Caperucita. La cara B A Virxe dos Ollos Grandes
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A Virxe dos Ollos Grandes

A Virxe dos Ollos Grandes

«Los ojos grandes son para verte mejor.»

Se lo contó en enero, en la cocina del piso de Lugo, una tarde en la que había anochecido a las seis y media y llovía contra la ventana.

Llevaban tres meses viviendo juntas.

Tres meses de una convivencia que las dos habían abordado con una torpeza enorme y con una educación que las dos odiaban: dos mujeres adultas que se querían de una manera absoluta y que no tenían ni idea de cómo se pasa un martes por la tarde con alguien.

Habían tenido tres discusiones. Todas por tonterías. Todas resueltas mal.

Estar juntas resultó ser distinto de estar juntas.

Implicaba negociar espacios, aprender los ritmos del otro y descubrir que la persona que una se había imaginado durante veinte años no es la que está sentada en el sofá viendo una película y comentándola en voz alta, que es una costumbre que Sheila descubrió que su madre tenía y que la sacaba de quicio.

Era más complicado que aquellos nueve segundos en un despacho.

Era también más real.

❖

Aquella tarde Sheila estaba pelando patatas en el fregadero y dijo, sin girarse:

—Me acuerdo de un dieciséis de agosto.

Carmen, en la mesa, dejó de hacer lo que estaba haciendo.

—¿De cuál?

—Del de la fiesta. Yo tenía nueve años y fui con la señora Fernanda y sus nietas. —Siguió pelando—. Fue el mejor día de mi vida. Lo pensé aquel día, en la plaza. Me acuerdo de haber pensado quiero acordarme de esto .

—Ya.

—Y cuando volví a casa estabas sentada en la cocina.

Carmen no dijo nada.

—Tú no te sentabas en la cocina —dijo Sheila—. En la cocina estabas de pie siempre. Y estabas blanca, y había un pañuelo en la encimera, y me dijiste que estabas bien.

Se giró.

—Y me mentiste.

❖

Carmen Lodeiro se quedó mirando el hule de la mesa.

Y después se lo contó.

Entero, sin adornar y sin buscar comprensión, que era la única manera en que sabía contar las cosas: el embarazo, los dieciséis días, la cocina con las dos tazas de café, la pregunta que le hizo a Antonio y los dos segundos que él tardó en no contestarla.

Lo que decidió y por qué. Y aquella madrugada, sola, con la ciudad entera empapándose a doscientos metros.

Sheila escuchó de pie, con el cuchillo en la mano.

Cuando su madre terminó, dejó el cuchillo en la encimera.

—¿Por qué no me lo dijiste nunca?

—Tenías nueve años.

—Después.

—Después no hubo después —dijo Carmen.

Sheila se sentó.

Estuvieron un rato en silencio con la lluvia contra el cristal.

—Yo ese día no lo pude guardar —dijo al fin.

Y le explicó a su madre, por primera vez, lo de la cámara. Las seis cosas. El olor de la cocina, el peso de María en el brazo izquierdo, un domingo en un islote con una torre, ella de espaldas removiendo algo, las mariscadoras dobladas con la marea baja, y la lluvia sobre el granito.

Le dijo que el dieciséis de agosto lo había intentado meter cuatro veces en veinte años y que siempre lo había rechazado algo.

—Ahora ya sé lo que era —dijo—. Era que ese día tú estabas mal y yo estaba contenta. Y una parte de mí lo supo aquella noche en la ducha. Y no lo podía guardar sin guardar eso también.

Carmen se llevó una mano a la boca.

Fue la segunda vez en veintiún años.

❖

Se levantó, salió de la cocina y volvió al cabo de un minuto con una caja de zapatos.

La puso encima de la mesa.

Tenía un sello del juzgado en la tapa, medio despegado, y una etiqueta con un número de referencia y una fecha de hacía diecinueve años.

—Ábrela tú —dijo.

Sheila la abrió.

Sabía lo que había dentro desde hacía siete meses. Se lo había dicho un hombre en el marco de una puerta, a las dos y veinticinco de la madrugada, con tres minutos de margen.

Saber lo que hay dentro de una caja no sirve absolutamente de nada.

Dentro estaba María.

El pelo rojo apelmazado y sin brillo. Los dos botones negros cosidos con hilo rojo, uno medio dedo más arriba que el otro. Y la ropa, que había sido de cuadros y que ahora era de un color pardo oscuro y rígido en la parte del pecho.

Sheila la sacó con las dos manos.

La sostuvo un momento en el aire y después la puso en el hueco del brazo izquierdo.

Trescientos gramos.

Su brazo lo sabía.

—No es mi sangre —dijo.

—No.

—¿De quién es?

—De nadie —dijo Carmen—. La analizaron en la instrucción, cuando la incautaron. Era de cerdo. La compraron en una carnicería.

Sheila se quedó muy quieta.

—¿De cerdo?

—De cerdo.

Y se echó a reír.

Fue una risa terrible y liberadora y completamente inapropiada, y le duró un minuto largo, y a la mitad ya estaba llorando, y su madre se levantó y se puso detrás de la silla y le puso las dos manos en los hombros, y estuvieron así hasta que se les pasó a las dos.

❖

—Eres más terca de lo que pensaba —le dijo Sheila un día de aquel invierno.

—Soy exactamente lo terca que fui siempre —dijo Carmen—. Es que no te acordabas.

—Tenía diez años.

—Exacto. Y ya entonces eras igual de terca que yo.

Sheila se quedó callada.

