Cerillas Garibaldi La nostalgia no es lo que era
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La nostalgia no es lo que era

–Me gusta mucho lo que escribes, esa nostalgia del pasado.

–¿Yo tengo nostalgia del pasado?

–Hombre, sí, cuando hablas de la panadería de tu abuelo y describes cuando salía del obrador, con todo el pelo lleno de harina, vestido de blanco de arriba abajo, te pasaba la mano por el pelo y te dejaba una marca.

–Más bien me tocaba las narices. Siempre tenía que ir al colegio señalado. Creo recordar que lo cuento en el libro.

–Sí, pero está tan bien descrito. Los sacos amontonados en la entrada, todos perdían harina, la báscula en un rincón, y el mostrador de madera desconchado donde tu madre atendía a los clientes.

–Era un asco, no nos quitábamos la harina de encima. Y mi madre sólo pensaba en dejar la panadería para ser peluquera.

–Y cuando empezaste a despachar y venían tus amigos a comprar pipas Churruca. ¡Las pipas Churruca! ¡Qué recuerdos! ¡Me gusta tanto cuando Ferrer Éufrates, en el libro aquel de los Recuerdos camp , habla de las pipas Churruca!

– Yo tenía aún más ganas que mi madre de pirarme. Toda la tarde en la tienda para vender cuatro chicles y dos paquetes de kikos. Cuando venían Marta Fornés, Nati Anglès y Rosa Sans se burlaban de mí. Ferrer Éufrates se pasó la vida metiéndome el dedo en el ojo, por cierto. Era un memo.

–Y tu padre. ¡Menudo carácter! Era un personaje fascinante.

–Pero ¿a ti te parece que hablo de mi padre con nostalgia?

–¡Claro! Cuando cuentas que trabajaba de viajante de la fábrica de cubiertos y se pasaba toda la semana por las Españas.

–La mitad de los días terminaba borracho.

Era un capullo que le hacía la vida imposible a mi madre, que acabó con unas depresiones de caballo.

Durante años soñaba que seguía vivo y me despertaba a medianoche angustiado.

Tuvimos suerte porque murió de un día para otro y no dio guerra.

No sé qué habría pasado si hubiéramos tenido que cuidarlo en casa.

–Y cuando hablas de aquel jersey que tenías, blanco, con el cuello de pico, y la raya verde. Yo tuve uno parecido, verde con la raya roja.

–Sí, no sé: de alguna manera tenías que vestirte.

–Ya no hacen jerséis de esos.

–Por suerte: enseguida se deshilachaban. Mi madre no me dejaba ponérmelo para que no se estropeara y para que no se descolorara la raya verde.

–Las rayas se descoloran, los jerséis se deshilachan, el plástico de las gafas se vuelve blanco. Ay... el paso del tiempo. Cuando describes todo eso eres el puto amo.

–Lo de las gafas es de la mala leche destilada que me sale por las orejas.

–A mí no me engañas: eres un romántico incurable. Y te entiendo: quién pudiera volver a aquellos años.

–Vete a hacer puñetas.