Una conversación con san Quirico
Al final del camino veo a un hombre con una túnica hasta los pies y sandalias. Pienso que debe de ser un vecino musulmán, pero, al acercarme a él, descubro a un señor con lo que se llama un perfil griego (una gran nariz recta que arranca desde la frente).
–Buenos días. ¿No tiene calor, con tanta ropa?
Hace un calor inquietante.
–La tela está cada vez más fina y me entra un poco de aire por debajo –responde el hombre, que, arrastrando los pies con las sandalias, levanta una nube de polvo.
–Pero, usted es... ¡san Quirico! ¿Qué hace usted en este camino?
Pensaba que lo habían torturado y decapitado de niño, en Tarso, Cilicia, en la época de Diocleciano.
Constato, con satisfacción, que ha llegado a viejo y que está en buena forma, a pesar de los años.
Tiene la misma cara que en unas aleluyas que compré en el Rastro, aunque con barba y arrugas.
–Ya sabe que, junto con mi madre, Julita, soy el patrón de esta villa. Durante décadas, la gente nos ha querido y celebrado y, gracias al amor de los vecinos, hemos llegado a esta edad, impropia de mártires cristianos.
–Pues estará usted contento. Es uno de los grandes momentos del calendario litúrgico: ¡la octava de Corpus!
La gente participa en el pasacalle, cada día le toca a un barrio organizar la verbena.
La fiesta tiene un tufillo pagano. Pero ya está usted curado de espantos y no creo que lo viva como un drama.
–En confianza: me gustaba más la fiesta de antes –le dice san Quirico–. Cuando tocaba por las calles, la banda combinaba armónicamente trompeta y fiscorno. Ahora abusa del tambor y parece un desfile militar.
El santo se apoya con la mano en una roca junto al camino y aterriza suavemente en ella con las nalgas.
–Le noto fatigado –le digo.
–Es que apenas he dormido. Con los ayuntamientos democráticos han proliferado las fiestas en el centro urbano.
Antes, cuando terminaba el pasacalle, la banda tocaba unas cuantas piezas y acababa, ritualmente, con un vals, un chotis y una polca.
A la una y media o las dos estaba todo el mundo en la cama.
Hoy, en cambio, la fiesta arranca a la una y se prolonga hasta las seis de la mañana.
La plazoleta se convierte en un embudo amplificador que dispara la música contra las casas.
No he podido pegar ojo. He salido ahora un rato, a que me dé el aire.
¿A usted le parece bien que cada año se arme esta escandalera?
En el pueblo viven personas mayores, enfermos, padres con niños que no pueden o no quieren ir a la fiesta.
–Querido san Quirico, ¿no ha leído usted las opiniones del antropólogo Manuel Delgado?
Sostiene que fiestas y revoluciones han de romper las estructuras establecidas y zarandear a la gente.
Pues eso es justamente lo que pasa, auspiciado robóticamente por los ayuntamientos, que pretenden quedar bien con la juventud.
No está usted solo. Esta semana san Eliseo Profeta, santa María Micaela y san Gregorio Obispo han vivido situaciones parecidas.
En el cruce de la fuente nos separamos: él hacia el monte, yo hacia el pueblo.
–Recuerdos a su madre, la señora Julita.