De carne y de coral Capítulo 15
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Capítulo 15

Un hombre que grita dormido no sabe que grita.

Lo aprendí de crío, compartiendo jergón con otros chavales de los llanos, todos con la misma pesadilla de agua subiendo.

Aprendí a despertar a uno sin sobresaltarlo, con la mano en el esternón y la voz muy baja, para que no se llevara medio armario por delante al abrir los ojos.

Creía que era una destreza que no iba a volver a usar. Esta noche la uso con un Heredero.

Duermo contra la mampara que da a su camarote. Me digo que es para oír a la Guardia. Ya ni yo me lo creo. Y por eso, cuando al otro lado del tabique empieza el jadeo, ese respirar roto de quien pelea contra algo dentro del sueño, lo oigo enseguida. Me levanto. Entro sin llamar.

Aurel está en la litera, revuelto, con la sábana enredada en las piernas, y no grita, no es de los que gritan; se ahoga en silencio, que es peor.

Tiene la mandíbula trabada y el brazo izquierdo tieso, apartado del cuerpo, y a la luz del farol de marea veo lo que me hiela: la veta de coral le está flameando.

El nácar del antebrazo tiene un brillo que no es de reflejo, un rescoldo por dentro, y le sube.

Mientras lo miro, le sube. Del codo hacia el hombro, un dedo, dos, la piedra aprovechando que el sueño le baja las defensas para ganar terreno.

— Reliquia — digo, bajo, con la mano en su esternón, como a los chavales del jergón—. Aurel. Eh. Estás soñando. Vuelve.

Murmura algo. Un nombre. Yiro. Y luego, más claro, con voz de crío asustado: para, para, prefiero yo, para. Está en esa noche. La que me contó en el agua. Está viendo petrificarse a su amigo otra vez, y el coral, que oye el miedo, aprovecha para trepar.

— Aurel. — Le aprieto el pecho—. No es Yiro. Soy Siro. Abre los ojos.

Los abre. De golpe. Gris verdoso, perdido, y tarda dos latidos en salir del sueño y saber dónde está. Cuando me reconoce, lo primero que hace no es aliviarse. Es apartarse. Se aprieta el brazo malo contra el cuerpo, se hace un ovillo hacia la mampara, esconde la veta.

— Vete — dice, ronco—. Estoy bien. Vete a dormir.

— Te está subiendo el coral — digo—. No estás bien. Enséñame el brazo.

— No. — La vieja terquedad. El sagrado que se gasta solo en secreto, que no deja que nadie mida cuánto le queda—. No es asunto de la sombra. Vuelve a tu sitio.

Y ahí, en vez de obedecer, hago lo que llevo semanas sin dejarme hacer. Elijo.

Me siento en el borde de la litera. Le agarro el brazo malo, el del coral, con las dos manos, por la fuerza, porque a este hombre hay que salvarlo contra su voluntad o no se deja.

La piel de la veta está caliente, casi ardiendo, el nácar latiéndole por dentro como una brasa.

Y drena. Sé cómo se drena: piel con piel, tirar de la piedra hacia mi carne, es para lo que me juraron, lo he hecho una docena de veces por orden del Prior, frío y funcional, odiándolo cada vez.

Esta vez nadie me lo ordena. Esta vez lo hago porque no soporto verle subir la piedra. Esta vez lo hago queriéndolo.

Y el drenaje sale distinto.

Las otras veces era como tragar agua de mar: la piedra entraba en mí de golpe, ajena, hostil, un cuerpo extraño que se me clavaba en el brazo y ahí se quedaba, envenenándome despacio.

Frío. Un peso muerto que él soltaba y yo cargaba, todo el peso de un lado al otro, del noble al número, tal como funciona la casta.

Esta vez no. Esta vez la piedra viene despacio, casi mansa, y no se me clava toda de golpe.

Se reparte. Noto (no sé explicarlo, no tengo palabras de sabio, solo de buceador) que el coral se hace más fino al pasar, que se distribuye entre los dos en vez de volcarse entero en mí, que la brasa que le ardía a él en el brazo se enfría al repartirse, y que a mí me entra menos de lo que a él le sale.

Como si al hacerlo queriéndolo la piedra pesara menos para los dos. Como si el querer la adelgazara.

