Capítulo 17
Volvemos del Santuario sin hablar, cada uno cargando lo que el otro le ha visto llorar, y esa clase de silencio no se rompe con palabras.
Se rompe de otra manera o no se rompe. Lo sé antes de llegar a la Nao.
Lo sabe Aurel. Lo sabemos los dos subiendo la escala de sotavento en la penumbra, con la marca en calma por primera vez en días y el mar quieto debajo, y ninguno lo dice, porque decirlo sería tener que decidirlo, y hay cosas que se deciden mejor con el cuerpo que con la boca.
Entramos en su camarote. Ordas cierra la escotilla de arriba y monta guardia sin que se lo pidamos, porque el viejo lo ha entendido todo hace rato.
Doria se ha quedado abajo, en la obra de la cuna, robándole al culto sus tiempos.
Estamos solos. El farol de marea se mece.
El agua golpea el casco, despacio, como un pulso.
Aurel se queda de pie junto a la litera, con el brazo malo pegado al cuerpo por costumbre, mirándome con esos ojos de agua parada, y no sabe qué hacer con las manos.
Nunca lo ha hecho. Lo entiendo de golpe, con una punzada rara: este hombre tiene veintiséis años y jamás lo ha tocado nadie que no fuera para sacarle piedra.
Frío y funcional, toda su vida. Nadie le ha puesto una mano encima queriéndolo.
Es un sagrado, la Marea encarnada, y por dentro está tan sin estrenar como un crío.
— Está prohibido — dice, muy bajo. No como quien se niega. Como quien avisa. Como quien quiere que yo diga que da igual para no tener que decirlo él.
— Todo lo que valgo yo está prohibido — digo—. Que tenga nombre está prohibido. Que respire el mar está prohibido. Llevo prohibido desde que me pusieron el hierro. — Doy un paso—. Si vamos a hacer una herejía, reliquia, que sea una que merezca la pena.
Y lo beso.
No como en el armario. Aquello fue un grito, miedo con forma de boca, un no te vas dicho a la fuerza.
Esto es distinto. Esto lo elijo. Le agarro la nuca, la sana, no la de las marcas, y lo beso despacio, y noto el instante exacto en que deja de aguantar la respiración y se suelta, en que el sagrado se cae y queda solo el hombre.
Sabe a sal ritual y a vino de nácar y, por debajo, a algo tibio que es solo suyo.
Me devuelve el beso con torpeza primero, con hambre después, con esa hambre de once años guardada bajo la piedra que ya le vi en el armario y que ahora no tiene que fingir que es la marca.
— No sé — dice contra mi boca, y hay pánico y risa y las dos cosas a la vez—. No sé hacer esto. No me han... nadie me ha...
— Ya lo sé — digo—. Cállate y déjate. Como en el agua. No luches. Si te agitas, te hundes. Si te dejas, flotas.
Se deja.
Le quito el nácar pieza a pieza, el pectoral, los anillos, la banda de la casa, todo el oro que lo convierte en pieza, y debajo va quedando el hombre, el cuerpo enjuto de nadador ritual, el pelo negro, y el brazo.
El brazo izquierdo, con la veta de coral rosado subiéndole del antebrazo a la clavícula, la cuenta entera de lo que ha gastado de sí.
Se tensa cuando llego ahí. Va a taparlo, el gesto de toda su vida, esconder la cuenta.
No le dejo. Le agarro la muñeca, con cuidado, y le beso el brazo. La veta. El nácar rosado. Le beso la piedra que odia, la que el culto venera y él detesta, y lo noto temblar entero, porque nadie, nadie en veintiséis años, le ha tocado el coral con la boca en vez de con la codicia de drenarlo.
— No hagas eso — dice, con la voz rota—. Eso es... eso es lo que me mata. No lo beses. Bésame a mí.
— Es que eso eres tú — digo, subiendo por la veta hacia la clavícula, hacia el cuello—.
Toda esta piedra la has puesto tú, dándote, para no gastar a nadie.
Es lo más de carne que tienes. — Lo miro—.
No pienso hacer como el culto. No voy a mirar tu coral y ver una joya.
Ni voy a mirarlo y ver combustible. Voy a mirarlo y ver a un tío que se ha ido gastando solo para que no gasten a otros, y ese tío me gusta. Ese, no la reliquia. Ese.
Aurel emite un sonido que no es una palabra, que es de once años, y me busca la boca otra vez, y ya no hay torpeza.
Lo llevo a la litera. Le quito lo que queda.
