De carne y de coral Capítulo 24
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Capítulo 24

La cama huele a Siro y ese es el precio que he decidido pagar por que siga respirando.

Vuelvo a ella cuando la Nao ya lo ha escupido, cuando el esquife no es más que una astilla oscura camino del Cinturón, y me tiendo del lado que era suyo con el nácar de ceremonia todavía puesto, la piedra fría contra la sábana caliente.

Huele a sal y a sueño y a él. Me quedo así, midiendo con el olor cuánto acabo de perder, porque medir es lo único que me enseñaron a hacer con lo que pierdo.

No he mentido a Doreno del todo. El tacto de una sombra sí debe enturbiar la marea; lo dice la doctrina, lo dijo Melisenda, lo repitieron todos los que me criaron.

Que en mi cuerpo el tacto de Siro haga lo contrario, que la piedra retroceda cuando me toca queriéndolo, eso es una anomalía mía, una gracia peligrosa que no cambia lo que hay que hacer.

La marea sube. La Sima empuja. Alguien tiene que sostenerla.

Y quien sostiene, se gasta.

Toda mi vida ha sido esa cuenta. Un dique que falla, un pueblo que se ahoga, y yo canalizando la marea hasta que el coral me sube un dedo más por el brazo.

Es limpio. Es lo que se debe. La única impureza que he cometido nunca ha sido dejar de gastarme yo para no gastar a otro, absorber en secreto lo que le tocaba a mis sombras, adelantar mi propia piedra para ahorrarles la suya.

Rovena me riñe por ello. Dice que es orgullo disfrazado de nobleza.

Puede ser. Pero mis sombras han vivido, todas, menos Yiro, y Yiro murió cuando yo aún no sabía hacerlo solo.

Nunca más.

Me incorporo. Me subo la manga izquierda y me obligo a mirar lo que llevo años sin querer medir.

Y por una vez la cuenta no me da miedo: me da vergüenza.

El coral de nácar, que hace meses me cruzaba la clavícula y buscaba el pecho, se ha retirado hasta el codo.

No más. Es lo menos que ha sido desde que era casi un niño.

Siro me lo ganó a besos, palmo a palmo, noche a noche, la piedra retrocediendo bajo su boca como se retira la marea.

Muevo los dedos. Responden mejor que en mucho tiempo.

Es una cuenta de todo lo que he gastado, hecha joya, y el culto la celebra y yo la detesto, y esta mañana voy a coger este brazo que él me ha devuelto casi entero y voy a gastarlo de golpe hasta el corazón, yo solo, y voy a llamarlo nobleza.

Aprieto con el pulgar el pulso de la muñeca derecha. Ahí sigo caliente. Ahí todavía soy carne.

— No lo hagas — dice Rovena.

No la he oído entrar. Lleva en las manos el rollo cosido de su registro, el secreto, el que guarda desde hace años con mi avance verdadero, el que la censuraron por llevar. Lo abre sobre la mesa sin pedir permiso y da su golpecito de siempre al coral, escucha, y la cara se le pone gris.

— Sé lo que estás pensando — dice—. Lo he visto poner esa espalda a otros antes de morir. Vas a sostener tú solo la Marea Mayor. Vas a apartar a la única persona que podía repartirte el peso y a echártelo entero encima, y vas a llamarlo amor.

— Es amor. — Me bajo la manga—. Si Siro se queda, lo drenan.

Si lo drenan en la Marea Mayor, con lo que llevo dentro, no le paso una veta: le paso una avalancha.

Se vuelve piedra en una noche, como Yiro.

Lo he visto, Rovena. Vi a Yiro pedirme que parara y yo no podía parar y se quedó de piedra con la boca abierta pidiéndomelo.

— La voz se me mantiene lisa. Me han entrenado bien—.

No voy a hacer otro Yiro. Ni aunque tenga que hacerme yo.

Rovena golpea el rollo con el dedo, tres veces, seco.

— Lee.

— Sé lo que dice.

