Marcos
Marcos
«Los vínculos son vulnerabilidades.»
El Morgana lo cerraron el viernes de aquella misma semana.
Fue una entrada de la Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales, con la Brigada Provincial de Pontevedra, a las seis de la mañana, y en el atestado consta que la actuación se inició a partir de información aportada en el marco de otro procedimiento.
Salieron nueve mujeres.
Una de ellas tenía diecinueve años y se llamaba Aurora, y estaba en la segunda puerta.
El inspector Xoán Ferreiro no participó en aquella entrada porque no le correspondía territorialmente, pero llamó dos veces para preguntar, y a la segunda le dijeron el nombre.
Colgó. Se quedó un momento mirando la libreta pequeña que llevaba en el bolsillo del chaleco.
Después arrancó la hoja y la tiró, porque las cosas hechas no hay que seguir llevándolas encima.
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Marcos alquiló un piso en enero, en la zona de la Milagrosa, un primero con dos habitaciones y una cocina con ventana.
Fue la primera vez en veinticinco años que firmaba un contrato de un año.
Estuvo delante del papel con el bolígrafo en la mano más tiempo del que hacía falta, y la mujer de la inmobiliaria le preguntó si había algún problema, y él dijo que no, que ninguno.
Firmó.
Compró una cama, una mesa, cuatro sillas y una tostadora.
De todo lo que compró aquel mes, lo único que le produjo una reacción que no supo clasificar fueron las cuatro sillas.
Cuatro. No una.
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Sheila fue a verlo en febrero.
Fue la primera salida larga que hizo sola.
Cogió el autobús urbano, se bajó dos paradas después de la que le correspondía porque quería andar, y subió con una bolsa de la compra que había hecho ella misma en el mercado, que era una cosa que llevaba cuatro meses aprendiendo a hacer y que todavía la dejaba agotada.
Se sentaron en la cocina.
—¿Sabes cocinar? —dijo ella.
—Regular.
—Yo tampoco. —Sheila sacó las cosas de la bolsa—. Pero se puede aprender. Mi madre tiene libros de cocina que no ha abierto en veinte años.
Fue una propuesta tan corriente en la forma y tan enorme en el contexto que Marcos tardó un momento en contestar.
—¿Cuándo empezamos?
—El martes. Vienen mi madre y el Comisario. Puede servir de práctica.
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La primera cena fue un desastre técnico y un éxito en todo lo demás.
El pescado se quedó crudo por dentro y hecho por fuera, que es una combinación que requiere talento.
El arroz se pegó. Vidal, que era el único de los cuatro que sabía cocinar de verdad, se pasó veinte minutos intentando no decir nada y al final dijo algo, y Sheila le contestó que si tenía tantas ideas se pusiera el delantal, y él se lo puso, y acabó rescatando la salsa.
Carmen no cocinó.
Se sentó en una silla de la cocina —sentada, en una cocina, que era la imagen que no existía en el archivo de su hija— y estuvo dos horas mirando cómo tres personas se estorbaban en cuatro metros cuadrados.
En algún momento Sheila se dio la vuelta y la pilló mirando.
—¿Qué?
—Nada —dijo Carmen.
—Algo será.
—Que hay cuatro sillas —dijo Carmen Lodeiro—. Nada más.
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Al final de aquella cena, cuando Vidal y Carmen ya se habían ido y quedaban los platos, Sheila dijo:
—Te quiero pedir una cosa.
—Dime.
—La foto.
Marcos se secó las manos con el trapo.
—¿Cuál?
—Sabes cuál.
Fue a la habitación y volvió con la cartera.
La abrió, sacó una fotografía pequeña con los bordes amarilleados, y se la puso en la mesa delante.
Sheila no la cogió inmediatamente.
—¿Por qué la quieres? —dijo él.
—Porque es la única foto que existe de mí de antes. Mi madre tenía dos y la policía se llevó una en el registro y no apareció nunca. —Pausa—. Y porque llevaba semanas en tu bolsillo y me parece raro pedírtela y me parece peor no pedírtela.
—Es tuya.
—Ya lo sé.
—No —dijo Marcos—. Digo que siempre fue tuya. Yo solo la llevaba encima.
Sheila la cogió.
Y al día siguiente la puso en la nevera del piso de su madre, con un imán, al lado de un horario de autobuses.
No en la cartera. No en un marco.
En la nevera, donde se ponen las cosas de la gente que vive en una casa.
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Los martes se convirtieron en costumbre.
Y la costumbre —esto lo había entendido Vidal veinte años antes en un tercero sin ascensor del casco viejo de Vilagarcía, y volvió a entenderlo en un primero de la Milagrosa— es la forma que tienen de instalarse las cosas que uno no ha decidido tener.
En marzo, Marcos empezó a trabajar.
Fue en un taller de reparación de maquinaria agrícola en la carretera de Friol, de un hombre que necesitaba a alguien que supiera de motores y que no hizo demasiadas preguntas sobre los veinticinco años anteriores porque en aquel sector nadie las hace.
Cobraba mil cien euros.
Llegaba a casa a las siete con las manos sucias de una manera concreta, y se las lavaba en el fregadero de la cocina con jabón de taller, y aquello le producía todas las tardes una sensación menor y persistente que tardó meses en identificar y que resultó ser esta: que estaba cansado por un motivo que podía contarle a cualquiera.
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Una noche de mayo, en la cocina, Sheila le preguntó:
—¿Tú por qué fuiste al Morgana?
Marcos siguió secando un plato.
—Ya lo sabes.
—Sé lo que dijiste esa noche. Lo de los trabajos que se empezaron hace veinte años y no terminaron bien. —Se apoyó en la encimera—. Eso no es una respuesta, es una frase.
Él dejó el plato.
—Yo he vivido veinticinco años con una regla —dijo—. Una sola. Que los vínculos son vulnerabilidades. No era una filosofía, era ingeniería: al que quiere a alguien lo aprietan por ahí. Al que no quiere a nadie no lo aprietan por ningún sitio.
—¿Y?
—Y funcionó. Perfectamente. Veinticinco años.
—¿Entonces?
Marcos se quedó mirando el fregadero.
—Entonces una mujer me deslizó una foto por una barra y en cuatro horas se me cayó el sistema entero —dijo—. Y llevo desde noviembre dándole vueltas a eso.
—¿Y a qué conclusión has llegado?
—A que no funcionaba —dijo Marcos—. No funciona.
Sheila lo miró un momento largo.
Después cogió el trapo y siguió secando ella, que era su manera de decir que la conversación había terminado y que las conclusiones se comunicarían más adelante.
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