De carne y de coral Capítulo 8
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Capítulo 8

Gobernar, para un Heredero de la Marea, es sobre todo aprender a decir que no muy despacio.

No se me permite decir no de golpe. Un dios no discute.

Un dios demora, matiza, consulta los presagios, pide una marea más para meditar.

He convertido la demora en mi único poder verdadero, y esta mañana lo gasto entero.

El consejo se reúne en la cámara alta de la Nao Sacra, bajo la bóveda de conchas.

Melisenda preside desde su silla baja de coral, con las manos limpias cruzadas.

Doreno de pie a su derecha. Los cabildos de las islas, media docena de patronos viejos con cadenas de nácar.

Ordas al fondo, callado, con su gorro de contramaestre en las manos, porque a Ordas lo dejo entrar a los consejos aunque no le corresponda, y a Melisenda le molesta y no lo dice.

Los patronos huelen a nácar y a miedo. Es lo que tienen en común los ricos de las islas: cadenas caras y un pánico de fondo a que el mar les recuerde que sus casas flotan.

Traen quejas de cosechas de algas perdidas, de embarcaderos anegados, de un dique del sur que llora.

Y detrás de cada queja hay la misma pregunta, la que nunca formulan en voz alta: Sagrado, ¿vas a poder con esto?

Yo llevo veintiséis años contestándola con la barbilla alta.

Es el gesto que mejor se me da. Lo aprendí antes que a nadar.

— La Marea Mayor sube antes de lo previsto — dice Melisenda —.

Los presagios coinciden. El coral crece deprisa este otoño en todos los diques.

El mar pide orden. — Une las yemas —. La doctrina tiene un remedio para cuando el Heredero ya no basta.

Propongo consumar el Rito de la Piedra Eterna en esta misma Marea Mayor. No en la próxima estación. En esta.

Se me seca la boca. Me aprieto el pulso bajo la manga. Esperaba esto, y aun esperándolo me cae encima como un sillar.

Los patronos se remueven. La palabra rito les gusta; les suena a solución sin factura para ellos.

Ninguno pregunta quién paga la piedra. Nunca preguntan.

Es lo cómodo de la Piedra Eterna, y Melisenda lo sabe: promete islas salvadas para siempre a cambio de dos cuerpos que a esta sala no le importan, un Heredero que ya se da por perdido y una sombra que ni tiene nombre en sus libros.

Conozco a estos hombres desde niño. Los patronos de nácar me tuvieron en brazos, me trajeron regalos cuando me salió la primera veta, brindaron por mi salud en banquetes en los que yo era el plato.

Ninguno me ha mirado nunca de verdad. Miran al Heredero, a la garantía de que sus cosechas de alga no se ahoguen, a la póliza flotante que soy.

El día que deje de sostener los diques, dejaré de existir para ellos tan limpiamente como si nunca hubiera nacido, y buscarán al siguiente cuerpo capaz de contener el mar, y le brindarán a él.

No es crueldad. Es que para ellos yo nunca fui una persona, fui una función, exactamente como para Melisenda lo es la sombra.

La única diferencia entre el trono y la nuca marcada es cuánto tardan en gastarte y con cuánta ceremonia.

Por eso mi demora no los convence de nada verdadero; solo les mete un miedo distinto en el cuerpo.

No los hago pensar en las dos personas que van a petrificar.

Los hago pensar en sus propias islas hundidas si el rito sale mal.

Es la única palanca que tengo con ellos: el miedo a su propia ruina, nunca la piedad por la ajena.

Aprendí hace mucho que a un patrono no se le mueve con justicia; se le mueve enseñándole dónde le va a doler el bolsillo.

Es sucio. Funciona. Y cada vez que lo uso me parezco un poco más a la mujer de las manos limpias, que también mueve a la gente por el miedo y lo llama orden.

— Es precipitado — digo —. La Piedra Eterna no se obra desde hace tres generaciones.

Los ritos que no se practican se olvidan.

Un error en la consagración y no salvamos las islas: las condenamos.

— Miro a los patronos, que de teología no saben, pero de que se les ahogue la cosecha sí —.

Yo puedo sostener la Marea Mayor de este otoño.

Lo he hecho cada año. Un año más de estudio del rito, hecho como es debido, vale más que una consagración a la carrera.

— El Heredero es generoso ofreciéndose — dice Melisenda, y la dulzura con que lo dice me pone la piel de gallina —. Pero el Heredero no ve su propio coral. Yo sí. — No dice cuánto. No hace falta. Deja que la frase penda —. La Marea pide lo que pide. Retrasarla por vanidad de método sería tentarla.

— No es vanidad pedir que un rito de petrificación irreversible se haga bien — digo.

