De carne y de coral Capítulo 7
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Capítulo 7

Un hombre aprende a leer la crueldad como lee el cielo. Sabes de qué lado viene el golpe por cómo se junta el aire. Llevo toda la vida leyéndolo, y aquí, en la Nao Sacra, me paso los días esperando un temporal que no acaba de romper.

Eso es lo que me desarma. Que no rompe.

Esperaba palos. Esperaba que me usaran a diario hasta dejarme seco, que me trataran como al cordel del pañol, que la reliquia alzara la barbilla dorada y me mirara por encima del hombro mientras se dejaba servir.

Estaba listo para todo eso. Lo que no sé encajar es lo otro, lo que hace Aurel, que es peor que un palo: no me trata como a una cosa. Y una cosa no sabe qué hacer con eso.

Un golpe lo devuelves. Un golpe te confirma lo que ya sabías, que el mundo es lo que es y tú un pez pequeño en él. Pero que un Heredero te mire a los ojos y te pregunte el nombre no se devuelve. Se te queda dentro, revolviendo, deshaciendo despacio ocho años de trabajo de no ser nadie.

Me paso los días buscándole el truco. Un hombre no te trata como a una persona gratis; algo quiere.

Lo he visto mil veces en el Mercado, en la Resaca, en cualquier muelle: el que te sonríe primero es el que te va a cobrar más caro.

Así que espío a Aurel esperando pillarle la jugada.

Espero que la amabilidad tenga un precio escondido, un favor que me pedirá luego, un modo de amansarme para el hueco del Santuario. Vigilo. Cuento. Archivo.

Y no encuentro la jugada. Esa es la trampa peor de todas: que no la hay.

El Heredero me defiende delante de Doreno y no me pide nada.

Me deja el mar y no me pide nada. Se traga su propia piedra por no darme un brote y no me pide, desde luego, las gracias.

Un hombre así, en mi mundo, no existe, y el que no existe es el más peligroso, porque no sabes por dónde te va a salir.

Ordas me pilla observándolo desde el aparejo una tarde. El viejo sube a comprobar una driza, me mira, mira hacia donde miro yo, que es la pasarela alta donde Aurel repasa unos pliegos con la cabeza gacha, y suelta un gruñido.

— Llevas la misma cara que ponía yo — dice, sin que se lo pregunte —.

Buscándole la maldad. — Ata el cabo con dos dedos de menos y una destreza que ya la quisiera yo —.

No la tiene, muchacho. Ese es el problema del chaval.

Lo criaron para no tener nada suyo, ni maldad ni bondad ni ganas, solo deber.

Y cuando a un hombre le vacían de todo lo suyo, lo poco que le queda propio se le nota mucho.

— Me mira de reojo —. A ti te pasa lo mismo, por otro camino.

Por eso os reconocéis. Dos vaciados no se engañan.

No le contesto. Ordas no espera que le conteste. Le da una palmada al mástil, aguanta, vieja, y baja por la jarcia con la agilidad de un mono viejo, dejándome ahí arriba con su frase clavada como un anzuelo: dos vaciados no se engañan.

Odio que tenga razón. Odio que un contramaestre manco me lea en una tarde lo que yo llevo días negándome.

Que no le busco la jugada a Aurel porque desconfíe, sino porque si acepto que no la hay, tengo que aceptar lo otro, lo que viene detrás, que es que me está importando, y a un hombre que le importa algo se lo pueden quitar, y a mí ya me quitaron a Reo.

Esta mañana Doreno pasa revista a las sombras del culto en la cubierta de proa. Somos pocas ahora en la corte; a la mayoría las tienen repartidas por los diques. Nos alinean. El Prior recorre la fila con su casaca de nácar, contando, anotando en la tablilla, y al llegar a mí se detiene.

— La sombra decimotercera cumple — dice, para el acólito de la cera —. Drenaje regular. Sin incidencias. El instrumento se ha adaptado bien al servicio.

Guijo, en mi cuello, suelta una gota de tinta.

La noto resbalarme por debajo de la camisa, tibia, y sé lo que significa.

Guijo tinta ante quien miente. Y lo que acaba de mentir Doreno no es lo de sin incidencias.

Es lo de se ha adaptado bien al servicio, dicho con esa cara de trámite, cuando yo sé, y ahora sé que él sabe, que a esta sombra no la están adaptando a ningún servicio: la están engordando para un hueco vacío entre dos peanas.

La mentira no es lo que dice. Es lo que calla delante de los demás.

No muevo un músculo. Cuento la respiración.

Pero por dentro archivo el dato, como archivo todo desde que Melisenda me enseñó el hueco.

Doreno miente a los suyos sobre lo que van a hacer conmigo.

