Capítulo 11
Un superviviente no siente. Un superviviente calcula. Llevo ocho años convirtiendo cada golpe en un dato, cada persona en una salida o una amenaza, y no pienso cambiar de oficio porque un Heredero triste me haya besado en el suelo de un armario.
Eso es lo que me repito toda la mañana siguiente, mientras remiendo redes en la proa para tener las manos ocupadas y no pensar en su boca.
No pienso en su boca. Pienso en lo que hizo su boca.
El coral retrocedió. Eso es lo que importa.
No el beso: el resultado. Yo tenía la piedra subiéndome al cuello, camino del corazón, con dos latidos por delante de volverme estatua, y algo la echó atrás.
Algo que no fue un drenaje, porque el hombro de Aurel no creció, porque la piedra no cambió de dueño, porque no se movió de sitio: retrocedió.
Se fue hacia atrás. Menos coral en el mundo que antes.
Y eso, en un sistema entero montado sobre que el coral solo avanza, es imposible.
Y lo imposible, para un hombre atado con una correa de piedra, no es un milagro. Es una ganzúa.
Porque si el querer frena el coral (el querer, no la marca, aunque los dos juremos que fue la marca), entonces existe algo que la casta jura que no existe.
Una manera de que la piedra vaya hacia atrás.
Y si la piedra puede ir hacia atrás, a lo mejor la marca de mi nuca puede ir hacia atrás.
A lo mejor esta correa que me condena a estatua si huyo no es tan de hierro como me la vendieron.
A lo mejor hay una salida, y la acabo de sentir en la boca, y no pienso llamarla sentir.
La llamo palanca. La llamo ventaja. La llamo lo único parecido a una esperanza que he tocado desde que me sembraron el hierro.
Es una cuenta limpia, la que me hago con las manos en la red.
Encaja por todos los lados. Y solo tiene un fallo, uno que llevo toda la mañana rodeando sin querer pisarlo: que para que la ganzúa funcione, Aurel tiene que quererme.
De verdad. Con miedo de perderme, como anoche.
Y no puedes fingir eso, igual que no puedes fingir el miedo en las manos.
Doria me lo enseñó. Lo que frena el coral no es un truco que yo pueda ejecutar solo.
Depende de que otro hombre me quiera, y eso no lo controlo, y las cosas que no controlo me dan más miedo que la Sima.
Un buceador no confunde el aire con las ganas de respirar. Esto es aire. Voy a averiguar de dónde sale.
Bajo a la bodega de Rovena a mediodía, cuando sé que Doreno está en el Santuario y el barco respira más flojo.
— El coral retrocede — le suelto, sin saludar —. Lo he visto. Anoche. En mi propio cuello. Subía hacia el corazón y luego se fue hacia atrás. ¿Cómo?
Rovena estaba grabando una concha. Se queda con el punzón en el aire. Muy despacio, lo deja. Muy despacio, se gira. Y me mira con una cara que no le había visto nunca: la boca entreabierta un dedo, los ojos fijos de más. Miedo. Y debajo del miedo, hambre de saber.
— Repite eso — dice.
— El coral. Retrocedió. Se replegó. Menos piedra que antes, en mi carne, sin drenar a nadie. — La observo —. Tú sabes cómo. Lo llevas escrito en esa segunda columna que no me quieres enseñar. La tachada.
Rovena se levanta, va a la escotilla, la cierra, echa el pasador. Vuelve. Se sienta frente a mí, y por primera vez desde que la conozco, la mujer que golpea el coral y escucha se queda quieta y me escucha a mí.
— ¿Qué pasó exactamente? — pregunta —. Cada detalle. Qué hacías. Qué sentías. No me mientas, que en esto no puedo permitirme una mentira.
Y ahí me atasco. Porque el detalle exacto es que Aurel me besó.
El detalle exacto es que había querer en ese beso, miedo de perderme, todo lo contrario del frío funcional de la doctrina.
Y decírselo a Rovena es decir en voz alta que un sagrado quiso a su sombra, que es la única herejía que en este mundo se paga con piedra permanente para los dos.
— Hubo... contacto — digo —. No un drenaje. Otra cosa.
— Otra cosa. — Rovena repite mis dos palabras como quien las sopesa en una mano —. Muchacho, llevo cuarenta años midiendo coral. Sé lo que es un drenaje y sé lo que no. Dime la otra cosa o no puedo ayudarte, y créeme que quieres que te ayude.
Me quedo callado. Cuento la respiración. Y ella, que no es tonta, lee el silencio mejor que si hablara.