Me quito lo mío, la camisa de faena, el cinturón con el trozo de concha, y por un momento los dos nos quedamos mirándonos, dos cuerpos marcados de maneras distintas, el suyo de nácar noble, el mío de sol y de cicatrices de red y de la marca de sombra en la nuca, y no hay casta entre nosotros ahora, hay dos hombres desnudos en una litera y una sola cosa prohibida que los dos queremos.
Lo toco entero. Despacio, porque nadie lo ha tocado despacio, y este hombre necesita aprender que el tacto no siempre viene a cobrar.
Le recorro el pecho, el vientre plano de nadador, las caderas, y él se arquea bajo mis manos con una sorpresa cada vez, como si cada sitio que le toco fuera un sitio que no sabía que tenía.
Guijo se ha ido al farol, discreto, dorado, dejándonos.
Aurel me agarra los hombros, la espalda, me clava los dedos, y dice mi nombre, Siro, entre dientes, un sagrado nombrando a su sombra en la cama, la herejía más grande, y cada vez que lo dice me sube algo por el pecho que no sé llamar y no pienso callar.
— Dime qué quieres — le digo al oído, porque este hombre no ha querido nada en voz alta en su vida y necesito que lo aprenda, aunque sea aquí—. Solo aquí. Solo conmigo. Nadie te oye. ¿Qué quieres?
Y no puede. Le veo pelear con ello, la garganta cerrándosele en la palabra, veintiséis años de recipiente atascados en el yo.
No le sale el yo quiero. Todavía no. Pero me agarra la mano y se la lleva, y me enseña con el cuerpo lo que no le sale con la boca, y con eso me basta, porque el cuerpo no miente y el suyo pide a gritos lo que le enseñaron a callar.
Nos tomamos nuestro tiempo. No hay prisa, aunque la tormenta suba y el rito aceche y nos queden semanas; aquí dentro no hay mareas.
Lo preparo con cuidado, con la boca, con las manos, oyéndolo deshacerse, oyéndolo decir mi nombre cada vez menos entero, y cuando por fin entro en él lo hago despacio, mirándolo a la cara, para no perderme ni un instante de lo que le pasa a un hombre la primera vez que alguien lo toca por amor y no por cuenta.
Aprieta los ojos. Los abre. Me busca. Se agarra a mí como se agarró al cabo en el agua, y yo le sostengo la espalda con una mano, entre los omóplatos, igual que él me la sostuvo a mí, y nos movemos juntos, torpes primero, luego no, luego bien, luego como si el mar nos meciera a los dos a la vez.
Y entonces pasa lo que Doria juró que pasaría. Lo que rompe el rito. Lo que la casta prohíbe.
El coral cede.
Lo noto bajo mis manos, en su brazo, en su clavícula: la veta de nácar, que aquí abajo latía con ese pulso sordo de avanzar, se aquieta.
Y se enfría. Y con cada embestida, con cada vez que Aurel dice mi nombre y yo el suyo, con cada latido de esto que estamos haciendo queriéndolo, el coral retrocede.
No un drenaje. No pasa de él a mí. Retrocede en los dos a la vez, se adelgaza, se reparte fino entre los dos cuerpos dispuestos, y a mí la marca de la nuca se me enfría también, y el nácar que le drené anoche se me aquieta en el brazo, y por un momento largo, imposible, entre el sudor y el vaivén y sus dedos clavados en mi espalda, los dos tenemos menos piedra de la que teníamos al entrar en esta litera.
— Aurel — digo, contra su cuello—. Mira. Está cediendo. Mira lo que hacemos.
Y él mira, con los ojos húmedos, su propio brazo, la veta que retrocede mientras nos queremos, y suelta un sonido que es medio risa medio llanto, el sonido de un hombre al que le desmontan la única ley que conocía justo cuando más de carne se siente en su vida.
— Me mintieron — dice, deshaciéndose bajo de mí—. Me mintieron con todo. El tacto no enturbia nada. Mira. Mira. Nos cura. Nos... Siro...
Y ya no dice nada más que mi nombre, y yo el suyo, y acabamos así, agarrados, temblando, con el coral en retirada en los dos y el corazón golpeándonos contra las costillas del otro, más de carne los dos que en años.
Después nos quedamos quietos, enredados en la litera estrecha, con el farol meciéndose y el agua golpeando el casco.
Le tengo el brazo malo entre las manos, mirándolo.
La veta está más baja. Poco. Un dedo. Pero está más baja que cuando entramos, y eso, en un mundo entero montado sobre que el coral solo sube, es la cosa más grande que he visto nunca.
— Toda mi vida — dice Aurel, muy bajo, con la cabeza en mi pecho — me han dicho que querer es robarle a mi pueblo.
Que un sagrado que quiere se corrompe, enturbia la marea, hace subir la piedra.
Y acabo de querer más que en mi vida entera y me ha bajado la piedra.
