Caperucita. La cara B El expediente
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El expediente

El expediente

«Lo ordené sabiendo lo que ordenaba.»

La instrucción del expediente disciplinario duró cuatro meses.

Soria fue meticuloso, que era la única manera que tenía de ser justo.

Tomó veintiséis declaraciones. Recabó los registros de llamadas de la Comisaría de aquella noche.

Pidió el listado de accesos a bases de datos del comisario Vidal en los últimos diez años, que resultó estar impecable.

Reconstruyó minuto a minuto el periodo comprendido entre las diecinueve horas y diez minutos del martes y las nueve de la mañana del miércoles.

Y en algún momento del segundo mes encontró lo único que podía haber hundido a Vidal de verdad, y comprobó que no existía.

No había una sola filtración.

Ni una. Ni veinte años atrás en Vilagarcía ni aquella noche en Lugo. Ninguna consulta indebida, ningún dato transmitido, ninguna advertencia.

Soria dedicó tres semanas a buscarlo, porque era lo que tenía que hacer, y cuando terminó de buscarlo escribió en su informe una frase que a Vidal le contaron después y que le importó bastante:

No se ha acreditado, ni existe indicio alguno de, transmisión de información reservada por parte del expedientado, en ningún momento del periodo examinado.

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Lo que sí quedó acreditado fue todo lo demás.

Que mantuvo veinte años atrás una relación personal con una persona investigada en el ámbito de su brigada y no lo comunicó.

Que la noche del martes ordenó el traslado de una detenida a su despacho sin instructor presente y sin constancia en el libro.

Que ordenó la retirada de los grilletes y la salida del funcionario custodio.

Y que activó un dispositivo sobre la base de una información cuya fuente no consignó.

Vidal no negó ninguno.

Los reconoció todos, uno por uno, y añadió de su puño, en el pliego de descargos, un párrafo que Soria leyó tres veces y que no era una defensa porque no defendía nada:

Lo ordené sabiendo lo que ordenaba. Consideré, y sigo considerando, que el traslado inmediato al órgano competente habría supuesto un retraso de entre dos y seis horas, y que en ese plazo la persona a la que se localizó esa noche habría sido trasladada o eliminada.

Asumo que esa valoración me correspondía hacerla a mí y no a la norma, y que eso es precisamente lo que se me reprocha.

No solicito que se me exima. Solicito que conste el motivo.

Constó.

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La resolución llegó en el quinto mes.

Fue un apercibimiento.

Técnicamente, una falta leve. Prácticamente, el tipo de consecuencia que existe en el papel para que conste que hubo un proceso y que no cambia nada sustancial: no afecta al destino, no afecta a la retribución, no aparece en ningún sitio que importe pasados dos años.

Y quien lea esto y sepa cómo funcionan estas cosas entenderá inmediatamente lo que significa, que es esto: que el instructor tenía material para mucho más y decidió no usarlo.

No por amistad. Soria no era amigo de nadie.

Por una lectura del conjunto: no hubo enriquecimiento, no hubo filtración, no hubo daño a la investigación, y la actuación tuvo como resultado acreditado la liberación de una mujer que llevaba veinte años desaparecida y la desarticulación posterior de una red que operaba en cuatro provincias.

Vidal recibió la resolución un jueves de abril.

La leyó. La archivó.

Y siguió mirando por la ventana orientada al norte.

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Soria lo llamó por teléfono aquella misma tarde, cosa que no estaba obligado a hacer y que no había hecho nunca con nadie.

—Comisario.

—Instructor.

—Ya no.

—Para mí sí —dijo Vidal—. Usted ha sido el instructor de mi expediente y eso es una relación que dura para siempre. Se lo digo por experiencia: yo instruí dos.

Soria se rió al otro lado, sin ganas.

—Le llamo para una cosa que no tiene ninguna relevancia administrativa.

—Dígame.

—¿Se acuerda de aquella noche, cuando le pregunté si quería abogado y usted me dijo que prefería contarlo entero?

Me dijo que eran las tres y media de la madrugada y que era la mejor hora que iba a tener yo para escuchar aquello.

Que a las nueve de la mañana empezaría a importarme lo que pusiera en el papel.

—Me acuerdo.

—Tenía usted razón —dijo Soria—. Y me ha jodido bastante durante cinco meses.

—Hizo usted su trabajo.

—Lo hice. Y lo volvería a hacer igual. —Pausa—. Pero quería decirle que la frase del pliego, la de solicito que conste el motivo , la he leído unas cuarenta veces. Y que si algún día me toca a mí estar en esa silla, espero acordarme.

—No le va a tocar.

—Eso pensaba usted también.

Y colgaron los dos con la incomodidad de dos hombres que se respetan y que no van a volver a hablarse nunca.

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Lo que cambió en aquella ventana orientada al norte —o en él, que viene a ser lo mismo— fue que a partir de la primavera, los martes y los jueves, a las seis de la tarde, aparecía un coche en la calle de abajo y lo aparcaban mal, y bajaba una mujer con una forma de moverse que no había cambiado en veinte años.

Vidal lo veía desde arriba.

Y bajaba.

No la hacía más luminosa, la ventana. El norte es el norte.

Pero sí la hacía habitada de otra manera. Y a veces, que es como ocurren las cosas importantes, con eso basta.

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CAPÍTULO 51

Hola, mamá

«Volver no es lo contrario de irse. Es otra cosa distinta y más cara.»

El pasaporte llevaba diez años en el fondo de una maleta de tamaño medio.

Luna lo sacó una tarde de febrero, en la pensión de la Rúa da Cruz donde se había quedado a vivir sin haberlo decidido nunca formalmente, y estuvo un rato mirando la foto.

