Epílogo
Epílogo
Lo que viene después
«Solo cuando sentimos la pérdida de algo que nos destroza el alma, valoramos lo que somos y nos sentimos vivos.»
El cuento de Caperucita, en la versión que casi todo el mundo conoce, termina con un cazador que llega a tiempo.
El cazador abre la barriga del lobo. Saca a la abuela y saca a la niña. La niña aprende la lección: no te desvíes del camino, no hables con extraños, el bosque es peligroso. Colorín colorado.
Esta historia no tiene esa clase de final.
Esta historia tiene el final de las cosas reales: incompleto, asimétrico, con flecos que no se atan del todo, con gente que sigue viviendo después del último capítulo con toda la complicación que eso trae.
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Hay un cuento muy viejo que habla de una niña que sale al bosque y no vuelve.
En algunas versiones vuelve. En otras no.
Esta versión es de las que vuelven.
Pero volver no es el final del cuento. Es el principio de otro, más difícil y más real, en el que la niña —que ya no es niña— tiene que aprender otra vez dónde está su casa y quién es la persona que vive en ella.
Y en el que la abuela —que nunca fue solo abuela— tiene que aprender que las historias pueden seguir aunque ya no tengan la forma que se esperaba.
Los cuentos que terminan bien no terminan.
Se transforman. Se convierten en la historia de lo que viene después, que es más larga, más irregular y no cabe en ningún formulario.
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Sheila Lodeiro retomó los estudios dos años después.
Eligió Psicología. Bajaba a la facultad todos los días andando por el paseo del Miño, con una mochila que se había comprado ella y que era verde, no azul, y que ese detalle lo eligió sin pensarlo y se dio cuenta tres semanas más tarde, en mitad de una clase.
Cuando le preguntaban por qué Psicología, decía que porque es el único negocio donde el cliente nunca tiene la razón y siempre hay alguien que la necesita de todas formas.
Era la manera más honesta que había encontrado de decir que quería hacer algo con lo que le había pasado que no fuera solo cargarlo en la mochila del alma.
Seguía contando escalones.
Le habían dicho que no pasaba nada.
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En abril de aquel segundo año, un sábado, cogió un tren sola y bajó a la ría.
Anduvo por la Rúa Castelao. La panadería de la esquina ya no era una panadería: era una tienda de telefonía. Estuvo parada delante un minuto y no sintió nada, y ese no sentir nada le pareció una buena noticia.
Bajó al paseo. La marea estaba baja y en el banco había cuatro mujeres con vadeadores hasta el pecho, dobladas, repartidas a distancias regulares, con el rastro y la cesta.
Viajó a Cambados, cruzó por las piedras hasta el islote y rodeó la torre de San Sadurniño dos veces, tocando el muro con la mano, que era lo que había hecho con nueve años y que la mano hizo sola antes de que ella se acordara.
Se subió a una piedra plana y miró hacia el oeste, hacia donde la ría se ensancha y las bateas se hacen pequeñas.
Aquel día se veía la línea.
Por la tarde subió al Monte Lobeira.
En el mirador no había nadie. Se veía todo: la ciudad apretada contra la orilla, las grúas del puerto, Cortegada flotando, las bateas alineadas como una ciudad de tejados a ras del agua, A Illa con su puente, y al fondo la boca abierta y unas islas bajas y borrosas, y detrás de eso ya nada hasta América.
Sheila Lodeiro se sentó en el murete.
Sacó del bolso una muñeca de trapo con el pelo rojo y la puso sentada a su lado, mirando la ría.
Estuvo allí hasta que empezó a bajar el sol.
Después se levantó, se la puso en el hueco del brazo izquierdo y bajó andando el monte hasta la carretera.
Cogió el tren de las ocho y diez.
Volvía a Lugo, que es una ciudad sin mar y con una muralla, y donde había cuatro personas esperándola, y eso —descubrió en algún punto entre Santiago y Palas de Rei, mirando por la ventanilla la niebla metida en los valles— era exactamente lo que significaba la palabra casa.
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En algún lugar del sur, Elena prepara el café de la mañana en la cocina de su madre, que sigue teniendo los mismos azulejos y la misma ventana al patio interior donde hay una maceta de albahaca que su madre cuida con la devoción que se les tiene a las cosas que no exigen explicación.
Lleva el café al salón. Su madre está en el sofá con el periódico.
—¿Qué pone? —pregunta Elena.
—Noticias —dice su madre—. Ya sabes.
—¿Buenas o malas?
—Las de siempre. Mitad y mitad.
Elena se sienta en el sillón de enfrente. Bebe el café.
Y piensa, sin decirlo, que hay un mundo mejor y que quizá ya no está tan lejos como parecía.
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En un primero de la Milagrosa, un martes por la tarde, hay cuatro sillas alrededor de una mesa y las cuatro están ocupadas.
Uno de los cuatro se llama Marcos y lleva dos placas de titanio en la undécima costilla y un procedimiento abierto que no lleva su nombre en ninguna parte y que va a estar abierto siempre, y que él nunca menciona y que no olvida un solo día, porque hay cosas que no se pagan y que tampoco se sueltan.
Otro se llama Antonio y ha traído el vino y otra novela de Conrad, envuelta, que no hacía falta envolver.
Y hay dos mujeres discutiendo sobre el punto del arroz.
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Y en una consulta de un hospital del norte —no de urgencias, sino de seguimiento, que es distinto— el oncólogo Morales dice algo sobre los resultados de la última prueba con una expresión que Sheila, sentada al lado de su madre, interpreta correctamente como una buena noticia antes de que la frase termine.
No perfecta. Morales es demasiado honesto para usar esa palabra.
Pero buena.
La proyección que en octubre parecía de meses se ha ido ampliando hacia el año, y del año hacia más, con esa cautela médica que consiste en no hacer promesas y en no cerrar puertas mientras las puertas siguen abiertas.
Carmen no dice nada.
Sheila le coge la mano a su madre.
Afuera llueve.
En el norte llueve casi siempre.
Pero hay días en que la lluvia no es el tiempo que hace sino el sonido de fondo de una vida que continúa, y en esos días hasta el norte tiene algo parecido a la luz.
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FIN
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