Capítulo 16
Llevo once años sin bajar al Santuario del Fondo.
El culto lo achaca a mi devoción, dice que el Heredero reza mejor a solas en la Nao, y yo dejo que lo achaquen a lo que quieran, porque la verdad es más simple y más cobarde: no bajo porque abajo está Yiro, y no soporto mirarlo. Hoy bajo. Y llevo a Siro conmigo.
Bajamos de noche, con la excusa de un rezo de marea.
Ordas nos ha traído en la falúa hasta la boca del templo; Doria ya está dentro, de aguadora, borrada contra las paredes, husmeando la obra de la cuna mientras nosotros hacemos de tapadera con la liturgia.
El Santuario del Fondo se hunde con Sío la Vieja, una nave de piedra a la que se entra por una campana de aire, y dentro huele a sal encerrada y a siglos, y hace frío, un frío que no es de temperatura, un frío de lugar donde la gente se vuelve roca.
Los santos de coral están en la nave larga, en hileras, cada uno en su hornacina.
A la luz de los fanales de marea, el nácar de las estatuas tiene un brillo suave, casi vivo, y esa es la peor parte: que parecen a punto de moverse.
Porque en cierto modo lo están. Nadie lo dice en voz alta, pero todos lo sabemos.
Un santo de coral no es un muerto. Es un sagrado o una sombra petrificados con el coral aún avanzando cuando los pilló, atrapados en la piedra todavía despiertos, en algún sitio, para siempre.
Muerte en vida. Los venero desde niño sabiendo que ahí dentro hay alguien encerrado.
Siro camina a mi lado, callado, con la mandíbula tensa y Guijo negro en el cuello. No le he dicho a dónde lo llevo exactamente. Él sabe que su hermano está aquí. Pero saberlo y verlo son dos mareas distintas.
— ¿Dónde está el tuyo? — pregunta, muy bajo, con voz de sal seca—. Yiro. ¿Dónde?
— Al fondo — digo—. Con los de su tanda. Ven.
Lo llevo. Cada paso por esa nave me cuesta once años. Y al fin, en la penúltima hornacina, está.
Yiro.
Lo canonizaron con quince años, así que la estatua es de un chaval, flaco, con la cara vuelta hacia arriba, los ojos abiertos, el coral cuajado en mitad de un gesto que yo reconozco porque lo tengo grabado a fuego: el gesto de quien está drenando y no piensa parar.
Tiene los brazos extendidos, las manos abiertas, como si todavía estuviera tirando de la piedra hacia sí para salvarme.
Lleva así once años. Tirando. Salvándome. De piedra.
Me quedo delante y no puedo respirar.
— Le supliqué que parara aquí mismo — me oigo decir—.
No aquí; arriba, en la crecida. Pero es como si fuera aquí.
Le grité que parara y él me dijo que para eso servía, y siguió tirando, y se le fue poniendo esta cara, esta de aquí, y al amanecer ya era esto.
— Toco la piedra fría del brazo de Yiro con la punta de los dedos.
Está helada. No queda nada tibio—. Y lo llamaron honor.
Y a mí me pusieron otra sombra a la semana.
Como si Yiro fuera una herramienta que se rompe y se cambia.
— Me tiembla la voz—. Era mi amigo. El único que tuve.
Y aquí está, hecho un utensilio santo, para que la corte le rece y no cuente que era un niño.
Siro no dice nada. Me pone la mano en la espalda, entre los omóplatos, ancha, callosa, como en el agua. No drena. Solo pesa. Y con la otra mano señala, un poco más allá, hacia una hornacina baja, pequeña, de las que casi no se ven.
— El mío — dice, y la voz se le rompe por primera vez desde que lo conozco — está ahí.
Vamos. Y es peor. Reo tenía diez años, y la estatua es de un niño de diez años, menuda, con las manos apretadas en puños.
No extendidas como las de Yiro. Apretadas.
El crío peleó con la piedra hasta el último aliento, los puños cerrados contra ella.
Tiene la cara vuelta hacia un lado, no hacia arriba: hacia la salida, hacia donde estaría el mar.
