Capítulo 2
La Marea pide, y yo doy. No hay más liturgia que esa, por muchos cánticos con que el culto la vista.
Estoy hasta la cintura en el agua del Cinturón, con los brazos abiertos sobre la superficie negra, y el dique de poniente me tiembla bajo las manos aunque no lo toco.
Lo toco con la sangre. La sangre de marea no manda con los dedos, manda con la voluntad, y la mía lleva tres horas empujando el agua hacia atrás, alisándola, pidiéndole que no reviente los sillares que las generaciones anteriores levantaron contra la Sima.
El mar no quiere obedecer esta noche. La Marea Mayor todavía está a semanas, pero ya empuja desde el fondo como un animal que prueba los barrotes, y cada tormenta de este otoño me la manda un poco más arriba.
El agua está fría de una manera que ya no siento del todo. Esa es la primera señal, la que no le cuento a nadie: que hay partes de mí que dejaron de tener frío hace tiempo, no porque se acostumbraran, sino porque dejaron de ser carne que se entera.
— Aguanta, vieja — le dice Ordas al dique, a mi espalda, con las manos ahuecadas en la boca. Le habla al muro y al mar y a la barcaza como a personas viejas y tercas—. Un poco más. Ya baja.
No baja. La presión crece bajo mis palmas, un lomo de agua que quiere subir, y para sostenerlo tengo que dar más. Doy más.
Y el coral cobra.
Sube por el antebrazo izquierdo con esa lentitud suya de cosa viva, una veta de nácar rosado que se ramifica hacia el codo, y el frío que trae no es frío de agua, es frío de piedra, de carne que deja de ser carne.
Aprieto los dientes. Mantengo el brazo quieto.
Si lo muevo, Ordas verá cuánto ha avanzado, verá que ya no se detiene en la muñeca como hace un año, que ahora pasa el codo y sube, y Ordas se lo diría a alguien, y entonces alguien me mediría.
Nadie me mide. Ese es el trato que tengo conmigo. Nadie sabe cuánta piedra llevo ya menos yo, y yo procuro no saberlo del todo.
La liturgia dice que el coral es una gracia.
Que cada veta es una oración que la Marea escribe en la carne del Heredero.
Cuando era niño me lo creía. Me enseñaban el brazo a los peregrinos como se enseña una reliquia, mira lo que da por vosotros, y yo alzaba la barbilla y me sentía elegido.
Recuerdo la primera veta, un brote fino en la muñeca, a los nueve años, y a mi madre grabándome con la uña una florecita al lado para que no le tuviera miedo, para que pensara que la piedra podía ser bonita.
Fue lo último bonito que tuvo el coral. Ya no me lo creo.
El coral no es una oración. Es una cuenta.
Es todo lo que he gastado de mí escrito donde no puedo borrarlo.
Sostener un dique no se parece a nada que se pueda contar.
La gente cree que alzo las manos y el mar obedece, como en las tallas de los peregrinos, el Heredero sereno con la palma abierta y la ola echándose atrás mansa.
No es así. Es un pulso. El mar empuja y yo empujo, y entre los dos hay un lomo de agua que quiere reventar, y toda mi voluntad es la cuerda de la que tiro para que no lo haga, y esa cuerda pasa por mi carne.
Cada palmo que le gano al agua me lo cobra el brazo.
No hay serenidad. Hay un hombre metido en agua fría apretando los dientes para que un pueblo que duerme no se despierte ahogado, y una piedra que le trepa por dentro con cada esfuerzo, y nadie mira, porque a un dios no se le mira sudar.
Ordas mira. Es el único. Los demás, cuando ven el brazo, o apartan los ojos o se arrodillan; para el culto es una reliquia, para los patronos es la prueba de que el Heredero cumple.
Nadie ve un brazo que se muere. Ordas me lo vendaba de niño, cuando el nácar tierno me sangraba por los bordes, y refunfuñaba, y le hablaba a la venda como le habla a todo, quieta, así, aguanta, y no me llamó sagrado ni una vez en veintiséis años.
Es lo más cerca de un padre que he tenido.
Por eso, sobre todo por eso, no puedo dejar que me mida.
A un padre no se le enseña la cuenta de lo que le queda a uno. Se le miente, para que duerma.
Mi madre venía a verme obrar desde la pasarela, de niño, envuelta en un manto para que no la reconocieran, porque a la madre del Heredero tampoco se le permite ser madre delante de todos.
Me decía luego, muy bajo, que no mirara a los peregrinos mientras sostenía el agua, que no buscara en sus caras si estaban orgullosos, porque el que obra para que lo miren se gasta el doble.
