Caperucita. La cara B A Virxe dos Ollos Grandes #2
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A Virxe dos Ollos Grandes #2

Vidal se paró en mitad de la Rúa Nova, con la gente pasando alrededor y el ruido de una ciudad a media mañana, y lo dijo.

—Que los que hacen de Dios y los que hacen de diablo somos siempre las mismas personas. Y casi siempre el mismo día.

Y ahí no hizo falta explicar nada, porque los dos sabían perfectamente de quién estaba hablando.

De una mujer que había dicho que sí en cuarenta segundos a que su hija llevara una mochila, y que veinte años después movió cielo y tierra para sacarla de un pasillo.

De un hombre que se había pasado veinticinco años cobrando por matar y que una noche entró en un club de carretera por su cuenta y sin cobrar.

Y de un comisario que había cerrado una carpeta un miércoles por la mañana hacía veinte años, y que aquella noche de octubre había levantado un teléfono a la una y media de la madrugada sabiendo exactamente lo que hacía.

—Yo hice de Dios esa noche —dijo Vidal—. Decidí que una norma valía menos que una persona y decidí yo solo, en treinta segundos, mirando por una ventana. Y salió bien.

—Menos mal.

—No. —La miró—. Menos mal no es un argumento.

Salió bien. Si llega a salir mal, yo habría hecho exactamente lo mismo y sería un imbécil que se cargó una operación.

La diferencia entre las dos cosas no la puse yo.

La puso la suerte, o Ferreiro, o veinte minutos de coche. O quizás ese Dios en el que no creo.

—Sigues siendo insoportable.

—Sí.

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Y entonces dijo lo último, y lo dijo con la tranquilidad del que ha llegado a una conclusión con la que puede vivir aunque no le guste.

—A mí no me pidas que espere nada de ninguno de los dos. Ni del de arriba ni del otro. Uno interviene cuando le parece y el otro carga con lo que no queremos firmar, y los dos tienen en común lo mismo: que no comparecen. No declaran nunca. No se les puede interrogar.

—¿Y entonces qué te queda?

—Lo que se puede comprobar.

Y le fue diciendo la lista mientras andaban, sin ningún énfasis, como quien enumera diligencias.

Un bombero que subió tres pisos sin ascensor para decirle a una mujer que su hija no estaba en el agua, porque era lo único cierto que tenía y porque le pareció que alguien debía dárselo.

Una panadera que salía a la puerta los martes con un trozo de pan caliente para una niña que se paraba a oler.

Una mujer de un club de carretera que gritó hacia dentro me voy con un cliente, vuelvo por la mañana , para que alguien supiera que se había ido andando.

Un inspector con un chaleco puesto que, tirado en el suelo de una nave con dos muertos alrededor y una ambulancia en camino, sacó una libreta con la mano izquierda y apuntó Aurora, segunda puerta .

Una médica de urgencias que explicaba cada paso antes de darlo y pedía permiso cada vez.

—Eso lo he visto yo —dijo Vidal—. Eso está en un atestado, tiene hora y tiene nombre y apellidos, y yo lo puedo probar. Lo demás son declaraciones de oídas.

Carmen anduvo un rato en silencio.

—Eres un hombre muy triste —dijo al fin.

—No. Soy realista.

Y en la esquina de la Praza do Campo, con el agua cayendo otra vez sobre el granito y la muralla a doscientos metros cerrando el círculo por encima de los tejados, Antonio Vidal dijo la primera mitad de la única frase suya que su hija —porque a partir de aquel invierno, y sin que nadie lo dijera nunca en voz alta, aquello fue lo que fueron los tres— repitió durante el resto de su vida.

—Nos rodean dioses y diablos —dijo—. Yo prefiero no tropezar con ninguno de ellos.

Carmen anduvo tres pasos antes de contestar.

—También nos rodean lobos y abuelas.

Vidal se paró.

—También —dijo—. Y en ese cuento tampoco hay a quién pedirle explicaciones, fíjate. El lobo hace de lobo, que es lo único honesto que hay en toda la historia: nunca ha dicho que fuera otra cosa. Y la abuela no salva a nadie.

—Gracias.

—La abuela es a la que se comen, Carmen.

—Ya sé lo que le pasa a la abuela —dijo ella—. Me lo he leído cuatrocientas veces en voz alta.

Se quedaron los dos en la acera, bajo el agua, sin moverse.

—Y luego el lobo se pone su ropa —siguió Carmen, en voz más baja—, y se mete en su cama, y espera a la niña. Y cuando la niña llega y dice qué ojos más grandes tienes , la que contesta ya no es la abuela.

—Sí.

—Llevo veinte años con ese mote.

—Lo sé.

—Pues eso.

Vidal se subió el cuello del abrigo.

Y dijo lo otro.

—Por eso. Porque en ese cuento no hay a quién rezarle, igual que en el otro.

Hay un bosque, hay un camino y hay una cría que va sola.

Y todo el mundo se acuerda del lobo y de la abuela, y nadie se acuerda de que el cuento solo acaba bien por una razón, y es que pasaba un hombre por allí con una escopeta y le dio la gana de entrar.

Carmen levantó la cabeza.

—Antonio.

—Déjame terminarlo.

Y lo terminó.

—Si eres una niña y estás en el bosque, y es de noche, y llevas veinte años y ya no tienes edad de que venga nadie a buscarte —dijo Antonio Vidal—, a mí no me mandes un dios, ni un diablo, ni una abuela.

Que me tropiece con el cazador.

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Y hay que anotar aquí, porque es la última cosa que anota este libro y porque es lo único que lo justifica, la diferencia exacta entre el cuento y esto.

En el cuento, el cazador es el bueno.

En este no.

En este, el cazador era un hombre que llevaba veinticinco años cobrando por matar, que aquella noche mató a un hombre por dinero en un callejón, y que después, sin que nadie se lo pidiera y sin cobrar un céntimo, entró por una puerta de servicio, recorrió treinta metros de pasillo y sacó de allí a una mujer de treinta años a la que no conocía de nada.

Las dos cosas el mismo día. Con la misma mano.

Y a Antonio Vidal, comisario de la Policía Nacional, treinta y cinco años de servicio, cincuenta y ocho de edad y ninguna fe en absoluto, aquello le parecía —y se lo pareció hasta el final— la única definición de esperanza en la que estaba dispuesto a creer.

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