faroles, todas con esa manera de mirar de quien lleva la vida entera contando lo que le han quitado.
Conozco esa mirada. La llevo puesta desde niño.
Salto al barro. La marca de la nuca me sigue ardiendo, pero menos: cada milla que me acerqué a Ondala la correa afloja un poco su castigo, y ahora es un rescoldo, no un tizón. Guijo se ha subido a lo alto de mi hombro, tenso, de un violeta oscuro, palpando el aire.
— Ahí está — dice alguien—. La sombra decimotercera. La del Heredero.
No lo dice con cariño. Lo dice con la desconfianza que se le tiene a uno que ha vivido en la Nao Sacra, comido de la mesa del culto, jurado al mismísimo santo de oro. Para ellos soy medio de los otros. Y tienen razón para pensarlo.
— Trece — escupe un hombre grande, con media cara quemada de un drenaje viejo—. ¿Vienes a jurarnos algo el juramentado? ¿Nos traes la palabra del culto?
Me quedo quieto. Cuento una respiración. Dos. Y luego hago lo que más me cuesta en el mundo, que no es pelear ni bucear ni aguantar el dolor. Es hablar de lo grande.
— No me llamo Trece — digo—. Me llamo Siro. Y no vengo a jurar nada. Los juramentos son la trampa. Vengo a contaros lo que el culto lleva cien años tapando.
Silencio. La marea sube. Aprovecho el silencio.
— Todos sabéis cómo funciona — digo—. El sagrado se gasta, la sombra drena su piedra, la sombra se vuelve roca y ponen otra.
Os enseñaron que es la ley del mar. Que el tacto entre casta enturbia la marea.
Que una sombra sirve para gastarse y dar las gracias.
— Miro al hombre de la cara quemada—. Es mentira.
Toda. La descubrimos en la Nao, con la maestra de coral que la censuraron por buscarla, y la sentí yo en mi propio cuerpo.
— Palabras — dice el grande.
— Entonces oíd la regla verdadera. — Doy un paso.
El barro me chupa la bota—. Cuando el tacto es querido, cuando se drena con ganas y no a la fuerza, el coral no se vuelca entero sobre uno: se reparte.
Se reparte y se frena. Dos cuerpos dispuestos llevan la piedra mucho mejor que uno obligado.
Y diez la llevan sin petrificarse ninguno.
Cincuenta, sin apenas notarlo. — Alzo la voz sobre el viento—.
El culto no os prohíbe querer para proteger la marea.
Os lo prohíbe para que sigáis siendo desechables.
Porque el día que muchos carguéis la piedra juntos, queriéndolo, ya no hacen falta sombras que gastar.
Y sin sombras que gastar, no hay casta. Se les cae el mundo entero.
El hombre de la cara quemada no contesta enseguida. Se toca la quemadura, la marca de su propio drenaje de hace años, y en los ojos se le mueve algo.
— ¿Y esta noche? — dice, más bajo—. ¿Qué tiene que ver eso con esta noche?
— Esta noche la Oráculo va a petrificar al Heredero para siempre.
— Lo digo claro, para que llegue al fondo de los llanos—.
Lo quiere convertir en un santo permanente que sostenga la Marea Mayor sin gastar más herederos.
Un motor de piedra para las islas. Y para eso necesita que se gaste solo, sin amor, sin nadie que le reparta la carga, porque un cuerpo obligado se petrifica y muchos cuerpos dispuestos no.
— Trago el aire de fango—. Él ha aceptado.
Cree que gastarse solo os salva a todos.
Cree que es lo limpio. Y va a morir de piedra esta noche a menos que subamos a esa Poza y le llevemos lo único que rompe el rito de la Oráculo.
— ¿Y qué es?
— Nosotros — digo—. Muchos. Queriéndolo.
Doria se sube a un tablón medio hundido, con la lámpara tapada en una mano y en la otra el fajo cifrado, su lista, la que guarda desde hace años con los nombres que el culto rompió en la Poza para convertir gente en números. La abre. La lluvia le moja el borde.
— Sé quiénes sois — dice Doria, y su voz, que siempre es baja para desaparecer en las salas, ahora se oye porque todos callan—.
No los números que os pusieron. Los nombres.
Los verdaderos. Los tengo aquí, cifrados, desde el día que a cada uno os rompieron la concha.
Los guardé para devolvéroslos si algún día escapabais. — Levanta la lista—. Empiezo.
Y empieza a leer.
No leo yo esa parte porque no puedo. Se me cierra la garganta al primer nombre, porque el primero es el de una mujer mayor que da un paso adelante temblando cuando lo oye, un nombre que llevaba veinte años sin oír dicho por otra boca, y al oírlo se lleva las dos manos a la cara y se dobla como si le hubieran devuelto un miembro amputado.
