De carne y de coral Capítulo 5
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Capítulo 5

La Oráculo manda llamar al instrumento, y al instrumento lo llevan. Así funciona aquí. Uno no va: a uno lo llevan, como se lleva una herramienta del pañol a la faena.

Me embarcan en una lancha del culto y me cruzan la corte flotante hacia el Santuario del Fondo. Guijo va escondido en mi cuello, quieto, de un gris de tormenta que no me gusta. El pulpillo sabe leer los sitios antes que yo. Cuando se pone de ese color es que el agua de debajo huele a algo muerto.

Los remeros son sombras también. Los reconozco por la nuca, por el brillo rosado bajo el pelo, por cómo no levantan la vista del agua.

Uno tendrá mi edad. Reman con la cara de quien lleva tanto tiempo obedeciendo que ya no distingue la orden de su propia voluntad.

Los miro y me veo dentro de cinco años, si duro cinco años, y aparto los ojos, porque un hombre no debería mirarse tan de frente antes del mediodía.

De día el Santuario da todavía más miedo que de noche.

La marea entra por las naves bajas y sale, y con cada bajamar deja al descubierto los pies de las estatuas, cubiertos de percebe y de sal, y con cada pleamar los vuelve a tapar, de modo que los santos parecen vadear un agua que nunca acaba de subir ni de bajar.

Hay peregrinos. Dejan ofrendas de conchas en las peanas, encienden algas, murmuran.

Le rezan a la gente que la casta convirtió en piedra por ellos, y no ven la contradicción, y yo la veo tan clara que me arde en la boca del estómago.

Me hacen esperar en la nave de los santos. Solo, con dos guardias en la puerta, entre las hileras.

No debería mirar. Sé que no debería. Cuento la respiración, cuatro dentro, seis fuera, y clavo los ojos en el suelo de conchas, y aguanto un buen rato. Pero un hombre no puede mirar el suelo para siempre cuando su hermano lleva ocho años a tres pasos esperándolo.

Voy hacia la talla pequeña.

Y es él. Claro que es él. Lo supe la primera noche y me lo negué, y ahora, de día, con la luz verde cayéndole encima, no queda sitio para negarse.

Reo. Los diez años de siempre, congelados, la barbilla alta, los puños cerrados a los costados.

La piedra rosada le ha guardado hasta la peca que tenía junto a la nariz, hasta el remolino del pelo que yo no conseguía peinarle nunca.

Le han puesto una peana con una palabra grabada que no es su nombre.

Pone una función. Sombra novena del Heredero difunto.

Ni Reo. Ni hermano. Ni niño. Una cuenta más en el libro del culto.

Me arrodillo. No decido hacerlo; las piernas lo deciden por mí.

— Hola — digo.

La voz me sale rota, y me da igual que me oigan los guardias.

Le pongo la mano en la mejilla de piedra.

Está fría. Claro que está fría. Llevo ocho años imaginando este momento y en mis imaginaciones la piedra estaba tibia, siempre, con algo vivo guardado dentro, y no guarda nada, es piedra, es solo piedra, y debajo hay un niño que no puede cerrar los ojos ni girar la cara hacia el hermano que por fin ha venido.

Rovena me lo dijo. Ahí dentro todavía hay alguien despierto.

Esa es la parte que me parte en dos. Que a lo mejor Reo me está viendo.

Que a lo mejor lleva ocho años viendo pasar peregrinos y esperando una cara conocida, y ahora la tiene delante y no puede decírmelo.

Le acaricio el remolino del pelo con el pulgar, ese remolino que de niño le mojaba y le aplastaba y volvía a levantarse en cuanto se secaba, terco como él, y por dentro se me rompe algo que llevaba ocho años fingiendo que ya estaba roto del todo.

— Te dije que agacharas la cabeza — le digo, muy bajo —. Una vez. Solo una. Y no me hiciste caso.

No me hizo caso porque me había visto a mí no hacérselo nunca, y los hermanos pequeños aprenden lo que ven, no lo que se les dice.

Le enseñé a plantar cara. Le enseñé a no agachar la barbilla.

Y la casta se lleva justo a esos, a los que plantan cara, a los que valen, porque un niño terco aguanta más piedra antes de romperse y da más años de servicio.

Le enseñé a mi hermano a ser exactamente la clase de niño que se llevan.

La última noche, cuando vinieron por él, se me agarró al cuello y me dijo que no tuviera miedo, que él era valiente, que iba a aguantar.

A mí. Me lo dijo a mí, para que yo no llorara.

Y yo no lloré, porque estaba calculando cómo sacarlo, cuántos guardias había, por dónde se salía, y para cuando terminé la cuenta la lancha ya se lo llevaba y él me decía adiós con la mano, valiente, como le había enseñado.

Guijo me baja por el brazo, despacio, y se posa en el dorso de la mano con la que acaricio la piedra.

