Capítulo 13
Un plan tiene forma. Un plan se agarra en la mano como un arpón: sabes por dónde cogerlo, sabes qué punta hace daño.
Lo que llevo dentro desde el beso del armario no tiene forma, y eso me pone de peor humor que la marca de la nuca.
Así que le doy forma a la fuerza. Lo llamo plan.
Me digo que lo del coral que retrocede es un arma y no una caricia, y me pongo a averiguar cómo se dispara.
Doria y yo tenemos un método. Ella se mueve por debajo, por las tripas de la Nao y por los cascos hundidos de la brecha de poniente; yo me muevo por arriba, por donde una sombra jurada puede ir sin que la Guardia se extrañe, que es a todas partes y a ninguna.
Nos cruzamos en la sentina dos veces al día, cuando cambia la marea y el barco cruje bastante para tapar dos voces.
— El rito se talla en el Santuario — me dice Doria la tercera noche, en cuclillas junto al pozo de achique, con la cara medio comida por la oscuridad—. Eso ya lo sabíamos. Lo nuevo es dónde. No en la nave del templo. Abajo. En la cámara del fondo, la que da a la Poza de las Sombras.
— La Poza es para jurar — digo.
— La Poza es para lo que ella diga. — Doria tuerce la boca—.
Están agrandando la charca. Picando coral viejo para hacer sitio.
Y han llevado sombras huidas, las que compran en el Mercado, a cargar piedra.
No las juran. Las usan de mulas y luego...
— No termina. No hace falta—. Nadie que baja a esa obra vuelve a subir por su pie.
Guijo, en mi cuello, se pone del color de la ceniza mojada. El pulpillo sabe antes que yo cuándo algo huele a muerte.
— Necesito ver esa obra — digo.
— Ni de broma. — Doria me clava esos ojos que tasan sin que se les note—.
Tú tienes una correa, sombra. Te alejas del Heredero más de un tiro de piedra y la nuca te empieza a arder.
Yo he visto la marca de un fugado a mitad de fuga: le subía el coral por el cuello mientras remaba.
No llegó. Se quedó de piedra con el remo en la mano, a media brazada de la libertad.
Así que tú no bajas a ningún sótano lejos de tu reliquia.
Bajo yo. Tú me consigues cuándo el Heredero va al Santuario, y me cuelo en su séquito.
Odio que tenga razón. La correa. La cadena de coral que me ata a Aurel como un perro a una estaca, y que me la vendieron por piedad, para no matarme, cuando lo que hicieron fue enterrarme en vida atado a otro hombre.
— El Heredero va al Santuario cuando lo llama la Oráculo — digo—. Y no me avisa. A mí no me cuenta sus cosas.
Doria ladea la cabeza. Ese gesto suyo de leerte.
— ¿No? — dice—. Pues cuando bajé anoche por el respiradero de su ala, la sombra decimotercera dormía a tres pasos de la puerta del Heredero.
No en el armario. En el suelo, contra la mampara que da a su camarote.
Como un perro guardián. — Baja la voz, y me devuelve, muy despacio, mi propia mentira, ese tic suyo—: A mí no me cuenta sus cosas.
— Espera—. ¿Lo dices en serio, Siro, o lo dices para no decir la otra cosa?
No contesto. Es verdad que anoche dormí contra esa mampara. Me dije que era para oír si venía la Guardia. Me lo sigo diciendo. Un superviviente calcula: si petrifican a Aurel, se me suelta la marca; me conviene saber cuándo se mueven contra él. Eso es lo que me digo.
Doria no insiste. Se levanta, se sacude el pardo sucio, y desaparece sentina abajo sin decir adiós, porque no dice adiós, y me deja solo con el pozo de achique y con la cosa sin forma que llevo dentro y que me niego a nombrar.
Subo a cubierta a que me dé el aire. Y allí, acurrucado entre dos rollos de estacha, hay un niño.
Lo he visto antes, rondando. Nueve años, diez a lo sumo, flaco, con un collar de marca demasiado grande para su cuello, uno de esos anillos de coral en bruto que le ponen a los críos que el culto tiene apalabrados para sombra.
El próximo, dicen. Cuando yo me gaste, o cuando me petrifiquen, o cuando haga falta otra mula para la reliquia, este niño hereda mi correa. Lo llaman Lume.
Está canturreando. Muy bajito, una tonadilla sin letra, de esas que uno se canta para que el miedo no sepa dónde está.
— Vas a coger frío — le digo, seco, porque no sé hablarles a los niños; se me olvidó cómo.
Lume no se asusta. Al revés. Se le encienden los ojos. Nadie le habla, y a él le brilla la cara porque alguien lo hace.
