Cerillas Garibaldi Los Reyes de la talla 28
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Cerillas Garibaldi

Cerillas Garibaldi

Por Julia Guillamon

© inepub.com

Los Reyes de la talla 28

Terminada la cabalgata, el Rey Gaspar pasa un momento por palacio para preparar unos paquetes que quedan por repartir.

Está satisfecho de cómo ha transcurrido la jornada: las dependientas lo han encontrado pasable, con la barba rubia, y no le han hecho sentir que tiene dos mil años.

De una bolsa blanca saca un jersey azul marino con una raya roja y dos rayas de color crudo, y se lo enseña a Melchor y a Baltasar.

–¿Qué os parece esto para Ainoa?

Melchor lo mira horrorizado: –¡Qué dices! ¡Le has escogido un jersey de niña pequeña!

Baltasar enloquece de pánico. Se imagina la cara de las chicas, que tienen trece años, cuando al día siguiente, por la mañana, en lugar de los jerséis que han pedido, se encuentren dos piezas de ropa infantil.

–¡Ya estás yendo ahora mismo a cambiarlos!

Gaspar mira el reloj: son más de las ocho y cuarto.

Se calza las primeras babuchas que encuentra, se abrocha el manto con el cuello de armiño, carga con las dos bolsas y sale del palacio a escape.

Es mago, pero sus poderes no le permiten cambiar la talla de la ropa ni hacer que aparezcan de la nada dos jerséis Brandy Melville.

Ha de llegar a la tienda antes de que echen el cierre.

Baja a la calle corriendo, tropieza con las babuchas, que le van grandes, y con los faldones del manto.

Mira el reloj, angustiado. Si ya han cerrado, buscará otra tienda para improvisar otro regalo.

Si todas las tiendas están cerradas, recolocará el regalo de otra adolescente.

Echa de menos la época en la que la gente creía más en los Reyes Magos y en la que El Corte Inglés abría hasta media noche para repartir presentes.

Mientras las dependientas atendían a la clientela, unos trabajadores retiraban la decoración de Navidad y cambiaban los escaparates para las Rebajas.

Ahora, por culpa de Papá Noel, que les ha robado parroquianos, a las ocho y media no se ve ni un alma en ningún sitio.

Gaspar llega a la tienda Brandy Melville congestionado, a punto de estallar. Está tan aturdido que no se da cuenta de que una de las dos puertas está abierta. Se lanza sobre la puerta cerrada y empieza a golpear la reja para llamar la atención de las dependientas.

–¿Qué pasa? ¿Qué pasa? –se acerca una morenita.

–¡Tengo que cambiar estos regalos! ¡Es una emergencia!

La chica le indica la otra puerta, abierta de par en par. Lleva la corona torcida, el cuello de armiño empapado en sudor. Al entrar en la tienda, se le salta una babucha. Las chicas lo rodean.

–Estos jerséis son así, yo tengo uno igual: va así, entallado –le dice una rubia monina.

–Sí, yo también lo tengo, este negro –dice la morena, que enseña el ombligo–. 28: talla única.

El rey Gaspar sale de la tienda arrastrando el manto.

Cuando llega a casa de Ainoa y de Montserrat se bebe el cubo de agua de los camellos.

Después, se come el pan. Se deja caer en la butaca con un golpe profundo y, en tres tragos, se zampa la copa de anís del rey blanco, el coñac del rey rubio y el Calisay del rey negro.