Aparición del jardinero Rigol
El jardín de la Universidad era un lugar reservado.
Grandes cedros nos proporcionaban sombra cuando se acercaban los exámenes finales.
Se podía entrar por uno de los extremos, reformado como aparcamiento de profesores.
Pocos alumnos accedían por aquel portal y todos los bedeles nos conocían, sin duda porque ella era muy guapa.
Había uno moreno, delgado, agitanado, fumaba mucho.
Iban cambiando a los bedeles de lugar, no sé si cada día un rato o cada semana un día, para que no terminaran de enloquecer.
El bedel moreno se las ingeniaba para acaparar el portal del aparcamiento, en el que había más trabajo, pero también más distracción, bajo un ombú de raíces gigantescas que parecía que iba a arrancar de cuajo la caseta de vigilancia junto con la valla.
Después de todo, la Universidad no era tan importante para la ciudad, toda vez que no le habían dedicado una manzana entera, sino que habían dejado dos franjas para construir pisos, una a cada lado.
Les debió de parecer que despilfarraban el terreno si dedicaban toda una manzana al saber, pues cuando se proyectó el edificio contenía todo el saber: se cursaban allí todas las carreras salvo la de Medicina.
Entrando por el portal del aparcamiento, al fondo, se levantaba el invernadero con los cristales rotos y polvorientos y, en el interior, macetas vacías o con plantas muertas.
Nunca nos dio impresión de ruina. Nos sentábamos en el banco junto al invernadero y nos pasábamos la tarde leyendo, charlando y queriéndonos.
El edificio de la Universidad bloqueaba la calle.
La puerta de la parte posterior del jardín estaba siempre cerrada y detrás de la verja malvivían libreros de lance.
Eran de esos hombres que se pasan horas en la calle y que en invierno se enfundan unos guantes sin dedos.
Los libros olían a polvo mezclado con desinfectante.
Congenié con uno de ellos que estaba especializado en libros y revistas de cine extranjeros.
Otro acumulaba revistas pornográficas. Cuando uno se moría, eliminaban la caseta donde vendía los libros y revistas y pronto la calle recordó a una boca desdentada.
En la parte central del jardín, bajo los fresnos, crecían unas fresas silvestres que en primavera nadie recolectaba.
Descubrimos que a las carpas del estanque les gustaban y muchas tardes íbamos a tirar fresas a las carpas, que estaban recubiertas de unas escamas que parecían uñas del dedo gordo del pie, grises como un mal presagio.
Se peleaban para atrapar las fresas, asomando la boca y chasqueando los labios como ventosas.
Cuando nos cansábamos de jugar, salíamos por las escaleras que terminaban en el gran pasillo entre los dos claustros, con tiestos y una canalera de ladrillo que conducía el agua hasta una pileta con nenúfares.
Muchos años después, leí que el autor de la reforma del jardín de la Universidad fue el jardinero Artur Rigol, que el 10 de diciembre de 1934, saliendo de una visita de obras, murió atropellado por una ambulancia militar.
Me causó una fuerte impresión que aquel espacio que siempre vimos como algo vivo fuera un lugar de muerte.