Capítulo 14
Hay una hora, entre la última tanda de drenaje y el rezo de la bajamar, en que nadie me busca.
Una hora al día en que el Heredero deja de hacer falta.
La he tenido toda la vida y nunca supe qué hacer con ella, porque un recipiente vacío no tiene aficiones.
Hoy Siro llama a mi puerta en esa hora, con una cuerda al hombro y esa cara suya de estar tramando una insolencia.
— Ponte lo más viejo que tengas — dice—. Y quítate el oro. Todo. Vas a mojarte.
— El Heredero no se baña en la dársena — respondo, por costumbre, por reflejo, por miedo.
— El Heredero no hace nada — dice Siro—.
Por eso el Heredero está más muerto que los ahogados.
— Me tira una camisa de faena a la cara—.
Hoy no eres el Heredero. Hoy eres un tío al que voy a enseñar a nadar de verdad, no ese chapoteo ritual que os hacen hacer con túnica.
Ordas tiene la guardia. Nadie va a mirar. Vamos.
Y hago algo que no había hecho en veintiséis años.
Me lo quito. El pectoral de nácar, los anillos, la banda de la casa Ísmaris.
Me quedo en camisa de faena, con el brazo izquierdo al aire por primera vez delante de alguien que no sea Rovena, la veta de coral rosado subiéndome del antebrazo a la clavícula a la vista de todos, la cuenta de mi vida desnuda al gris de la tarde.
Siro la mira. No aparta los ojos, que es lo que hace la corte, ni la venera, que es lo que hace el culto. La mira como se mira una herida: para saber cómo de grave es.
— Está peor de lo que dejas ver — dice, sin rodeos.
— Sí — digo. Y es la primera vez que se lo admito a alguien en voz alta—. Está peor.
No pregunta más. Me pasa la cuerda por el pecho, me hace un nudo bajo los brazos que él llama de salvamento, y ata el otro cabo a un noray de la borda baja.
— Es por si te entra el pánico — dice—. El agua no perdona el pánico. Si te agitas, te hundes. Si te quedas quieto, flotas. Todo lo contrario de lo que te pide el cuerpo. — Me mira—. ¿Sabes quedarte quieto cuando tienes miedo?
— Toda mi vida — digo—. Es lo único que sé hacer.
Algo le cruza la cara. Casi una sonrisa. En Siro, una sonrisa es un temblor en la comisura que dura menos que una ola.
Bajamos por la escala de la borda baja hasta la plataforma de amarre, a un palmo del agua.
El mar de la dársena está verde y hondo y quieto.
Y yo, que mando este mar, que le ordeno a la marea que suba y que baje, que sostengo los diques que lo contienen, no he entrado en él por mi propia voluntad ni una sola vez.
Lo canalizo desde fuera, desde la seguridad de la cubierta, como quien manda un ejército sin bajar nunca al barro.
El agua es mi herramienta. Nunca ha sido mi casa.
— Tengo miedo — me oigo decir, y me sorprende oírmelo, porque los sagrados no dicen esas cosas.
— Bien — dice Siro—. El que no tiene miedo del mar es que no lo conoce. — Se mete él primero, sin salpicar, de una pieza, como si el agua se abriera para dejarlo pasar y se cerrara detrás sin notarlo. Emerge a dos brazas, con el pelo pegado, y me tiende la mano—. Ven. Despacio. No saltes. Déjate.
Me dejo.
El frío me muerde y luego me suelta. La cuerda tira un poco de mi pecho.
Y de pronto no peso. El coral del brazo, que en tierra tiro siempre hacia abajo como si arrastrara una cadena, aquí no pesa; el agua lo sostiene, me sostiene entero, y por un momento no soy un recipiente lleno de piedra, soy un cuerpo flotando, ingrávido, igual que cualquier otro cuerpo.
— No luches — dice Siro, cerca—. Respira hondo y el pecho te hace flotar solo.
Los pulmones son un fuelle. Llénalos y no te hundes.
— Me pone una mano bajo la espalda, entre los omóplatos, ancha, callosa, cruzada de cicatrices de anzuelo.