Buscó el agua. Un buceador pequeño buscando el agua mientras la piedra se le cerraba encima.
Siro se pone de rodillas delante de su hermano.
No llora. Es de los que no lloran; se queda muy quieto y cuenta la respiración, lo veo hacerlo, cuatro dentro, seis fuera.
Levanta la mano hacia la estatua. Le tiembla.
No llega a tocarla. Se queda a un dedo de la piedra, y ahí se para, y ese dedo no lo cruza.
— Le puse yo a bucear — dice, muy bajo—.
Le enseñé yo a aguantar la respiración. Si no le hubiera enseñado tan bien, a lo mejor no habría leído frío el coral, a lo mejor no lo habrían señalado.
Le enseñé lo que lo mató. — Aprieta los puños igual que los tiene Reo en la piedra—.
Y encima le lijaron el nombre. Mira. — Señala la placa al pie de la hornacina.
Donde debería poner Reo, pone la sombra novena, en letra fría, y debajo un raspón donde alguien quitó algo más—.
Ni Reo le dejan. Novena. Un número. Igual que a mí me pusieron trece.
Y aquí es donde el Santuario me enseña lo que he venido a aprender sin saberlo.
Porque miro a Yiro, con los brazos extendidos, dándose.
Y miro a Reo, con los puños cerrados, resistiéndose.
Y miro a Siro de rodillas entre los dos, la sombra viva entre las dos sombras muertas.
Y comprendo, de un golpe que me deja hueco, que no hay diferencia entre mi herida y la suya.
Que llevo once años creyéndome único en mi dolor, el pobre sagrado que perdió a su amigo, y que enfrente he tenido todo este tiempo a un hombre con el mismo agujero de la misma forma, dibujado desde el otro lado.
El sistema se come a quien amas. Y lo llama santo.
A mí me quitó a Yiro y me consoló con que era un honor.
A Siro le quitó a Reo y ni siquiera lo consoló; a él solo le dieron una concha rota y un número.
Pero es la misma piedra. La misma máquina.
La que convierte a las personas que quieres en estatuas que rezar, y les lija el nombre para que no puedas contar cuántas ha comido.
Y yo formo parte de esa máquina. Cada tanda de coral que le he negado a una sombra por miedo a hacer otro Yiro, cada nombre que no me aprendí, cada vez que decidí gastarme yo solo hasta la nada en vez de mirar a la cara al plebeyo que me tocaba, todo eso, por bienintencionado que fuera, seguía siendo la máquina.
Yo me creía distinto de Melisenda. Melisenda gasta sombras sin mirarlas.
Yo me negaba a gastarlas, pero tampoco las miraba.
Los dos las convertíamos en piezas. Ella por doctrina, yo por cobardía.
Siro es la primera sombra a cuya cara he mirado en once años. Y por eso me está pasando esto.
Me arrodillo a su lado, delante de Reo. La piedra fría, el niño con los puños cerrados buscando el mar.
— Le enseñaste a bucear porque lo querías — digo—.
No lo mató eso. Lo mató la casta que decidió que un niño que sabe bucear es un utensilio.
No fue tu don. Fue el uso que le dieron.
— Trago—. Y no se llama novena. Se llama Reo.
Yo soy el Heredero. Aquí, delante de sus santos, con toda la autoridad que me dieron y que odio, digo que se llama Reo.
Y que tu Yiro se llama Yiro. Y que un día haré que se lo devuelvan grabado en oro, como a los nobles, o quemaré este Santuario entero. Una de las dos.
Siro se gira. Me mira con los ojos secos y brillantes a la vez, y no se burla, y no dice reliquia, y por un momento entre las dos estatuas no hay un sagrado y una sombra, hay dos hombres a los que la misma máquina les rompió lo mismo.
Y entonces hago lo prohibido. Lo que la doctrina jura que enturbia la marea. Lo que un sagrado no puede hacer con su sombra. Le tomo la mano.
No para drenar. No hay coral que sacar ahora, no es una tanda, no hay orden del Prior.
