Capítulo 12
El consejo de marea se reúne al amanecer, cuando la corte flotante de Ondala cabecea sobre la ciudad ahogada y las barcazas tiran de sus amarras como perros que huelen tormenta.
Me llevan a la barcaza del Fondo en una falúa cubierta.
Nadie me pregunta si quiero ir. A la Marea encarnada no se le pregunta; se le conduce.
Entro con el brazo izquierdo pegado al cuerpo, como siempre, para que la manga cubra hasta la muñeca. Bajo el paño llevo la cuenta de todo lo que he gastado. No pienso enseñarla.
Melisenda ya está sentada a la cabecera, de nácar apagado, con las manos abiertas sobre la mesa de deriva.
Manos lisas. Sin una veta. Sesenta y tantos años mandando el mar y ni un brote de coral en la piel, porque el mar lo pagan otros.
Cada vez que me siento frente a ella se me ocurre lo mismo y cada vez me lo callo.
— El Heredero honra al consejo — dice, y sonríe poco, con esa dulzura suya que hiela más que el desdén.
— El consejo honra a la Marea — respondo, porque es la fórmula, porque en la fórmula me escondo. Me siento. El Prior Doreno se queda de pie a su espalda, ancho como un mamparo, con la Guardia de Coral en la mirada.
Rovena está al otro extremo, callada, con los dedos manchados de ácido cruzados sobre el regazo. No me mira. Nos hemos jurado no mirarnos en las salas donde escucha el culto.
Empiezan por los diques. El del norte cedió medio codo en la última pleamar; el del cinturón de poniente tiene una fisura que respira. Cada informe es una piedra más en el plato de Melisenda, y ella los va colocando despacio, sin prisa, dejando que el peso hable solo.
— La Marea Mayor sube — dice al fin—. No es cosa de fe, es cosa de reglas.
Sube una vara cada luna. Los diques que aguantaron a nuestros abuelos no aguantarán la próxima crecida.
Y el Heredero, que el Fondo guarde, no puede sostenerla solo un año más.
— Vuelve las manos lisas hacia arriba, ofreciéndolas al aire—.
Todos lo sabemos. Algunos no queremos decirlo.
— Se dice — respondo—. Yo lo digo. Sube.
— Entonces el Heredero convendrá conmigo — dice ella — en que hay que hacer permanente lo que hoy es frágil.
Un sagrado se gasta, y hay que criar otro, y otro, y mientras se cría, la marea no espera.
Pero una Piedra Eterna no se gasta. Sostiene por los siglos.
Una sola vez se paga el precio, y las islas quedan a salvo para siempre.
Ahí está. El nombre no dicho, el filo bajo el vino de nácar. La conozco. Sabe que sé de qué habla y espera a que sea yo quien tiemble primero.
No tiemblo. Me aprieto por debajo de la mesa el pulso de la muñeca izquierda con el pulgar, donde nadie ve, y noto que late, que sigo siendo carne, y con esa prueba pequeña me sostengo.
— El precio — digo — es un sagrado y una sombra vueltos piedra para siempre. Dos vidas.
— Dos vasos — corrige Melisenda, suave. Nunca dice personas.
Nunca dice nombres. Para ella el mundo es un juego de recipientes y de aguas, y los recipientes se llenan y se vacían, y lo único que cuenta es que el agua no ahogue el orden—.
Dos vasos a cambio de todas las islas. El Heredero, que ama a su pueblo, sabrá hacer esa cuenta.
— El Heredero — digo — hará esa cuenta con calma. Un rito que no se celebra desde hace tres generaciones no se despacha en una reunión de amanecer. Hay que leer los registros. Comprobar los presagios. Preparar el Santuario. No se petrifica a nadie con prisa.
— Los presagios los leo yo — dice ella, y por primera vez la dulzura se afila una pizca—. Y el mar tiene prisa, aunque el Heredero no la tenga.
— Entonces que el mar espere a que el Heredero lea — respondo, y me pongo en pie, porque de pie soy la Marea encarnada y sentado solo soy un hombre de veintiséis años con el brazo lleno de nácar—.
Convocaré yo mismo el rito cuando esté cierto de que es voluntad del Fondo y no impaciencia de un consejo.
Hasta entonces sigo sosteniendo los diques. Que es lo que se debe.
Melisenda inclina la cabeza. No discute. Nunca discute; es lo que la hace terrible. Cede el terreno pequeño y se queda con el grande, porque el tiempo rema de su parte y ella lo sabe.
— Que el Heredero lea, pues — dice—. El Fondo es paciente. — Y añade, cuando ya me giro hacia la puerta, tan bajo que solo lo oigo yo—: Aunque la marea, no.
Salgo con el corazón golpeándome bajo el coral. He ganado una demora. Días. A lo mejor una luna. No más. Y la demora no es una victoria, es solo una cuerda que me dan para que me ahorque a mi propio ritmo.
Fuera, en la pasarela, Ordas me espera con la falúa. El viejo contramaestre, cincuenta y tantos, dos dedos de menos, me lee la cara como lee el cielo.
— ¿Malo? — pregunta.
— Quiere adelantar el rito — digo—. A la próxima Marea Mayor.
Ordas escupe al agua, con puntería, como quien nombra un mal para no dejarlo suelto por dentro.
— Tengo miedo — dice, sin bajar la voz, porque esa es su manera de dominarlo—. Y aun así remo. — Empuña el bichero—. ¿A dónde, Heredero?
Iba a decir a la Nao. A mi camarote, a mi silencio, a mi manga.
Pero le he prometido al consejo una cosa que no era del todo una excusa.
