Capítulo 25
La marca me arde tanto que huelo mi propia nuca quemarse, y aun así lo peor no es eso.
Lo peor es que tiene sentido.
Me han dejado en el Cinturón, en la caseta de un guardadiques que huyó hace días, con la Sima abriéndose negra al otro lado del muro y la tormenta gorda encima.
Los coraceros se fueron en cuanto la correa me tuvo bien atado por dentro: no hace falta cadena cuando el propio cuerpo es la jaula.
Cada paso que doy hacia la puerta, hacia el agua, hacia cualquier sitio que no sea aquí, la nuca me flamea peor, el coral sembrado a fuego despertando, avisando, castigando.
Aléjate más y te vuelves piedra donde estés.
La deuda de la herejía. La ley del culto que lo dispuso todo para que nadie se marche.
Me siento en el suelo con la espalda contra el muro frío. Cuento. Una respiración. Dos. Y en la tercera dejo de mentirme.
Lo sabía. Desde el primer día lo sabía. Te quitan lo que amas, lo vuelven roca y lo llaman honor.
Me lo grabé de niño delante de la estatua de mi hermano Reo, esa cosa pequeña de coral con la boca abierta que fue un crío que cantaba, y me juré que nunca dejaría que nada volviera a importarme tanto como para que pudieran usarlo contra mí.
Veinte años cumpliendo el juramento. Frío por dentro, duro, nadie. Vivo.
Y llegó una reliquia de oro que no quería que la tocaran.
Me río solo, en la caseta, y el sonido me sale roto.
Qué idiota. Qué idiota redomado. Me dejé calentar por un ídolo que llevaba toda la vida entrenado para gastarse y no ser de nadie, y me creí que dos palabras dichas en una cama a oscuras cambiaban lo que es un hombre.
Aurel Ísmaris me dijo yo quiero y a la mañana siguiente me declaró corrupto delante del Prior y me tiró al agua sin mirarme.
Eso no es un hombre que traiciona. Eso es un recipiente haciendo lo que hace un recipiente: gastar a la sombra y desecharla cuando importa.
Me lo repito hasta que casi me lo creo.
Guijo no me lo deja creer del todo.
El pulpillo se me ha quedado en el cuello toda la travesía, gris de pena, escupiendo tinta cada vez que digo en voz alta que Aurel me usó.
Ahora mismo, cuando murmuro me desechó como la casta desecha a todos, Guijo suelta un hilillo negro que me mancha la clavícula y me aprieta el pulso con un tentáculo, caliente, insistente, ese gesto suyo de cuando me quedo frío por dentro y él intenta devolverme al mundo a fuerza de calor.
No habla. No hace falta. Suelta tinta ante la mentira, y la mía le da tinta.
— Para — le digo—. Es la verdad.
Tinta otra vez.
— Guijo. Para.
Me enrosca más fuerte. No para.
Y ahí, con un pulpillo del tamaño de un puño llamándome mentiroso a su manera, se me quiebra algo.
Porque si Aurel me hubiera usado de verdad, no habría necesitado mentir.
Un recipiente que gasta a su sombra la manda al rito y ya está; no la declara impura delante de todos, no inventa que su tacto enturbia la marea, no monta una función entera para sacarla de la Nao.
Aurel mintió. Y solo se miente para tapar algo.
Anoche los dos sentimos la piedra irse hacia atrás bajo mis manos.
Él sabe, mejor que nadie, que mi tacto no lo enferma: lo alivia.
Sabe que soy justo lo que podría salvarlo.
Y me apartó de todas formas.
Trago el aire frío. La reliquia no me tiró para desecharme.
Me tiró para morir solo.
— No — digo en voz alta, y la palabra rebota en la caseta vacía—. No, no, no.
Me levanto tan deprisa que la marca me castiga y veo chispas, pero me da igual.
Porque ahora encajan las piezas que llevo toda la mañana negándome a mirar: la espalda demasiado recta, el nácar de ceremonia que le tapa el brazo entero, la mano derecha alzada en la borda que no era un adiós sino una disculpa, Rovena con la cara gris cruzada de brazos.
Aurel no me echó porque yo enturbie la marea.
Me echó porque si me quedo, esta noche, cuando canalice la Marea Mayor con toda la piedra que lleva escondida, va a volcarme encima una avalancha de coral que me petrifica antes del alba.
Como a Yiro. Me echó para no hacerme otro Yiro.
Y para gastarse él solo, a la nada, y llamarlo amor.
El muy... El muy santo.
La puerta se abre de golpe y entra Doria, empapada, con la lámpara tapada y esa cara de quien ha remado contra la marea que sube.
— Estás vivo — dice—. Bien. Muévete. Tengo el esquife rápido en el embarcadero de sotavento, el que no ven desde el Cinturón.
Ropa seca, agua, y esto. — Me tira una bolsa de hule que pesa poco y vale mucho—.
Papeles de un buceador de las islas del sur que ya no los necesita.
Nombre limpio. Fuera de Mareal, nadie sabe qué es una sombra jurada.
