Capítulo 9
El dique de poniente revienta a la hora del lobo, esa hora muerta entre la marea y el alba en que el mar decide las cosas.
Lo oigo antes de verlo. Un buceador conoce el sonido de la piedra cuando cede bajo el agua, ese crujido hondo que te sube por los pies desde la quilla. Estoy en cubierta, no duermo bien desde lo del niño, y el crujido me pone de pie antes de pensar.
— ¡Rotura! — grita Ordas desde el timón —. ¡Poniente! ¡Todos arriba!
La Nao Sacra vira hacia la brecha con toda la tripulación despierta de golpe.
Se encienden faroles, se largan cabos, alguien toca una campana de concha que suena a hueso.
Y entonces lo veo: el Cinturón de diques abierto como una boca, un sillar del tamaño de una casa desprendido, y por el hueco entra el mar de la Sima, el de abajo, el negro, el que nunca debería subir. Y con el mar suben ellos.
Los ahogados.
Los he cazado toda la vida de uno en uno, en aguas someras, cuando un dique gotea y sube alguno perdido.
Nunca los he visto en tromba. Trepan por la brecha, pálidos, hinchados de agua, con costras de coral muerto en la piel y demasiados dedos, y no tienen ojos pero saben dónde estás, y suben hacia la corte flotante con esa hambre lenta y segura de lo que lleva siglos abajo esperando.
Huelen. Ese es el detalle que la casta no cuenta en sus liturgias: huelen a la ciudad ahogada, a Sío la Vieja, a agua parada sobre muertos viejos.
Es el olor que Guijo me anuncia días antes poniéndose gris.
He cazado ahogados desde los catorce años, cuando entendí que en las islas pobres un chico se gana el pan con lo que nadie más quiere tocar.
Se sube por el vado a la bajamar, con un cuchillo y un buen pulmón, y se baja a por los que suben perdidos cuando un dique gotea.
Es trabajo de muertos para vivos flacos.
Aprendí dónde tienen blando el coral muerto de los costados, aprendí a no gastar aire en el miedo, aprendí que un ahogado no te odia, solo tiene hambre, y que el hambre vieja es más terca que el odio.
Todo eso que aprendí para comer me sirve ahora, por primera vez, para algo que no es comer. Me sirve para llegar hasta Aurel.
Porque esto es una tromba, no un perdido.
Suben a decenas por la brecha, y el agua se vuelve un bosque de manos pálidas, y cualquier cazador con dos dedos de frente daría media vuelta y dejaría que la corte se apañara con sus propios muros.
Yo no doy media vuelta. Y mientras nado hacia el hombre que se petrifica en mitad del agua negra, una parte fría de mí, la que lleva ocho años calculando, me grita que esto es exactamente lo que juré no volver a hacer: meterme en el agua a por alguien a quien no puedo salvar seguro, arriesgar mi único pellejo por un cuerpo que a lo mejor ya está perdido.
Es lo que no hice por Reo. Llegué tarde a Reo.
Calculé, remé a lo seguro, y llegué tarde.
No pienso llegar tarde dos veces. Esa es toda mi teología esta noche, la única que reconozco: no llegar tarde dos veces.
Guijo, ahora mismo, está negro y agarrado a mi cuello con los ocho brazos.
Aurel ya está en el agua.
Se ha tirado desde la plataforma de popa sin esperar a nadie, con los brazos abiertos sobre la brecha, canalizando, empujando el mar de la Sima hacia atrás con toda su sangre de marea para taponar el hueco por donde entra la muerte.
Lo veo desde la borda, pequeño contra la brecha enorme, sosteniendo solo lo que debería sostener un ejército de diques.
— ¡Está loco! — grita Ordas —. ¡Solo no aguanta esa brecha!
No. Solo no aguanta. Y yo lo sé mejor que nadie, porque le he tocado el brazo, porque sé cuánta piedra lleva ya, porque Rovena me dio a entender lo que me dio a entender.
Aurel se está gastando ahí abajo lo que le queda.
Se está petrificando en directo para tapar un agujero.
Y lo peor es que lo está haciendo a propósito, con ganas, como quien por fin encuentra la excusa buena para el final que lleva tiempo queriendo.
La marca de la nuca me lo dice sin palabras: el tirón hacia él es enorme, feroz, el vínculo entero apuntándome hacia el hombre que se ahoga en su propio poder a cincuenta brazadas.
Y aquí está el cálculo, el que un superviviente haría: si lo dejo, se petrifica, y la correa me suelta, y salgo libre andando sobre su piedra, justo lo que quería la primera noche.
Basta con no moverme. Basta con hacer lo que llevo ocho años haciendo, que es sobrevivir mirando morir a otros.
