De carne y de coral Capítulo 22
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Capítulo 22

Nueve mareas se han vuelto dos. Esta tarde, Ordas ha subido de la dársena con la cara gris y la noticia en la boca: los diques del Cinturón han cedido otra vez, la Sima empuja como no la ha visto empujar en cincuenta años, y la Marea Mayor no va a esperar al otoño entero.

Rompe con esta tormenta. Dos noches, si los diques aguantan.

Una, si no. Melisenda no ha tenido que adelantar nada: el mar le ha hecho el trabajo.

La cuna está tallada, las ranuras esperan, y a mí me quedan, si acaso, dos noches de carne.

Se lo he contado a Siro al anochecer, con la voz plana, la de dar partes.

Él lo ha recibido como recibe las malas noticias, quedándose muy quieto, contando por dentro.

Luego ha ido a hablar con Doria, a apretar los tiempos de su gente, a colgar señales en el penol.

Y ha vuelto de madrugada, con el pelo mojado de la llovizna que ya empieza, y ha cerrado la escotilla, y se ha quedado mirándome en la penumbra del camarote sin decir nada, porque no hay nada que decir que no sepamos ya.

— Puede que sea la última — digo. No lo pregunto.

— Puede — dice Siro.

Y no lo convertimos en drama, porque ninguno de los dos sabe hacer drama; él porque se calla lo que le importa, yo porque me criaron para no tener nada propio que dramatizar. Lo convertimos en otra cosa. En estar. Aquí. Esta noche. Toda entera, si el mar nos la deja.

Me acerco yo esta vez. Es la primera vez que me acerco yo.

En el armario me besó él por miedo; en la litera lo llevé yo pero él empezó; siempre ha empezado él, porque yo no sabía que se podía empezar, que un recipiente puede querer primero.

Esta noche empiezo yo. Le pongo las manos en la cara, esas manos mías que solo han servido para canalizar y para drenar, y le beso, despacio, eligiéndolo, sin miedo de por medio, sin correa que echarle la culpa. Solo yo. Queriéndolo.

— Esta vez lo empiezo yo — digo contra su boca, y noto que Siro sonríe, ese temblor suyo en la comisura que dura menos que una ola.

— Ya iba siendo hora, reliquia — dice.

Nos desnudamos sin prisa, aunque el tiempo se acabe, precisamente porque se acaba.

Le quito la camisa de faena, el cinturón con el trozo de concha, y él me quita el nácar, pieza a pieza, el oro que me convierte en pieza, hasta que quedamos los dos como quedamos siempre bajo todo: dos cuerpos, uno de sol y cicatrices, otro de nácar rosado subiéndole por el brazo.

Y esta vez no me tapo el coral. Esta vez lo ofrezco.

Le pongo el brazo malo en las manos, la veta entera, la clavícula, y dejo que la mire, que la toque, que la bese, la cuenta de todo lo que he gastado, y no me da vergüenza, porque he aprendido que en su boca no es una joya ni es combustible, es solo yo.

Lo llevo a la litera. Y esta noche me dejo del todo.

No sé explicar lo que es, para un hombre criado para no ser nadie, dejarse tocar entero por alguien que te quiere.

Cada sitio que Siro me toca es un sitio que me devuelve.

Aquí hay un hombre, dice su mano en mi pecho.

Aquí, dice en mi vientre. Aquí, dice más abajo, y me arqueo, y digo su nombre, Siro, y él dice el mío, Aurel, no el Heredero, no el Sagrado, Aurel, el que decía mi madre, y cada vez que lo dice me devuelve un pedazo que el culto me había raspado.

— Dime qué quieres — me dice al oído, como la otra vez, porque sabe que no sé, porque quiere enseñarme—. Aquí no te oye nadie. Solo yo. ¿Qué quieres, Aurel?

Y esta vez, esta noche, con la tormenta empezando fuera y la cuna esperándome abajo y solo esto entre la muerte y yo, se me abre la garganta que llevo veintiséis años con la válvula cerrada.

— Te quiero a ti — digo, y la voz me sale rota, y es la primera vez en mi vida que digo yo quiero de verdad, por mí, en voz alta, sin envolverlo en lo que la Marea pide—.