Rovena me mira largo rato. Sabe. Le veo en la cara que sabe, o que sospecha, o que hace años que sospecha y por fin tiene delante a alguien que lo ha vivido en la carne. Da un golpecito, distraída, al canto de la mesa, y escucha el sonido de la madera, y por una vez el sonido parece contestarle.
— Hace veinte años escribí una teoría — dice, muy bajo —.
La escribí en el reverso de mis registros, en clave, porque si la escribía a las claras me petrificaban por herejía.
El culto me la encontró a medias y me castigó por dentro: me dejaron viva, pero marcada, vigilada, sin voz en el consejo.
Nunca pude probarla. Nunca tuve un caso.
— Me clava los ojos —. Hasta puede que ahora.
Pero necesito estar segura antes de decir en voz alta algo que, si es verdad, derriba el culto entero, y si me equivoco, nos mata a los tres.
Dame tiempo. Vuelve a mí cuando... cuando vuelva a pasar.
Y fíjate bien. En si retrocede. O en si solo se está quieto.
No es lo mismo. Necesito saber cuál de las dos.
— ¿Y si no vuelve a pasar? — digo.
Rovena casi sonríe.
— Volverá — dice —. Estas cosas, cuando empiezan, no saben pararse.
Lo sé por oficio. — Y luego, más seria, guardándose la concha a medio grabar —: Ten cuidado con cómo lo llamas por dentro, muchacho.
Palanca, ventaja, salida. Te veo. Yo también me lo dije de joven, que estudiaba el coral por oficio y no por nadie.
— Me sostiene la mirada —. El coral no retrocede por una palanca.
Retrocede por lo que estás procurando no nombrar.
Y el día que lo nombres, dejará de ser una herramienta y será un problema mucho más grande. Solo te aviso.
Subo de la bodega con más preguntas que respuestas y con una certeza que no me gusta: que la ganzúa que he encontrado solo funciona si sigo dejando que Aurel me toque con querer, y que cada vez que lo deje será más difícil llamarlo palanca y no otra cosa.
No pienso en eso. Un superviviente calcula.
Necesito una segunda salida, una que no dependa de la boca de un Heredero.
Necesito a los míos.
Esa tarde, cuando Ordas me deja subir al aparejo a arreglar una driza (el viejo me deja hacer cosas de marinero, dice que una sombra con las manos ocupadas da menos pena), ato en el penol un cabo con tres vueltas y un seno, la manera vieja, la de mi hermano, y lo dejo colgando hacia el lado del Mercado de Marea Baja.
Es una señal. La usábamos los que no vuelven cuando uno caía preso y seguía vivo.
Tres vueltas y un seno: sigo aquí, venid.
No sé si queda alguien para leerla. No sé si Doria salió limpia aquella noche o si la cogieron después.
Ato el nudo y rezo a nada, porque a los santos de coral no pienso rezarles nunca.
Desde el penol se ve la corte entera, las barcazas, y allá al fondo, medio hundido, el Santuario, donde Reo lleva ocho años de piedra.
Ato el nudo mirando hacia allí. Se lo trencé mil veces a él, este nudo.
Le enseñé este y no le enseñé a agachar la cabeza. Uno de los dos le habría servido más.
Espero toda la tarde a que alguien lea el nudo.
No es fácil esperar cuando uno lleva ocho años sin esperar nada de nadie; la espera es de las cosas que se te olvidan cuando decides no querer, porque esperar es admitir que hay algo que quieres que llegue.
Me sorprendo mirando el lado de poniente cada poco, hacia el Mercado de Marea Baja, como miraba de crío la puerta cuando Reo tardaba en volver del muelle.
La costumbre de esperar a alguien no se muere del todo.
Solo se esconde, y a la primera señal saca la cabeza como un percebe con la marea.
Pienso en lo que le diré a Doria si viene.
Que necesito una salida. Que hay un rito.
Que me ceban para un hueco. Todo cierto, todo útil.
Y por debajo de lo que le diré, la cuenta que no le voy a decir: que hay un Heredero que se traga su propia piedra por no gastarme, que me devolvió el mar sin pedir nada, que anoche me besó con miedo de perderme y me echó la muerte para atrás.
Que la salida más limpia, dejarlo morir y quedar libre, la tengo delante y no la cojo.
Un contrabandista no le esconde datos a su piloto.
Yo le voy a esconder este, y saberlo me revuelve, porque es la primera vez en ocho años que guardo algo no para protegerme, sino para proteger a otro.