No es un tacto de drenaje. No hay coral que sacar entre nosotros ahora mismo.
Es solo una mano de un hombre sosteniéndole la espalda a otro para que no se hunda—.
Ya está. Ya flotas. No hacías falta para nada, ¿ves?
El agua te sostiene aunque no seas el Heredero. Te sostiene aunque no seas nadie.
Y esa frase, aunque no seas nadie, que en boca de Melisenda sería un desprecio, en la boca de Siro es lo más parecido a una liberación que me han dicho nunca.
Aunque no seas nadie el agua te sostiene.
Aunque no hagas falta. Aunque no te gastes.
El mar no me pide que le drene a nadie. El mar solo me pide que respire.
Floto un rato largo, con la mano de Siro bajo la espalda, mirando el cielo gris de Ondala, y por primera vez en mi vida el silencio de dentro no me pesa.
Luego me enseña a bucear. A soltar el aire poco a poco para hundirme sin patalear, a igualar la presión, a abrir los ojos abajo.
Bajamos juntos un par de brazas, agarrados a un cabo, y allí abajo, en el verde, entre los tejados durmientes de Sío la Vieja que asoman del fango, Siro me mira y no dice nada, porque bajo el agua no se puede hablar, y por una vez no hace falta.
Está en su elemento. Aquí no es una sombra jurada, ni un número cosido a una nuca; es un buceador libre en su casa, y me ha invitado a entrar.
Guijo baja con nosotros, dorado, feliz, dando vueltas entre los dos, de fiesta él solo en el agua verde.
Subimos a respirar. Nos quedamos agarrados al cabo, medio cuerpo fuera, resoplando, y algo se ha soltado entre los dos que en tierra no se suelta.
— Tenía un amigo — me oigo decir. No lo decido. Sale, como salió el nombre de Siro en el armario—. De niño. Yiro. Fue mi primera sombra.
Siro se queda quieto en el agua. No se burla. Espera.
— Me criaron sin nadie — digo, mirando el agua verde en vez de mirarlo a él, porque hay cosas que solo se dicen sin mirar—.
Un heredero no tiene amigos, tiene séquito.
Pero a Yiro lo juraron sombra mía cuando los dos teníamos trece años, y como éramos los dos críos y estábamos los dos solos, nos hicimos amigos a escondidas de la doctrina.
Él me enseñó a hacer barquitos de corteza.
Me contaba historias del muelle. Era la primera persona que me trataba como a un niño y no como a la Marea encarnada.
— Trago—. Yo lo quería. Como se quiere a esa edad, sin saber que eso también está prohibido.
— ¿Qué pasó? — pregunta Siro, muy bajo. Sabe qué pasó. Todos sabemos qué les pasa a las sombras. Pero pregunta igual, para dejarme decirlo.
— Que yo era un sagrado y él era mi sombra, y para eso servía.
— El agua me lame la barbilla—. Yo canalizaba, el coral me subía, y Yiro lo drenaba, tanda tras tanda, porque para eso lo habían jurado.
Y un día, en una crecida, canalicé demasiado.
Me subió una tormenta de coral de golpe.
Y Yiro me la drenó toda, de una vez, para salvarme, igual que hiciste tú en la brecha.
— Cierro los ojos—. Le vi subir la piedra por el brazo, por el cuello.
Le supliqué que parara. Le grité que parara, que prefería petrificarme yo.
Y Yiro no paró. Me dijo que era su deber, con quince años, con la voz que ya se le petrificaba, me dijo que para eso servía.
Y se volvió estatua entre mis manos mientras yo le suplicaba.
Tardó toda una noche. Al amanecer ya era piedra, con los ojos abiertos, todavía despierto ahí dentro, en algún sitio, para siempre.
Siro no dice nada. En el agua, su mano encuentra mi hombro, el del coral, y se queda ahí. No drena. Solo pesa.
— Lo canonizaron — digo—. Hicieron de Yiro un santo.
Está abajo, en el Santuario, con la cara vuelta hacia arriba.
Y a mí me consolaron diciéndome que había sido un honor, que se había gastado noblemente por su Heredero, y me pusieron otra sombra, y otra, y otra.