No lo pienso. Me subo a la borda y me tiro.
El agua me traga y por fin, por fin, soy yo entero.
Bajo el mar no soy la sombra decimotercera.
Soy un buceador, el mejor de las islas pobres, y esto, esto sí sé hacerlo.
Nado hacia la brecha con toda la potencia de los pulmones de fuelle que la casta despreció cuando era flaco.
Un ahogado me sale al paso, hinchado, con los dedos por delante; me hundo bajo él, le paso por debajo, le doy con el talón en lo que le queda de cara y sigo.
No vine a cazar. Vine a sacar a un hombre del agua.
Otro me agarra el tobillo. Frío, con demasiados dedos, tirando hacia abajo, hacia la Sima, hacia donde quieren llevarnos a todos.
Le doy con el otro talón hasta que suelta.
El agua se llena de ellos, de sombras pálidas que suben, y por un momento el buceador que hay en mí quiere quedarse a pelear, porque pelear con las manos es más fácil que lo otro, más fácil que llegar hasta Aurel. Sigo hacia Aurel.
Llego a él y está peor de lo que temía.
Tiene los brazos abiertos, rígidos, y el coral le ha subido del hombro al cuello, la veta de nácar rosado trepándole por la garganta hacia la mandíbula, y los ojos se le han ido, vidriosos, ese sopor que Rovena me nombró, el sueño de piedra que te entra cuando el coral se acerca al corazón y el cuerpo empieza a rendirse.
Está sosteniendo la brecha con lo último que tiene y ni siquiera está ya del todo aquí.
— ¡Aurel! — Le agarro la cara con las dos manos —. ¡Aurel, suéltalo! ¡Suelta la brecha!
No me oye. Sigue dando. Se está muriendo por un agujero en un muro.
— ¡Que no eres el muro, maldita reliquia! — le grito, con el agua entrándome en la boca —. ¡El muro lo tapa Ordas! ¡Tú no eres el último dique del mundo!
Pero él se lo cree. Ese es su veneno: se cree, hasta el fondo, que él es lo único entre el pueblo y el agua, y que gastarse entero es lo que le toca. Le han enseñado a creerlo desde la cuna igual que a mí me enseñaron que no soy nadie. Nos criaron con la misma mentira contada al revés.
Y detrás de él, por la brecha, sube otro ahogado, grande, el más grande, directo a su espalda desprotegida.
No hay tiempo para elegir bien. Solo hay tiempo para elegir.
Le suelto la cara a Aurel, me interpongo, y cuando el ahogado cierra los dedos hago lo que un cazador hace: no huyo hacia arriba, bajo, me hundo bajo su masa hinchada, lo dejo pasar de largo por encima y le clavo el cuchillo de buceo en la juntura de coral muerto del costado, donde sé que están blandos, y el bicho se deshace en una nube de agua podrida y se hunde hacia la Sima de donde vino.
Salgo a por aire. Vuelvo a Aurel. Sigue rígido, sigue dando, el coral ya en la mandíbula.
Y hago lo único que me queda. Le pongo las dos manos en el cuello, piel con piel, sobre la veta que trepa, y en vez de esperar a que él me dé la piedra, tiro yo.
Drenar es recibir, me enseñaron. Pues recibo.
Llamo al coral hacia mí con todas mis fuerzas, lo reclamo, le ordeno que salga de la garganta de este hombre y venga a mi carne, que para eso me sembraron el hierro, que para eso aguanto la piedra mejor que nadie.
El coral pasa. Lo siento salir de él y entrar en mí, frío, mucho, demasiado, un río de nácar helado que me sube por los brazos y me muerde hasta el hueso, y aguanto, aguanto la respiración, cuatro dentro, seis fuera, no bajo el agua sino en mitad de ella, mientras le chupo a un Heredero la muerte de la garganta y me la meto yo.
Aurel parpadea. Vuelve. Los ojos se le enfocan, encuentra mi cara a un palmo de la suya, entiende dónde está.
— La brecha — balbucea.
— La brecha la tapa Ordas con sillares — miento, porque no lo sé, pero sé que si no lo saco ahora se muere —. Ya está. Suéltala. Te tengo.
Y algo en te tengo lo desarma. Suelta la brecha.
Se derrumba contra mí en el agua, sin fuerza, y yo lo agarro por el pecho con un brazo, de espaldas, la cabeza sobre mi hombro, la manera de sacar a un ahogado sin que te ahogue a ti, y nado hacia la Nao con este hombre imposible colgado de mí y con la piedra de los dos ardiéndome fría en la carne.
Pesa. Pesa como pesan los que no ayudan, los que se dejan, los que confían el peso entero.
Y me doy cuenta, nadando, de que hace ocho años que no cargo a nadie.
