Capítulo 23
El lado de Aurel de la cama está frío cuando despierto, y esa es la primera mentira del día.
No la última. Lo sé por cómo huele el aire, a brea caliente y a hierro, el olor de cuando la Guardia de Coral se mueve por las pasarelas antes del alba.
Me quedo quieto bajo la manta y cuento. Una respiración.
Dos. El truco viejo de bucear: no agites el agua, escucha lo que se acerca.
Guijo se me ha enroscado en la muñeca durante la noche y late allí, apretado, del color de la ceniza mojada.
No es su color de contento. Anoche, cuando Aurel dijo lo que dijo con la boca contra mi hombro, el pulpillo brillaba dorado. Ahora está gris.
Los animales saben antes.
Me levanto sin ruido. En la Nao Sacra hasta el suelo escucha, así que camino por donde las tablas están hinchadas y no cantan, y me asomo al ojo de buey.
El agua de la dársena está picada, gorda de tormenta que aún no ha roto.
Y en el muelle bajo, contadas por su nácar apagado, seis figuras de la Guardia. No pasan de largo. Esperan.
— Sé que estás despierto — dice Doria desde el rincón, y casi le clavo el cuchillo antes de reconocerla.
Se ha colado por el respiradero de la sentina, como siempre, vestida de un gris más muerto que la propia sombra, para que la sala se olvide de que está. Trae la cara de quien ha remado toda la noche.
— Melisenda ha adelantado el reloj — dice—. La Marea Mayor rompe con esta tormenta, no con la próxima. Dos noches, si los diques aguantan. Una, si no. Y ha mandado preparar la Poza.
— La Poza es para jurar sombras.
— La Poza es para lo que ella diga que es — Doria me tiende algo envuelto en hule. Pesa. Un arpón de fondo, de los míos, de los buenos, de antes—. Los que no vuelven están sobre los llanos, en el Mercado de Marea Baja, esperando una palabra tuya. No una orden. Una palabra.
Desenvuelvo el hierro y lo sopeso, y por un momento vuelvo a ser un hombre con un oficio y no un número cosido a la nuca de otro. Guijo se me sube al cuello y palpa el filo con un tentáculo, curioso.
— No voy a huir — digo.
Doria no parpadea. Repite mi mentira de otro día en voz baja, la costumbre suya de devolverte lo que dijiste a ver si lo defiendes:
— La primera oportunidad y saltas. Eso me dijiste el día que te marcaron.
— Eso dije.
— ¿Y?
No contesto. Contestar es darle forma a algo que todavía no me atrevo a nombrar ni para mí.
Aurel Ísmaris me dijo anoche yo quiero, dos palabras que en su boca pesan más que una corona, y esta mañana su lado de la cama está frío y hay seis corales en el muelle.
Un hombre listo ataría los dos hechos y echaría a correr.
Yo llevo toda la vida siendo listo así. Por eso sigo vivo y solo.
— Vira tú — le digo a Doria—. Reúnelos. Diles que hay una manera de sostener la marea sin que nadie se vuelva piedra. Diles que se lo cuento yo mismo antes de la noche.
— ¿Y si la reliquia decide otra cosa por ti?
Me quedo quieto otra vez. Una respiración. Dos.
— No lo llames así.
Doria alza una ceja, porque hasta hace cuatro mareas era yo el que lo llamaba reliquia con la boca torcida, y ahora se lo prohíbo a ella. No dice nada. Nunca dice adiós; es su superstición. Se escurre por el respiradero y el hule vacío queda en mis manos.
Encuentro a Aurel en la sala de las cartas de marea, de pie ante el gran mapa de conchas incrustadas que es el archipiélago.
No se ha vestido de dormir: lleva el nácar de ceremonia, el pesado, el que le cubre hasta la garganta y le esconde el brazo izquierdo entero.
El de las ocasiones en que quiere que nadie le vea la piedra.
Rovena está con él, con los dedos manchados de ácido cruzados sobre el pecho, y en la cara la lástima que reparte a quien mide, y hoy más gruesa que nunca.
— Estás despierto temprano — digo, por decir algo pequeño en vez de lo grande.
— La marea no espera — responde Aurel, y no se vuelve.