Eso significa que ni siquiera la Guardia lo sabe entero.

Eso me sirve. Un secreto que no comparten todos es una grieta, y por las grietas se sale.

— ¿Cómo se llama? — pregunta el acólito, punzón en la cera, rutinario.

— Trece — dice Doreno.

— No — dice otra voz.

Aurel ha subido a la cubierta de proa sin que nadie lo anunciara, con esa manera suya de aparecer callado, el brazo izquierdo tapado, la cara flaca de no dormir.

Doreno se cuadra. Los acólitos bajan la cabeza.

Y el Heredero de la Marea mira al del punzón y repite, en voz baja pero clara, en ese tono litúrgico que aquí todos obedecen:

— No escribas Trece. Trece es una cuenta, no un nombre. Escribe la sombra del Heredero, si tienes que escribir algo. Pero no le pongas un número de inventario.

— Sagrado — dice Doreno, tirante —, la doctrina...

— La doctrina numera a los muertos del Santuario — dice Aurel —. Este está vivo. Déjalo con lo que sea que le quede.

Se hace un silencio raro. Doreno no discute con el Heredero delante de la tropa; se traga lo que sea que piensa y manda romper filas.

Pero antes de irse me mira, un instante, y en esa mirada hay un aviso que entiendo perfectamente: que el Sagrado me defienda hoy no cambia lo que soy mañana, y que a un cordel apartado para faena grande le conviene no hacerse notar.

Las sombras se dispersan. Yo me quedo, porque Aurel se ha quedado, y porque una parte de mí que no controlo quiere entender qué acaba de pasar.

— No necesitaba que hicieras eso — digo, cuando estamos solos junto a la borda.

— Ya sé que no lo necesitabas — dice Aurel —. Lo he hecho igual.

Me mira. Y ahí está otra vez lo que no sé encajar: me mira.

No al instrumento, no a la sombra, no al buceador de las islas pobres.

A mí. Con esos ojos de agua parada, gris con algo de verde, y una atención tranquila y entera que hace años que nadie me pone encima, desde antes de que la casta se llevara a Reo y yo decidiera dejar de ser una persona a la que se mira.

— ¿Cuál es? — pregunta.

— ¿Cuál es qué?

— Tu nombre. El de verdad. — Lo dice sin peso, como quien pregunta la hora, y esa es la trampa, que lo dice fácil —. Trece no. El otro. El que llevas cosido en el cinturón.

Se me hiela la sangre. No sabía que se había fijado en el trozo de concha. Me llevo la mano al cinturón, al bulto duro bajo el cuero, ese pedazo con dos letras y media que es lo único que prueba que un día fui alguien.

— No — digo.

— No, ¿qué?

— No te lo doy.

Y me sale más duro de lo que quiero, porque me ha tocado justo el sitio.

Darle mi nombre a este hombre sería volver a ser una persona con nombre delante de la casta, y una persona con nombre tiene algo que le pueden romper.

Lo aprendí en la Poza, hace ocho años, cuando echaron mi nombre a la charca y me quedé más ligero y más muerto.

Un hombre sin nombre no tiene nada que perder.

Es la única armadura que me queda. No pienso quitármela para que un Heredero se sienta menos solo.

— Está bien — dice Aurel. Y no insiste. Eso también me descoloca; esperaba que insistiera —. Es tuyo. Guárdalo. — Mira el mar un momento, la corte flotante, las barcazas ancladas, el agua negra entre ellas —. Solo quería no tener que llamarte por un número. Buscaré otra cosa.

— Llámame reliquia — digo —. Ya que estamos.

Se le escapa algo por la cara que casi es una sonrisa. Casi. Hace años que a nadie se le escapa una sonrisa por mi culpa, y no me gusta cuánto no me disgusta.

— Esa ya la tienes cogida tú — dice —. Tendré que conformarme con lo que sobre.

Y se va antes de que yo encuentre con qué responderle, y me quedo en la borda con la sensación rara de haber perdido un cruce de golpes que ni siquiera era una pelea.

Esa noche no puedo dormir. La marca me pesa, el hueco vacío del Santuario me ronda, Reo de piedra me ronda, y el mar, sobre todo el mar, tan cerca y tan prohibido, chapoteando contra los cascos a un salto de distancia y a la vez a doscientas brazadas de piedra en la nuca.

Llevo semanas sin meterme en el agua de verdad.

Un buceador apartado del agua es un pez en un cubo. Sigues vivo. Dejas de ser lo que eras.

Guijo lo nota. Se me enrosca en la muñeca, tibio, aprieta, palpita. Sabe que estoy frío por dentro.

Y entonces se abre la escotilla de mi armario y es Aurel, con una linterna tapada, descalzo, el dedo en los labios.