Yo. Quiero. Esto. Te quiero a ti, Siro. Quiero tus manos.

Quiero tu boca. Quiero seguir de carne. Quiero vivir.

— Se me llenan los ojos—. Llevo toda la vida diciendo lo que se debe, lo que la Marea pide, lo que hay que hacer.

Nunca yo quiero. Me enseñaron que un recipiente no quiere.

Y quiero. Te quiero a ti. Lo quiero todo.

Por primera vez quiero algo para mí y no me da vergüenza.

Siro se queda quieto encima de mí. Y su cara, esa cara de sal que se cierra cuando algo le importa, se le abre de par en par, porque sabe lo que le acabo de dar. Sabe lo que cuesta. Lleva semanas oyéndome no poder decirlo.

— Otra vez — dice, muy bajo, ronco—. Dilo otra vez.

— Yo quiero — digo, y ya no se me atasca, ya sale, ya es mío—. Yo quiero, yo quiero, yo quiero.

Y me besa como si quisiera guardarse las palabras en la boca.

Nos tomamos la noche entera. Esta vez soy yo quien lo guía dentro de mí, quien elige, quien pide, y Siro va despacio, atento, leyéndome el cuerpo como lee el agua, y cuando por fin estamos juntos del todo lo miro a la cara y no aparto los ojos, porque quiero verlo, quiero verlo entero, quiero recordarlo si esto es lo último.

Nos movemos juntos, sin prisa primero, luego con hambre, luego con esa cosa que no tiene nombre y que es las dos a la vez, y digo su nombre, y él dice el mío, y entre los dos, en la litera estrecha, con la tormenta golpeando el casco, hay más carne y más vida de la que ha habido nunca en un Heredero de Mareal.

Y el coral cede.

Más que nunca. Lo noto subir por dentro, o mejor, lo noto bajar: la veta del brazo se enfría y retrocede, un dedo, dos, más que las otras veces, la piedra replegándose mientras nos queremos, repartiéndose fina entre los dos cuerpos dispuestos, y a Siro la marca de la nuca se le apaga, y el nácar que carga se le aquieta, y por un momento largo, imposible, entre el sudor y el vaivén, los dos tenemos menos piedra que nunca, los dos más de carne, los dos más vivos.

La magia que suma. La que da en vez de quitar.

La que Melisenda llama corrupción y es lo único limpio que he tocado en mi vida.

Acabamos agarrados, temblando, con el corazón golpeando contra el pecho del otro. Guijo, que se había ido al farol por discreción, vuelve y se nos posa cerca. Dorado. Del color más contento que le he visto. Nos palpa con un tentáculo, a uno y a otro, comprobándonos calientes.

Después nos quedamos quietos, enredados, con la lluvia arreciando fuera.

Le tengo la cabeza en el hombro. Le paso la mano por el pelo castaño aclarado por el agua.

Y me sube por dentro una paz que no había sentido nunca, una paz de estar entero, de ser alguien, de haber querido en voz alta y no haberme roto.

Y por debajo de esa paz, en el sitio oscuro que ningún culto controla, crece otra cosa. La idea. La que empezó en el oratorio de Melisenda y no he conseguido apagar.

Porque hago la cuenta. La hago mientras Siro respira despacio contra mi pecho, dormido ya, confiado, entregado.

La Marea Mayor rompe en una o dos noches.

Melisenda quiere petrificarnos a los dos, juntos, en la cuna.

Siro ha reunido a su gente, doscientas sombras dispuestas a repartir la carga, y a lo mejor funciona, a lo mejor la herejía de Rovena se sostiene a esa escala en plena tormenta contra todo un culto.

A lo mejor. No lo sé. Nadie lo ha probado nunca.

Y si no funciona, si somos demasiado pocos, si la marea es demasiado grande, entonces mueren todos.

Siro. Lume. Doria. Las doscientas sombras.

Todos de piedra en la Poza por seguirme.

Y hay otra cuenta. Una más limpia. Una que Melisenda no espera, porque va contra su rito.