— Nadie duda de tu prudencia, Sagrado. — Sonríe apenas —. Dudo de tu aritmética.

Ahí está. Con seis palabras y una sonrisa me acaba de decir, delante del consejo, sin decirlo, que sabe que me quedan mareas y no años, que sabe que no llego a la próxima estación, que mi oferta de sostener yo la Marea Mayor un año más es la oferta de un hombre que no estará vivo para cumplirla.

Y no puedo desmentirla sin confesar cuánto de piedra soy ya. Me tiene. Lo sabe.

Juego la única pieza que me queda, y la juego con los patronos, no con ella, porque a ella no la muevo pero a ellos sí.

Les hablo de sus abuelos. Les recuerdo, con la voz más litúrgica que tengo, la última vez que un culto obró un rito grande sin verificarlo bien y se hundió medio archipiélago del norte, tres islas que ya no salen en los mapas.

No sé si es verdad del todo; lo cuentan las nodrizas.

Pero los patronos lo mamaron de las mismas nodrizas, y el miedo prende.

Uno de ellos, un viejo de cadena doble, carraspea y pide que se convoque a los archiveros del culto a verificar la consagración correcta antes de obrar nada.

Melisenda me mira. Sabe lo que he hecho.

Sabe que le he metido a sus propios fieles el miedo en el cuerpo para robarle tiempo.

Y concede con una inclinación de cabeza, generosa, porque una Oráculo que ha esperado tres generaciones puede esperar dos semanas más, y porque sabe que el tiempo juega de su parte: cada marea que pasa me sube el coral, y cuanto más lejos estoy, más razón le doy.

— Que los archiveros lean los registros — dice —.

Que todo se haga con orden. El orden es lo único que la Marea nunca perdona que se salte.

— Y me sostiene la mirada una fracción de más, y en esa fracción hay algo casi cariñoso, el cariño del pescador por el pez que da buena pelea antes de subir a la barca.

Salgo del consejo con una prórroga de plazo y con la certeza de que la prórroga es también una soga con más cuerda.

Ordas me alcanza en el pasillo, retorciendo el gorro.

— Le has ganado una mano — dice, bajo —. No la partida. Esa mujer no juega a ganar manos.

— Ya lo sé — digo.

— Lo que no sé es a qué juegas tú, muchacho — dice, y me mira con esos ojos viejos que me criaron —.

Antes peleabas por aguantar hasta el año que viene.

Ahora peleas por dos semanas. Un hombre que solo pelea por dos semanas es que ha decidido algo para dentro de dos semanas y no me lo quiere contar.

No le contesto. Ordas me conoce demasiado. Me aprieta el hombro, el derecho, el de carne, y me deja ir, y me dice a la espalda, medio al barco y medio a mí, aguanta, vieja, aguanta, que es lo que le dice a todo lo que teme perder.

Es en el pasillo de la cámara donde me encuentro al niño.

Está sentado en un banco, meciendo las piernas que no le llegan al suelo, canturreando bajito una tonadilla de contar sin letra.

Nueve años, diez a lo sumo. Le han puesto un collar de sombra, uno de los de aspirante, demasiado grande para su cuello flaco, y él lo lleva como quien no sabe todavía lo que pesa.

Cuenta por lo bajo. Cuarenta y dos, cuarenta y tres, va diciendo, y me doy cuenta de que cuenta mareas, las cuenta como otros niños cuentan ovejas, para no tener miedo.

Doreno viene detrás de mí.

— El siguiente — dice, con un gesto hacia el niño, tan de trámite que me revuelve —. Lume. De las islas del sur. Lee frío ante el coral, como el trece. Se jurará cuando haga falta reemplazo. La Oráculo quiere presentártelo; conviene que el Heredero conozca su reserva.

Su reserva. Un niño de nueve años meciendo las piernas es la reserva.

— Lume — digo, y el niño levanta la cabeza, y me mira con unos ojos enormes, sin el miedo que debería tener, porque todavía no sabe. Le han contado que ser sombra es un honor. Le han enseñado la tonadilla, no la cuenta que esconde —. ¿Sabes contar bien las mareas?

— Las mejor de mi isla — dice, orgulloso —. Sé cuándo va a subir con tres días. Mi madre dice que tengo el mar en la tripa. — Baja la voz, confidencial —. ¿Es verdad que voy a servir al Sagrado? ¿A ti?

— Puede — digo, y me cuesta —. Puede que no. Aún no está decidido.

— Yo quiero — dice Lume.

Yo quiero. Dos palabras que a mí me cuesta un mundo pronunciar y que este niño suelta como una moneda, sin saber lo que compra.