— Ven — dice, en un susurro —. Y no hagas ruido, que si nos oye Doreno me cae un sermón de una hora.

Lo sigo por la cubierta a oscuras, entre los mástiles, hasta una plataforma baja a popa, una de esas por donde bajan las lanchas, casi a ras de agua. Aurel deja la linterna tapada. Señala el mar, negro y quieto, con las luces de la corte temblando encima.

— La correa llega hasta aquí — dice —. Lo he medido. Puedes meterte. No cruces la boya de aquella barcaza y la marca no te tocará. — Duda un momento —. Es lo único que se me ocurre para... No sé. Llevas días con cara de ahogarte en seco.

Lo miro. Miro el agua. Miro otra vez a este hombre que se muere más rápido que yo, que se traga su propia piedra por no darme un brote, que se ha bajado descalzo en plena noche a saltarse su propia doctrina para dejar respirar a un buceador.

Y no entiendo por qué. Y ese no entender me da más miedo que Melisenda.

— ¿Cómo sabes hasta dónde llega? — pregunto —. Lo de la boya. ¿Lo has medido con otra sombra?

— No — dice Aurel, y algo se le cierra en la voz —.

Lo medí conmigo. Cuando era niño quería saber hasta dónde podía alejarme del Santuario sin que me trajeran de vuelta.

Nunca llegué a la boya. — Se encoge de hombros, incómodo —.

Los dos tenemos una correa. La mía es más larga y no se ve. Es la única diferencia.

— ¿Por qué? — pregunto. Es la única palabra que me sale.

— Porque a ti te quitaron el agua — dice Aurel, y mira el mar, no a mí, y baja la voz hasta casi nada —.

Y a mí me pusieron en un trono flotante en mitad de todo el mar del mundo y me enseñaron a mandarlo sin entrar nunca en él.

Los dos sabemos lo que es tener delante lo único que quieres y que te lo hayan prohibido.

— Se encoge de hombros, incómodo de haberse abierto tanto —.

Anda. Métete. Antes de que me arrepienta.

Me meto.

El agua negra me traga y me devuelve a mí mismo de un solo trago.

Frío, salado, vivo. Me hundo, salgo, floto de espaldas mirando las medusas de la corte y las estrellas de más allá, con las orejas bajo el agua y el mundo entero convertido en el latido sordo del mar, y por primera vez desde que me sembraron el hierro en la nuca la marca no me arde, porque no me alejo, estoy justo en el límite, justo donde el vínculo me deja ser un hombre en el agua sin castigarme por ello.

Aguanto la respiración y bajo un poco, y toco con los dedos la corriente fría de abajo, la de verdad, la que viene de la Sima, y subo, y respiro, y estoy, por un rato, entero.

Aurel me mira desde la plataforma, sentado, con los pies colgando cerca del agua sin llegar a mojarlos, y en su cara hay algo que no sé leer del todo. No es lástima. No es doctrina. Es casi hambre. El hambre del que mira comer a otro un plato que a él le han prohibido toda la vida.

— Métete tú — le digo, desde el agua, sin pensarlo —. Nadie mira. Yo no se lo cuento a tu Oráculo.

Aurel se queda quieto. Por un momento creo que va a hacerlo. Le veo mirar el agua con esa hambre vieja, calcular, querer. Y luego negar con la cabeza, despacio.

— Otro día — dice, y sé que es mentira, y sé que él sabe que lo sé, y lo dejamos ahí, esa mentira pequeña flotando entre los dos como una boya.

Salgo cuando el frío empieza a ganarme. Me siento a su lado, chorreando, y no decimos nada un buen rato. Guijo trepa por mi brazo, contento, azul, y se estira hacia Aurel, curioso, y Aurel, con mucho cuidado, con un dedo, le toca un tentáculo, y Guijo no tinta, no se enfada, se deja.

Y ahí, calado hasta los huesos, con el mar todavía en las orejas y este hombre imposible al lado dejándose querer por mi pulpillo, entiendo el tamaño del problema que tengo.

Porque me ha funcionado. Lo que ha hecho me ha funcionado.

Me siento visto por primera vez en ocho años, y en lugar de darme paz me da rabia, una rabia sorda, de superviviente, porque sentirse visto es lo más peligroso que le puede pasar a un hombre que ha sobrevivido volviéndose invisible.

Un hombre al que nadie mira no tiene nada que le puedan quitar.

Aurel acaba de mirarme. Y ahora sí tengo algo que perder. Y lo odio. Odio que me haya devuelto el mar. Odio, sobre todo, que la parte de mí que decidió no volver a sentir nada lleve toda la noche perdiendo, callada, cada discusión.