Conozco esa espalda. La conozco de memoria ya, cada vértebra, el modo en que la piedra le tira del hombro y le sube un dedo por el cuello cuando cree que no lo miro.
Pero esta espalda es distinta. Está recta de una manera que no le he visto nunca, la rectitud de quien ha decidido algo y no piensa dejar que se lo discutan.
— Doria dice que Melisenda ha adelantado el rito.
— Lo sé.
— Entonces sabes que tenemos una noche, quizá dos.
— Dejo el arpón envuelto sobre la mesa, junto a la carta—.
Los que no vuelven están en los llanos. Rovena tiene la prueba de lo que descubrimos, de que muchos cuerpos dispuestos reparten el coral y nadie se vuelve piedra.
Podemos sostener la Marea Mayor entre todos.
No hace falta que te gastes tú. No hace falta que se gaste nadie.
Rovena da un golpecito seco a la veta de coral de la mesa, un tic suyo, y me mira con algo que no entiendo. Aurel sigue de espaldas.
— Sí hace falta — dice.
— No.
— Siro.
Dice mi nombre y me detiene en seco, porque es la palabra que le costó una herejía aprender, la que anoche repitió despacio contra mi piel como quien reza. Cuando por fin se vuelve, tiene la cara de un santo de coral: hermosa y quieta y ya un poco lejos.
— Vas a salir de la Nao — dice—. Hoy. Con la Guardia.
El suelo no se mueve. La Nao está anclada. Pero por dentro se me va todo el mar de debajo.
— ¿Qué?
Aurel se aprieta con el pulgar el pulso de la muñeca derecha, ese gesto suyo de comprobar que sigue caliente, que todavía es carne. Y luego, cuando alza la voz, ya no es su voz. Es la del culto, la litúrgica, la que usa para que la corte lo obedezca.
— Prior — llama.
La puerta se abre. Entra Doreno con su nácar de guerra y dos coraceros detrás, y detrás de ellos, en las sombras del corredor, más.
Melisenda no. Melisenda no necesita venir a estas cosas; manda a su músculo.
Doreno tiene la cara de piedra pómez de quien ha ejecutado juramentos toda su vida y ha dormido bien cada noche.
— Heredero — dice Doreno.
Aurel no me mira a mí. Mira un punto por encima de mi hombro, el mismo truco que uso yo cuando algo me importa demasiado para mirarlo de frente, y en cualquier otro momento me habría enternecido reconocérselo. Ahora no.
— La sombra decimotercera está corrompida — dice Aurel—.
He sentido su tacto enturbiar la marea. He drenado a través de él y he notado la impureza volver, no aliviarse.
— Cada palabra es una piedra que coloca con cuidado en un muro—.
No sirve para el rito. No sirve para sostener nada.
Sacadlo de la Nao Sacra antes de la Marea Mayor. Que no manche lo que va a hacerse aquí.
El silencio que sigue tiene el peso de toda el agua de la dársena.
Guijo, en mi cuello, suelta una nube de tinta que me chorrea por la camisa y se enrosca tan fuerte que me hace daño. Tinta ante la mentira. El pulpillo sabe. El pulpillo grita a su manera lo que yo estoy demasiado entumecido para decir.
Porque es mentira. Anoche, con las manos de Aurel en mí y las mías en él, sentí el coral retroceder bajo mis dedos, replegarse, aliviarse, la piedra yéndose hacia atrás por primera vez en su vida.
Los dos lo sentimos. Los dos lo dijimos con la boca en la piel del otro.
Y ahora está de pie diciendo lo contrario a la cara del Prior, y lo dice tan bien, tan liso, que si yo no hubiera estado en esa cama me lo creería.
Doreno hace un gesto. Dos coraceros me toman por los brazos.
Podría matarlos. Tengo el arpón a un paso y las manos de matar; podría abrirle la garganta a Doreno antes de que respire.
Pero cuento. Una respiración. Dos. Y en la tercera entiendo que Aurel ha calculado incluso esto: que no voy a hacer una carnicería en su sala mientras él me mira como se mira un mueble.
— Mírame — digo. Bajo. Solo para él.
No lo hace.