Yo quiero servir. Yo quiero gastarme. Yo quiero meterme en la máquina.

Se lo han enseñado tan bien que ha convertido su propia condena en un deseo.

Igual que a mí. A mí me enseñaron a decir yo doy en lugar de yo quiero, que es la misma trampa con otra cara: convencer a un niño de que su vaciamiento es lo que él desea, para que empuje él mismo hacia el hueco y nadie tenga que empujarlo.

Y entonces, por el fondo del pasillo, aparece la sombra.

Aparece Siro, mi sombra, el buceador, con Ordas al lado; venían a buscarme para lo del dique de poniente. Y al ver al niño en el banco, al ver el collar demasiado grande, al oír la tonadilla de contar mareas, se para en seco.

Se le va el color de la cara.

No lo he visto nunca así. Lo he visto insolente, seco, calculando salidas, tragándose el daño sin un gesto.

No lo he visto blanco. Se queda muy quieto, con esa quietud suya que ya sé leer, la que pone cuando algo lo acorrala y cuenta la respiración para no romperse, y mira al niño, y mira el collar, y algo detrás de esos ojos de gato se derrumba sin ruido.

Y lo entiendo. De golpe, entero, lo entiendo.

La estatua pequeña del Santuario. La talla de niño de barbilla alta que tocó el otro día, la que me llegó por la puerta del primer drenaje como una pena vieja con forma de anzuelo.

Un hermano. Una sombra novena que se gastó siendo un crío.

Siro no perdió a un hermano cualquiera: perdió a un niño con un collar demasiado grande, contando mareas, al que le enseñaron a querer su propia condena.

Perdió exactamente a Lume. Hace años. Y ahora la máquina que se lo llevó está en este pasillo, meciendo las piernas, canturreando, a punto de tragarse a otro delante de sus ojos.

— Lume, ¿verdad? — dice Siro. La voz le sale rara, tirante, controlada a la fuerza —. Cuarenta y tres. Ibas por cuarenta y tres.

El niño se ilumina.

— ¡Tú eres el que peleó en el muelle del sur! — dice, poniéndose de pie de un salto —. ¡El que sacó a la gente sin gritar ni nada! ¡Te vi! ¡Todos te vieron! — Se le llena la cara de una devoción que hace daño mirar —. ¿Tú también sirves al Sagrado? ¿Vamos a servir juntos?

Siro no contesta. No puede. Le veo la garganta trabajar, le veo apretar los dientes, le veo poner toda su vieja quietud de buceador encima de algo que quiere salírsele por los ojos, y aguanta, aguanta como aguanta él, en silencio, contando.

Doreno, ajeno, me hace una seña de que hay que ir al dique. Melisenda no está en el pasillo, pero está en todo el pasillo. El niño espera una respuesta que no llega, meciéndose sobre los talones, con el collar demasiado grande brillándole al cuello.

Y yo, que he pasado la mañana comprando dos semanas de prórroga con toda mi astucia de dios cansado, me doy cuenta de que la cuenta atrás no corre solo para mí ni para Siro.

Corre también para este niño. La máquina no descansa.

Mientras yo gano tiempo arriba, abajo sigue engrasándose, buscando el siguiente cuerpo pequeño que sepa contar mareas, y ha encontrado uno, y lo tiene sentado en un banco, canturreando, esperando su turno para gastarse.

He pasado toda la vida creyendo que lo más limpio que podía hacer era gastarme yo solo para no gastar a otros.

Pero mi muerte no cierra el pasillo. Yo me petrifico noblemente en la Marea Mayor, me hacen santo, me ponen peana, y el banco sigue ahí, y el collar sigue ahí, y dentro de un año hay otro Heredero y otra sombra de nueve años contando mareas.

Gastarme yo no apaga la máquina. Solo me saca a mí de la parte fea de mirarla funcionar.

Es la primera vez que lo pienso así. No me gusta. Lo aparto, como aparto todo. No se va.

— Vámonos al dique — digo, porque es lo único que puedo decir sin romper algo.

Siro me sigue. Al pasar junto al niño le pone una mano en la cabeza, un segundo, le revuelve el pelo, ese pelo con remolino, y le dice muy bajo, tan bajo que Doreno no lo oye y yo apenas:

— No cuentes tan rápido, chaval. No tengas prisa por llegar.

Y echa a andar hacia la cubierta con la cara vuelta hacia el mar, para que no le vea nadie lo que le pasa por ella. Yo se lo veo igual. Y por primera vez desde que me lo juraron, no pienso en cómo salvarlo a él de la máquina. Pienso en cómo apagar la máquina entera antes de que se trague a otro.

Es un pensamiento nuevo. Es peligroso. Y no consigo que se me vaya.