De carne y de coral Capítulo 10
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Capítulo 10

Siro me devolvió la garganta en la brecha, y se llevó a cambio más piedra de la que un cuerpo aguanta. Eso lo descubro dos mareas después, cuando casi lo pierdo.

Rovena nos ha bajado a los dos a su bodega para medirnos tras la rotura. A mí el coral se me ha quedado en el hombro, sin subir más, gracias a lo que él reclamó. Pero Siro. A Siro le da golpecitos en el antebrazo con la uña, escucha, y la cara se le pone del color del vinagre que huele.

— Reclamaste demasiado — le dice —. De golpe. Un río de coral que no era tuyo, metido en dos latidos. Eso no se hace, muchacho. Se drena a plazos, poco a poco, por eso hay tandas. Tú te metiste una tormenta entera de una vez.

— Estaba ocupado — dice Siro, seco —. No había tiempo de plazos.

Lo dice sin dramatismo, como quien informa del tiempo, y esa es la parte que no soporto.

Siro se metió una tormenta de coral en el cuerpo por sacarme de la brecha y lo cuenta como una molestia menor, un tropiezo de faena.

Yo he pasado la vida rodeado de gente que hace liturgia de cada gota que da por mí, brindis, cánticos, la Marea la recuerda.

Y llega un buceador de las islas pobres, me salva de verdad, a pulmón, y lo resta como si no fuera nada, y de golpe entiendo que todos los cánticos que me han dedicado siempre fueron para ellos, no para mí.

El que te canta lo que hace por ti te está pasando factura.

El que te lo resta te lo está regalando.

Miro a Rovena palparle el brazo, oír ese sonido hueco que no me gusta, y por dentro me sube una cosa que no sé nombrar y que se parece demasiado al pánico.

Porque yo conozco ese sonido. Se lo oí a Yiro dos noches antes de que se lo llevara la piedra.

Es el sonido del coral que ha encontrado sitio y ha decidido correr.

— Ahora lo tienes en las venas. — Rovena me mira a mí, y en esa mirada hay un aviso —.

La piedra que le sacaste al Heredero busca acomodo.

Puede quedarse quieta. O puede correr. Si corre...

— No lo dice. Nos mira a los dos. Le da otro golpecito al brazo de Siro, y esta vez el sonido que devuelve el coral no me gusta, es un sonido hueco, de algo que avanza.

Corre.

Pasa esa misma noche. Estoy en mi camarote, sin dormir, cuando oigo el golpe al otro lado del mamparo, el cuerpo que cae.

Entro sin llamar. Siro está en el suelo de su armario, rígido, con los dientes apretados, y la veta de nácar le ha subido del antebrazo al codo y del codo al hombro a una velocidad que no es humana, que es la velocidad a la que corre el coral cuando encuentra vía libre, y tiene los ojos vidriándose, ese sopor, el mismo que yo tenía en la brecha, el sueño de piedra.

El pánico que me da no lo había sentido en once años. Desde Yiro.

Porque es idéntico. La misma escena, invertida.

Entonces era yo el niño y Yiro el que se petrificaba por drenarme; ahora soy yo el que mira, otra vez, a alguien volverse piedra por haberme sacado a mí del agua.

Once años enteros construidos para que esto no volviera a pasar, para no querer a ninguna sombra, para no darle a nadie ocasión de gastarse por mí, y aquí estoy, de rodillas en un armario, con el mismo frío subiéndole a otro por el cuello.

— No — digo —. No, no, no. Siro. Siro, mírame.

Le agarro la cara con las dos manos. Está frío.

El pulpillo, Guijo, le da vueltas al cuello, negro, desesperado, enroscándosele en la muñeca y apretando, intentando calentar lo que la piedra enfría, y no puede, es demasiado.

Me busca a mí con un tentáculo, me toca la muñeca, me tira, como quien pide ayuda a la única mano que queda.

— Ya lo sé — le digo al pulpillo, y me tiembla la voz —. Ya lo sé. Aguanta.

Hago lo prohibido, lo que llevo toda la vida negándome a hacer.

Reclamo. Tiro de vuelta la piedra que le di, la que corre por él ahora, la llamo hacia mí como Siro la llamó hacia sí en la brecha.

Pero no soy buceador. No tengo su don, su pulmón, su costumbre de tirar hacia arriba de lo que se hunde.

