Cerillas Garibaldi El club de lectura
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El club de lectura

Martita tuvo una hija con parálisis cerebral.

Su marido, Jaime, no estaba nunca en casa porque era viajante y se pasaba la vida de una ciudad a otra anotando pedidos de caramelos y chicles y, a veces, sirviéndolos él mismo con su coche, que tenía un gran maletero.

Martita visitaba a menudo a sus padres y fue en la puerta de la casita de José y Rosario donde la conocimos: la cara redonda, tersa, con buen color.

Llegaba con el cochecito, los padres tomaban el fresco.

La niña tenía meses. Los vecinos de la calle decían que se le notaba algo raro.

Martita iba muy erguida, bien peinada, pintada y enjoyada, feliz de la maternidad.

Cuando la niña, que se llamaba Carmen, creció un poco y todo el mundo se percató de que no estaba bien, aquella actitud estirada y suficiente fue motivo de crítica.

Los chicos éramos crueles. Nos hubiera gustado verla abatida, resignada, vencida por la adversidad.

En lugar de eso, aparecía por la calle con la silla, pues en unos pocos veranos pasó de ser un cochecito de bebé a una silla de ruedas ortopédica.

Le hablaba a la niña dulcemente y animaba a la gente del vecindario a decirle cosas.

–Mira qué guapa está hoy Carmen –que iba tumbada en la silla, con las piernas y los brazos descoyuntados.

Martita le hablaba con una entonación musical, como si estuviera hechizada, y sólo los vecinos y las vecinas más dicharacheros le seguían la corriente. Cuando el viajante murió de un infarto –la niña debía de tener ocho o nueve años–, la perdimos de vista.

Me encuentro a Martita, que ahora es una mujer de ochenta años.

Le hace mucha ilusión verme. Me cuenta que Carmen está en un centro en Girona, que la dejan venir al pueblo un fin de semana sí y otro no.

Que hace quince días que no viene, porque ha estado enferma.

«¿Cómo podías pensar que esta mujer era engreída?

», pienso, y sólo veo su bondad. Lleva el mismo pelo rubio de permanente, el jersey fino abrochado por delante, tiene la cara oronda y reluciente, cubierta de pecas.

Me pregunta por los míos. Mi padre, que ya murió, y mi madre, que agota sus días en una residencia.

Hace años que no ve a mis hermanas. Yo me intereso por su hijo mayor, que me dice que se casó y que vive en Vidreres.

Le han dicho que he escrito un libro. Me cuenta que ahora lee, que se ha apuntado a un club de lectura y que ha descubierto una afición.

Tiene a medias una novela africana, de una chica que huye de su país, llega a Europa y pasa muchas penas.

No encuentra casa y vive debajo de un puente con dos niñas pequeñas.

–¿Tú crees que le irá bien? –me pregunta, como si al ser yo escritor tuviera que saber el final de todas las historias.

–Ni idea, Marta, no he leído la novela que me dices.

–Pero claro, esa pobre gente, debajo del puente. Me dan tanta pena.

Me acerco y le doy un beso.