Doria sigue. Un nombre. Otro. Otro. Y con cada uno, alguien de entre el barro alza la cara, o cierra los puños, o llora sin ruido, o dice presente con la voz rota.
El hombre de la cara quemada oye el suyo y se queda muy quieto, y luego asiente una sola vez, para sí, y ese asentimiento vale más que cualquier discurso que yo pudiera hacer.
Les están devolviendo, en la lengua, la persona que fueron, uno a uno, en mitad de una marea que sube.
Y yo, que me pasé la vida convencido de que ser nadie era lo que te mantenía a salvo, entiendo por fin lo que Aurel no supo entender de sí mismo: que no hay nada más peligroso para el culto que un desechado que recuerda cómo se llama.
Cuando Doria termina, saco del cinturón mi trozo roto de concha. Lo levanto para que lo vean.
— Esto es lo que me quedó a mí — digo—. Media letra.
Me rompieron el resto y me dijeron que ya no era nadie.
Veinte años creyéndomelo. Veinte años frío por dentro para que no pudieran usarlo contra mí.
— Cierro el puño sobre el nácar roto—. Y esta noche voy a subir a esa Poza no para huir, sino para quedarme.
No para salvarme yo, sino para sacar a un niño llamado Lume de ese collar antes de que le pase lo que le pasó a mi hermano Reo.
Para que no haya otro Reo. Para que nadie más se gaste solo.
— Miro a la multitud del fango—. No os pido que juréis.
Los juramentos son de ellos. Os pido que elijáis.
Que subáis conmigo y pongáis las manos en esa piedra queriéndolo, todos a la vez, y le quitéis a la Marea Mayor la única cosa que la hace mortal: que la cargue uno solo.
El hombre de la cara quemada es el primero en hablar.
— Me llamo Bede — dice, y lo dice como quien clava una bandera—. Lo acaba de decir ella. Bede. — Da un paso hacia mí—. Subo.
— Subo — dice la mujer mayor.
— Subo — dice una sombra joven con la marca aún fresca.
Y luego es un rumor, y luego es un coro, subo, subo, subo, cincuenta voces de barro bajo la tormenta, y Guijo, en mi hombro, se enciende de golpe en un dorado furioso, el color que no le veía desde la última noche, y me aprieta la oreja como diciéndome mira, mira lo que has hecho, tú que ibas a huir hacia el sur.
No me da tiempo a saborearlo.
El mar cambia. Lo noto antes de verlo, en la planta de los pies, en el modo en que el fango se estremece. Doria lo grita desde el tablón:
— ¡La Marea! ¡Sube antes de tiempo!
Me vuelvo hacia la línea negra del horizonte y ya no es una línea.
Es un muro. La Marea Mayor no espera a la medianoche; empuja ahora, adelantada, hambrienta, y a lo lejos, sobre Ondala, oigo el primer dique reventar con un crujido que viaja por el agua como un trueno de fondo.
Y luego otro. Y sobre la corte flotante, entre la lluvia, se enciende algo: los fuegos de nácar del Santuario, la señal del rito, la Oráculo empezando antes de tiempo porque la marea la ha empujado a ella también.
Melisenda está subiendo a Aurel a la Poza. Ahora. Con la Marea reventando los diques y las islas empezando a ahogarse.
No tenemos horas. No tenemos ni una.
— ¡A los esquifes! — grito, y ya estoy corriendo por el fango hacia el agua, con el arpón al hombro y el pulpillo agarrado a mi cuello—. ¡Todos! ¡Remad hacia la corte, hacia la Poza, hacia los fuegos de nácar! ¡No paréis por los ahogados, no paréis por nada, remad!
Doria salta a mi esquife. Bede a otro. La mujer mayor a un tercero, con una fuerza que no le habría echado. Cincuenta desechados metiéndose en el agua negra con la Marea Mayor encima, remando hacia la única corte del mundo que los rompió, para salvar al santo que la gobierna.
La marca de mi nuca deja de arder del todo cuando la proa apunta a Ondala.
Cada golpe de remo me acerca a él. Cada golpe, la correa que me castigaba por alejarme me suelta un poco más, me premia, tira de mí hacia el hombre que me apartó para morir solo y que se va a enterar, dentro de muy poco, de que las sombras aprendieron sus nombres y vienen todas a la vez.
— Aguanta — le digo al agua, a la quilla, a él, a nadie—. Aguanta, reliquia terca. Ya vamos.
Y remamos hacia la tormenta, hacia los diques rotos, hacia los fuegos de nácar de una Poza donde una anciana sin una sola veta de coral en las manos se prepara para volver piedra al único hombre al que he dejado que me llame por mi nombre.