En tres días estás donde el culto no llega y la marca se apaga sola con la distancia bastante, si aguantas el dolor una noche.
Me quedo quieto.
Es lo que pedí. Es exactamente lo que pedí el día que me marcaron, con el hierro entrando en la nuca y el juramento entre dientes: la primera oportunidad y salto.
Sobrevivir. Quitarme la marca. Ser libre de la casta que se comió a mi hermano.
Un nombre limpio y un mar por delante sin ninguna reliquia a la que atarme.
Doria me lo pone en las manos envuelto en hule, la vida que quería, y solo tengo que subirme a un esquife y remar hacia sotavento y no mirar atrás.
— Vámonos — dice Doria—. La Marea Mayor rompe esta noche. Cuando ella suba, esto se llena de ahogados y de coraceros. No hay segunda ventana.
Me llevo la mano al cinturón. No a la bolsa nueva.
A lo cosido en el cuero, al bulto que llevo ocho años, al trozo roto de mi concha de nombre.
Lo saco. Cabe en la palma. Un pedazo de nácar del tamaño de una uña, con media letra grabada, lo único que quedó cuando el culto rompió el resto en la Poza y me dijo que ya no era nadie, que era Trece, que era desechable.
Lo miro a la luz tapada de la lámpara de Doria.
Un hombre que salta y rema hacia sotavento salva su cuerpo.
Lo lleva a un sitio nuevo, con papeles ajenos y un nombre que no es suyo, y vive treinta años más siendo nadie en una isla del sur, frío por dentro, duro, a salvo.
Cumpliendo el juramento que se hizo de niño.
La ternura es lo que te petrifica; sé nadie y no podrán usarte.
Y allá, en Ondala, un santo de oro se gasta solo hasta la nada creyendo que así me salva.
Y en la Nao hay un crío, Lume, con un collar de marca demasiado grande para el cuello, canturreando para no tener miedo, esperando ser la próxima sombra a la que gasten.
Y en el Santuario del Fondo mi hermano lleva ocho años de piedra con la boca abierta pidiendo algo que nadie le dio.
Aprieto el trozo de concha hasta que el borde roto me corta la palma. Bien. El dolor es honesto.
— Doria — digo—. ¿Todavía debes lo de Reo?
Se queda muy quieta. Nunca dice adiós y casi nunca dice según qué. Pero baja la lámpara.
— Cada día de mi vida — responde—. Aquella noche mi esquife estaba a media legua y no remé lo bastante fuerte. Cuando llegué ya se lo habían llevado, y los dos sabemos que pude remar más. — Se queda callada un momento—. Sí. Lo debo.
— Entonces no me saques a mí. — Me guardo el trozo de concha. Cierro la bolsa de hule con los papeles del muerto y se la devuelvo—. Sácame a lo que quiero.
— Siro.
— Reúne a los que no vuelven en el Mercado de Marea Baja. A todos. A las sombras huidas, a los marcados, a los que perdisteis. Trae tu lista de nombres, la cifrada, la de los que el culto rompió. — Me echo el arpón al hombro—. Esta noche no huimos. Esta noche volvemos.
Doria me mira largo. La lluvia repica en el techo de la caseta. Guijo, en mi cuello, ha dejado de escupir tinta; late otra vez con un asomo de color, un violeta oscuro, tenso, pero color al fin.
— Vas a volver a la Nao — dice ella despacio, como quien comprueba una locura—. Con la marca ardiéndote, contra la Guardia de Coral entera, hacia la Marea Mayor, por un santo que te tiró al agua esta mañana.
— Sí.
— ¿Por qué?
Es la pregunta grande. Y yo contesto las preguntas grandes con cosas pequeñas, porque es lo único que sé hacer.
— Porque me llamó por mi nombre.
Doria no lo entiende del todo, lo veo, pero no le hace falta entenderlo para remar.
Los que no vuelven no volvemos por razones bonitas; volvemos porque alguien nos debe algo o nos importa algo, y a ella le importa una deuda de hace ocho años con un crío que no pudo salvar, y a mí me importa un ídolo terco que se quiere gastar a la nada antes de dejarse ayudar.
Salgo a la tormenta. La marca me flamea, la nuca entera un tizón, y sé que cada milla que rememos hacia Ondala me va a doler menos, no más, porque me acerco a él, porque la correa que me castiga por alejarme me premia por volver, y esa es la primera vez en ocho años que el juramento y yo queremos lo mismo.
Bajamos al embarcadero de sotavento. El esquife rápido cabecea en el agua negra. Doria salta a los remos. Yo empujo la proa y me subo, empapado, con el arpón entre las rodillas y el pulpillo apretado bajo la oreja, y viro la quilla.
No hacia el sur. No hacia el nombre limpio y el mar sin nadie.
Hacia la Marea Mayor. Hacia la corte flotante que se traga a su santo. Hacia el hombre que me apartó para morir solo y que se va a enterar, esta noche, de que ya no soy nadie a quien se pueda usar y desechar, porque un nadie no vuelve, y yo vuelvo.
— Rema — le digo a Doria.
Y remamos hacia la tormenta.