De carne y de coral Capítulo 3
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Capítulo 3

A un barco se le cuentan las salidas antes que el nombre. Es lo primero que hago en cualquier cubierta que piso: mirar por dónde se sale. Costumbre de buceador. Costumbre de hombre que ha tenido que largarse deprisa más de una vez.

La Nao Sacra tiene demasiadas.

Es un disparate de barco, más palacio que nave, tres cascos viejos amarrados juntos y cubiertos de camarotes de madera de nácar hasta que ya no parece que flote sino que crezca del agua como un arrecife.

Escaleras que no llevan a ningún sitio. Puentes colgantes entre los mástiles.

Farolillos de medusa que laten con luz azul cuando cae la noche.

Hay guardias de coral en las bordas, sí, pero un buceador no necesita puertas.

Necesita agua, y agua hay por todas partes, negra y paciente, a un salto de cualquier baranda.

Cuento seis maneras de tirarme al mar antes de que Ordas me enseñe mi camastro.

— Aquí duermes tú — dice el contramaestre.

Es un hombre de cincuenta y tantos, ancho, curtido de sal hasta el cuero, con dos dedos de menos en la mano izquierda, un muñón viejo y limpio de torno.

Me señala un hueco bajo la escalera de popa, más armario que camarote, con un jergón y un clavo para colgar lo que uno tenga, que en mi caso no es nada.

— La sombra duerme cerca del Sagrado — dice—. Es la costumbre.

— Qué suerte la mía — digo.

Ordas me mira. No con la cara del culto, esa cara de estar midiéndote el alma. Me mira como se mira a un tripulante nuevo, calculando si sé mi oficio o le voy a dar problemas.

— Escucha, muchacho — dice, y le da una palmada al mamparo, un golpecito de cariño, como quien tranquiliza a un caballo—.

Este barco es más viejo que tú y que yo juntos y aguanta lo que le echen.

Tú vas a durar menos si haces tonterías.

— Baja la voz—. Sé lo que estás pensando.

Se te ve en los pies. Ya estás calculando el salto.

No digo nada. Cuento la respiración.

— Yo también los conté — dice, y por un momento no me habla como contramaestre, me habla como quien reconoce a otro de su clase—. Los saltos. Cuando me trajeron. Tardé un invierno en entender que de este barco no se salta, se navega. — Se encoge de hombros—. Piénsalo mejor.

Y se va, hablándole a una cuaderna suelta por el camino, aguanta, vieja, aguanta.

Guijo asoma medio tentáculo por el cuello de mi camisa, cambia a un azul curioso, prueba el aire del barco. Le doy un toque con el dedo. Nos entendemos. Los dos sabemos que no pienso hacer caso a nadie.

La Nao no duerme como duermen los barcos honrados.

Un pesquero, de noche, cruje y calla; este cruje y contesta, lleno de pasos que no se ven, de guardias de coral que cambian de posta, de acólitos que rezan sus horas en la capilla de popa con una salmodia que se cuela por las juntas.

Me quedo despierto oyéndolo, como se oye una costa nueva antes de acercar la barca.

Aprendo el barco a oscuras. Dónde canta cada tabla al pisarla.

Por dónde entra el relente. Cuántos pasos hay del armario a la borda de estribor, que es la más baja. Un buceador no reza; memoriza.

Hay otras sombras a bordo, pocas, y las cuento también.

Una vieja que friega las cubiertas de rodillas y no levanta la cara.

Dos mozos de mi edad que sirven en las bombas de achique, con la nuca marcada como la mía y los ojos ya vaciados, apagados, obedientes.

Los miro buscando en ellos un aliado y no encuentro más que el reflejo de lo que la casta quiere hacer conmigo: hombres que dejaron de contar salidas hace tanto que ya no saben que las hubo.

Uno me sostiene la mirada un segundo, en el pasillo de las bombas, y luego la baja, y en esa bajada hay una advertencia y una vergüenza.

No te fíes de los ya domados. Te venderán por un turno de descanso, no por maldad, sino porque han olvidado que se puede querer otra cosa.

De madrugada subo a cubierta a robar aire.

La corte flotante se extiende alrededor, barcaza tras barcaza, con sus farolillos de medusa apagándose, y más allá el Cinturón de diques, negro sobre el mar más negro, la línea de piedra que separa a los vivos de la Sima.

Es hermoso, si uno se olvida de lo que cuesta.

Yo no me olvido. Cada sillar de ese Cinturón lo levantó gente como Reo, como la vieja de las cubiertas, como yo, y cada temporada se lleva a alguno más.

La casta construyó su ciudad sobre una promesa: que siempre habrá pobres de sobra para gastar en los muros.

