Cerillas Garibaldi La mañana de San Cristóbal
99%

La mañana de San Cristóbal

Rutllat, ataviado con unos pantalones de director de banda del Empastre, blancos con una raya verde, un esmoquin raído, un quepis forrado de amarillo y una batuta envuelta con cinta aislante de la bandera catalana, se sube a una escalera y, en un clavo que plantó hace cincuenta años, ata una cuerda verde, de nilón, resistente.

Baja de la escalera. Cruza la calle, palpa el clavo de la otra pared, tira de la cuerda para izar una olla de barro.

–¡A romper la piñata! –grita en la calle vacía.

Hace un montón de años que no hay niños y los pocos que hay no juegan en la calle.

–¿No se había muerto, este hombre? –dice una mujer que lo espía por una ventana entreabierta.

–Debe de haberse fugado del hospital.

El antiguo hospital del pueblo es ahora una residencia geriátrica de la que no escapa nadie. Un chaval, con el cogote rapado, pasa corriendo junto a Rutllat, que le ofrece un palo para romper la piñata.

Qué felices seremos los dos y qué dulces los besos serán, pasaremos la noche en la luna, viviendo en mi casita de papel.

Canta en medio de la calle. Él mismo se tapa los ojos con un pañuelo que pliega con delicadeza, agarra el palo y empieza dar golpes al aire, buscando la piñata.

Después de tres o cuatro golpes exagerados y cómicos, le da de lleno.

Se oye cloc y la olla se abre como una granada.

¡Estaba llena de jarabe de grosella! Y flotando en el jarabe, que no le parece pegajoso, hay bulbos de gladiolos y dalias que antes de llegar al suelo ya han brotado y, sin necesidad de tierra ni de agua, empiezan a echar hojas y flores que Rutllat corta con unas tijeras de plata.

Forma un ramo que lleva entre los brazos.

¡Es 9 de julio! ¡San Cristóbal! Han cortado la Carretera Nueva para que pase la comitiva de coches y camiones que llevan a bendecir, engalanados con dalias, gladiolos y rosas.

Su camión de trapero es siempre el más florido.

Desde arriba la familia saluda a los vecinos.

Rutllat conduce y toca la bocina: –¡La cu-ca-ra-cha, la cu-ca-ra-cha!

No encuentra la llave del garaje donde guarda el camión.

Deja las flores apoyadas en la pared y revuelve en los bolsillos.

Un Renault Symbioz, nuevo de este año, está aparcado en el portal.

Se pone a engalanarlo. Delante, dos gladiolos blancos, entrecruzados, en honor al santo.

En cada manija de apertura, una dalia grande como la cabeza de un niño.

En el techo de cristal, dos guirnaldas con rosas, y flores de hortensia atadas a la matrícula posterior, que está enmarcada con unas margaritas amarillas.

Deja el coche gris metalizado recubierto de guirnaldas y flores, y se va a tomar el aperitivo a Casa Cornet, que ahora es una biblioteca. Encuentra a Susi limpiando vasos y a Pito, con el puro en la boca. El silencio es negro y frío.

–Parece que este año la fiesta de San Cristóbal no se ha celebrado tanto –dice Pito, que habla masticando el puro, la ceniza le cae a chorro sobre el pecho.

–Pero ¿qué dices? Hemos cantado, hemos roto la piñata y hemos bendecido el camión –dice Rutllat, que se saca el quepis forrado de amarillo y lo deja contento sobre el mostrador de mármol.