De carne y de coral Capítulo 26
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Capítulo 26

La Poza de las Sombras está negra bajo la tormenta, y me han vestido para morir en ella.

No lo llaman así. Lo llaman la vestidura de la ofrenda: una túnica de nácar sin costuras, descalza, con el brazo izquierdo desnudo para que la piedra respire, dicen, para que la Marea la reconozca como suya.

Me han peinado. Me han ungido las sienes con vino de nácar.

En pocas horas, cuando la Marea Mayor empuje contra los diques y las islas empiecen a ahogarse, me llevarán al centro de la Poza y canalizaré hasta que el coral me alcance el corazón, y me quedaré aquí de piedra para siempre, sosteniendo el mar, un santo más entre los santos, sin nombre en la boca de nadie porque a los santos no se les nombra, se les reza.

Estoy sentado en el borde de la charca, mirando el agua, esperando la hora. Es casi un descanso. Toda mi vida ha sido esta cuenta y por fin llega el final de la suma.

— Levántate — dice Ordas.

El viejo contramaestre entra en la Poza como entra en todo, como si el sitio le debiera respeto y no al revés.

Le faltan dos dedos de la mano izquierda, se los comió un torno hace treinta años, y con la mano entera trae un farol y con la mutilada me agarra del hombro.

Del izquierdo. De la piedra. No la aparta con asco como hacen todos.

Aprieta, como si aún hubiera un hombro que apretar.

— No me pienso levantar, Ordas.

— Ya lo veo. — Se sienta a mi lado, con un gruñido de rodillas viejas, y deja el farol entre los dos—.

Te crie de rodillas en las cubiertas, ¿sabes?

Cuando eras un renacuajo que se escapaba de los sacerdotes para mirar cómo calafateaba.

Nadie más te dejaba mirar. Para ellos ya eras la Marea encarnada con dos años. Para mí eras un crío que se aburría.

— Lo sé.

— Entonces sabes que no te hablo como el culto.

— Escupe al agua—. Le hablo al mar como a alguien y al barco como a alguien y a ti como a alguien, porque eres alguien, aunque te hayan enseñado que no.

— Mira la Poza negra—. Rovena me lo ha contado todo.

Lo del registro. Lo que descubristeis el instrumento y tú.

Lo que va a pasarte esta noche si te empeñas.

— Va a pasarme lo que se debe.

— Va a pasarte lo que le pasó a Yiro.

El nombre me cae en el pecho como una piedra suelta.

No lo he dicho en voz alta en once años.

Yiro. Mi primera sombra, el único crío que me trataron como a un crío, el que se reía de los sacerdotes conmigo escondidos bajo las cubiertas igual que yo me escondía con Ordas.

Me drenó una noche de marea alta cuando yo aún no sabía absorber mi propia carga, y le pedí que parara, y no paró, porque le habían enseñado que una sombra se gasta y da las gracias, y se me quedó de piedra con la boca abierta y la mano tendida hacia mí, pidiéndome algo que yo no supe darle.

Lo canonizaron. Le pusieron flores de coral.

Y a mí me borraron un poco más, porque un ídolo no llora a su instrumento.

— No metas a Yiro en esto — digo, y por primera vez la voz me sale menos lisa.

— Yiro está en esto quieras o no. — Ordas se vuelve hacia mí, y su cara curtida no tiene lástima, tiene rabia, que es distinto y me duele más—.

Escúchame, muchacho, porque un viejo sin dos dedos te lo va a decir claro.

Tú no vas a morir esta noche por amor. Te lo estás contando así porque es más bonito.

Vas a hacerte a ti mismo, con tus propias manos, exactamente lo que el culto le hizo a Yiro y a Reo y a cada santo de ese Fondo: gastarte entero, callado, solo, y dejar que te llamen honor.

Le vas a hacer a Siro lo que a ti te hicieron cuando se llevaron a Yiro.

Apartarlo. Decidir por él. Y dejarle un hueco donde estabas tú.

— Lo aparté para que viva.

— Lo apartaste porque no soportas que alguien cargue contigo.

— Ordas golpea el suelo de piedra con la mano mutilada—.

Toda tu vida gastándote en secreto para que ninguna sombra pague, robándoles su parte, y te crees que eso es bondad.

No lo es. Es que no aguantas deber nada a nadie.

Prefieres morir limpio a vivir debiendo.

Y eso, Aurel, no es nobleza. Es el mismo orgullo del culto puesto del revés.

Me quedo sin palabras del culto con las que taparme. Es la primera vez en años.

Rovena aparece en la entrada de la Poza, con el rollo cosido bajo el brazo, y no dice nada, solo asiente hacia Ordas como quien confirma un diagnóstico.

La lluvia entra en ráfagas por la boca de la caverna.

El agua de la charca empieza a agitarse: la Marea Mayor ya se nota, empujando desde la Sima, adelantándose a la noche.

— Rovena — digo—. Dile que me deje ir en paz.

— No. — Ella se acerca, se agacha, me toma la muñeca derecha, la sana, y me pone el pulgar sobre mi propio pulso, obligándome al gesto que hago cuando tengo miedo—.