Miro la línea negra y me prometo, otra vez, que a mí no me van a poner de sillar.

Espero a la guardia de media noche. Cuando los farolillos de medusa se apagan solos y solo queda el chapoteo del agua contra los cascos, salgo del armario, cruzo la cubierta descalzo por la sombra de los mástiles y me descuelgo por un cabo hasta el agua sin apenas ruido.

El mar me recibe frío y me lo trago como se traga uno la primera respiración de un día bueno.

Esto sé hacerlo. Esto es mío. Empiezo a nadar hacia poniente, hacia las luces bajas del muelle de pescadores, donde sé que a esta hora Doria o alguno de los suyos ronda el Mercado de Marea Baja.

Diez brazadas.

A las quince, la nuca me arde.

No es dolor de herida. Es la esquirla. La marca de sombra despierta con la distancia, prende, se ramifica, y cada brazada que me aleja del barco la hace crecer, la siento echar raíces nuevas bajo la piel, buscarme la columna, un frío blanco que sube igual que subió el hierro la noche del juramento.

A las veinte brazadas ya no puedo girar el cuello.

A las veinticinco, el brazo derecho me responde tarde, como si el agua se hubiera vuelto de cola.

La correa. La correa no es una cuerda que te frena.

Es una cosa que te crece por dentro cuanto más tiras.

Me paro. Floto. Miro el muelle, tan cerca, las luces bajas, la libertad a doscientas brazadas de nada. Y noto la marca latiéndome en la nuca como un segundo corazón helado, avisándome de que si sigo, no llego a la orilla. Llego a piedra.

Aguanto la respiración. Cuatro dentro. Seis fuera. El agua no tiene la culpa. El agua nunca tiene la culpa.

Vuelvo.

Cada brazada de regreso apaga un poco la quemazón, y esa es la peor parte, la parte que me dan ganas de arrancarme la nuca a uñas: que el alivio venga de acercarme a él.

De acercarme a la reliquia dorada que duerme ahí arriba en su camarote de nácar mientras a mí me crece piedra por querer irme.

Trepo por el cabo, chorreando, con la marca todavía tibia de rabia, y me quedo un rato en cuclillas en la cubierta, respirando, contando, hasta que la nuca se enfría del todo.

— No funciona, ¿verdad?

La voz viene de arriba. En la pasarela alta, apoyado en la baranda, está Aurel.

El Heredero. La reliquia. No sé cuánto lleva ahí.

Lleva una túnica larga que le tapa el brazo izquierdo, siempre le tapa el brazo izquierdo, y a la luz de las medusas se le ve la cara flaca, esa cara de nadador ritual que nunca nada libre.

— Estaba dándome un baño — digo.

— A quince brazadas — dice Aurel—. Es la distancia. Yo tampoco la crucé la primera noche.

Me quedo quieto. No esperaba eso. Esperaba una reprimenda del culto, un no puedes escapar, instrumento, la letanía. No esperaba que la reliquia me dijera yo tampoco, en voz baja, como quien reconoce una derrota vieja y compartida.

— Tú no tienes que escapar de ti mismo — digo—. Tú vives en el palacio.

— ¿Eso crees? — dice Aurel. Y no lo dice con lástima ni con soberbia. Lo dice cansado—. Descansa. Mañana el culto querrá enseñarte a drenar como es debido. Ahorra fuerzas para negarte.

Se mete en su camarote antes de que yo encuentre la respuesta grosera que estoy buscando.

Me quedo en cubierta con el agua goteándome del pelo y con la palabra en la boca sin usar, y odio, de una manera nueva y molesta, que la reliquia haya dicho ahorra fuerzas para negarte como si estuviéramos del mismo lado.

No estamos del mismo lado. Su lado tiene templo. El mío tiene una estatua de niño.

Porque en eso no he dejado de pensar desde que crucé el Santuario.

La talla pequeña. La barbilla alta y los puños cerrados.

No leí la peana, pero no me hace falta, y es esa certeza la que me tiene despierto: que a media legua de aquí, entre las hileras de santos, Reo lleva ocho años de piedra con la boca a punto de un grito que no llegó, y que yo pasé por delante y no me atreví a poner la mano.

Me digo que fue por los guardias. Es mentira.

Fue porque si le tocaba la piedra y estaba fría, tendría que aceptar que está muerto, y llevo ocho años sin aceptarlo del todo, guardándole un sitio en la cabeza por si vuelve.

Voy a volver. En cuanto entienda esta correa, en cuanto encuentre la holgura, voy a volver al Santuario y voy a ponerle a mi hermano la mano en la mejilla de piedra, aunque no me sirva de nada, aunque él ya no lo note.

