Capítulo 4
El culto tiene un nombre hermoso para cada cosa que quita. Al robo de un nombre lo llama juramento. A la piedra que me crece por dentro la llama gracia. A lo de esta mañana lo llama comunión.
Yo lo llamo por su nombre cuando nadie me oye. Se llama usar a un hombre.
Me han vestido para el rito. Túnica abierta en el hombro izquierdo, la manga recogida, todo el brazo de piedra a la vista, la veta de nácar rosado subiendo del antebrazo a la clavícula como una joya que el culto adora y yo escondo del resto del año.
En la sala de comunión de la Nao Sacra arde incienso de algas.
Hay acólitos con vino de nácar en copas de concha.
Y en el centro, en una silla baja de coral pulido, con las manos cruzadas sobre el regazo, está la Oráculo.
Melisenda no se levanta cuando entro. La Voz del Mar no se levanta ante nadie, ni siquiera ante el Heredero de la Marea. Me mira subir al estrado con esa quietud suya de agua de poza, y sonríe un poco, apenas, que es lo que más miedo me da de ella.
— La Marea provee — dice.
— La Marea provee — respondo, porque es lo que hay que responder.
Le miro las manos. Siempre le miro las manos.
Sesenta y tantos años de mandar la magia del culto, de decidir quién se petrifica y quién no, de leer la voluntad del mar en el coral ajeno, y esas manos no tienen ni un brote.
Ni una veta. Piel lisa, moteada de vejez, limpia.
Melisenda ha gastado a generaciones enteras de sagrados y de sombras y jamás ha pagado un grano de sí misma.
Yo llevo el brazo entero de piedra. Ella tiene las manos de carne.
Nadie más parece darse cuenta de lo que eso significa. Yo me doy cuenta cada vez.
Los acólitos escancian el vino de nácar en las copas de concha y lo reparten, y todos beben menos yo y menos la sombra, porque a los vasos no se les da del vino sagrado.
Es un detalle pequeño y lo dice todo. El culto tiene un licor para celebrar la piedra que gastan otros, y lo beben con las manos limpias, y brindan por la Marea que provee mientras el que provee de verdad está en el estrado con el brazo abierto y frío.
He visto ese brindis toda mi vida. De niño me sentía honrado de presidirlo.
Ahora me sé de memoria el sabor que no me dejan probar y no lo echo de menos: sabe a la comodidad de no ser tú el que paga.
La liturgia de la comunión es larga. Hay una parte en que la Oráculo lee en voz alta las sombras que han servido bien en el pasado, una tras otra, y a cada una la corte responde la Marea la recuerda.
No son nombres. Son números y funciones, la novena, la undécima, la que contuvo el sur, la que aguantó doce inviernos.
Un rosario entero de personas convertidas en cuenta, recitado con dulzura, como una nana.
Y todos inclinan la cabeza, conmovidos, sin oír lo que oigo yo, que es una lista de gente a la que este culto se comió y luego rezó para dormir mejor.
Me sé la letanía desde antes de saber leer.
Me la enseñaron con la primera veta, para que entendiera que gastarse era hermoso, que había un coro que me recordaría.
Y funcionó durante años. Uno aguanta mucha piedra si le prometen que lo van a cantar.
Lo peligroso, lo que Melisenda no perdonaría si me lo leyera en la cara, es que ya no quiero que me canten.
Prefiero que me olviden entero y que a cambio no metan a nadie más en el estrado.
Un santo menos, una sombra menos. Ese es el trato que haría, si me lo ofrecieran. No me lo van a ofrecer.
La sombra escucha la letanía desde la puerta, entre los guardias, con la cara quieta.
En algún punto de la lista va la novena.
Va su hermano. No sé si lo sabe, si ha contado, si ha reconocido la cuenta.
Pero cuando la Oráculo dice la novena, que se gastó en una sola crecida, veo al buceador cerrar muy despacio las dos manos a los costados, los puños apretados, la barbilla un poco más alta, exactamente la postura de la talla pequeña que me llegó por la puerta del primer drenaje.
Y aparto los ojos, porque hay dolores que no se deben mirar de frente, y porque el mío, si me ve alguien mirarlo, se me nota.
Se lo pregunté una vez, de niño, con la ingenuidad de quien todavía cree que las preguntas tienen respuesta: Oráculo, ¿por qué a ti no te crece?
Y ella me acarició la mejilla con una de esas manos limpias y me dijo que la Marea elige a quién honra con la piedra.
Como si fuera un honor. Como si el que no lo recibe fuera el pobre.
Tardé años en entender que había preguntado lo único que no se pregunta.
