Capítulo 21
Hay que esperar a la bajamar de la madrugada, cuando el mar se retira de los llanos y deja al descubierto el barro y las ruinas y el Mercado de Marea Baja, que solo existe unas horas y luego el agua vuelve a tragárselo.
Los que no vuelven no se reúnen en sitios que duran.
Se reúnen en lo que aflora y se hunde, en lo que no deja huella, porque un sitio permanente es un sitio donde te encuentran.
El problema es la correa. La marca de mi nuca no me deja alejarme de Aurel más de un tiro de piedra sin empezar a flamear.
Y el Mercado está lejos de la Nao. Así que Aurel viene.
Ordas fondea la falúa en el borde de los llanos, donde el agua todavía cubre un palmo, y Aurel se queda ahí, embozado en una capa de faena, sin oro, un hombre cualquiera en la penumbra, dentro de mi alcance pero fuera de la reunión.
Le veo la silueta contra el agua mientras me alejo por el barro hacia las hogueras bajas del Mercado.
Es raro. Toda la vida la correa ha sido mi cadena.
Esta noche es lo único que me sostiene: si me flamea la nuca, es que me he pasado, es que él sigue ahí.
El Mercado de Marea Baja huele a barro y a pescado seco y a orujo de sargazo.
Hay una docena de hogueras protegidas del viento con lonas, y alrededor la gente que no existe: sombras huidas con la marca medio quemada a cuchillo, contrabandistas, buceadores sin licencia, madres que perdieron a un hijo en la Poza y no volvieron a rezar.
Los míos. La gente de la que fui antes de que me pusieran el hierro.
Y en cuanto entro en el círculo de luz, lo noto: se callan. Se giran. Y me miran la nuca.
La marca. Las trece muescas. El coral del culto sembrado a fuego. Para ellos, la señal del enemigo.
— Mirad lo que trae la marea — dice un hombre grande, con media cara comida por una cicatriz de red, que reconozco: Bruno, patrón de un casco de los que no vuelven—.
Una sombra jurada. Del Heredero, nada menos.
La decimotercera. — Escupe al barro—. ¿Y viene al Mercado a olernos para su culto?
Doria, ¿tú lo has traído? ¿Te has vuelto loca?
— Lo he traído yo — dice Doria, plantándose a mi lado, y su voz, que siempre desaparece, esta noche no desaparece—. Y responde por él quien os habla. Escuchadlo. Luego decidís.
— No escuchamos a los marcados — dice otro, una mujer flaca con un garfio por mano—. Un marcado es del culto. Se lo metieron en la nuca y ya no es de los nuestros. Se lo llevó la casta. Como a tantos.
Y tienen razón. Esa es la cosa. Tienen toda la razón. Un marcado es medio del culto, atado por una correa, con el enemigo grabado en la piel. ¿Por qué iban a fiarse? Yo tampoco me fiaría. Yo, el que calcula, el que no se fía de nadie, entiendo perfectamente que no se fíen de mí.
Podría hablarles como el que era. Frío. Práctico. Darles datos, un plan, una salida, y quedarme detrás de los datos como me he quedado toda la vida, sin enseñar la cara, sin poner nada mío en juego. Es lo que sé hacer. Es lo seguro.
Pero lo seguro no sirve esta noche. Lo aprendí delante de la cuna.
A esta gente no la mueve un plan. La mueve saber quién se lo cuenta, y por qué, y qué se juega.
Y para eso tengo que hacer lo que llevo ocho años sin hacer.
Tengo que dejar de ser nadie. Tengo que ser Siro, entero, delante de todos, con lo que eso me cuesta.
Cuento una respiración. Cuatro dentro. Seis fuera. Como bajo el agua. Y me subo a un tocón de amarre, para que me vean todos, y me arranco lo primero, que es lo más difícil.
— Me llamo Siro — digo, y la voz me sale rara, porque no me presento así desde hace ocho años—.
No Trece. Siro. El culto me rompió la concha de nombre en la Poza de las Sombras, como a muchos de vosotros, y me sembró esto en la nuca.
— Me giro para que vean la marca—. Sí. Soy un marcado.
Soy la sombra decimotercera del Heredero.