Mi coral está mucho más avanzado de lo que nadie sabe.

Rovena lo tiene escrito: a mi ritmo, una gran marea más me llega al corazón.

Yo solo, sosteniendo la Marea Mayor entero, me petrifico del todo.

Es seguro. Es lo único seguro de toda esta noche.

Si bajo yo solo, sin Siro, y sostengo la marea hasta gastarme a la nada, las islas se salvan (porque un Heredero petrificado sosteniendo la marea es lo que Melisenda quiere, su Piedra Eterna a medias), y Siro queda libre (porque cuando yo muera, la marca de su nuca se suelta), y nadie más tiene que bajar a esa Poza.

Ni Siro. Ni Lume. Ni las doscientas. Me gasto yo, entero, solo, como juré de niño, como quise siempre, y no hago otro Yiro, no hago otro Reo, no consumo a nadie. Me consumo yo. Limpio.

Es la mentira más vieja que llevo dentro, y esta noche, con Siro dormido y confiado en mi pecho, me parece amor. Me parece lo más parecido al amor que sé hacer. Ahorrarle la cuna. Ahorrarles a todos la Poza. Bajar yo solo y darme entero para que ninguno tenga que darse.

No veo que es la trampa. No veo que gastarme solo es exactamente el borrado que acabo de jurar romper, que es hacerme a mí lo que el sistema le hizo a Yiro, que un recipiente que se vacía a la nada por nobleza sigue siendo un recipiente, no una persona.

No lo veo, porque llevo veintiséis años sin ver otra cosa, y una noche de querer no borra veintiséis años de creerme desechable.

Le he dicho a Siro yo quiero vivir con la boca, y de verdad lo quería mientras lo decía.

Pero por debajo, más hondo, sigue mandando el crío que decidió gastarse solo para no ver morir a nadie más.

Y ese niño esta noche toma la decisión por mí.

Voy a alejarlo. Voy a hacer que Siro no baje conmigo a la Poza. Voy a bajar yo solo.

No se lo digo. Esa es la peor parte, la que va a parecerle una traición, la que le va a caer como lo que la casta hace siempre.

No se lo digo porque sé que si se lo digo, no me deja.

Se plantaría, terco, de sal, y bajaría conmigo aunque lo atara.

Así que lo dejo dormir. Lo dejo creer que peleamos juntos.

Y me guardo el plan como me guardo el coral, bajo la manga, contra la piel enferma.

Antes del alba me suelto de él con cuidado.

Siro duerme profundo, agotado, confiado, con Guijo dorado enroscado en su muñeca.

Me visto en la penumbra, pieza a pieza, el nácar, los anillos, la banda, todo el oro que me vuelve a convertir en el Heredero, en la Marea encarnada, en el que baja solo.

Antes de irme me inclino sobre él, y le pongo la boca contra el hombro, ahí donde no lo despierto, y le digo lo único verdadero que me queda por decir, tan bajo que ni él lo oye del todo entre sueños.

— Yo quiero — susurro contra su piel—. Que lo sepas. Yo quería. Contigo. Aunque no me creas después. Aunque parezca que te uso y te tiro como todos. Yo quería vivir contigo. Y por eso mismo bajo yo solo.

Guijo, en la muñeca de Siro, cambia de color al oírme.

Se pone dorado un instante, brillando en la oscuridad, porque el pulpillo conoce la verdad cuando la oye.

Y luego, despacio, mientras yo me aparto y me giro hacia la escotilla, se va apagando.

Hacia el gris. Hacia la ceniza. El pulpillo siempre sabe, antes que nadie, cuándo alguien se va a hacer daño.

Subo a cubierta. La tormenta ha llegado. El mar está negro y enorme y la Marea Mayor empuja debajo, viva, hambrienta. Me aprieto el pulso. Late. Todavía carne. Por poco.

Y camino hacia la Nao Sacra, hacia Melisenda, hacia la Poza, con mi plan limpio y mi mentira más vieja, dispuesto a gastarme solo, creyendo que es amor, sin saber que acabo de sembrar el peor error de mi vida en el hombro dormido del único hombre al que he querido.