Traen a la sombra. Al buceador. Lo han lavado y le han puesto una camisa limpia de sombra, sin cuello, para dejar la nuca marcada a la vista, y él entra entre dos guardias con esa manera suya de andar sobre cubiertas, los pies seguros, la barbilla no del todo baja.
Me busca con los ojos apenas cruza la puerta.
Nada más entrar. Como quien localiza la salida más cercana y resulta que la salida soy yo.
— El instrumento — dice Melisenda, y con dos palabras lo despoja de todo lo que sea persona.
El buceador la oye. Le veo apretar la mandíbula.
Pero no dice reliquia ni os trague la Sima ni ninguna de sus groserías de sal; se queda callado, muy quieto, y entiendo que ha aprendido en dos días lo que a otros les cuesta un mes: que a esta mujer no se la provoca, que la dulzura de Melisenda es lo único bajo el mar que no tiene fondo.
— Acércate — me dice el Prior Doreno.
— No hace falta el rito — digo—. El dique aguanta. Puedo esperar a la próxima tormenta.
— El Heredero no debe cargar coral que puede repartir — dice Melisenda, sin alzar la voz, sin moverse—. Sería vanidad. Sería quererse a uno mismo más que a la Marea. — Ladea apenas la cabeza—. ¿Es eso, Sagrado? ¿Te quieres tú más que a tu pueblo?
Y ahí está la trampa, tendida con hilo de seda.
Si me niego a drenar, me quiero a mí. Si me quiero a mí, robo a mi pueblo.
En la teología de Melisenda no existe la casilla en la que yo, sin más, no quiera volver piedra a otro hombre.
Esa casilla la borraron de la doctrina hace siglos, con toda intención, porque una casilla así, si existiera, dejaría a media casta sin oficio.
Me aprieto con el pulgar el pulso de la muñeca derecha. Late. Rápido, pero late. Todavía soy carne por algún sitio.
— La doctrina es clara — sigue Melisenda, para todos, para el buceador, para los acólitos, recitando lo que me sé desde niño—.
El tacto entre casta ha de ser frío y de servicio.
La sombra recibe la piedra; el Sagrado la entrega.
Nada más pasa entre ellos. El deseo enturbia la marea.
La ternura la enferma. Por eso el Heredero no nombra a su sombra, ni la mira dos veces, ni le tiende la mano salvo para drenar.
— Una pausa dulce—. Es una piedad, en el fondo.
Nadie se encariña con una herramienta. Y así nadie sufre cuando la herramienta se gasta.
Nadie sufre. La frase se queda flotando en el incienso, redonda, perfecta, y nadie en la sala la discute, porque es cómoda, porque exime a todos. Nadie sufre si nadie quiere. Han hecho una religión entera de la comodidad de no querer y la han llamado pureza.
Yo he sufrido. Una vez, cuando era niño y todavía no sabía que estaba prohibido, quise a una sombra, y esa sombra tenía quince años y se llamaba Yiro y me sacaba cuatro dedos de alto y me enseñó a nadar de espaldas mirando el techo de conchas de este mismo barco, y una noche, drenándome un coral que yo había gastado por vanidad de crío, no paró a tiempo.
Le grité que parara. No paró. Se le fue la piedra al pecho delante de mí.
Y el culto lo canonizó, y le puso una peana en el Santuario, y a mí me enseñó a no volver a mirar a una sombra dos veces, para mi propio bien.
No pienso el resto. No pienso el ruido que hace un chico de quince años cuando la piedra le llega a la garganta. No pienso en cómo, al final, ya no podía cerrar la mano que me tenía agarrada, y yo tuve que abrírsela dedo a dedo, y estaba fría, y todavía me miraba. Me aprieto el pulso. Late.
— Empecemos — dice Doreno.
El buceador sube al estrado. Se arrodilla frente a mí, en el cojín de rito, y me tiende las dos manos con las palmas hacia arriba, obediente en la forma, insolente en los ojos.
De cerca vuelve a oler a mar de verdad. Tiene un pulpillo asomándole por el cuello de la camisa, gris, agarrado a él, que Doreno no ve o finge no ver.
— Vamos allá, reliquia — me dice el buceador, muy bajo, entre dientes, solo para mí—. Cuanto antes empieces, antes acabo yo de tu piedra en las tripas.
— No es de las tripas — digo, igual de bajo—. Es del brazo. Y no quiero dártela.
— Ya. — Me mira el brazo de nácar, la clavícula, y algo en su cara se tensa, el recuerdo de lo que palpó bajo la manga en el dique—. Pues estás fatal para no querer repartir. — Traga. No de nervios; de otra cosa—. Hazlo y ya está. No me hagas el favor de compadecerte. No lo necesito.