Le tomo la mano porque quiero, porque este hombre acaba de enseñarme a su hermano de piedra y yo le he enseñado a mi amigo de piedra y no hay otra cosa que hacer con las manos que buscarse.
Entrelazo mis dedos con los suyos, los callosos, los cruzados de cicatrices, delante de Yiro y de Reo, delante de todos los santos, delante de la máquina entera.
Y lo siento. Los dos lo sentimos. Le veo la cara cambiar en el mismo instante en que a mí me cambia el cuerpo.
El coral se aquieta.
El mío, en el brazo izquierdo, que aquí abajo, entre tanta piedra, tanta muerte cuajada, tenía un latido sordo de avanzar; se para.
Y luego, despacio, se enfría, y retrocede una pizca, un pelo, lo justo para notarlo, la veta replegándose un dedo hacia el codo.
Y en la mano de Siro, bajo mis dedos, noto que a él le pasa lo mismo, que la marca de coral se le enfría, que el nácar fino que le drené anoche se le aquieta también.
No lo estoy drenando. No se está moviendo la piedra de uno a otro.
Está retrocediendo en los dos a la vez. Menos coral en los dos por tocarnos queriendo, delante de dos muertos que el coral se comió porque nadie los tocó nunca queriendo, solo drenando.
— Lo notas — digo, sin aliento.
— Lo noto — dice Siro—. No es casualidad.
No es la marca. Es esto. — Aprieta mis dedos—.
Reliquia, esto que hacemos, esto que la casta jura que envenena la marea, es lo único que he sentido en mi vida que hace ir la piedra hacia atrás.
Delante de tu Yiro. Delante de mi Reo. Que se murieron de lo contrario.
Que se murieron de que solo los tocaran para sacarles piedra, nunca para nada más.
Se me llenan los ojos. Y no me los seco.
— Entonces los mató la mentira — digo—. No la magia.
La mentira. Les dijeron a Yiro y a Reo que el tacto de casta era solo para drenar, frío, funcional, y por eso se gastaron solos, dándose sin que nadie les devolviera nada.
Si a Yiro alguien lo hubiera querido mientras drenaba, en vez de dejarlo darse hasta la piedra...
— No puedo terminar. Es demasiado. Es toda mi vida desarmada de golpe.
Y en ese momento, al fondo de la nave, entre los santos, hay un movimiento. Una silueta de nácar apagado que estaba ahí sin que la viéramos, quieta como una estatua más, y que ahora se separa de la penumbra.
Melisenda.
No sé cuánto lleva ahí. No sé qué ha visto. Camina hacia nosotros por la nave de los santos, despacio, sin ruido, con las manos lisas y sin coral cruzadas por delante, y sonríe poco, con esa dulzura que hiela.
Suelto la mano de Siro. Tarde. Ella lo ha visto. Lo he leído en su cara, que no cambia, que nunca cambia, y por eso da tanto miedo.
— El Heredero reza entre los santos — dice, con su voz que jamás se alza—.
Es bueno que el Sagrado venga a ver en qué se convierten los que se gastan bien.
— Se detiene ante Yiro, ante los brazos extendidos del chaval de piedra, y lo mira con algo que quiere parecer ternura y es hambre—.
Este se gastó limpio. Sin querer a nadie.
Se dio entero por su Heredero, como se debe.
Por eso es santo. — Vuelve hacia mí esos ojos que leen el coral—.
Los que se gastan queriendo enturbian la marea, y no llegan a santos: se pudren.
El Heredero lo sabe. — Una pausa. Mira, un instante, nuestras dos manos, que hace un momento estaban juntas—. El Heredero sabrá recordarlo.
Y se va, tan callada como vino, dejándonos entre las dos estatuas con el corazón golpeando.
Siro me busca la mano otra vez, en la penumbra, para que Melisenda no lo vea.
Y yo se la doy. Porque acabo de descubrir, delante de Yiro y de Reo, que lo que ella llama enturbiar la marea es lo único que a los dos nos mantiene de carne.
Y que voy a averiguar por qué me han mentido toda la vida, aunque me cueste la piedra.