Reclamo mal, a tirones, y el coral se resiste, y consigo sacarle un poco y devolvérmelo a mi propio hombro, pero no basta, la piedra sigue corriéndole hacia el cuello, y lo estoy perdiendo, lo estoy perdiendo igual que perdí a Yiro, otro cuerpo joven volviéndose estatua entre mis manos mientras yo suplico.

— Para — jadea Siro, volviendo un instante —. Te lo estás echando encima otra vez. Reliquia, para, te vas a...

— Cállate — digo —. No pienso mirarte volverte piedra. No otra vez. No a ti.

No otra vez. No a ti. Las dos frases se me escapan sin permiso, y en las dos hay una confesión que llevo once años sin hacerme: que esto ya me pasó, que sé exactamente lo que es, que no lo voy a sobrevivir dos veces.

Yiro me enseñó a no querer para no ver esto.

Y no me sirvió de nada, porque quererlo o no quererlo no era la elección; la elección era mirar o no mirar, y no puedo no mirar, no a este.

Y no sé qué hago. No lo decido. El miedo lo decide por mí, el miedo de once años, el pavor a ver morir de piedra a otro hombre por mi culpa, y en vez de reclamar con la voluntad, que me sale mal, lo hago con la boca.

Lo beso.

Le suelto la cara solo para volver a agarrársela y le pego mi boca a la suya, furioso, aterrado, sin ternura, un beso que es más un grito que un beso, un no te vas dicho con los labios porque las manos no me bastan.

Sabe a sal y a coral y a hombre. Está frío y en dos latidos deja de estarlo.

Y yo, que llevo toda la vida sin tocar a nadie salvo para drenar, frío y funcional como manda la doctrina, beso a mi sombra en el suelo de un armario con toda la desesperación de la que soy capaz, que resulta que es mucha, que resulta que llevaba años guardada bajo la piedra.

No sé besar. Es la primera vez. Nadie me enseñó esto; me enseñaron a canalizar, a drenar, a alzar la barbilla, a no mirar dos veces.

Beso a Siro con la torpeza de un hombre que ha guardado la boca toda la vida para la liturgia, y aun así, torpe, es lo más verdadero que he hecho con mi cuerpo desde que tengo memoria.

Y pasa lo imposible.

El coral se detiene.

Lo noto bajo mis manos, en su cara, en su cuello: la veta que corría hacia su garganta se para en seco.

Y luego, despacio, increíblemente, retrocede.

Se repliega. El nácar que le había trepado al cuello se retira hacia el hombro, hacia el codo, cediendo terreno, la piedra yendo hacia atrás, hacia donde vino, algo que el coral no hace nunca, que la doctrina jura que no puede pasar, que va contra la única ley del mundo que yo conozco de memoria en mi propia carne: el coral solo avanza.

Este retrocede.

Siro abre los ojos. Del todo. Vuelve. Me aparta de un empujón, jadeando, y se lleva la mano al cuello, se palpa la piel donde hace un instante avanzaba la muerte y ahora solo hay carne tibia, y me mira con un espanto que es el reflejo exacto del mío.

— ¿Qué has hecho? — dice.

— No lo sé — digo. Y es verdad. Me tiemblan las manos. Me aprieto el pulso con el pulgar y late a mil —. No lo sé. Iba a... no sabía qué hacer, y...

— Me has besado. — Lo dice como una acusación, retrocediendo sobre el suelo hasta pegar la espalda al mamparo, con Guijo volviéndose de un azul confuso en su cuello —.

Un sagrado no toca a su sombra más que para drenar.

Frío. Funcional. Eso me lo has metido tú en la cabeza a base de doctrina. Y me acabas de...

— Ha sido la marca — digo, deprisa, agarrándome a lo primero que flota —. El vínculo. En una crisis el vínculo empuja al contacto, es una reacción, no es... no ha sido...

— Ya. La marca. — Siro respira. Cuatro dentro. Seis fuera. Se agarra a eso, a la mentira que le tiendo, porque él también necesita agarrarse a algo —. La marca. Claro. No ha sido nada.

— No ha sido nada — repito.

Los dos lo decimos. Los dos sabemos que mentimos.

Y peor que la mentira es lo que no conseguimos explicar con ella, lo que está ahí, entre los dos, en el suelo del armario, imposible de negar: el coral de su cuello, que corría hacia su corazón hace un minuto, se ha retirado.

No lo he drenado. No se lo he chupado a mi carne, mi hombro no ha crecido.

