Capítulo 6
Hay una manera correcta de gastar a un hombre, y el culto me la enseña esta mañana como quien enseña a un niño a anudar un cabo.
El dique de levante ha empezado a llorar agua por tres juntas.
No es rotura todavía; es aviso. Nos han sacado a los dos al Cinturón antes del alba, a mí y a la sombra, para lo que Doreno llama, sin sonrojo, adiestramiento de la pareja.
Una yunta de bueyes a la que hay que enseñar a tirar del mismo arado, ni más ni menos.
— Canaliza el Sagrado — recita Doreno desde la pasarela, con Rovena a su lado y dos acólitos tomando nota en tablillas de cera —.
En cuanto la veta pase el codo, la sombra drena.
Ni antes ni después. Se busca el ritmo. Un Heredero bien servido puede sostener un dique una jornada entera sin llegar a peligro, repartiendo la carga por tandas.
— Me mira —. Es cuestión de no encariñarse con la propia piedra, Sagrado. Suéltala a tiempo.
Suéltala a tiempo. En su boca suena a prudencia. En la mía suena a lo que es: pásale tu muerte a otro poco a poco, a plazos, que dura más el instrumento.
Lo dice como quien explica el arado, con paciencia de maestro, y los acólitos lo anotan como se anota una receta.
Ni antes ni después. La piedad convertida en técnica.
Han medido durante generaciones cuánta muerte aguanta un cuerpo pobre por temporada, y lo han puesto en tablillas, para no gastar de más y que rinda el instrumento.
El horror de este sitio no es la crueldad. Es la contabilidad.
Lo aprendí de niño, aunque entonces no lo entendía.
Me sacaban a la pasarela a mirar cómo drenaban a las sombras de mi padre, el Heredero difunto, para que fuera aprendiendo el oficio.
Un maestro de coral, el que hubo antes de Rovena, iba anotando en una tablilla cuánto se le podía sacar a cada cuerpo por temporada sin romperlo del todo.
Este da para tres inviernos más. Este, uno.
A este descárgalo menos, que rinde mejor descansado.
Yo tenía seis años y creía que estaba aprendiendo a cuidar de mi pueblo.
Estaba aprendiendo a llevar las cuentas de un matadero lento.
Por eso hago lo que hago con la sombra, aunque no se lo diga.
Por eso me trago mi propia piedra en vez de repartírsela a plazos.
No lo hago solo por Yiro, aunque Yiro esté siempre debajo de todo.
Lo hago porque una vez fui el niño de la pasarela que aprendía a anotar cuerpos, y me niego a ser el hombre que lo hace.
Si tengo que elegir entre la contabilidad limpia del culto y morirme yo antes, elijo morirme.
Es lo único que se me ocurre para no ser Doreno con mejores modales.
El buceador no sabe nada de esto. Me mira reclamar la piedra y cree que es orgullo, o cabezonería, o vaya usted a saber qué se imagina un hombre de mar de un Heredero.
No sabe que le estoy ahorrando ser una muesca en una tablilla.
No se lo puedo decir sin contarle a Yiro, y a Yiro no se lo he contado a nadie en once años, ni a Ordas, ni a Rovena, que lo dedujo sola.
Hay cosas que uno no dice porque decirlas en voz alta les da un cuerpo, y el cuerpo de Yiro ya está en el Santuario, y con eso me basta.
Entro en el agua. La sombra se queda al borde, en cuclillas sobre la piedra mojada, con la mano tendida hacia mí, esperando el codo.
Nos hemos mirado poco desde la sala de comunión, desde la puerta que cayó entre los dos con el primer tacto.
Él tampoco parece tener ganas de repetir aquello.
Bien. Ninguno de los dos quiere volver a asomarse al pozo del otro.
Abro los brazos sobre el agua. Empujo.
El mar de levante está furioso esta madrugada, y sostenerlo me cuesta más que anoche, y el coral responde enseguida, subiéndome del antebrazo al codo con esa lentitud hambrienta suya. Doreno lo ve.
— Ahora — dice —. Drena.
La sombra me pone la mano en el brazo. Piel con piel. Y el coral empieza a pasar de mí a él, ese alivio vergonzoso, y noto cómo el nácar prende en el dorso de la mano del buceador, un brote nuevo sobre el de ayer, y veo apretarse la mandíbula de ese hombre que se niega a que se le note el daño.
Y hago lo que no se debe.
En lugar de soltar la piedra, tiro de ella.
Al revés. Vuelvo la voluntad hacia dentro, hacia el punto de la mano de él donde acaba de prender lo mío, y llamo al coral de vuelta, lo reclamo, le ordeno que regrese a mi carne de donde salió.
