De carne y de coral Capítulo 1
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De carne y de coral

De carne y de coral

Por Adriel Solano

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Capítulo 1

Me han atado las manos con cuerda de esparto, y lo primero que pienso, como un tonto, es que ese cabo lo trencé yo.

Lo reconozco por el nudo. Tres vueltas y un seno, la manera vieja, la que me enseñó mi hermano antes de que se lo llevaran.

La Guardia de Coral me sujeta las muñecas con mi propio cordel y ni siquiera lo sabe.

Cuento la respiración. Cuatro dentro, seis fuera, igual que bajo el agua. No porque tenga miedo. Porque cuando un hombre se agita, habla, y yo no pienso darles ni una palabra.

La barcaza me lleva contra corriente hacia Ondala.

Las luces de la Corte Flotante tiemblan sobre el agua negra como si alguien hubiera esparcido brasas por el mar, y debajo, muy debajo, se adivinan los tejados de Sío la Vieja, la ciudad ahogada, los campanarios donde ya solo viven peces.

Dos guardias reman. Un tercero me vigila con la lanza de coral apoyada en el hombro, y no me quita ojo, como si un buceador maniatado fuese a echarse al agua y hacer el tonto.

Podría, la verdad. El agua es lo único que nunca me ha traicionado.

De pequeño me contaban que Sío la Vieja se hundió en una sola noche, cuando un Heredero antiguo se durmió sosteniendo la marea y el mar se cobró la ciudad entera mientras él roncaba en su trono.

No sé si es verdad. Sé que ahí abajo, entre los campanarios, he sacado ahogados con las manos, y que el agua sobre una ciudad muerta tiene un frío distinto, un frío que se acuerda.

Los patronos construyeron Ondala encima, barcaza sobre barcaza, para no pisar la tumba.

Prefieren flotar sobre sus muertos a enterrarlos.

— Quieto — dice el de la lanza.

No me he movido. Le sostengo la mirada hasta que la aparta él. Pequeñas victorias. Un hombre atado se queda con las que puede.

En el cuello de la camisa, contra la piel, noto el peso frío de Guijo.

El pulpillo se ha encogido hasta el tamaño de una nuez y no se mueve, listo, y agradezco que la Guardia registre los bolsillos de un hombre y nunca el pliegue tibio de su nuca.

Cuando la angustia me sube y me quedo frío por dentro, Guijo me enrosca un tentáculo en la muñeca y aprieta, un latido diminuto, como recordándome que la sangre todavía va y viene.

Ahora mismo palpita despacio. Lo dejo. Los dos sabemos estarnos quietos.

Lo pesqué hace tres años en una caracola, del tamaño de una uña, medio muerto, y lo metí en agua y no se murió, y desde entonces vive donde vivo yo.

Cambia de color con lo que me pasa por dentro, y a veces creo que él me lee mejor que yo mismo.

Ahora está gris. Gris de tormenta que no acaba de romper.

Me han cogido en el Mercado de Marea Baja.

En bajamar, cuando los llanos afloran y el barro huele a hierro, saqué a tres del culto por el vado, tres sombras huidas con la marca aún viva en la nuca, y las metí en el esquife de Doria para que salieran de las islas antes del alba.

La cuarta era un cebo. Lo supe en cuanto la vi, demasiado limpia para haber corrido, pero ya había abierto la boca para nombrar el precio y ya era tarde.

La casta aprende. Ahora ponen a los suyos de anzuelo.

Los que no vuelven. Así nos llaman a los que ayudamos a marcharse. Un nombre bonito para lo que es sacar gente del matadero.

Vuelvo a ver la cara de la cuarta. La del cebo.

Una cría de dieciséis, con la marca de sombra fresca en la nuca, temblando de un miedo tan bien puesto que casi me la creo.

Casi. Doria me lo dijo mil veces, con esa voz baja suya de quien nunca se despide: fíjate en las manos, Siro, el miedo de verdad se te va a las manos y no lo puedes fingir.

Las manos de la cría estaban quietas. Demasiado.

Lo vi un segundo antes de que salieran los guardias de detrás de los puestos de sal, y ese segundo no me sirvió para huir, pero me sirvió para empujar a los otros tres al esquife y decirle a Doria que remara sin mirar atrás.

No miró. Doria nunca mira atrás. Es lo que la mantiene viva.

Así que salieron tres y me quedé yo. Cuentas de buceador: sacas más de los que pierdes, y si el que pierdes eres tú, la cuenta sigue saliendo bien.

Los tres eran de la misma barca. Un matrimonio y su hija, marcados los tres para diques distintos, para que no pudieran ni morirse juntos.

La madre me apretó la mano en el vado y me preguntó mi nombre, para rezar por mí, dijo.

Le dije que no rezara por nadie, que rezar es hablarle a los santos de coral y a los santos de coral yo no les hablo.

No le di el nombre. Nunca lo doy. Un hombre sin nombre no se puede perder del todo, porque no hay nada que buscar.

Atracamos al pie del Santuario del Fondo.

El templo se levanta sobre pilotes viejos, medio hundido a propósito, de modo que la marea entra y sale por sus naves y el agua lame los pies de los santos.