Hazlo para el mar, me decía, no para ellos; el mar no aplaude, pero tampoco te pesa.
Tardé años en entender que me estaba enseñando a sobrevivir a mi propio oficio.
Murió sin ver el brazo como lo tengo ahora. Es de las pocas cosas que agradezco.
— Ya casi — me dice Ordas ahora, a la espalda, y no sé si me lo dice a mí, o al dique, o a la vieja del casco—. Ya casi, muchacho. Un pulso más.
Doy el pulso más. El coral cobra el pulso más. Así es la contabilidad de mi cuerpo: en pulsos de mar, en palmos de agua, en centímetros de nácar. Llevo la vida entera pagando esta factura y nunca he tenido un solo día en que el mar me deba a mí en lugar de yo deberle a él.
— Sagrado. — La voz del Prior Doreno viene desde la pasarela—. Tienes que drenar.
— El dique primero — digo, sin abrir los ojos.
— El dique no aguantará si tú te apagas. Drena. Para eso está la sombra.
La sombra. La nueva. Me la juraron esta misma marea, en la Poza, mientras yo estaba aquí metido en el agua sosteniendo la ciudad, y ni siquiera sé cómo se llama, ni pienso saberlo.
Sé lo que hay que saber. Que es un buceador de las islas pobres, que lee frío ante el coral, que aguantará la piedra más que los otros.
Que lo trajeron para gastarse en mi lugar.
Como Yiro.
No pienso ese nombre. Lo aparto, lo hundo, sigo empujando el agua.
Pero el frío del brazo ya me ha llegado al hombro y la vista se me llena de puntos negros, y sé, con la parte de mí que sabe estas cosas, que si sigo dando sin descargar, esta noche el coral cruza la clavícula, y una veta que cruza la clavícula va camino del pecho, y una veta que llega al pecho no vuelve.
Aun así, prefiero eso a lo otro.
— No — digo—. No voy a drenar en él.
Se hace un silencio raro en la pasarela. Ordas deja de hablarle al dique.
— Sagrado — dice Doreno, y ahora hay hierro debajo de la liturgia—. La sombra existe para esto. No gastarla es despreciar lo que la Marea provee. Es casi una impiedad.
Casi una impiedad. Conozco el idioma. En boca del culto, casi una impiedad significa que dentro de dos frases habrá guardias. Doreno tiene un cordel entero de palabras suaves para las cosas duras, y las va soltando en orden, como quien larga cabo, hasta que te encuentras ahorcado con seda.
Abro los ojos. El mundo está inclinado, verde por el agotamiento.
En la pasarela, entre dos guardias de coral, está el buceador.
Lo han traído a rastras, con las manos aún atadas, y tiene la marca fresca en la nuca, se le ve el resplandor rosado por debajo del pelo mojado.
Me mira. No con miedo. Con una especie de cálculo frío, de arriba abajo, como quien tasa una barca antes de decidir si vale la pena robarla.
Y luego dice, con una voz áspera de sal, lo bastante alto para que lo oiga toda la pasarela:
— Vaya. La reliquia.
Un guardia le da en los riñones con el asta de la lanza.
El buceador ni se dobla. Se queda muy quieto, extrañamente quieto, y por un momento me olvido del dique y de la piedra y solo lo miro a él, a ese hombre que acaban de convertir en cosa y que se planta en mi pasarela llamándome cosa a mí, con la insolencia de quien iguala un marcador.
Y por un momento lo estamos, empatados, cosa contra cosa.
Casi me da la risa. Hace años que no me la da nadie. La risa, como el frío, es de las cosas que uno cree que no va a echar de menos hasta que un desconocido de mar te la devuelve de un empujón.
— Suéltenle las manos — digo.
— Sagrado...
— Si va a drenar, necesita las manos. Suéltenselas.
Doreno hace un gesto. Un guardia corta el esparto.
El buceador se frota las muñecas despacio, sin prisa, sin darles la satisfacción de que se note el alivio, y baja los tres peldaños hasta el borde del agua con el equilibrio de quien ha vivido de pie sobre cubiertas que se mueven.
Se agacha frente a mí. De cerca huele a mar de verdad, a fondo y a red, no al mar perfumado de la corte.
Tiene los ojos de un castaño casi amarillo, de gato, y una cicatriz vieja partiéndole una ceja.
— Dicen que te toque — dice, en voz baja, solo para mí—. Que te chupe la piedra. — Una pausa—. No pareces con ganas.
— No las tengo — digo.
Y es lo más cerca que he estado en años de decir lo que quiero de verdad, aunque lo diga del revés, en negativo, que es la única forma en que sé decirlo.
— Bien — dice el buceador—. Yo tampoco.