Es como respirar hacia atrás. Es como tragar el mar en lugar de escupirlo.
Duele de una manera que la doctrina no describe porque la doctrina prohíbe siquiera intentarlo: el coral no quiere volver, el coral solo sabe ir hacia delante, y forzarlo a retroceder me abre el brazo entero en un dolor blanco que me dobla sobre el agua.
Pero funciona. El brote nuevo de la mano de la sombra se apaga. La piedra que le acababa de dar vuelve a mí. Él se queda con lo suyo de siempre, ni un grano más.
— ¡Sagrado! — Doreno, escandalizado —. ¡Eso es herejía! ¡Estás recogiendo lo entregado!
— Se me ha ido la mano — miento, jadeando, con la frente casi en el agua.
No cuela. Rovena me mira desde la pasarela con los ojos muy fijos, y no dice nada, pero se lleva una mano al pecho, al bolsillo interior donde guarda sus tablillas, y aprieta ahí, como quien protege una cuenta.
Y la sombra. La sombra se ha quedado con la mano abierta en el aire, mirándose el dorso donde hace un instante había un brote nuevo y ahora no hay nada, y luego me mira a mí, doblado sobre el agua con el brazo peor que antes, y en esa cara de sal pasa algo que no había pasado hasta hoy.
Se le cae otra capa. En el dique me tocó el brazo y descubrió que me muero más rápido que él.
Ahora acaba de ver que, pudiendo pasarle la muerte a plazos y descansar, elijo tragármela yo entera con tal de no darle ni un brote más.
— ¿Por qué has hecho eso? — me pregunta, muy bajo, cuando Doreno se vuelve a increpar a los acólitos.
— Porque puedo — digo.
No es la verdad. La verdad es más larga y tiene quince años y se llama Yiro y no pienso dársela a este hombre en un dique al amanecer.
La verdad es que ya vi una vez lo que le pasa a alguien por drenarme, y decidí que no volvería a mirar a nadie volverse piedra por mí, y que si alguien tiene que gastarse en este trato, seré yo, entero, solo, hasta el fondo.
Eso es lo limpio. Eso es lo único que me dejo querer: mi propio final, a solas, sin arrastrar a nadie.
— Estás loco — dice la sombra, y no lo dice con desprecio. Lo dice despacio, como quien reordena todo lo que creía saber —. Te vas a matar por no darme lo que ya me han sembrado para que aguante.
— Sí — digo.
Y por un momento, entre los dos, con el agua furiosa subiendo y Doreno gritándole a un acólito, hay algo que no tiene nombre en la doctrina.
No es la puerta que cayó con el primer tacto.
Es más pequeño y más peligroso: es que este hombre, que llegó a la Nao dispuesto a odiarme cómodamente, ya no puede.
Se lo estoy poniendo imposible. Y no lo hago por él.
Lo hago porque no sé hacerlo de otra manera.
Pero él no lo sabe, y me mira como se mira algo que no cuadra, y me deja el brazo tranquilo el resto de la mañana, drenando solo lo justo, ni un grano de más, respetando en silencio una decisión que no comparte.
En una de las tandas, cuando le paso la piedra y él la recibe sin apartar la vista, me dice algo tan bajo que no lo oyen ni los acólitos.
— Yo también tuve a alguien que se creía que aguantar solo era lo noble — dice —. Terminó de piedra igual. La nobleza de gastarse a uno mismo no salva a nadie, reliquia. Solo deja al de al lado sin nada que hacer con las manos.
No le contesto. Pero se me queda dentro, molesto, porque suena demasiado a algo que yo debería haber pensado ya.
El dique aguanta. Volvemos a la Nao con la marea del mediodía.
Rovena me busca esa noche.
Baja a mi camarote con su olor a vinagre y una linterna de aceite, y cierra la escotilla con cuidado, y se queda un momento escuchando el barco antes de hablar, como hace ella, midiendo si hay oídos. Guijo, el pulpillo de la sombra, no está; la sombra duerme al otro lado del mamparo. Estamos solos.
— Enséñame el brazo — dice.
— Rovena...
— No como maestra de coral del culto — dice, y deja la linterna en el arca —. Como la mujer que te cosió la primera veta cuando tenías nueve años y llorabas y nadie más te consolaba porque a un dios no se le consuela. Enséñame el brazo, Aurel.
Dice mi nombre. Casi nadie dice mi nombre. Me subo la manga.
Rovena acerca la linterna. Le da un golpecito con la uña a la veta, en el antebrazo, y escucha; otro en el codo; otro más arriba, cerca del hombro, donde el nácar ya se hace grueso y duro.
Con cada golpecito la cara se le pone más quieta.