Huele a sal y a incienso de algas quemadas, un olor dulzón que se te mete en la garganta y no se va.

Me hacen subir por una rampa resbaladiza de verdín.

Uno me empuja entre los omóplatos. No caigo.

Un buceador tiene el equilibrio en los tobillos.

Dentro, la luz es verde. Entra por conchas engastadas en la bóveda y cae temblona sobre las estatuas.

Los santos de coral.

Están en hileras, decenas, hombres y mujeres de piedra rosada, congelados en mitad de un gesto.

Uno alza la mano. Otra tiene la boca abierta en algo que no llegó a ser un grito.

La casta los llama sagrados dormidos, dice que velan por las islas desde dentro de la piedra.

Yo sé lo que son. Sé que ahí dentro, debajo del nácar, todavía hay alguien despierto que no puede ni cerrar los ojos.

Hay peregrinos incluso a esta hora, arrodillados en los charcos que deja la marea, dejando conchas pequeñas a los pies de la piedra.

Le rezan a la gente que la casta gastó por ellos y no ven la contradicción.

Le piden salud a un muerto que no puede ni parpadear.

Yo paso entre ellos con las manos atadas y me guardo lo que pienso, porque lo que pienso, dicho en voz alta, aquí, me costaría la lengua.

No miro las caras. Aprendí a no mirarlas hace años, la única vez que vine por mi cuenta, buscando una talla pequeña, del tamaño de un niño de diez.

No la busco hoy. Hoy cuento la respiración.

Pero el templo no colabora. Al pasar entre las hileras, una de las tallas me queda a la altura de la cadera.

Pequeña. Un niño de piedra rosada con la barbilla alta y los puños cerrados a los costados, como quien planta cara a algo que le saca tres cabezas.

Aparto la vista antes de leer la peana. No hace falta.

Me sé de memoria la postura. Se la vi cien veces en carne, cuando la carne todavía era suya, delante de los matones del muelle, delante de mí las noches que volvía tarde.

Los puños cerrados. La barbilla alta. Reo no aprendió nunca a agachar la cabeza, y por eso lo eligieron, y por eso está aquí, y por eso yo aprendí a agacharla por los dos.

La última vez que lo vi de carne tenía diez años y una brecha en la ceja que le hice yo sin querer, jugando a las tortugas en el varadero. Le limpié la sangre con el faldón de la camisa y le prometí que no se lo diría a madre. No se lo dije. Cumplí esa. No cumplí la grande, la de traerlo de vuelta.

Sigo andando. Cuento. Cuatro dentro. Seis fuera.

A mí me rompieron el nombre hace ocho años, en otra Poza, con otro Prior, y no me hicieron sombra porque entonces no valía.

Demasiado flaco, dijeron. Poco don. Me marcaron desechable y me devolvieron al agua como se devuelve un pez pequeño, y aprendí a vivir sin nombre igual que se aprende a bucear con un pulmón, mal y a la fuerza.

Volví con los que no vuelven. Saqué gente.

Me dije que con eso bastaba, que un hombre puede ser un par de manos útiles y nada más, sin nombre, sin gente, sin nada que puedan romperle otra vez.

Ocho años agachando la cabeza. Y ahora resulta que sí valgo. Ahora leo frío ante el coral y de pronto soy un tesoro. La casta tiene un sentido del humor que solo entiende ella.

El Prior Doreno me espera junto a la Poza de las Sombras. Es un hombre grande, de manos anchas, con la casaca de nácar de la Guardia de Coral abrochada hasta el cuello. Tiene cara de no dormir mal por nada. A su lado, dos acólitos sostienen una bandeja con hierros y una copa.

— El buceador — dice, y no es una pregunta. Consulta un pliego—. Cazador de ahogados. Sin registro de familia. Sorprendido sacando propiedad marcada del Imperio.

— Personas — digo—. Sacando personas.

Doreno levanta la vista un dedo. Vuelve al pliego.

— La ley pide la Sima para esto. — Cierra el pliego—.

El culto, en su piedad, ofrece otra cosa.

Tienes el don. Lees frío ante el coral. Aguantas la piedra sin morirte enseguida.

— Me mira las manos cruzadas de cicatrices de red—.

Sombras así no abundan. Jurarás sombra del Heredero de la Marea. Servirás. Es más de lo que mereces.

La piedad de la casta. Te salva del abismo para meterte en una tumba que respira.

— Prefiero la Sima — digo, y lo digo en serio—. Al menos ahí abajo el agua no me pide las gracias.

Uno de los acólitos me mira como si hubiera escupido en el altar. Doreno ni pestañea.

— No es una oferta — dice.

Me acercan a la Poza. Es una charca de marea, redonda, de bordes de coral pulido por generaciones de manos, y el agua dentro está tan quieta que parece un espejo de metal.

En una repisa hay conchas. Muchas conchas, grandes, blancas, cada una con un nombre grabado.

Sé para qué son. Sé lo que va a pasar antes de que Doreno hable, porque a mi hermano se lo hicieron y volvió sin nombre en la boca aunque nunca volvió del todo.