— No te compadezco — digo, y es verdad, porque la compasión mira hacia abajo y yo a este hombre no lo miro hacia abajo, lo miro de frente, que es distinto y me descoloca.
Y en eso, que Melisenda me mira, y me mira Doreno, y me miran los acólitos, y el dique de poniente sigue aguantando a duras penas otra marea que sube, cedo. Cedo como cedo siempre. Bajo el brazo de piedra y le pongo la mano en la suya, palma con palma, piel con piel.
El coral pasa.
Lo siento salir de mí, ese frío que se me suelta del brazo y baja por la muñeca y cruza al buceador por el contacto, y por un instante el alivio es tan hondo que me avergüenza: el brazo me pesa menos, el hombro me responde, respiro.
La piedra afloja su avance en mi carne. Y sé lo que eso le está costando a él, porque le veo la mandíbula tensarse, le veo el brazo endurecerse, le veo aparecer un brote de nácar en el dorso de su mano, nuevo, rosado, la piedra que era mía echando raíz en un hombre que no me debe nada.
Pero pasa algo más. Algo que la doctrina jura que no pasa.
En el contacto, piel con piel, con la piedra corriendo entre los dos, cae una puerta.
No sé decirlo mejor. Por un latido dejo de estar solo dentro de mi cabeza, y hay otra cosa ahí, breve, viva, ajena: agua oscura, un niño de piedra con los puños cerrados y la barbilla alta, una pena vieja y afilada como un anzuelo, una rabia que sostiene a un hombre en pie desde hace años.
Y sé, sin que nadie me lo diga, que estoy tocando lo que este buceador guarda debajo de la sal.
Un hermano. Una estatua pequeña. Un santo que no debería serlo.
Y él me toca a mí, lo sé por cómo abre de golpe los ojos, esos ojos de gato: siente mi pavor del Santuario, el techo de conchas, un chico de quince años que no paró, el frío exacto de la culpa que llevo desde entonces.
Siente lo de Yiro sin que yo se lo cuente.
Lo siente en dos latidos, entero, y no puede fingir que no.
Nos soltamos a la vez. Los dos. Como si nos quemara, aunque lo que corre entre nosotros es lo contrario del fuego.
El buceador se echa atrás sobre los talones, con el brote nuevo brillándole en la mano, respirando raro.
Me mira. Ya no me mira como a una reliquia.
Me mira como a un hombre que ha visto por dentro sin permiso, con la cara de quien acaba de descubrir que la cosa de oro a la que iba a odiar cómodamente tiene, ahí dentro, una herida con la misma forma que la suya.
Guijo, en su cuello, ha cambiado. Del gris tenso a un azul confuso, un color de criatura que no entiende lo que acaba de pasar entre los dos hombres a los que vigila.
El buceador se lleva la mano al cuello, le tapa el pulpillo con la palma, un gesto de proteger, y no sé si protege a Guijo de mí o a sí mismo de que yo se lo haya visto.
— Suficiente — dice Melisenda, complacida, leyendo el coral nuevo de la mano del buceador, el traspaso limpio, la doctrina cumplida a sus ojos.
No ha visto la puerta que ha caído entre nosotros.
No sabe mirar eso; para ella solo cuenta la piedra que cambia de sitio—.
La Marea provee. El instrumento ha servido bien.
— La Marea provee — repito, con la boca seca, sin apartar los ojos del buceador.
Él tampoco los aparta de mí. Y en el silencio de después, con el incienso subiendo y Melisenda sonriendo apenas y mi brazo un poco menos de piedra a costa de la mano de él, ninguno de los dos dice la única palabra verdadera que hay en la sala, la que nombra lo que acaba de pasar y que la doctrina prohíbe, la que ninguno de los dos pidió y a ninguno de los dos le conviene.
Melisenda se levanta al fin, y sus acólitos con ella, y al pasar a mi lado me roza la sien con una de esas manos que nunca pagaron nada, una bendición que pesa como una losa.
— Ha sido un buen instrumento el que te ha proveído la Marea — me dice, bajito, solo para mí, satisfecha—. Fuerte. Aguantará mucho. — Y se va, dejándome ese mucho colgado, ese mucho que significa años de este hombre convertidos en piedra a plazos para que yo dure.
No la corrijo. No le digo que a este instrumento acabo de sentirle el hermano muerto pasarme por la mano. Guardo el secreto de la puerta como guardo todo, hundido, donde no me lo puedan medir.
Nos apartamos. Los dos fingimos que ha sido el rito. Los dos sabemos que no.