De carne y de coral Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Miro las conchas de la repisa. Doce, cuento.

Doce conchas rotas alineadas, cada una partida por la mitad, cada una con un nombre que ya no responde a nadie.

Doce sombras juradas al Heredero de ahora, doce personas que un día tuvieron gente y madre y una barca, y a las que el culto convirtió en números para poder gastarlas sin que les temblara la mano.

La mía va a ser la trece. Ya está grabándose en algún sitio.

Un acólito me registra el cinturón. Encuentra el trozo. Un pedazo de concha del tamaño de mi pulgar, con dos letras y media de un nombre roto, cosido al cuero con hilo de sedal. Lo levanta hacia la luz verde, curioso.

— Deja eso — digo.

Y algo en mi voz hace que el chico dude. Doreno le hace un gesto y el acólito me lo devuelve al cinturón, no por piedad, sino porque un trozo roto ya no vale nada para el rito. Ya me rompieron el nombre una vez. Esto es solo lo que quedó.

Lo cosí yo, la noche que entendí que Reo no iba a volver. Es lo único que prueba que un día fui una persona con gente. Lo llevo pegado al hueso de la cadera desde entonces. A veces, dormido, se me clava y me despierto, y en el medio segundo antes de acordarme de dónde estoy, todavía tengo nombre.

— La sombra decimotercera del Heredero actual — recita Doreno, y coge de la repisa una concha entera, blanca, y con un punzón empieza a grabar en ella. No un nombre. Un número. Trece—. A partir de esta marea, responderás a lo que se te llame.

— Me llamo Siro — digo.

No levanto la voz. La suelto entera, clara, para que quede dicha en este templo de mierda antes de que intenten borrarla.

— El instrumento no tiene nombre — dice Doreno, sin mirarme, aplicado en su punzón—. Tiene una función.

— Me. Llamo. Siro.

Doreno termina de grabar el Trece. Sostiene la concha sobre la Poza. Y la deja caer.

El agua se la traga sin apenas un ruido.

Un círculo, dos, y luego nada, el espejo otra vez liso.

En algún sitio, dentro de mí, algo se queda muy quieto, más quieto que yo.

Así se siente que te borren: no duele, se apaga.

Guijo me aprieta la muñeca. Palpita fuerte, una, dos veces, como diciéndome que aguante, que siga siendo, que él sí sabe cómo me llamo aunque no pueda decirlo.

Aguanto. Cuatro dentro. Seis fuera.

Me hacen arrodillarme al borde de la charca.

Me apartan el pelo de la nuca, castaño aclarado de sal, y noto el aire fresco en la piel de detrás de las orejas, esa piel que nunca ve el sol.

Un acólito trae un brasero. De él sacan un hierro fino, no más grueso que un junco, con la punta al rojo, y en la punta, engastada, una esquirla de coral vivo que brilla con luz propia, rosada, latiendo como una cosa con hambre.

— La marca del juramento — dice Doreno detrás de mí—. Coral de sombra. Sembrado a fuego, prende raíz en la carne. Te unirá al Heredero. — Una pausa. Casi amable—. No intentes alejarte de él. La marca no lo permite. Otros lo aprendieron tarde.

No pregunto qué les pasó a los otros. Me lo imagino. Piedra.

Pienso en el agua. En la manera en que el mar te sostiene cuando te dejas ir, en que basta con no luchar contra él para que te lleve.

Pienso en cuando le enseñé a Reo, de crío, a hacer el muerto, con la mano abierta bajo su espalda, no tengas miedo, el agua no quiere ahogarte, solo quiere que te fíes.

Me tocaba a mí enseñarle, que para eso era el mayor.

Se lo enseñé cuando él tenía seis años, tumbados los dos en la poza templada del varadero, y él se reía y yo le sostenía la espalda con una mano que apenas le abarcaba.

Pienso en el esquife de Doria alejándose ahora mismo con tres personas dentro que sí van a salir.

Y decido, con la frente encima del agua quieta de la Poza, que voy a romper esto.

Que en cuanto sepa cómo funciona la correa, en cuanto encuentre la holgura, voy a arrancarme esta cosa de la nuca y a nadar hasta que las luces de Ondala no sean más que brasas en el horizonte y luego nada.

No sé lo que cuesta romper un juramento de sombra.

No me importa. La casta se llevó a mi hermano y le puso un altar.

No me va a tener a mí también, quieto y agradecido, hasta gastarme.

— Jura — dice Doreno.

— Que os trague la Sima — digo entre dientes, muy bajo, solo para el agua y para mí.

Y entonces baja el hierro.

Entra por la nuca con un siseo, la carne cede, y el dolor no es como el fuego, es como el frío, un frío blanco que sube por la columna y me estalla detrás de los ojos.

La esquirla de coral prende. La siento echar raíz, ramificarse bajo la piel, buscarme los nervios con dedos diminutos y helados, y toda mi vida de aguantar la respiración no me sirve de nada, porque esto no es quedarse sin aire, esto es que te siembren piedra por dentro.

Aprieto los dientes. No grito. Guijo, contra mi cuello, se pone rojo de golpe, rojo de rabia, y me quema la muñeca intentando calentar lo que la marca enfría.

El mundo se estrecha a un punto. La luz verde.

El agua quieta. El olor a carne y a algas.

Y muy lejos, del otro lado de la corte flotante, en la Nao Sacra, siento por primera vez el tirón.

Un hilo. Alguien, a media legua de aquí, acaba de atar el otro cabo de mi propio cordel sin saber siquiera que existo, y ha dado, sin querer, un tirón que me llega hasta el hueso.

El hierro entra hasta el fondo.