— Lee en voz alta, Heredero, porque tú y yo somos los únicos que sabemos leerlo, y quiero oírtelo decir.

Miro la última columna. Su letra menuda, apretada, la de quien esconde una verdad en un margen. La leo, y la lectura me sale litúrgica, la única manera que tengo de decir lo insoportable sin quebrarme:

— A este avance, canalizar la Marea Mayor en solitario lleva el coral al corazón antes del amanecer. — Me detengo. La sala está muy quieta—. No hay retroceso posible sin repartir el coste. El recipiente se petrifica del todo. — Bajo el rollo—. Ya lo sabía.

— Lo sabías y aun así ibas a hacerlo.

— No es sostener la marea o no sostenerla. Es que la sostenga yo o que la pague otro. Y no queda nadie a quien yo esté dispuesto a hacérselo pagar.

Rovena se sienta despacio, como si le pesaran los años de golpe. Cuando habla, ya no me riñe. Me mira con esa lástima suya que reparte a todos los que mide, y por primera vez la vuelca entera sobre mí.

— Escúchame una vez sin la doctrina puesta — dice—.

Lo que descubrimos anoche no es tu gracia rara.

Es la regla verdadera. El deseo consentido no enturbia la marea: la reparte.

Dos cuerpos dispuestos llevan el coral mucho mejor que uno.

Diez lo llevan sin petrificarse ninguno.

El culto no prohíbe el amor entre casta para proteger el mar, Aurel.

Lo prohíbe para que sigáis necesitando sombras que gastar.

Todo el sistema, todos los santos del Fondo, tu Yiro, el hermano de tu sombra, todos se gastaron por una mentira que da poder a los que nunca pagan nada de su cuerpo.

— Melisenda.

— Melisenda tiene las manos limpias de coral. A los sesenta y cuatro años, sin una sola veta. ¿Cuánta gran magia crees que ha obrado la Voz del Mar? Ninguna. Manda gastar. No sabe dar.

Me levanto. Camino hasta el ojo de buey. El agua está gorda de tormenta y, allá al fondo, el Cinturón de diques es una línea oscura entre la niebla, y en algún punto de esa línea hay un esquife con un hombre que anoche me llamó por mi nombre y esta mañana me odia por haberle dado la espalda.

Y ahí está la trampa que me he tendido yo solo, la peor de todas, porque tiene forma de virtud.

Si Rovena tiene razón, hay una salida que no me mata y no lo mata a él y no gasta a nadie: repartir el peso entre muchos que lo quieran cargar.

Pero para eso tendría que dejar que Siro se quede.

Tendría que dejar que me toquen decenas de manos que no me pertenecen.

Tendría que aceptar que otros paguen conmigo un poco de mí, y todo lo que soy, todo lo que me hicieron ser desde la cuna, grita que eso es robar, que un recipiente no reparte su carga, que un ídolo se gasta entero y en silencio y da las gracias.

Es más fácil morir. Qué barbaridad. Es tanto más fácil morir noblemente que dejarse ayudar.

— Si lo hago solo — digo, y ni yo me creo del todo la calma de mi voz—, Siro vive. Las islas viven. Nadie más se gasta. Es una muerte con sentido.

— Es la misma muerte que le diste a Yiro sin querer, dándotela ahora tú a ti mismo a propósito.

— Rovena recoge el rollo—. Le vas a hacer a Siro lo que a ti te hizo el culto: apartarlo, decidir por él, y llamar honor a que se quede con un agujero donde tú estabas.

Él no quiere un santo, Aurel. Quería un hombre. Se lo estás quitando.

No le contesto. No puedo. Me quedo mirando el Cinturón hasta que ella se marcha y me deja solo con el olor de Siro en la cama y la piedra, por una vez, quieta en el codo.

Cuando por fin salgo del camarote, ya lo he decidido. Otra vez. Como si nunca lo hubiera dudado.