No os voy a mentir con eso para caeros mejor.
Silencio. El fuego chisporrotea. Algunos se acercan.
— Muchos me conocéis de antes — sigo—. Buceaba los ahogados en los llanos del sur.
Saqué sombras de estas islas con Doria, con los que no vuelven, tres inviernos.
Y algunos sabéis, aunque nunca lo cuente, que tenía un hermano.
Reo. Diez años. Se lo llevó la Guardia del mercado del sur, lo juraron sombra, y lo petrificaron antes de cumplir los once.
Está abajo, en el Santuario, hecho una estatua de niño con una placa que no dice Reo.
Dice la sombra novena. Le rasparon el nombre.
— Se me cierra la garganta y la abro a la fuerza—.
Así que cuando me miráis la nuca y veis al culto, tenéis razón a medias.
Me marcaron. Pero no soy de ellos. Soy del que se quedó sin hermano por su culpa. Igual que muchos de vosotros.
Bruno el de la cicatriz baja un poco la guardia. Sigue receloso, pero escucha.
— Bonito discurso — dice—. ¿Y qué vienes a vendernos, Siro? Porque los marcados que vuelven al Mercado siempre vienen a vender algo. ¿Una fuga? ¿Un pasaje fuera? Eso ya lo tenemos. Doria nos saca cuando hace falta.
— No vengo a venderos una fuga — digo—. Al revés. Vengo a pediros que no huyáis.
Eso los calla de golpe. Doria, a mi lado, tensa la mandíbula, porque sabe lo que viene y sabe lo que suena.
— Escuchadme bien, porque lo que os voy a decir el culto lo mata con piedra — digo, y bajo la voz, y todos se inclinan para oír, porque una cosa dicha en voz baja pesa más—.
La casta os ha mentido toda la vida. A vosotros, a mí, a nuestros padres.
Os han dicho que las sombras hacen falta.
Que alguien tiene que gastarse para que la marea no ahogue las islas.
Que es duro pero es necesario. ¿Cuántas veces os lo han dicho, con esa cara de pena, mientras se llevaban a vuestros críos?
— Miro a la mujer del garfio, que se ha quedado muy quieta—.
Pues es mentira. Lo he visto con mis propios ojos, en mi propia carne.
El coral no hace falta gastarlo en una sombra tras otra.
Si son bastantes cuerpos, y lo hacen queriéndolo, la piedra se reparte fina entre todos y no petrifica a nadie.
Ninguno. La marea se sostiene sin que nadie se vuelva estatua.
Lo prohíben no porque envenene el mar, sino porque, si se sabe, no hacen falta sombras, y sin sombras el culto no manda.
Nos gastan porque les conviene. No porque haga falta.
Un murmullo recorre las hogueras. Incredulidad. Rabia vieja despertándose. Bruno niega con la cabeza, pero no me ha mandado callar.
— Palabras — dice la del garfio, pero le tiembla la voz—. ¿Qué pruebas tienes, marcado?
— Doria vio la cuna del rito — digo—. Doria oyó al liturgo. Que lo cuente ella, que a ella sí la creéis.
Y Doria da un paso, y hace algo que no le había visto: se descubre. Se baja el embozo. Ella, que ha hecho del desaparecer un oficio, se deja ver a la luz del fuego, y saca de dentro de la camisa un rollo de piel cifrada.
— Sabéis lo que llevo aquí — dice—. Mi lista.
Los nombres. Todos los que el culto ha roto y yo he ido guardando, para devolvérselos a quien escapa al otro lado.
Llevo años haciendo eso: dándoos vuestro nombre en un puerto extranjero, cuando ya habéis huido y ya no sois nadie aquí.
— Golpea el rollo con el nudillo—. Siro me ha hecho una pregunta que no me sabía contestar.
¿Para qué os devuelvo el nombre lejos, si aquí seguís siendo un raspón?
— Nos mira a todos, uno a uno—. Yo perdí a Reo.
Muchos sabéis que fallé aquella noche. Llevo ocho años pagándolo huyendo bien, sacando gente limpia, para no volver a fallar.
Y ahora este me dice que hay una manera de que no haya que huir.