—¿Eso es un insulto o un cumplido?

—Las dos cosas —dijo Carmen—. Como casi todo lo importante.

❖

La catedral de Lugo tiene, en una capilla lateral, una imagen románica de la Virgen con el Niño a la que llaman a Virxe dos Ollos Grandes.

Los ojos son desproporcionados. Enormes, abiertos, mirando de frente.

Carmen empezó a ir en febrero, entre sesión y sesión.

No a misa. Iba a media mañana, entre semana, cuando no había nadie, y se sentaba en un banco de la capilla quince o veinte minutos.

Sheila se lo preguntó una vez.

—¿Rezas?

—No.

—¿Entonces?

—Me siento.

—¿Y ya está?

—Y ya está. —Carmen se encogió de hombros—. Es un sitio donde no me conoce nadie, no suena nada y no hay que hacer nada. Con eso me llega.

Lo que no le dijo, y que Sheila supo igual porque las dos eran de la misma clase de gente, fue lo otro.

Que Carmen Lodeiro llevaba veinte años cargando un mote que le habían puesto en una transcripción policial, y que sabía perfectamente cómo sigue el cuento: que se la come el lobo, que después el lobo se pone su ropa y se mete en su cama y espera a la niña, y que cuando la niña llega y dice abuela, qué ojos más grandes tienes , la que contesta ya no es la abuela.

Y que ella se sentaba quince minutos delante de una talla de piedra del siglo XII con los ojos enormes y abiertos, mirando de frente.

Y no rezaba, y no pedía nada.

Solo le miraba los ojos.

Los ojos que sí eran los suyos.

❖

Antonio Vidal la acompañó una vez.

Fue un miércoles de marzo, a media mañana, en su día libre.

La esperó al fondo de la catedral, de pie, con el abrigo puesto y las manos cruzadas por delante, mirando cómo una mujer de cincuenta y nueve años se sentaba en un banco de una capilla lateral y no hacía absolutamente nada durante diecinueve minutos.

Después salieron y bajaron andando hacia la Praza Maior, y él le dijo lo que llevaba tres meses sin decirle a nadie.

❖

—Yo he visto rezar a mucha gente —dijo—. Es una de las cosas que más se ven en este oficio y de las que menos se habla.

—¿Dónde?

—En pasillos de hospital. En comisarías, esperando.

En la puerta de un juzgado. —Metió las manos en los bolsillos—.

Y en las batidas. Sobre todo en las batidas.

Cuando se busca a alguien por el monte hay siempre dos o tres que van rezando mientras andan.

No lo dicen. Se les nota en que mueven la boca.

—¿Y tú qué haces mientras?

—Yo busco.

Carmen se rió, cortito.

—Eso ha sonado muy bien.

—Ha sonado mejor de lo que es. —Vidal miró la calle mojada—. Te lo digo en serio: llevo treinta y cinco años queriendo tener una opinión sobre esto y no lo he conseguido. Lo único que tengo son observaciones.

—Pues dime las observaciones.

❖

—La primera es que a Dios se le da las gracias por lo que sale bien y no se le pide cuentas por lo que sale mal.

Y eso, dicho así, parece una gilipollez de las que se dicen en una barra, y no lo es: es una descripción exacta de una cosa que Antonio Vidal había visto ocurrir delante de él decenas de veces.

Había visto a una madre dar gracias a Dios en un pasillo porque habían encontrado el cuerpo de su hijo. Con esas palabras. Gracias a Dios. Porque llevaba once días sin saber y porque encontrar un cuerpo, cuando se llevan once días, es una forma de misericordia.

Y había pensado, aquel día y muchos otros: si el mérito de que aparezca es suyo, ¿de quién es el mérito de los once días?

Nadie hace nunca esa pregunta.

Y no la hacen por una razón que a él le parecía profundamente respetable y que no tenía ninguna intención de discutirle a nadie en un pasillo: porque en aquel momento aquella mujer no necesitaba una respuesta correcta. Necesitaba poder seguir de pie.

—Y a mí eso me parece bien —dijo—. Que conste. Yo no le quito eso a nadie.

—Pero.

—Pero yo no puedo trabajar así.

❖

—La segunda observación es peor —dijo—, y va del otro.

—Del diablo.

—Del diablo.

Bajaron unos escalones. Vidal tardó en arrancar.

—El diablo es una coartada.

Carmen se paró.

—Explícate.

—Cuando pasa una cosa como la que le pasó a tu hija, la gente dice que eso es el mal.

Que es el diablo. Que hay gente que no es humana.

—Se giró hacia ella—. Y yo he estado treinta y cinco años enfrente de esa gente, sentado a un metro, en habitaciones pequeñas, y te puedo decir una cosa con absoluta seguridad: no hay ni uno solo que no sea humano.

Ni uno.

Son hombres que tienen una nómina. Que llevan a los críos al fútbol. Que se preocupan por el colesterol y por la hipoteca y porque el coche pase la ITV en abril. Que se lavan las manos antes de salir de casa.

—El que le puso un nombre a tu hija aquella noche —dijo Vidal— no era un demonio. Era un señor con alianza que había pensado en eso en su cocina. Y llamarle demonio es la manera más cómoda que hemos inventado de no tener que aceptar que vive en el cuarto B.

Silencio.

—El diablo no existe para explicar el mal —dijo—. Existe para que no tengamos que mirarlo de frente. Es un sitio donde dejamos lo que no queremos que sea nuestro.

❖

—¿Y la tercera? —dijo Carmen.

—La tercera es la que me da miedo.

—Dila.