— Se ríe, incrédulo, roto—. ¿Sabes lo que significa eso, Siro?
Que Yiro no tenía por qué morir. Que Reo no tenía por qué morir.
Que si a las sombras las hubieran querido en vez de gastarlas frías...
no se habrían petrificado tan deprisa. Que la doctrina no protege la marea. Mata sombras. Las mata a propósito.
No le contesto. Me quedo callado, que es lo que hago cuando algo me importa demasiado.
Le paso la mano por el pelo negro, corto, mojado de sudor.
Y pienso en Reo con los puños cerrados. Pienso que si en vez de sacarle piedra fría alguien le hubiera tomado la mano queriéndolo, a lo mejor mi hermano seguiría siendo de carne.
La rabia que llevo ocho años usando de coraza se me pone de otra forma.
Más afilada. Más limpia. El odio de antes no tenía filo, solo peso.
Este corta: ahora sé que la casta miente, y una mentira se puede romper.
— No pienses en gastarte solo — le digo, porque lo conozco ya, porque sé que ese hombre lleva la muerte noble metida en el tuétano—.
Ni se te ocurra. Si querernos reparte la piedra, entonces cargarla solo no es nobleza, reliquia.
Es la mentira de ellos por dentro. Es hacerte a ti lo que le hicieron a Reo.
— Le aprieto el brazo—. Prométeme que no te vas a gastar solo.
Aurel se queda callado. Demasiado. Y en ese silencio, aunque entonces no lo entiendo, ya está el principio de todo lo que va a salir mal. Pero no lo veo. Estoy demasiado de carne para verlo.
— Duérmete — dice, en vez de prometer—. Falta poco para el alba.
Nos dormimos. Enredados, calientes, con el coral bajo por primera vez en la vida de los dos.
Me despierta el ruido de la escotilla. Es de día ya, gris, y Rovena está bajando por la escala con su caja de medir, porque le toca la revisión del Heredero al alba, como cada semana, y nadie le ha dicho que esta semana no.
Me quedo muy quieto en la litera. Aurel se incorpora, tapándose por instinto, pero Rovena ya está dentro, ya nos ha visto, la sombra y el sagrado enredados en la misma cama, la herejía entera a la luz del día.
Se queda parada en la escala. No dice nada.
No hace ninguna cara. Deja la caja en el suelo, despacio, y se acerca, y le toma a Aurel el brazo malo, el del coral, con esos dedos manchados de ácido, y le da un golpecito con la uña, y escucha.
Escucha un rato largo. Le da otro golpecito más arriba. Escucha. Se pone del color del vinagre que huele, pero al revés: no de miedo. De algo más grande.
— ¿Avanza o se está quieto? — le pregunto, con su propia frase, porque es lo que ella siempre pregunta.
Rovena levanta la vista. Nos mira a los dos, desnudos, pillados, herejes, y en su cara hay una cosa que no le había visto nunca: esperanza. Esperanza con miedo dentro.
— Ni una cosa ni la otra — dice, muy bajo—.
Ha retrocedido. — Le da otro golpecito al brazo de Aurel, para asegurarse, y el coral le devuelve un sonido que hasta yo noto distinto, más lleno, más de carne—.
Este brazo lo llevo midiendo desde que este niño tenía diez años.
Cada luna un poco más arriba. Cada luna.
Toda su vida, solo hacia arriba. — Le tiembla la voz—.
Y esta mañana está más abajo que la anterior.
Por primera vez desde que lo conozco, el coral del Heredero ha bajado.
— Nos mira. Sabe qué lo ha hecho. Estamos desnudos en la misma cama; no hace falta ser sabia—.
Y yo llevo veinte años esperando ver esto para probar una cosa que me costó la voz.
Se sienta en la caja de medir, de golpe, como si le fallaran las piernas.
— ¿Sabéis lo que acabáis de hacer? — dice, y no espera respuesta—.
Acabáis de romper la única ley de este mundo.
Y si esto es lo que yo creo que es, si el querer de verdad reparte y frena el coral...
— Baja la voz hasta casi nada, y mira hacia la escotilla, hacia arriba, hacia donde vigila el culto—.
Entonces todo lo que el Fondo predica, todo el sistema de sombras que se gastan y se cambian, toda la casta, se sostiene sobre una mentira.
Y la Oráculo va a mataros por saberlo antes de dejar que se sepa.
Y en la litera, con Aurel tibio a mi lado y el coral bajo en los dos, se me quita el último resto de calor. Porque tiene razón. Lo que nos salva es lo que nos condena. Querernos frena la piedra, sí. Y por eso mismo Melisenda nos quiere hacer piedra cuanto antes.