Que dejé de cargar a nadie la noche que no pude cargar a Reo.
Y que este cuerpo laxo sobre mi hombro, este Heredero que se deja llevar porque por fin no le queda otra, me está haciendo hacer justo lo que juré no volver a hacer: importarme lo bastante como para no soltar.
Nos suben con cabos. La brecha, resulta, la ha taponado Ordas de verdad, con una barcaza vieja hundida a propósito en el hueco, tapando el agujero con un casco entero; el viejo le hablaba al barco mientras lo hundía, aguanta, vieja, muérete por algo.
Los ahogados que quedan se retiran a la Sima con la bajamar. La corte se salva. Otra vez.
Nos dejan en la plataforma de popa, chorreando, medio muertos los dos. Los demás corren a apuntalar. Nos quedamos solos un momento, Aurel y yo, tumbados en las tablas, respirando como fuelles rotos, con el cielo empezando a clarear por levante.
Aurel gira la cabeza hacia mí. Tiene el cuello libre de coral, la garganta otra vez de carne; se lleva la mano ahí, incrédulo, palpándose la piel donde hace nada avanzaba la piedra.
— Me has drenado tú — dice, ronco —. Tú a mí. Has tirado tú de la piedra. Eso no... eso no se hace. Una sombra recibe, no reclama.
— Pues esta reclama — digo —. Costumbre de cazador. Cuando algo se hunde, tiro para arriba.
— Podías haberme dejado — dice, y no es un reproche, es casi una pregunta, casi un asombro —. La marca te habría soltado. Lo sabes. Te habrías ido libre.
— Lo sé — digo.
— ¿Entonces?
No tengo respuesta que darle que no me delate. Así que le doy la de siempre, la de sal.
— Entonces resulta que soy mal negociante — digo —. Tenía la salida hecha y la he cambiado por cargar con la reliquia más pesada del archipiélago. Doria me mataría.
Se me queda mirando. Y en esa mirada, con el alba encima y los dos vaciados sobre las tablas, pasa algo que llevo días viéndolo venir y esquivando.
Este hombre se ha tirado solo a una brecha para tapar la muerte de un pueblo con su cuerpo.
Yo me he tirado detrás para sacarlo. Ninguno de los dos ha hecho la cuenta de superviviente.
Ninguno de los dos ha calculado. Y eso, para un hombre que lleva ocho años calculando cada movimiento para no sentir nada, es lo más parecido al pánico que conozco.
Así que hago la cosa más peligrosa que he hecho en la vida. Más que tirarme a la brecha. Más que clavarle el cuchillo al ahogado.
— Siro — digo.
Aurel parpadea.
— ¿Qué?
— Que me llamo Siro. — Me cuesta cada letra, me cuesta como escupir un anzuelo tragado, pero lo digo, tumbado en las tablas, con el mar todavía en los pulmones —.
No Trece. No la sombra. Siro. Lo llevo cosido en el cinturón desde que rompieron el otro pedazo.
Te lo doy porque... — Me paro. No sé por qué se lo doy.
Solo sé que si acabo de sacar del agua a un hombre, ese hombre tiene derecho a saber a quién le debe la vida —.
Porque sí. Úsalo. Una vez. A ver qué se siente.
Aurel se queda muy quieto. Sé lo que le estoy pidiendo.
Sé lo que le está prohibido. Un sagrado no nombra a su sombra; la doctrina entera se sostiene sobre eso, sobre no ponerle nombre a lo que vas a gastar.
Le estoy pidiendo que peque. Le estoy pidiendo, sin saber muy bien por qué, que me haga persona en su boca.
Y Aurel, tumbado a mi lado, con la garganta que le acabo de devolver, mirando el cielo que clarea, lo dice.
— Siro.
Una palabra. Dos sílabas. Un sagrado nombrando a su sombra, en voz alta, al alba, sobre las tablas mojadas de una Nao que casi se hunde.
Y la palabra cae entre los dos y no se apaga.
Se queda ahí, prendida, ardiendo bajito, una cerilla en un mundo hecho de agua, la cosa más pequeña e imposible de encender que hay.
Lo repite, más bajo, como probándolo, como quien saca del agua una concha y la gira para verla entera.
— Siro — dice otra vez, y en su boca mi nombre suena a algo que yo había olvidado que era: mío.
Ninguno de los dos dice nada más. No hace falta. Los dos sabemos, mirando el mismo cielo, que acabamos de cruzar una línea que la casta pintó con sangre hace siglos, y que no hay manera de volver a cruzarla hacia atrás.
Mi nombre está en su boca. Y por primera vez en ocho años, no me hace sentir en peligro.
Me hace sentir vivo, que es mil veces peor.