Aurel abre los ojos del todo. Nota lo mismo. Lo veo en su cara.

— Estás... — dice, y se le quiebra—. No te lo estoy volcando. Se está... quedando en los dos. Poco. Fino. Eso no...

— Cállate — digo, apretándole el brazo, drenando despacio, a plazos, como me enseñó Rovena a regañadientes—. No lo espantes. Sigue quieto.

Drenamos así un rato largo, en silencio, con el farol de marea meciéndose.

El nácar que le trepaba al hombro baja otra vez al codo.

No entero. No milagro. Pero baja. Y lo que me pasa a mí no es la quemazón de las otras veces, ese ardor de plomo caliente en el brazo; es un peso llevadero, casi tibio, un peso que no me importa cargar.

Guijo se me ha subido a la muñeca y late allí, dorado, tranquilo, sin dar tinta, sin ponerse negro. El pulpillo tampoco ve veneno en esto.

Cuando termino, Aurel respira hondo por primera vez en la noche. El brazo se le queda quieto. Y me mira con esa cara de espanto que le conozco ya, la de cuando el mundo se le rompe una regla.

— Duele menos — dice, muy bajo—. Cuando lo haces así...

queriendo... duele menos a los dos. — Traga—.

No debería. La doctrina dice que el tacto de casta enturbia.

Dice que querer envenena la marea. Y cada vez que lo hacemos queriendo pasa lo contrario.

Menos piedra. Más despacio. Repartida. — Se aprieta el pulso con el pulgar, esa costumbre suya—.

¿Qué somos, Siro? ¿Qué estamos haciendo?

No le contesto lo que sé, que es lo que me dijo Doria: que querernos es lo único que rompe el rito, que el coral repartido con querer no cuaja, que esto es a la vez la ganzúa y la trampa. No se lo digo. Me quedo callado, que es lo que hago cuando algo me importa de verdad.

En vez de eso, le doy lo mío. Porque él me dio a Yiro en el agua y una deuda es una deuda, aunque sea de las que no se cobran.

— Mi hermano se llamaba Reo — digo, mirando el farol, no a él—. Ya te lo dije. Lo que no te dije es cómo.

Aurel no dice nada. Se queda quieto, como me quedé yo por él en el agua.

— Teníamos los llanos y el mar y poco más — digo—.

Nuestra madre buceaba coral rojo para vender, del bueno, del que no mata, y nos crió a los dos con eso.

Reo era el pequeño. Siete años menos que yo.

Le enseñé a aguantar la respiración antes que a leer, porque en los llanos primero se aprende a bucear y luego, si sobra tiempo, todo lo demás.

— Aprieto los dientes—. Un día bajó la Guardia de Coral al mercado.

Buscaban aptos. Niños que leyeran frío ante el coral, como yo, como él.

Es de familia, ese don maldito. Aguantar la piedra.

Lo que a mí me hizo apto de adulto, a Reo lo hizo apto con diez años.

Lo señalaron en el mercado, delante de todos, delante de mi madre, y dijeron la fórmula: este vaso sirve. Y se lo llevaron para sombra.

Se me cierra la garganta. La abro a la fuerza, porque llevo ocho años sin decir esto entero y necesito decirlo entero.

— Los que no vuelven teníamos un plan — sigo—.

Sacarlo esa misma noche, antes de que lo juraran, antes de romperle la concha de nombre.

Un esquife en el muelle del sur. Doria remaba.

Yo distraía a la Guardia en el muelle norte.

— Cojo aire—. Falló. No sé si nos vendieron o si Doria confundió el muelle en la oscuridad o si sencillamente el mar no quiso; da igual, los detalles no cambian el final.

Cuando llegué al sur, el esquife estaba vacío y a Reo ya se lo habían llevado a la Poza.

Le rompieron la concha de nombre esa madrugada.

Y al poco lo petrificaron drenando a un sagrado en una crecida, con diez años, igual que a tu Yiro.

Está abajo. Una estatua de niño entre tus santos.

Le pusieron una placa que no dice Reo. Dice la sombra novena, o la que fuera. Le lijaron el nombre.

Aurel se ha incorporado en la litera. Tiene los ojos húmedos, y no de su pesadilla ya, sino de la mía.