— Estaba contando — dice—. Mareas. Voy por trescientas cuarenta y una desde que me pusieron el collar. Cuento mareas como otros cuentan ovejas. Si las cuento, no pienso en el hueco.
— ¿Qué hueco?
— El de cuando me toque. — Lo dice sin drama, con esa naturalidad terrible de los niños que han crecido sabiéndose combustible—.
Te vi pelear. En el muelle, antes. Cuando te cogieron.
No gritaste ni pediste nada. Solo peleaste, callado, hasta que fueron demasiados.
— Se abraza las rodillas—. Yo quiero pelear así. Callado.
Y ahí, en la cubierta, con el viento gris de Ondala y este crío contándome mareas, me pasa algo por dentro que llevaba ocho años sin dejar pasar.
Porque lo conozco, este niño. Lo conozco de memoria.
Es Reo. Es mi hermano con otro nombre y el mismo collar demasiado grande, esperando en un muelle a que la casta venga a molerlo.
Es lo que yo era antes de aprender a ser de piedra.
Y es lo que Aurel y Melisenda y todo este archipiélago de santos y de raspones tienen preparado para él, tan tranquilos, como quien engorda un cordero.
Se me queda la boca de sal más amarga que de costumbre.
— No cuentes conmigo de ejemplo — le digo—. A mí me cogieron. Eso no es pelear bien. Eso es perder despacio.
— Pero sigues vivo — dice Lume, con esa lógica de crío que te desarma—.
Los que pelean gritando se mueren antes.
Tú sigues aquí. — Se levanta, se sube el collar que se le resbala, y antes de irse me suelta, muy serio—: Si te toca la Piedra, ¿verdad que no dejarás que me pongan a mí de trece?
Porque si tú te vas, subo yo. Me lo dijo el Prior. El que sube cuando cae la sombra.
Se va corriendo por la cubierta, sorteando cabos, canturreando otra vez.
Y yo me quedo con eso clavado. El que sube cuando cae la sombra.
Si me petrifican, Lume hereda la correa.
Si me fugo (si de verdad hay una ganzúa, si de verdad el coral puede ir hacia atrás y me saco la marca), Lume hereda la correa igual, porque la reliquia necesita una mula y el culto tiene lista de espera.
Mi libertad no vacía el hueco. Solo se lo pasa al siguiente. Al siguiente Reo.
Un superviviente calcula. Y por primera vez la cuenta no me sale a favor de fugarme.
No pienso en eso. Bajo a buscar a Aurel, y me digo que es por la información, que necesito saber cuándo va al Santuario para meter a Doria en el séquito, que es puro plan.
Lo encuentro en su cámara alta, de espaldas, mirando por el ventanal la corte flotante.
Lleva la manga izquierda bajada, como siempre, tapándose la cuenta.
Sobre la mesa hay un pliego de piel vieja, medio desenrollado, con letra litúrgica y un raspón lijado que no entiendo.
Lo tapa con la mano cuando me oye entrar. No lo bastante rápido.
— Trece — dice, y luego, corrigiéndose, con esa cosa nueva que le ha entrado en la voz desde el armario—, Siro.
— Reliquia — respondo, porque yo también me agarro a mis nombres viejos cuando el suelo se mueve.
Nos quedamos mirándonos. Hay una cama entre nosotros y un beso que los dos juramos que fue la marca, y ninguno de los dos sabe qué hacer con las manos.
— ¿Cuándo bajas al Santuario? — pregunto, seco, yendo al grano, porque en el grano me escondo—. La Oráculo te llama. ¿Cuándo?
Aurel me estudia. Tiene los ojos de agua parada, ese gris verdoso, y por una vez no los pone litúrgicos.
— ¿Por qué quieres saberlo? — dice.
Podría mentirle. Debería. Es lo que hace un superviviente: reparte información como reparte aire, con cuentagotas.
Pero estoy cansado, y el niño de la cubierta me ha dejado la boca amarga, y hay algo en cómo tapa ese pliego con la mano, en cómo mueve poco el brazo malo, que me hace decir la verdad casi entera.
— Porque quiero saber qué te preparan — digo—.
Y qué me preparan a mí. Hay un rito. Piedra Eterna.
Lo tallan abajo, en la Poza. Y el hueco es para dos.
Tú lo sabes tan bien como yo. Deja de tapar ese papel, reliquia.
Los dos estamos en la misma jaula. Enséñame lo que has encontrado y yo te digo lo que sé.
Aurel se queda muy quieto. Luego, despacio, aparta la mano del pliego. Lo empuja hacia mí por la mesa.
Miro el raspón. La letra vieja. El nombre en oro de un tal Ílmar, santo, y al lado el hueco lijado donde debería haber otro nombre.
— Nueve santos — dice Aurel, muy bajo, sin voz litúrgica ninguna, con voz de hombre—.