Guijo sube al penol conmigo mientras espero, se estira hacia el mar, cambia despacio del gris al azul, ese azul suyo de cuando algo, muy hondo, va bien y no debería.
Le tapo con la mano para que no lo vea nadie desde cubierta.
Los dos sabemos que ese azul es una traición a todo lo que decidí ser.
Ninguno de los dos lo dice. Ninguno de los dos sabe hablar.
Doria lee la señal.
La encuentro esa misma noche en mi armario, sentada en mi jergón, en la oscuridad, tan quieta y tan del color de las sombras que casi le pongo la mano encima antes de verla.
Viste, como siempre, un tono más apagado del que tocaría, un pardo sucio que la borra contra el mamparo, la ropa de quien ha hecho del desaparecer un oficio.
— Tres vueltas y un seno — dice, muy bajo, sin saludar, porque Doria no saluda ni se despide, es su superstición —. Casi me da algo cuando lo vi en el penol de la Nao Sacra. La sombra decimotercera del Heredero, colgando el nudo de Reo del palo del culto. Tienes agallas o has perdido la cabeza.
— Las dos cosas — digo, y me siento en el suelo frente a ella —. ¿Cómo has subido?
— Por donde suben los que no vuelven. Por debajo.
— Se encoge de hombros —. Un casco viejo hundido en la brecha de poniente.
Dejasteis un boquete precioso para colarse.
— Me mira en la penumbra, esos ojos que tasan sin que se les note —.
Te hacía muerto, Siro. O peor. Salí aquella noche con tus tres y no miré atrás, como me dijiste. Llevo semanas con eso en la tripa.
— Salieron los tres. Hiciste bien.
— Salieron los tres y te perdí a ti. — Se le tensa algo en la voz, una vieja cuenta —.
No se me da bien perder gente, ¿sabes? Ya perdí a uno.
— No dice el nombre. No hace falta. Los dos sabemos que habla de Reo, de la noche de hace ocho años en que Doria tenía un esquife y no llegó a tiempo al muelle del sur, y a mi hermano se lo llevó la Guardia mientras ella remaba a oscuras hacia un sitio equivocado.
Nunca me lo ha dicho con esas palabras. No hace falta que lo diga.
Lo lleva encima como yo llevo el trozo de concha.
— No me debes nada — digo, porque es lo que se dice.
— Te debo un hermano — dice Doria, y me repite, muy bajo, mi propia mentira, ese tic suyo de devolverte lo que te has dicho para ver si lo defiendes —: No me debes nada. — Ladea la cabeza —. ¿Lo dices en serio o lo dices para quedar bien?
No contesto. Ella sonríe apenas, porque sabe que no lo digo en serio, porque entre los que no vuelven las deudas son lo único sagrado que reconocemos.
— Además — añade, y mira alrededor del armario, la marca de mi nuca, el pulpillo en mi cuello, el sitio —, no vengo solo a saldar cuentas viejas. Vengo porque en el Mercado se habla de ti. La sombra del Heredero. Y se habla de algo peor.
— Traigo noticias — dice, y baja aún más la voz —.
Malas. En el Mercado se habla de un rito viejo.
La Guardia de Coral ha encargado tallar algo grande en el Santuario, en secreto, y ha comprado más sombras huidas de las que necesita cualquier corte para diques.
Las está juntando. Y hay una palabra que corre, una que no se decía desde hace tres generaciones. — Me mira —. Piedra Eterna. ¿Te suena?
Se me hiela la sangre. Guijo, en mi cuello, se pone negro.
— Me suena — digo —. Me la enseñó la Oráculo. El hueco es para dos. Para el Heredero y para mí.
Doria se queda muy quieta. Encaja el dato como encaja ella todo, sin un gesto de más, guardándolo en ese sitio frío suyo donde caben todas las cosas que no se pueden cambiar todavía.
Pero le veo la mano, en la penumbra, cerrarse un poco sobre la rodilla.
El miedo de verdad se va a las manos. Ella me lo enseñó, y ahora se lo veo yo a ella.
Y en la oscuridad de mi armario, en las tripas de la Nao Sacra, con la marca latiéndome en la nuca y el nombre de mi hermano flotando entre los dos sin decirse, los que no vuelven vuelven a estar en juego.
— Entonces — dice Doria, y por primera vez su voz no desaparece, se planta — tenemos trabajo, sombra. Porque yo a otro de los míos no lo pierdo de piedra. A ese muelle sí llego a tiempo.