Se ha puesto de un color que no le había visto nunca, un gris azulado muy suave, casi tierno, y no suelta tinta, no cambia, solo se queda ahí, encima de mi mano, encima de la mejilla de Reo, calentito, haciendo de puente entre lo que fue mi hermano y lo que queda de mí.

— El instrumento ha encontrado algo que le interesa.

La voz me llega desde detrás, serena, sin prisa.

No la he oído acercarse. Me levanto despacio, me guardo a Guijo en el cuello, y me giro, y ahí está Melisenda, la Oráculo, la Voz del Mar, con su vestido de nácar apagado y sus manos cruzadas y limpias, esas manos sin una sola veta que lo obran todo y no pagan nada.

Dos acólitos detrás. El Santuario entero, de pronto, huele más a ella que a sal.

— Es una talla notable — dice, mirando a Reo con la cabeza ladeada, como se mira un mueble bien hecho —. Sombra novena. Se gastó pronto, en su primera crecida. Un cuerpo pequeño con un temple grande. La Marea lo recuerda.

— Se llamaba Reo — digo.

Melisenda me mira. La sonrisa no se le mueve, pero algo detrás de los ojos se ajusta, un cálculo mínimo, el reconocimiento de un dato nuevo que no cambia nada.

— Los nombres son de los vivos — dice, con una dulzura que hiela más que cualquier grito —.

Un santo no necesita nombre. Un santo es lo que hace.

Este sostiene su parte de dique desde que se gastó, y la sostendrá siempre.

Eso es más de lo que harán la mayoría de los que hoy tienen nombre y no sirven para nada.

— Ladea la cabeza otra vez —. ¿Eras de su gente?

— Su hermano.

— Ah. — Ni pésame ni burla. Guarda el dato —. Entonces la Marea os quiere a los dos. Eso no es común. Deberías sentirlo como una gracia.

Aprieto los dientes. Cuento. Cuatro dentro. Aquí no hay agua en la que hundirme, así que me hundo en el número.

Melisenda echa a andar por la nave, despacio, y con un gesto pequeño me indica que la acompañe, y los guardias me empujan lo justo para que entienda que no es invitación.

Vamos entre los santos. Ella va nombrando a algunos al pasar, no por su nombre, jamás por su nombre, sino por su cuenta: este dio doce inviernos, esta contuvo la Sima del sur, aquella se petrificó salvando el Cinturón de levante.

Un rosario de funciones. Un pueblo entero de personas convertidas en verbos.

Me detengo, sin querer, ante una talla de mujer joven con un remo de piedra en las manos.

La peana dice la que abrió paso en la niebla del sur.

No dice que tuvo manos para agarrar un remo, ni voz para cantar mientras remaba, ni nadie que la esperara en algún muelle.

Dice lo que hizo por ellos y borra todo lo demás.

Y de pronto entiendo el oficio entero de este sitio: no guardan a los muertos, los editan.

Les quitan el nombre, les quitan la gente, les quitan hasta el miedo que pasaron, y dejan solo la parte que le sirve a la casta, la función, el verbo, para poder rezarles sin que les remuerda la conciencia.

Un santo es un hombre al que le han quitado todo lo que incomoda.

— Los miras demasiado — dice Melisenda, sin reproche, casi con curiosidad —. La mayoría de los vasos aparta la vista. Tú las lees. — Ladea la cabeza —. Eso te hará sufrir más. O te hará más útil. Todavía no sé cuál.

— A lo mejor solo me hace recordar que fueron gente — digo.

— Fueron gente — concede, y lo dice sin que le tiemble nada, y ahí está lo peor de ella, que no lo niega —.

Y ahora son algo mejor que gente. La gente muere y se pudre y no sostiene nada.

Estos sostienen islas. — Me mira los ojos, despacio —.

Yo no les robé el nombre, muchacho, por si es eso lo que piensas.

Se lo cambié por permanencia. Es el trato más generoso que ofrece el mar.

La mayoría de los hombres darían el nombre por mucho menos.

No le contesto. Pero me guardo lo que sé y ella no: que a Reo no le preguntaron si quería el trato.

Que a un niño de diez años no se le ofrece nada; se le lleva.

Que llamar generosidad a lo que se le hace a alguien que no puede decir que no es la mentira más vieja de la casta, tan vieja que ya ni ellos la oyen.

Seguimos andando entre los verbos de piedra.

Y por primera vez no me hierve solo la rabia por Reo; me hierve por todos, por la mujer del remo, por el que aguantó doce inviernos, por la fila entera de gente comida y cantada.

Melisenda me está enseñando su obra creyendo que me impresiona.

Me está enseñando, sin saberlo, exactamente lo que quiero apagar.