La correa se ríe de mis planes. Eso lo aprendo al día siguiente.

Rovena me busca al alba. La conozco de la pasarela del dique, la mujer de los ojos que miden y el olor a vinagre, dedos manchados de un ácido pardo de tanto grabar coral. Me hace señas desde la escotilla de la bodega, discreta, y bajo porque la curiosidad ha matado a menos hombres que la casta.

Abajo huele a agua estancada y a hierbas. Rovena tiene ahí un cuartucho lleno de frascos, punzones, conchas a medio grabar, y una mesa donde, me da la impresión, mide a la gente por dentro. Me señala un taburete. No me siento.

— Deja que te vea la marca — dice.

— No.

Rovena suspira. Coge un trozo de coral muerto de la mesa y le da un golpecito con la uña, escucha el sonido, lo deja. Es un tic suyo, ya lo he visto, golpea y escucha, a la espera de que el coral le cuente un secreto.

— Anoche nadaste — dice—. Quince brazadas. Ordas me lo ha dicho.

— Ordas habla mucho.

— Ordas te ha salvado la vida contándomelo, muchacho, así que escucha.

— Se sienta ella, ya que yo no lo hago, y me mira desde abajo, y ahora no hay tic ni rodeo—.

La marca de sombra no es una cadena que se pueda limar.

Está viva. Es coral, y el coral solo sabe crecer.

Mientras el Heredero viva, tú estás atado a él, y si intentas romper el juramento (arrancarte la marca, cruzar demasiado lejos, cortar el vínculo por la fuerza), el coral no te suelta.

Hace lo contrario. Te toma entero. Ahí donde estés.

En el agua, en un tejado, en mitad de una calle.

— Da otro golpecito al coral muerto—. Te vuelves como ellos. Como los del Santuario.

Se me seca la boca. Pienso en la estatua de niño. En la boca abierta que no llegó a gritar.

— Estás mintiendo — digo—. Es lo que os enseñan a decir para que no huya el ganado.

— Ojalá mintiera. — Rovena me mira, y por primera vez veo en sus ojos eso que la separa del culto: no me mide con desprecio, me mide con lástima, que es peor—.

Yo he visto a los que lo intentaron. Uno se arrancó la marca con un anzuelo, aquí mismo, en esta bodega, hace seis años.

Le dio tiempo a dar tres pasos. — Baja la voz—.

Todavía está en el Santuario. Lo canonizaron.

Nadie pregunta cómo llegó allí tan joven.

El barco cruje. El agua chapotea contra los cascos. Guijo, en mi cuello, se ha puesto de un gris apagado, quieto, y me aprieta la muñeca con un tentáculo helado, y por una vez no me está calentando a mí, se está agarrando él.

— Tres pasos — repito. Me quedo con eso. Un hombre que se arranca la correa y le dan tres pasos antes de que el mar de piedra le suba por las piernas. Lo veo. Lo veo demasiado bien—. ¿Y no hay más? ¿Ninguna otra manera?

— Mientras el Heredero viva — dice Rovena, y hay algo en cómo lo dice, un peso raro en el mientras, que no sé leer todavía.

Se levanta. Guarda el coral muerto en un cajón, con cuidado, como se guarda una cosa que aún oye—.

Te lo digo por una razón, muchacho. No porque quiera un instrumento dócil.

Porque he cosido a demasiados jóvenes que creyeron que huir era libre y descubrieron demasiado tarde que era piedra.

— En la puerta se detiene—. Piensa despacio.

Aquí todo el mundo cree que la única salida es la que ve. Y casi nunca lo es.

Se va. Me deja solo en la bodega, con el olor a vinagre y con la jaula por fin puesta del todo, ya no de madera y de guardias, sino de coral vivo sembrado en mi propia nuca, tirando de mí hacia el único hombre del mundo cuya muerte me haría libre.

Le doy vueltas a eso mientras subo. Mientras el Heredero viva.

Bastaría con que Aurel se muriera para que la correa me soltara.

Y Aurel, según lo que le palpé en el brazo, según lo que Rovena calla con la cara, se está muriendo ya, solo, deprisa, por su cuenta.

No tendría ni que hacerle nada. Tendría que esperar.

Cruzarme de brazos y esperar a que la reliquia se apague sola, y salir andando de aquí libre sobre su piedra.

Es la salida más limpia que se me ha ocurrido en dos días. Debería alegrarme.

Y lo peor, lo que me revuelve las tripas mientras subo a cubierta a que me dé el aire, es que anoche ese hombre me dijo ahorra fuerzas, y sonó a que le importaba.