Melisenda me espera en la sala del mapa, de pie ante la carta de conchas, con el vino de nácar servido en dos copas y las manos, esas manos sin una sola veta, cruzadas sobre el vientre. Sonríe poco y con dulzura. Es la dulzura lo que da miedo.

— El Heredero ha despedido a su instrumento — dice. Nunca dice nombres. Los individuos no le caben en la boca; solo el orden—. Sabio. La impureza no puede tocar la marea en una noche santa.

— La sombra estaba corrompida. — Repito mi propia mentira y me sabe a hierro.

— Claro. — Melisenda me tiende una copa. No la tomo. Ella no se ofende; nunca se ofende—. Dime, Sagrado. ¿Con qué piensas sostener la Marea Mayor esta noche, ahora que has renunciado a que un cuerpo cargue por ti?

Y aquí está. Lo tenía preparado y aun así me cuesta ponerlo en palabras del culto, que son las únicas que ella respeta.

— La sostendré yo. Entera. Sin gastar a nadie. — Alzo la barbilla—. Que sea la Marea la que decida cuánto queda de mí al alba.

Melisenda no se sobresalta. No triunfa. Baja la copa que yo no he tomado, muy despacio, y en sus ojos viejos aparece algo que tardo un latido de más en reconocer, porque no esperaba encontrarlo ahí.

Alivio.

— El Heredero comprende, al fin — murmura—. Después de tantos años de resistirte, de esconder tu coral, de robarle a tus sombras lo que les tocaba pagar. Comprende que un recipiente se realiza gastándose del todo.

— No lo hago por tu rito.

— No importa por qué lo hagas. — Me pone una mano en el antebrazo izquierdo.

En la piedra. Y no la siento, porque ahí ya no hay carne que sienta, y ella lo sabe, y por eso lo toca—.

Un Heredero que se petrifica entero sosteniendo la Marea Mayor no muere, Sagrado.

Se vuelve permanente. Se vuelve el santo que sostiene las islas para siempre, sin gastar más herederos.

— La sonrisa se le ahonda, dulcísima—. Se vuelve la Piedra Eterna.

El suelo no se mueve. La Nao está anclada. Pero por dentro se me abre la Sima entera.

Mi martirio. Mi muerte noble, la que elegí para no gastar a Siro, la que me parece lo único limpio que me queda por hacer.

Es exactamente su rito. Lo he estado caminando hacia ella todo este tiempo creyendo que huía, y ella no ha tenido que forzarme a nada.

Le basta con dejarme ser lo que me criaron para ser.

Aparto el brazo de piedra de su mano de carne.

— El instrumento estorbaba — dice Melisenda, benévola, recogiendo su copa—.

Un sagrado y una sombra que se aman no sirven para el rito; el amor reparte lo que debe concentrarse.

Pero un sagrado que se ofrece solo, por su pueblo, sin nadie que le alivie la carga...

— Bebe—. Eso, Heredero, es la ofrenda más pura que ha visto el Fondo en cien años.

La Marea Mayor viene esta noche. Estaremos listos.

Sale. El nácar apagado de su túnica se traga la poca luz de la sala.

Me quedo solo con dos copas de vino de nácar, una intacta, y la carta de conchas del archipiélago, y el antebrazo de piedra que Siro me devolvió y que pienso volver a gastar, y la certeza fría de que he construido mi propia cuna de coral ladrillo a ladrillo, con las mejores intenciones, apartando de mí a la única persona que podía haberme salvado de ella.

Me aprieto el pulso de la muñeca derecha. Todavía caliente. Todavía carne. Por unas horas más.

Fuera, sobre el Cinturón, la tormenta rompe la primera línea de niebla, y muy lejos, tan lejos que quizá me lo invente, me parece oír crecer el coral de una marca que se aleja de mí quemando la nuca de un hombre al que le he mentido para salvarlo.

Perdóname, quiero decirle. Pero no lo diría con la boca. No sé decir yo con la boca. Solo sé gastarme.

Camino hacia la Poza de las Sombras.