¿Lo notas? Caliente. Vivo. Todavía carne.

Eso es lo que vas a apagar esta noche, Aurel, y no por tu pueblo.

Tu pueblo se salva mejor si vives y repartes la marea.

Vas a apagarlo porque te enseñaron que querer algo para ti es robar.

— Me aprieta la mano—. Dime una cosa. Una sola.

Sin la doctrina puesta. ¿Tú quieres morir?

La pregunta se queda flotando sobre el agua negra.

Y me doy cuenta, con un asombro casi ridículo, de que nadie me la había hecho nunca.

Toda mi vida se ha tratado de lo que la Marea pide, de lo que se debe, de lo que hay que hacer.

Nunca de lo que yo quiero. Me criaron para no tener esa palabra.

Yo quiero. La practiqué una sola vez, hace dos noches, en una cama a oscuras, con la boca contra el hombro de un hombre que me escuchó decirla y no se rio.

Yo quiero, le dije. Y era verdad. Y a la mañana lo tiré al agua para no volver a decirla.

— No lo sé — digo, y es lo más honesto que he dicho en once años.

— Empieza por ahí — dice Rovena—. Con no lo sé ya se puede trabajar. Con quiero morir por mi pueblo, no.

Se oye una conmoción en la boca de la caverna. Voces de la Guardia, un chapoteo, un forcejeo pequeño. Y luego, entre las piernas de un coracero que intenta agarrarlo y falla, entra corriendo en la Poza una cosa menuda y empapada: un niño.

Lume.

El collar de marca le baila en el cuello, demasiado grande, hecho para una sombra adulta, ridículo y terrible en un crío de nueve años.

Viene descalzo, chorreando, con los ojos enormes, y canturrea por lo bajo entre jadeos, la tonadilla que se pone para no tener miedo, contando por dentro las mareas como quien cuenta ovejas.

Ordas se levanta de un salto y le hace un muro con el cuerpo al coracero que lo persigue.

— ¡Este niño trae un recado para el Heredero! — brama Ordas, y su voz de contramaestre llena la caverna—. ¡Y el Heredero lo va a oír! ¡Atrás!

El coracero duda. Ordas no tiene coral ni cargo, pero tiene cincuenta años de mandar sobre cubiertas y una autoridad que no se compra, y el guardia retrocede un paso. Rovena se pone al otro lado del niño. Un muro pequeño, de viejos y de tinta de grabar, alrededor de un crío.

Lume me busca con la mirada. Me encuentra sentado en el borde del agua, con la túnica de la ofrenda, descalzo, ungido para la piedra, y por un momento se le llenan los ojos porque sabe lo que significa esa túnica; ha crecido viendo lo que le pasa a la gente que la lleva.

Pero no llora. Aprieta los puños. Y me suelta el recado de un tirón, tal como se lo dieron, sin aliento, la tonadilla rota:

— Dice Siro que no te ha abandonado.

El agua negra de la Poza se detiene. O me lo parece.

— Dice que no se ha ido — sigue Lume, tragando aire—.

Que se subió al esquife y viró, pero no hacia el sur, hacia aquí.

Que Doria ha juntado a los que no vuelven en el Mercado de Marea Baja, a todas las sombras, con sus nombres.

Que vienen. — El niño da un paso hacia mí, el collar tintineando—.

Y dice que le digas al santo una cosa con estas palabras, que no me olvide ninguna.

— Cierra los ojos para no olvidar—. Dile a la reliquia que no se atreva a gastarse solo.

Dile que esta vez la carga la llevamos entre todos, queriéndolo.

Dile que no se apague. — Abre los ojos—. Que no te apagues, santo.

Me llevo la mano de piedra al pecho, al lugar donde el coral late con un pulso que no es el mío, y por primera vez en once años no lo hago para medir cuánto me queda.

Fuera, la tormenta arrecia. La Marea Mayor sube.

Y en algún punto del agua negra, entre la niebla y los diques que crujen, un hombre al que aparté para que viviera rema hacia mí con un ejército de desechados y un mensaje que un niño me acaba de traer cruzando los bajíos él solo, de noche, con un collar demasiado grande al cuello.

No te apagues, santo.

Miro a Rovena. Miro a Ordas, que respira fuerte, con la mano mutilada todavía cerrada en puño frente al coracero.

— Tengo miedo — dice el viejo, sin que nadie se lo pregunte, nombrándolo en voz alta como hace siempre para dominarlo—. Tengo un miedo de mil demonios. Y aun así viramos. ¿Qué dices tú, muchacho?

Me pongo de pie. Descalzo, sobre la piedra mojada, con la Marea empujando bajo mis plantas.

— Digo que Lume no vuelve solo a la corte — respondo, y me tiembla la voz de una manera nueva—. Y que hay que cerrarle la Poza a Melisenda antes de que suba la marea.

Es lo más cerca que he estado nunca de decir yo quiero vivir.

Todavía no lo digo. Pero por primera vez, quiero querer.