— Por eso ardo — digo—. Por eso me hice de los que no vuelven.

Por eso, cuando me juraste sombra tuya y me pusiste esta marca, decidí que te odiaría hasta el último día, porque tú eres exactamente lo que se comió a mi hermano.

Un sagrado. Un noble de coral que necesita mulas para no petrificarse.

— Lo miro por fin—. Ese era el plan, reliquia.

Odiarte cómodo. Y me lo estás poniendo imposible, porque resulta que tú también le suplicaste a un niño que parara, y también tienes un muerto de piedra en ese sótano, y también te niegas a gastar a nadie.

Y no sé qué hacer con un enemigo que llora por lo mismo que yo.

Se hace un silencio largo. El barco cruje. El farol se mece.

— Lo siento — dice Aurel, y no lo dice con la voz litúrgica, no dice el Heredero lamenta ni fórmula ninguna; lo dice como un hombre, feo, roto—.

Lo de Reo. No lo arregla que lo sienta. Pero lo siento.

Formo parte de lo que se lo llevó. — Se mira el brazo, la cuenta de coral—.

Y cada sombra que me han puesto y que yo me he negado a gastar era otro Reo al que no quise ver la cara.

Ni siquiera me aprendía vuestros nombres.

Para no encariñarme. Para no repetir a Yiro.

Y ahora resulta que no encariñarme era su misma forma de borraros.

Yo también os convertía en número, solo que por miedo en vez de por doctrina.

No sé qué contestar a eso. Así que no contesto. Nos quedamos los dos en la litera, en la penumbra, con dos hermanos y dos amigos de piedra en el mismo sótano, callados, más cerca de lo que un sagrado y su sombra tienen permitido estar.

— Duérmete — digo al fin—. Yo me quedo. Por si te vuelve a subir.

— Puedes volver a tu sitio — dice, pero no lo dice de verdad.

— Me quedo — repito.

Y me quedo. Me siento en el suelo, con la espalda contra la litera, y él se duerme, esta vez de verdad, sin pesadilla, con la respiración larga y quieta.

Y yo, que no pensaba dormirme, me duermo también en algún momento de la madrugada, con la nuca contra el borde de su cama y a Guijo tibio en la muñeca.

Me despierto al alba con el cuello agarrotado y una cosa que me para el corazón.

Me miro el brazo. El que le drené anoche. Tiene coral. Un tramo de nácar rosado, fino, en el antebrazo, la piedra que le saqué a Aurel y que sigue en mí. La cuenta de su vida, ahora en mi carne.

Y me quedo esperando el asco. El resentimiento. La rabia de siempre, la de cargar la piedra de un noble, de ser combustible, de que me usen. La espero. Es lo que debería sentir. Es lo que sentía las otras veces, cuando salía del drenaje ritual con ganas de arrancarme el brazo.

No llega.

Miro el nácar que le he quitado, que le he ahorrado, que le pesaba a él y ahora me pesa a mí, y lo único que siento es que preferiría llevarlo yo a que lo lleve él. Que no me importa cargarlo. Que si repartírnoslo hace que a los dos nos suba más despacio, lo cargo mil veces.

Y eso, esa mansedumbre, ese no importarme, me da más miedo que la marca de la nuca.

La marca me la pusieron a la fuerza. Esto me lo estoy poniendo yo.

La marca es una correa; puedo odiarla, puedo tirar de ella, es del culto.

Pero esta piedra fina en mi brazo la he elegido, la he elegido queriéndolo, y querer, para un hombre que lleva ocho años siendo de piedra por dentro para que no puedan usarlo, es exactamente lo que juré no volver a hacer.

Guijo se me despierta en la muñeca, dorado, y palpa con un tentáculo el coral nuevo. Curioso. Sin alarma. Para el pulpillo no hay veneno que valga: es una parte más de mí, y ya está.

Me quedo muy quieto en el suelo del camarote, con Aurel dormido y en paz a mi espalda, y cuento mi respiración. Cuatro dentro. Seis fuera. Como bajo el agua. Como cuando algo se acerca en la oscuridad y no sabes aún si viene a matarte o a salvarte.

Y por primera vez en ocho años, contar no me calma. Porque lo que se acerca esta vez no viene de fuera. Viene de dentro. Y no sé bucear hacia dentro.