Leer los registros. Y hay una parte de mí, la parte que anoche no consiguió dormir por culpa de un buceador que me besó en el suelo de un armario, que necesita saber qué es de verdad esta Piedra Eterna antes de decidir si mi vida cabe en ella.
— Al Santuario — digo—. Al archivo del Fondo.
Ordas se queda quieto un instante. Sabe lo que me cuesta bajar allí.
Sabe que en el Santuario está Yiro, de piedra, con la cara vuelta hacia arriba, esperándome desde hace once años.
No dice nada. Vira la falúa y rema hacia la ciudad ahogada, hacia el templo que se hunde con Sío la Vieja, y yo me aprieto el pulso y cuento las brazadas para no contar otra cosa.
El archivo del Fondo está bajo el agua vieja, en una cámara que respira aire de campana, sellada por el arte de los primeros sagrados.
Se baja por una escala de coral muerto. El maestro archivero es un viejo casi ciego que me conoce por el olor a sal ritual y me deja solo entre los anaqueles cuando le digo que la Marea quiere leer.
La Marea quiere. Con eso se abren todas las puertas de este mundo.
Es lo único que este mundo me deja querer.
Busco los registros de las Piedras Eternas. Están en el fondo del fondo, en un arca de nácar que nadie ha abierto en toda mi vida. La cerradura cede a la sangre de marea, a mi sangre, porque solo un sagrado puede leer cómo se hicieron los santos. Levanto la tapa. Huele a siglos y a mar encerrado.
Dentro hay conchas grabadas y pliegos de piel curada.
Cada Piedra Eterna, un legajo. Empiezo por el más antiguo.
La letra es vieja, litúrgica, la misma en la que a mí me enseñaron a rezar, y cuenta la primera petrificación: un Heredero llamado Ílmar, que sostuvo una Marea Mayor terrible y, para no gastarse en balde, se dejó volver piedra con su sombra, y los dos juntos hicieron un santo que aguantó cien años el dique del norte.
Lo cuentan como una gloria. Ílmar, dicen, el santo que dio su carne por las islas.
Ílmar. El nombre del sagrado está ahí, entero, grabado en oro, celebrado, cantado.
Y al lado, donde debería estar el nombre de su sombra, hay un raspón.
Paso el dedo por encima. La piel está rebajada, lijada, alguien la ha querido borrar hasta el hueso del pergamino. No pone Trece, no pone la sombra, no pone nada. Un vacío con forma de nombre. Alguien tuvo un nombre y alguien lo raspó.
Sigo. El segundo legajo. La Heredera Vísena, santa del cinturón de poniente, cantada en oro.
Y a su lado, otro raspón. El tercero. El sagrado Doreo (el apellido del Prior viene de ahí, comprendo de golpe, con un escalofrío), otro nombre entero, otra veneración, y junto a él el mismo hueco lijado donde estuvo una persona.
Los cuento. Nueve Piedras Eternas en toda la historia de Mareal. Nueve sagrados con nombre, con culto, con canción. Nueve sombras sin nombre. Nueve raspones.
Me siento en el suelo de coral muerto con los pliegos en el regazo, y algo se me abre en el pecho que no es el coral, que es peor que el coral, porque el coral al menos avanza en silencio.
Toda mi vida me han enseñado a estos santos.
Los conozco. Les he rezado de niño, antes de aprender a odiar rezar.
Ílmar, Vísena, Doreo. Los grandes que se gastaron por su pueblo.
Y siempre, siempre, se los ha nombrado solos, como si un sagrado se hubiera petrificado a sí mismo por amor a las islas, en una nobleza limpia y sin cuerpo ajeno.
Nunca me dijeron que al lado de cada uno murió otro.
Un plebeyo. Una sombra. Un hombre o una mujer con una concha de nombre que alguien recibió al nacer, que alguien grabó con cariño, y que el culto rompió al jurarlo, y volvió a romper al petrificarlo, y remató raspando su nombre de la única página donde había quedado escrito.
Los santos que venero se hicieron de dos. Y el culto guardó a uno y borró al otro. Guardó al sagrado y raspó a la sombra. Convirtió a las personas en piedra y a la piedra en gloria, y a la mitad de esa gloria la dejó sin nombre para que nadie contara los muertos.
Pienso en Siro. En el trozo de concha rota que lleva cosido al cinturón, lo último que prueba que un día fue alguien.
Pienso en cómo aprieta la mandíbula cuando alguien lo llama Trece, en esa terquedad suya de guardar un nombre que el mundo entero le ha lijado ya.
Y pienso que, si Melisenda se sale con la suya, dentro de un siglo habrá un santo nuevo en el Santuario, uno al que llamen Aurel, el Heredero que dio su carne por las islas, cantado en oro, rezado por niños.
Y a su lado un raspón. Un hueco con forma de nombre. Y ese hueco será Siro.
Se me nubla la vista. Me aprieto el pulso hasta hacerme daño. Late. Todavía late. Todavía soy carne, todavía tengo tiempo de no dejar que rasquen su nombre.
Devuelvo los pliegos al arca con las manos torpes.
Todos menos uno. El de Ílmar, el primero, el del primer raspón.
Ese me lo guardo bajo la manga, contra el brazo de coral, robándole al culto su propia mentira, porque de pronto sé que voy a necesitar enseñárselo a alguien.
A Rovena. A Siro. A quien haga falta para probar que la Piedra Eterna no es lo que cantan.
Subo la escala de coral muerto con el pliego robado latiéndome contra la piel enferma. Arriba, el agua vieja golpea la campana de aire, sorda, paciente, como Melisenda. Y por primera vez desde que me sé condenado, la condena tiene una forma que puedo mirar de frente.
No van a hacer un santo conmigo.
Y sobre todo no van a raspar su nombre.