Veintitrés años. El pelo más largo. Una expresión que no reconoció.

Elena Ruiz Montoro.

Le sonó a nombre de otra persona, cosa que técnicamente era cierta.

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Se lo dijo a Sheila esa misma noche.

Se veían casi todos los días. Habían caído en una rutina que ninguna de las dos había propuesto: Luna aparecía a media tarde por el piso, se sentaban en la cocina, y estaban dos o tres horas.

No hablaban de lo de antes. Nunca. Esa era la regla y ninguna de las dos la había enunciado.

—Me voy a Málaga —dijo Luna.

Sheila levantó la vista de la taza.

—¿Cuándo?

—El martes.

—¿A qué?

Luna se lo pensó.

—A comprobar una cosa.

—¿Vuelves?

Y aquí Luna hizo algo que le costó, porque llevaba doce años sin hacerlo: dijo la verdad completa en lugar de la parte cómoda.

—No lo sé —dijo—. Igual no.

Sheila asintió despacio.

—Vale.

—¿Vale?

—Vale. —Sheila rodeó la taza con las dos manos—. Yo llevo cuatro meses haciendo lo que quiero y todavía me parece mentira. Si tú quieres irte al sur, te vas al sur. Es lo único que hemos ganado.

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Se despidieron en la estación de Lugo un martes a las siete y media de la mañana.

Hacía un frío de los que en Lugo hacen en febrero, seco y quieto, y en el andén no había casi nadie.

—Una cosa —dijo Luna.

—Dime.

—Aquella noche en el callejón del Elvis, cuando saliste a tirar las bolsas y te quedaste parada. —Se subió el cuello del abrigo—. Yo te pregunté qué te pasaba y tú me dijiste que aquello olía a tu casa.

—Me acuerdo.

—Yo llevaba diez años en el norte y no había olido nada. Ni una vez. —Luna se encogió de hombros—. Y aquel día olí, porque tú me dijiste que había algo que oler. Y me pareció una tontería y he estado dos años acordándome.

Sheila no dijo nada.

—Voy a ver si el sur todavía huele —dijo Luna.

Se abrazaron.

Fue un abrazo torpe, de dos personas que llevan mucho tiempo sin que las toquen de una manera que no signifique otra cosa, y duró más de lo que ninguna de las dos había previsto.

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La estación de autobuses de Málaga olía exactamente como Elena la recordaba: a gasoil, a café de máquina y a ese calor particular del sur que en el norte se le había olvidado que existía.

Cogió un taxi. Dio la dirección de la casa de su madre.

El taxi paró frente a un edificio de los años setenta en un barrio que no había cambiado mucho. Los geranios de los balcones eran de los mismos colores. La papelería de la esquina seguía siendo papelería, cosa que en doce años y en aquel país constituía casi un milagro.

Elena se quedó dentro del taxi un minuto largo después de que se parara el taxímetro.

—¿Bajamos? —dijo el taxista.

—Sí —dijo ella—. Bajamos.

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La puerta del portal tenía el mismo código.

Doce años.

Su madre no lo había cambiado en doce años, lo cual podía interpretarse como descuido o como esa forma de permanencia que se les ofrece a las personas que se han ido, por si acaso vuelven.

Elena eligió la segunda interpretación.

Subió las escaleras despacio, con la maleta a pulso porque el ascensor seguía sin existir. Cuarto piso. La misma puerta. El mismo felpudo, imposiblemente.

Llamó al timbre.

Y cuando la puerta se abrió y su madre la miró con esa expresión de quien ve algo que no esperaba pero que en alguna parte de sí mismo llevaba años esperando, Elena dijo:

—Hola, mamá. He vuelto.

Su madre no dijo nada durante un segundo.

Después abrió la puerta del todo.

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Los primeros días fueron raros.

Su madre hablaba. Hablaba como había hablado siempre, de la vecina del cuarto, del hermano mayor, que se había separado, de la operación de cadera de una prima, de lo cara que estaba la vida, dentro de aquella continuidad de radio encendida en la que Elena había crecido.

No le preguntó qué había hecho en doce años.

Y a la tercera noche, en la cocina, Elena se dio cuenta de una cosa que le puso el mundo del derecho: que no se lo preguntaba porque no sabía cómo, y que llevaba tres días diciendo cuarenta veces al día la palabra aquí — aquí tienes , aquí está tu cuarto , aquí lo dejas — y que aquello era, en el idioma de aquella casa, la frase entera.

Su padre seguía yéndose a las siete y volviendo a las doce.

El segundo día, en el pasillo, le puso una mano en el hombro.

—Estás bien, ¿no?

—Estoy bien, papá.

—Bueno.

Y aquello, en la escala de aquella casa, fue una conversación larga.

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Encontró trabajo en abril, en la cocina de un hotel de la Malagueta.

Hizo un curso. Le dieron un contrato de seis meses y después otro. Ganaba poco y trabajaba mucho y llegaba a casa a las cinco de la tarde con los pies destrozados, y era, sin ninguna comparación posible, el mejor trabajo que había tenido en su vida.

En junio se cambió el nombre en el móvil de Sheila.

Se lo dijo por mensaje: Ponme Elena, que ya va siendo hora.

Sheila le contestó: Para mí eres las dos. Como todo el mundo.

Hablaban los domingos. Media hora. A veces cuarenta minutos.

Y en septiembre, cuando Sheila le contó por teléfono que se había matriculado en Psicología, Elena Ruiz Montoro se sentó en el borde de la bañera del cuarto de baño de la casa de su madre y estuvo llorando cinco minutos con el agua abierta para que no se oyera, que es una costumbre que se coge en ciertos sitios y que tarda en irse.

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