Ha retrocedido en él. El beso ha hecho lo que ningún drenaje hace: no mover la piedra de sitio, echarla atrás.

— El coral no retrocede — dice Siro, mirándose el brazo, la marca del cuello, incrédulo —. Nunca. Me lo dijo Rovena. Es la única regla. Avanza y avanza hasta que llega. No vuelve.

— Ya lo sé — digo.

— Entonces qué acaba de...

— No lo sé, Siro.

Su nombre me sale solo, otra vez, y esta vez no lo pienso, y esta vez él no me corrige, y los dos nos quedamos ahí, sentados en el suelo de un armario en las tripas de la Nao Sacra, a un palmo de distancia, con la boca todavía caliente el uno del otro y una imposibilidad brillándonos en la piel.

Porque yo llevo toda la vida creyendo una cosa. Que querer a mi sombra la vuelve piedra. Lo vi con Yiro. Lo tengo tatuado más hondo que el coral. Quise a Yiro, Yiro me drenó, Yiro se petrificó: querer mata. Es mi ley. Es mi mentira. Es por lo que me niego a mirar dos veces a nadie.

Y acabo de besar a Siro con miedo de perderlo, con todo lo contrario del frío funcional de la doctrina, con querer, y en vez de volverlo piedra, le he empujado la piedra hacia atrás.

No cuadra. No cuadra con nada de lo que me han enseñado, con nada de lo que he creído, con nada de lo que he construido para justificar gastarme solo.

Si querer petrifica, ¿por qué el querer más desnudo que he sentido en mi vida acaba de sacarle la piedra del cuello?

O me mintió toda la doctrina, o me mintió Yiro con su muerte, y no puede ser que me mintiera Yiro, porque a Yiro lo vi.

Luego me mintió la doctrina. Y si me mintió en esto, la mentira no es un detalle: es el suelo entero sobre el que he decidido morir.

Me levanto. Necesito aire. Necesito no mirarle la boca.

— Ha sido la marca — digo por tercera vez, ya en la puerta, sin volverme.

— Sí — dice Siro a mi espalda —. La marca.

Y luego, más bajo, cuando ya tengo un pie fuera, añade algo que no esperaba, algo que me clava al umbral:

— Reliquia. — Espero. No me giro —. Gracias por no dejarme volverme piedra. Aunque sea mentira lo de la marca.

No le contesto. No puedo. Subo a cubierta.

En la escalera me cruzo con Ordas, que baja con un farol a comprobar las bombas después de la rotura, y el viejo me mira la cara y no me pregunta nada, que es su manera de preguntarlo todo.

Se limita a apartarse para dejarme pasar y a decir, medio al farol y medio a mí, con calma va, muchacho, que la noche siempre parece más honda de lo que es.

No sabe de qué vengo. O sí lo sabe, porque Ordas me lee desde antes de que yo tuviera cosas que esconder, y ha decidido, como decide siempre, quererme sin hacerme confesar.

Es lo único de esta corte que nunca me ha pesado.

Arriba, el aire frío me despeja. Once años protegiéndome de esto exacto.

Once años convencido de que querer a una sombra la mata, y de que gastarme solo es lo único limpio que puede hacer un Heredero, y en una sola noche, con una boca torpe en el suelo de un armario, se me ha rajado el suelo entero.

Si querer no mata, no tengo excusa para morirme solo.

Si querer no mata, llevo once años castigándome por la muerte de Yiro con una penitencia que no arregla nada, que ni siquiera es cierta.

Y si es cierto lo que me niego a pensar, entonces la persona a la que más miedo tengo de perder es también la única que podría enseñarme a no perderme yo.

El mar está negro y quieto y no me da ninguna respuesta.

Me aprieto el pulso. Late. Y por debajo del miedo, muy hondo, donde no me atrevo a mirar, hay otra cosa encendida, pequeña, terrible, una cerilla que no se apaga: la posibilidad de que querer no mate.

De que querer, a lo mejor, sea lo único que no mata.

Si eso es verdad, entonces no tengo que morir solo para ser limpio.

Si eso es verdad, la muerte noble que llevo un año eligiendo no es nobleza: es la última obediencia, el último favor que le hago al culto, apartarme yo mismo para que no tengan ni que empujarme al hueco. Si eso es verdad, todo cambia.

No me atrevo a pensarlo entero. Todavía no. Tengo miedo de creerlo y que sea otra trampa, otra manera de que me gaste. Pero ya no consigo apagarlo.