Por un instante nos entendemos. Dos hombres a los que empujan a tocarse y ninguno quiere.
Es un pésimo comienzo y es lo más honesto que me han ofrecido desde que tengo memoria.
En la corte todos me tienden la mano queriendo algo; este me la niega, y en la negativa hay más verdad que en cien reverencias.
Pero el dique gruñe. Un sillar cede arriba, cae un chorro, Ordas grita algo, y el lomo de agua que llevo tres horas sosteniendo se me escapa un palmo, y para recuperarlo tengo que dar, dar de golpe, dar todo lo que me queda, y el coral responde al tirón subiéndome por el cuello del hombro hacia la garganta con un dolor blanco que me dobla.
— Sagrado — La voz de Doreno, lejísimos.
Me tambaleo. El agua me llega al pecho. Y entonces una mano me agarra del antebrazo izquierdo, por encima de la manga empapada, para sostenerme antes de que me hunda, un gesto de buceador, de sacar a alguien del agua, no de drenar nada.
Y a través de la tela, la mano del buceador se cierra sobre mi brazo y se queda helada.
Lo noto en su cara. El cálculo frío se le cae de golpe.
Aprieta un poco, sin querer, midiendo, y sus dedos encuentran lo que hay debajo de la manga: no un brazo.
Coral. Coral duro, hasta el codo y más arriba, coral donde debería haber músculo de nadador, la clavícula que ya empieza a ser piedra, todo lo que llevo un año escondiendo bajo telas largas y gestos medidos y la mentira de que el Heredero está espléndido, de que aún le quedan años, de que la sombra nueva es solo una previsión prudente.
El buceador no dice nada. Se le mueve la garganta. Me mira el brazo, me mira la cara, vuelve al brazo. Y veo pasarle por detrás de esos ojos de gato una cuenta que no le sale, la misma que yo llevo un año negándome a hacer.
Porque él ha venido aquí creyendo lo que cree todo el mundo. Que la sombra es el que se gasta. Que el ídolo de oro lo consume y sigue radiante mientras el plebeyo se va volviendo roca. Que su función es servir de piedra durante años para que yo dure.
Y acaba de descubrir, con la mano, que el ídolo se muere antes que él. Que quien se está volviendo estatua a toda prisa, en secreto, por no gastar a nadie, soy yo.
— Drena — me dice Doreno desde arriba, impaciente ya.
El buceador tiene la palma pegada a mi coral.
Bastaría con que quisiera. Bastaría con que aceptara el tacto, con que dejara que la piedra pasara de mí a él como manda el rito, y yo respiraría, y el dique aguantaría, y él empezaría a gastarse esta misma noche.
Sería fácil. Sería legal. Sería lo que la doctrina llama piedad.
Nos miramos. El agua negra entre los dos, subiendo.
— No — digo, y le suelto el brazo, y me lo aparto—. Aparta la mano.
Suena a orden. Es una súplica. No pienso hacerle a este otro lo que le hicieron a Yiro. No pienso mirar a otro hombre volverse piedra por drenarme mientras yo alzo la barbilla y dejo que me llamen sagrado.
El buceador aparta la mano despacio. No la aparta como quien obedece. La aparta como quien acaba de tocar algo que le ha cambiado el mapa entero de la cabeza y necesita retirarse a pensarlo.
Doy la última brazada de voluntad que me queda.
Aliso el agua. El lomo baja. El dique aguanta, gimiendo, un rato más.
Y yo salgo del Cinturón por mi propio pie, aunque cada paso me cuesta lo que cuesta arrastrar la clavícula de piedra que ya soy a medias, y no dejo que Ordas me sostenga, ni que Rovena, que ha aparecido en la pasarela con su olor a vinagre y sus ojos que lo miden todo, me toque el brazo cuando alarga la mano hacia mí, callada, con esa pregunta suya que no llega a formular.
Rovena me mira el brazo izquierdo. Luego me mira la cara.
No dice nada. Pero da un golpecito muy leve, con la uña, contra la baranda de coral de la pasarela, y ladea la cabeza para escuchar el sonido, como escucha ella las cosas, y sé que ha oído en mí algo que no le gusta.
Lleva oyéndolo un año. Lleva un año sin decirlo, porque decirlo sería obligarnos a los dos a hacer la cuenta.
El buceador me mira desde abajo, todavía en cuclillas al borde del agua, con la palma aún medio abierta, el frío de mi coral pegado a ella.
No es lo que esperaba encontrar aquí. Se lo leo en la cara. No es lo que esperaba, y ahora tiene un problema, porque a una reliquia se la desprecia sin más, pero a un hombre que se está muriendo más rápido que tú cuesta mucho más odiarlo.