Nueve Piedras Eternas en toda la historia.
Nueve sagrados cantados en oro. Y nueve sombras raspadas.
A nadie le cuentan que al lado de cada santo murió otro.
Guardan al noble. Borran al plebeyo. — Me mira—.
Si Melisenda hace su rito, dentro de cien años cantarán a un santo llamado Aurel.
Y a tu lado, en la piedra, habrá un raspón.
Lo dice sin adornos. Y me cae encima como el agua fría de la Sima.
Porque es exactamente lo que le pasó a Reo.
Lo cogieron, lo petrificaron, lo pusieron entre los santos, y a nadie le importa el nombre del niño de piedra; solo importa que la estatua sostiene un dique.
Personas convertidas en piezas, y el nombre lijado para que nadie las cuente.
— Enséñame la Poza — digo—. El rito. Cómo se hace.
— No sé cómo se hace — dice Aurel—. El culto lo guarda. Ni yo, que soy el Heredero, sé el detalle del rito que me van a hacer.
— Doria lo va a averiguar — digo—. Solo necesito meterla en tu séquito la próxima vez que bajes.
Aurel me mira largo. Y hace algo que no me esperaba: asiente.
— Bajo pasado mañana — dice—. A los santos. — Traga lo que sea que traga, porque hay algo en la palabra santos que le pesa como a mí me pesa Reo—. Tu contrabandista puede ir de aguadora. Yo miraré a otro lado.
Salgo de su cámara con lo que venía a buscar y con algo que no venía a buscar, que es la certeza de que Aurel Ísmaris no es la reliquia hueca que decidí odiar el primer día.
Un santo cantado en oro no roba pliegos del archivo de su propio culto.
Una reliquia hueca no se pone del color de la ceniza cuando dice la palabra santos.
No pienso en eso. Un superviviente calcula.
Doria baja al Santuario dos días después, de aguadora, con un cántaro y el pardo sucio que la borra contra cualquier pared. Yo me quedo arriba, en la Nao, atado a mi correa, contando respiraciones hasta que vuelve.
Vuelve de noche, por la sentina, y trae la cara blanca por primera vez desde que la conozco.
— Lo he visto — dice—. La obra. La cuna.
— ¿La cuna?
— Están tallando una cuna de coral. — Le tiembla algo en la voz, y a Doria no le tiembla nada—.
Doble. Dos huecos, pegados, con dos ranuras para dos marcas.
Y hay un liturgo joven leyendo la fórmula en voz alta mientras pican, ensayando.
La oí. — Traga—. El rito necesita dos vasos, Siro.
Un sagrado y su sombra. Pero no valen dos cualesquiera.
El liturgo lo repetía como una regla de oro: los vasos han de bajar limpios de amor.
No dispuestos. Sin querer entre ellos, sin querer vivir.
La piedra solo cuaja del todo sobre carne que no se ama.
Si el sagrado y la sombra se quieren, el rito no prende.
Por eso la Oráculo insiste tanto en la doctrina, en que el tacto de casta enturbia la marea, en que un sagrado no puede nombrar a su sombra.
No es superstición de vieja. Es la condición del rito. El amor lo estropea.
Se me para todo. El barco, la marca, la respiración.
Porque acabo de entender dos cosas a la vez, y las dos me revuelven las tripas.
La primera: que lo que hicimos en el armario, el beso, el coral que retrocedió, no es solo una ganzúa para fugarme. Es lo único que hace fracasar el rito. Querer a Aurel es la herejía exacta que a Melisenda le rompe la Piedra Eterna.
La segunda, la que no consigo llamar plan por más que lo intento: que si quererlo salva a los dos, entonces ya no estoy fingiendo que lo quiero para tener ventaja. Estoy buscando excusas de superviviente para hacer lo que ya quiero hacer.
— ¿Cuándo? — consigo decir—. ¿Cuándo piensa hacerlo?
Doria me mira, y en la oscuridad de la sentina su voz por fin no desaparece; se planta, se clava.
— La próxima Marea Mayor — dice—. Semanas, Siro.
No meses. La marea sube, los diques ceden, y ella tiene la cuna casi tallada.
Cuando el mar suba lo bastante para ahogarnos, os baja a los dos a esa charca, limpios de amor, y os hace piedra para siempre.
— Se acuclilla frente a mí—. Tenemos semanas para conseguir lo contrario de lo que ella quiere.
Que bajéis a esa Poza queriéndoos tanto que la piedra no prenda.
Guijo, en mi cuello, se pone negro del todo. Y yo, que llevo ocho años sin querer nada que puedan quitarme, me quedo muy quieto y cuento mi respiración, cuatro dentro, seis fuera, porque acabo de descubrir que mi única salida es exactamente lo que más miedo me da.