Todos conocen el cuento.

Nadie conoce la cara B.

Porque es el cuento que no se puede contar a los niños.

Una niña de diez años sale de casa una tarde de invierno para llevarle la merienda a su abuela y no llega nunca.

En Vilagarcía de Arousa la llamaban la Francesita, por el acento que se le había quedado de un país que ya casi no recordaba.

La buscaron durante semanas: los vecinos, los perros, los hombres que rastrearon los montes y los que arrastraron la ría.

Después dejaron de buscarla. Eso también se hace siempre, aunque nadie lo diga en voz alta.

El comisario Antonio Vidal —el Capitán, para los que lo conocen de antes— nunca cerró del todo aquel expediente.

Lo guardó como se guardan las deudas: en un cajón, a mano, sabiendo exactamente dónde está.

Veinte años después alguien vuelve a pronunciar el nombre de Sheila en Vilagarcía, y en un sitio donde el silencio es una forma de supervivencia, pronunciar según qué nombres tiene consecuencias.

Carmen Lodeiro es la única que nunca aceptó la versión oficial.

La abuela. La mujer que aquella tarde puso la mesa para dos y esperó hasta que se hizo de noche, y que lleva dos décadas esperando, más terca que la enfermedad que ahora la obliga a subir y bajar a Lugo cada quince días.

Ella sabe lo que el resto del pueblo prefiere olvidar: que su nieta no se perdió por el camino. Que alguien la estaba esperando.

Y luego está Marcos. Al que llaman el Cazador.

El hombre que apareció aquel día donde no tenía que aparecer, que dijo lo que no supo explicar y que salió del cuartel sin cargos porque no había nada con que sostenerlos.

Culpable para media Vilagarcía desde entonces.

Inocente para la otra media. Y en el medio, un expediente, un comisario que ya no tiene tanto que perder y una verdad que lleva veinte años esperando debajo de la ría.

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