Las cerillas Garibaldi –también llamadas saltapericos, triquitraques o mixtos– eran unas tiras de cartón con gotas de explosivo que niños y niñas hacían estallar al arrastrarlas por las fachadas y bancos de piedra.

Contenían fósforo blanco y algunos críos se envenenaron con ellas.

Los cuentos cortos de Julià Guillamon son como aquellas cerillas Garibaldi: pequeñas historias que, fregadas sobre la superficie áspera de la realidad, producen chispazos de imaginación, humor y crítica.

La IA, el fast deco, los cables que se embarullan en un cajón sin que nadie los toque, las rebanadas de pan de molde que nunca se pasan, el arte comprometido y los videojuegos: triqui-trac, trac, trac, trac.

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