— ¿Nunca te preguntas — digo, porque no puedo callarme, porque la rabia me pesa más que la prudencia — por qué el mar solo honra con la piedra a los pobres? Nunca vi a un patrono de nácar hecho santo. Ni a una Oráculo.

Melisenda se detiene. Me mira con algo que casi es aprecio, el aprecio del que reconoce a un adversario con más luces de los que esperaba.

— Cada uno paga con lo que tiene — dice —. El pobre tiene cuerpo. Yo tengo voz. La Marea me quiere leyéndola, no petrificada. — Sonríe —. Un cuchillo no envidia a la mano que lo empuña. Sirve mejor sabiendo cuál es cuál.

Un cuchillo no envidia a la mano. Me lo guardo. Es lo más sincero que le he oído: ella es la mano, y le parece justo.

— Te preguntas por qué te he hecho traer — dice al fin.

— Me lo pregunto — digo —. Las herramientas no solemos merecer audiencia.

— Esta sí. — Se detiene ante un hueco vacío entre dos peanas.

Un sitio dejado a propósito, limpio, esperando —.

Porque tú vas a formar parte de algo que este culto no obra desde hace tres generaciones.

Y prefiero que un vaso lo sepa a que no lo sepa.

No por piedad. Por orden. Un rito sale mejor cuando cada pieza conoce su sitio.

El hueco vacío. Guijo, en mi cuello, se pone negro de golpe. Negro del todo.

— El Heredero está muy lejos — dice Melisenda, y por primera vez baja tanto la voz que solo yo la oigo, y en esa confidencia hay algo peor que en toda su liturgia —.

Tú le has tocado el brazo. Sabes cuánto.

Su coral no se detendrá. Ningún drenaje lo salvará ya; solo repartiría el final entre más vasos, y la Marea Mayor de este otoño se lo llevará entero.

— Une las manos limpias —. La doctrina prevé para eso una salida gloriosa.

La Piedra Eterna. Un Sagrado y su sombra petrificados juntos, a la vez, en un solo santo permanente que sostenga las islas para siempre, sin que haga falta gastar más herederos ni más sombras generación tras generación.

El mayor honor. La purificación. El fin del gasto.

Un Sagrado y su sombra. Juntos. El hueco vacío entre las peanas, limpio, esperando. Dos.

Y de pronto entiendo el color de Guijo. Entiendo por qué el agua de debajo del Santuario huele a muerto. Entiendo por qué a mí, a un desechable, a un flaco de poco don que hace ocho años no valía nada, de pronto me han querido con marca y con camisa limpia y con audiencia de la Oráculo.

No me han condenado a servir a la reliquia. Me han apartado como se aparta el buen cordel para una faena importante. Me están cebando. Al Heredero y a mí, a los dos, para meternos en ese hueco y volvernos un solo santo con dos caras y ninguna boca.

— El instrumento debería sentirse honrado — dice Melisenda, y me pone una mano limpia y seca en el hombro, un gesto casi maternal, el más frío que me han hecho en la vida —.

Pocos sirven para tanto. La mayoría solo da unos inviernos y se olvida.

Tú sostendrás islas hasta que el mar se seque.

— Me mira a Reo, allá al fondo de la nave, la talla pequeña de barbilla alta —.

Estarás con los tuyos. ¿No es eso lo que has venido a buscar?

Miro el hueco vacío. Miro las manos sin coral de la mujer que quiere meterme en él. Y por primera vez desde que me sembraron el hierro en la nuca, la rabia deja de ser rabia y se vuelve otra cosa más fría y más útil: un plan que todavía no tiene forma, pero que ya sabe su primer paso.

Porque me acaba de dar sin querer una llave.

Ha dicho que a Aurel ya no lo salva ningún drenaje.

Que la Marea Mayor se lo lleva. Que por eso quiere el rito.

Lo que significa que ella también necesita que Aurel siga vivo hasta esa noche, no antes: un santo hay que hacerlo de un hombre entero, no de un cadáver.

Melisenda y yo queremos, por razones opuestas, la misma cosa: que la reliquia aguante hasta la Marea Mayor.

La diferencia es lo que cada uno piensa hacer esa noche.

No pienso volverme santo. Ni yo ni la reliquia. Que se busque otro cordel.

— Honradísimo — digo, y le sostengo la sonrisa a Melisenda hasta que es ella la que echa a andar hacia la salida, satisfecha, creyendo que un vaso que sonríe es un vaso que obedece.

Antes de subir a la lancha vuelvo un momento la cabeza hacia la nave, hacia la talla pequeña del fondo.

No me despido. No sé despedirme de él, nunca he sabido.

Pero le prometo, sin palabras, lo que no le cumplí en carne: que a otro no.

Que a Aurel no. Que el hueco vacío se va a quedar vacío aunque me cueste la nuca.

Guijo, en mi cuello, sigue negro. Tarda toda la travesía de vuelta en volver al gris. Yo tardo más.