De que os devuelva el nombre aquí, en vuestras islas, sin que nadie más acabe de piedra.
Y yo le creo. Le debo un hermano. Y esta vez sí llego a tiempo al muelle.
Vuelve a guardarse la lista. Y el Mercado entero se ha quedado callado, con ocho generaciones de rabia y de conchas rotas latiendo bajo las hogueras.
Y aquí es donde tengo que dar el último paso.
El que me cuesta más que la marca. Porque hasta ahora he dado datos, y una prueba, y he dejado que Doria avalara.
Puedo quedarme en eso. Puedo bajarme del tocón, decir que ya lo saben, que decidan, y volver a la falúa con Aurel, a lo mío, a calcular mi propia salida.
Es lo que haría el hombre que era hace un mes.
Pero pienso en Lume contando mareas. Pienso en la ranura de mi tamaño tallada en la cuna. Pienso en Reo con los puños cerrados buscando el mar. Y me quedo en el tocón.
— Os voy a decir por qué peleo yo — digo, y la voz me sale de un sitio que no sabía que tenía—.
No para huir. Ya no. Podría. Doria me ofrece un pasaje fuera cuando quiera, nombre nuevo, islas nuevas, libre.
Y no lo quiero. — Cojo aire—. Peleo para quedarme.
Para tener un sitio del que ser, por primera vez desde que me rompieron la concha.
Peleo para que a Lume, un crío de nueve años que ahora mismo cuenta mareas en la Nao con un collar demasiado grande, no lo tumben en esa cuna cuando yo caiga.
Peleo para que no rasquen ni un nombre más.
Ni el de Reo, ni el vuestro, ni el de vuestros hijos.
— Me arde la cara y no me importa—. Llevo ocho años siendo de piedra por dentro para que no pudieran usarme.
Y me he dado cuenta de que ser de piedra por dentro es hacerme a mí mismo lo que el culto le hizo a mi hermano.
Ya no. Prefiero ser de carne y que duela.
Prefiero quedarme y perder que huir y sobrevivir solo otra vez.
— Los miro a todos—. No os pido que me sigáis a mí.
Un marcado no manda a nadie. Os pido que os quedéis.
Conmigo. Por los vuestros. Por los nombres.
La próxima Marea Mayor, en la Poza, cuando quieran hacer piedra a dos, que se encuentren a doscientos.
Dispuestos. Queriéndolo. Repartiendo la carga para que no quepa ninguna estatua.
Eso es todo. Esa es la guerra. No es huir. Es no huir. Por una vez.
Me bajo del tocón. Me tiembla todo. Ha sido más difícil que aguantar el hierro en la nuca, más difícil que cualquier drenaje, porque acabo de poner delante de todos lo único que llevo ocho años sin poner en juego, que soy yo, entero, queriendo algo en voz alta, sin salida trasera.
Silencio largo. El fuego. El agua que empieza, muy despacio, a volver por los bordes de los llanos, porque la bajamar se acaba y el Mercado no dura.
Y entonces Bruno el de la cicatriz se agacha, coge un puñado de barro de los llanos, y lo aprieta en el puño hasta que le chorrea entre los dedos, que es el juramento viejo de los que no vuelven, jurar por el barro que aflora y se hunde, por lo que no dura y por eso no traiciona.
— Yo tenía una hija — dice, con voz de piedra—. Sombra séptima. Ni le sé el número de placa. — Deja caer el barro—. Me quedo, Siro.
La mujer del garfio se agacha después. Coge barro.
Otro. Otra. Uno a uno, alrededor de las hogueras, los que no vuelven, la gente que ha hecho del huir un oficio, cogen barro de los llanos y juran quedarse.
No todos. Algunos se van, y no los culpo, porque quedarse es morir y ellos ya lo saben.
Pero muchos se quedan. Muchos aprietan el barro.
Vuelvo por el llano hacia la falúa, hacia la silueta embozada de Aurel contra el agua que sube, con la nuca sin flamear, con Doria a un lado y un ejército pequeño de sombras y contrabandistas a la espalda, y por primera vez desde que era un crío en los llanos con mi hermano, no camino solo.
He tomado un bando. Y el bando, por una vez, es quedarse.