Saca de su pecho un fajo de tablillas de cera, gastadas, con marcas menudas, y las inclina a la luz, y pasa el dedo por columnas de muescas que solo ella sabe leer.
— Llevo un registro tuyo — dice —. Desde hace años.
A escondidas. Cuánto avanza tu coral con cada gran marea, cuánto se queda quieto entre una y otra.
Nadie más lo tiene. El culto no quiere saberlo; al culto le conviene creer que el Heredero está espléndido hasta el día en que ya no lo está.
— Golpea la tablilla con el nudillo —. Yo sí quiero saberlo. Y lo que sé no me gusta.
— Dilo — digo. Me aprieto el pulso de la muñeca con el pulgar. Late deprisa.
Rovena me mira. En sus ojos no está el desprecio del culto ni la dulzura fría de Melisenda. Está la lástima, esa lástima suya que es lo más parecido al amor que me han dado nunca.
— A este ritmo, no te quedan años — dice —.
Te quedan mareas. Una gran marea más, dos a lo sumo, y la veta te cruza la clavícula y busca el pecho.
Y cuando el coral toca el corazón, ya lo sabes.
— Baja la voz —. La Marea Mayor de este otoño, la que tienes que sostener tú porque no hay otro Heredero, es demasiado para lo que te queda de carne.
Si la sostienes solo, como estás empeñado, no la sostienes: te petrificas dándola.
Del todo. En pie, en mitad del Cinturón, para siempre.
El barco cruje. El agua lame los cascos. Fuera, muy lejos, un ahogado gime en la Sima, ese sonido que sube cuando los diques flaquean.
Semanas. Mareas. Lo sospechaba. Llevo un año sin medirme para no saberlo, y ahora Rovena me lo pone en la mano en muescas de cera, y lo raro es que no siento miedo.
Siento una especie de alivio horrible. Petrificarme solo sosteniendo la Marea Mayor es exactamente el final que había elegido para mí.
Gastarme entero. No consumir a nadie. Salvar las islas con mi cuerpo y con nadie más. Limpio.
— Entonces está decidido — digo —. Sostengo la Marea Mayor. Me gasto yo. Y la sombra queda libre en cuanto yo... — No termino. No hace falta —. Es lo mejor que puede pasar. Nadie más paga.
— No — dice Rovena, y me agarra la muñeca, la de carne, con una fuerza que no le conocía —.
Escúchame bien, porque esto no puedo decirlo dos veces sin que me oigan.
— Y da la vuelta a la última tablilla, y me la acerca a los ojos, y en el reverso hay una segunda columna de muescas, distinta, más apretada, con un signo al lado que no reconozco, un signo tachado a fuego, quemado, censurado —.
Hay otra cuenta. Una que a mí me costó el destierro por dentro del culto hace veinte años.
Una que dice que gastarte solo no es la única salida.
Que ni siquiera es la mejor. Que hay algo que puede frenar el coral, algo que la doctrina prohíbe con toda su alma no porque no funcione, sino precisamente porque funciona.
— ¿Qué algo?
Rovena mira la escotilla. Escucha el barco. Al otro lado del mamparo, la sombra se remueve en sueños, y Rovena se calla, y me pone la palma abierta sobre el reverso de la tablilla, tapándola, como se tapa una brasa para que no prenda el pañol.
— Todavía no — dice —. Es peligroso saberlo antes de estar listo para creerlo.
Un hombre convencido de que su muerte es lo más limpio que puede hacer no está listo para creer que hay algo mejor; lo oiría, lo entendería y volvería a elegir la piedra, porque la piedra ya la tiene decidida y decidir cansa menos que esperar.
— Recoge las tablillas —. Pero no te mueras solo por nobleza, Aurel.
Prométeme que no vas a decidir tu final hasta que yo te enseñe la otra columna.
— No prometo nada — digo.
— Ya lo sé. — Se levanta —. Por eso te lo he pedido. Un hombre que promete lo que va a cumplir no necesita que se lo pidan.
La observo recoger la linterna y subir por la escotilla, y me quedo con el brazo desnudo a la luz de las medusas, mirando el nácar que ya me llega casi al hombro, contando las mareas que me quedan y que ahora sé nombrar, y con una segunda cuenta ardiéndome en la cabeza: una columna tachada a fuego, una salida que el culto teme más que a la Sima, algo que frena la piedra y que a Rovena le costó el destierro por atreverse a escribirlo.
Al otro lado del mamparo, la sombra respira hondo en sueños, cuatro dentro, seis fuera, incluso dormido, y me sorprendo escuchándolo, acompasándome a él sin querer.
Me aprieto el pulso. Late. Deprisa, terco, todavía de carne.
Todavía.