— Aurel. Mírame.
Se aprieta el pulso otra vez, tan fuerte que se le blanquea el nudillo, y sigue con los ojos en la pared. La reliquia perfecta. El ídolo que aprendí a desarmar concha a concha, cerrado de nuevo como una ostra, y yo del lado de fuera.
Me sacan. No forcejeo, porque forcejear le daría a Doreno una excusa para el hierro y porque, si soy sincero, algo se me ha roto por dentro y las piernas obedecen solas.
Por el corredor, por la pasarela, por las escaleras de cuerda que bajan al muelle bajo donde esperan los seis coraceros del alba.
La marca de la nuca ya empieza a picar; con cada paso que me aleja de él, el coral sembrado a fuego se despierta y flamea, la correa recordándome que no soy libre ni para que me echen.
En lo alto de la escala me vuelvo una vez.
Aurel ha salido a la borda. Pequeño desde aquí, todo nácar, el pelo negro pegado por la humedad de la tormenta que viene.
No se despide. Me mira ahora, por fin, cuando ya no puedo alcanzarlo, y no sé leer lo que hay en esa cara y estoy demasiado herido para intentarlo.
Levanta un poco la mano derecha. La sana.
La que no drena. Un gesto minúsculo, casi nada, que podría ser un adiós o podría ser que se aparta el pelo de la frente.
Y luego se vuelve. Me da la espalda, la espalda recta de quien ha decidido, y entra en la Nao, y la borda queda vacía.
Guijo tiembla contra mi garganta, todavía escupiendo hilillos de tinta, gris sobre gris.
— Vamos, corrompido — dice uno de los coraceros, y me empuja hacia el esquife.
Me subo. Me siento donde me mandan. Miro cómo la Nao Sacra se hace pequeña sobre el agua parda, cómo la corte flotante de Ondala nos rodea con sus mil barcazas ancladas sobre la ciudad ahogada, todas esas casas de gente que esta noche creerá lo que Melisenda les diga: que la impureza de una sombra decimotercera enfermó la marea y por eso sube la Sima.
Que el pecado tiene la culpa. Que hay que purificar.
Cuento mi respiración. Una. Dos. No paro en la tercera. Sigo contando, porque si paro de contar voy a tener que sentir, y sentir es exactamente la trampa contra la que llevo toda la vida avisándome.
Te quitan lo que amas, lo vuelven roca y lo llaman honor.
Me lo dije mil veces de niño, después de Reo. Me lo dije el día que me rompieron la concha. Me lo dije y me lo creí y me hizo de piedra por dentro, y esa piedra me mantuvo vivo cuando todo lo demás de mí se ahogaba.
Y llegó una reliquia de oro que no quería que la tocaran, y la toqué, y me dejé tocar, y por unas cuantas mareas se me olvidó la lección.
El esquife se separa del casco. Con la distancia, la marca me quema de veras, un tizón vivo clavado en la nuca, y aprieto los dientes y no le doy el gusto de gemir a los coraceros. El dolor, al menos, es honesto. El dolor no te dice yo quiero por la noche y te tira al agua por la mañana.
— Al Cinturón — ordena el coracero de proa—. La reliquia lo quiere lejos.
Al Cinturón de diques, al borde de la Sima, tan lejos de Aurel como se puede estar sin que la correa me mate. Lo bastante lejos para que arda toda la travesía. Lo bastante cerca para que no me suelte del todo.
Miro atrás una última vez. La borda sigue vacía. Claro que sigue vacía.
Guijo, agotado de tinta, se me acurruca bajo la oreja y late, gris, contra mi pulso. Le pongo un dedo encima. Es lo único caliente que me queda.
— Ya lo sé — le digo, tan bajo que los coraceros no lo oyen—. Ya lo sé.
Pero no sé qué es lo que sé. Solo sé que me duele de una manera que hacía ocho años que no me permitía, desde el día en que se llevaron a mi hermano y no volvió, y que esa es la prueba de que la lección era cierta.
El agua parda se abre bajo la quilla. Detrás, la Nao Sacra se traga a su santo.
Y adelante, entre la niebla que sube de la Sima, empiezan a oírse los diques crujir.