Cerillas Garibaldi Un fantasma en la playa
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Un fantasma en la playa

–Esta playa tiene un fantasma.

–¿Qué quiere decir? ¿Un fantasma de esos que sale por la noche?

–Sí, pero este sale de día. Acostumbra a ponerse por aquí.

La señora le enseña un claro en la arena que, en estos días de finales de verano, no atrae a la gente.

–No crea, ese mismo espacio lleva vacío todo agosto. Póngase aquí con la toalla y esté atento.

Estoy un rato mirando la arena, el agua, otra vez la arena, y no veo nada extraordinario, al margen del espacio vacante, en una playa en la que, si bien los bañistas no están apretujados, está más bien llena.

–Qué raro que no se instale nadie en un lugar tan bueno.

–Es que es el sitio del fantasma. Hay una fuerza, una vibración del aire, un bañador que crepita, que alejan a los veraneantes.

Llega una pareja de franceses con un niño y una niña. Se disponen a clavar la sombrilla, pero en el último momento cambian de idea y se desplazan unos metros más allá.

–¿Lo ve? Igual ya anda por aquí, aunque no lo veamos. O quizás tiene puesta una prenda sobrenatural que echa para atrás a los turistas.

–¿Y qué hace un fantasma en una playa?

–Hombre, pues bañarse. Toma el sol sin crema solar. Cuando estaba vivo le gustaba sentirse como el hombre de las cavernas.

–¿En esta playa tan concurrida?

–Sí, tenía su mundo interior. Se enamoró de una chica llamada Florence, una adolescente de París, muy guapa. Un día la siguió nadando hasta la plataforma porque pensaba que la chica le tiraba los tejos. Era un hombre de ochenta años.

–Eh, eh, eh –entra el censor desde fuera de la escena–. ¿Le parece bien, señor Guillamon, escribir esta historia de un hombre viejo con una chiquilla?

–Oiga que esto es Fausto –le digo yo–. Y con los años que han pasado, Florence debe de ser ya abuela. Si lo hiciera en mi provecho, entendería su queja. Pero es para un amigo. Quiero que sea feliz allí donde esté.

–Siga, pues –aprueba el censor.

En aquel momento una señora gruesa, con un bañador de tres piezas, se pone de pie en la parte más retirada, donde está el tamarisco.

Cruza la playa, llega a la orilla y se lanza de cabeza con un saltito.

Frente a mí, veo claramente la marca de un pie en la arena.

A continuación, otra marca, seguida de una explosión de salpicaduras.

Conforme va nadando, la señora es cada vez más joven.

Al llegar a la plataforma se ha transformado en una adolescente preciosa.

Distingo la sombra fosforescente de un hombre peludo y calvo que bracea tras la chica.

Se encuentran. Ella le sonríe y él le da un beso.

–¿Ha visto lo que ha pasado en la plataforma? –le digo alarmado a la señora, que estaba en la higuera.

–Uy, la de años que hace que no instalan aquella plataforma.