Y yo decidí, con quince años, que nunca más.
Que nunca más iba a querer a una sombra, porque querer a una sombra es verla convertirse en estatua.
Y que nunca más iba a gastar a nadie. Que me gastaría yo solo, entero, en secreto, hasta la nada, antes que hacer otro Yiro.
— Abro los ojos. Miro a Siro por fin—. Por eso mi coral está como está.
Por eso te resisto cada drenaje. No es doctrina.
Es que la última persona a la que quise se me volvió piedra en las manos por drenarme, y me juré que no volvería a pasar.
Ahí está. Se lo he contado entero, la herida entera, lo que no le he contado nunca a nadie, ni a Rovena, ni a Ordas, ni a mí mismo dicho en voz alta.
Siro me mira largo rato, con el agua goteándole de las pestañas.
— Yo tenía un hermano — dice al fin, y su voz de sal se pone ronca de un modo nuevo—.
Reo. Se lo llevaron de sombra con diez años.
Está abajo también, entre tus santos, hecho una estatua pequeña.
— Aprieta la mandíbula—. Así que los dos tenemos un muerto de piedra en el mismo sótano, reliquia. Vaya par.
Y no sé qué hacer con eso. Con saber que su herida tiene la forma exacta de la mía, dibujada al revés: yo, el sagrado que vio petrificarse a la sombra que quería; él, la sombra que vio petrificarse al niño que quería a manos de sagrados como yo.
El mismo sistema, la misma piedra, contándonos desde los dos lados.
Nos quedamos flotando, agarrados al cabo, muy cerca, con dos muertos de coral entre los dos y el agua verde sosteniéndonos a ambos por igual, sin preguntar quién es noble y quién es número.
— Sube — digo, y no quiero que suene a orden, y por una vez no suena—. Se te está poniendo la piel de gallina.
Trepamos por la escala. Nos secamos en la plataforma, hombro con hombro, sin mirarnos.
Y aquí es donde debería decirlo. Lo noto subir por dentro, la frase prohibida, la que no he dicho en mi vida, la que un recipiente no tiene derecho a decir.
Yo quiero. Yo quiero esto. Quiero flotar sin peso.
Quiero tu mano bajo mi espalda. Quiero un día robado de vez en cuando.
Te quiero a ti, aquí, ahora, aunque esté prohibido y aunque nos cueste la piedra.
No me sale. Toda la vida entrenado para no querer nada, la garganta se me cierra en la última palabra como una válvula. Pero digo lo más cerca que consigo.
— No me acordaba — digo, mirando el agua y no a él — de que un cuerpo pudiera pesar tan poco. Gracias. — Y luego, más bajo, arrancándomelo—: No querría olvidarlo otra vez.
No es yo quiero. Pero es lo más cerca que he estado nunca de decirlo. No querría olvidarlo. Es un deseo. Mío. Por mí. Dicho en voz alta.
Siro se gira. Me mira. Y no se burla. La reliquia le acaba de enseñar la grieta entera y el buceador que no se fía de nadie no la usa para hacer daño. Solo asiente, despacio, como se acepta una tregua.
— No lo olvides — dice—. Es de las pocas cosas que valen algo. — Se echa la cuerda al hombro. Guijo le trepa al cuello, dorado todavía—. Vístete, reliquia. Antes de que venga alguien a buscar a la Marea encarnada y solo encuentre a un tío mojado que ha aprendido a flotar.
Me visto. Vuelvo a ser el Heredero, pieza a pieza, el nácar, los anillos, la manga que tapa la cuenta.
Pero por debajo del oro, en algún sitio que ningún culto controla, hay ahora un hombre que sabe flotar y que ha dicho, casi, la palabra prohibida.
Y esa noche, por primera vez en once años, duermo sin soñar con Yiro volviéndose piedra.
Sueño con agua verde que sostiene, y con una mano callosa bajo mi espalda, y con no pesar.
Es una paz frágil. Lo sé mientras la tengo. Pero es mía, y es la primera, y me aprieto el pulso en la oscuridad no de miedo, por una vez, sino para sentir cómo late la carne que todavía soy.